lunes, 21 de julio de 2014

El ranking inclinado de PISA

Se veía venir. Desde que la OCDE anunció que la prueba PISA de 2012 valoraría por vez primera las competencias financieras de los estudiantes, no hacían falta muchas dotes proféticas para anticipar el llanto y el crujir de dientes que acompañarían a la divulgación de los resultados.

Los datos confirman las previsiones más agoreras: los jóvenes de 15 años de nuestro globalizado mundo no sólo comparten afición por la comida basura y las redes sociales, sino que muestran similar incapacidad para distinguir una factura de una multa de aparcamiento.

Busquemos la luz al final del túnel haciendo un breve tour panorámico por este apasionante tema:

  • ¿Qué trata de medir el Informe PISA?
  • Algunas conclusiones del estudio sobre competencias financieras
  • ¿Y ahora qué? Del “qué-horror-busquemos-culpables” al diseño de estrategias constructivas.

¿Qué trata de medir el Informe PISA?

Los 15-16 años marcan el fin de la escolarización obligatoria en la mayor parte de los países. Para los afortunados jóvenes con acceso a la educación, es el “momento de la verdad”: toca decidir entre seguir estudiando o empezar a trabajar.

De manera consciente o inconsciente, voluntaria o forzosa, muchos adolescentes se ven abocados en ese punto a una decisión que puede marcar su vida. No por casualidad es el momento elegido por la OCDE para valorar si cuentan con las habilidades necesarias para enfrentarse al mundo real, mediante encuestas trienales en una muestra significativa de escuelas (el estudio de 2012 llegó a unos 510.000 estudiantes, de 65 economías).

Conviene retener la palabra “encuesta” porque, pese a la extendida y errónea percepción, PISA no es el tradicional examen académico de conocimientos. Como explica su página oficial, “los tests aplicados no se encuentran directamente vinculados con el curriculum escolar. Están diseñados para valorar hasta qué punto los estudiantes pueden aplicar sus conocimientos a situaciones de la vida real, y si están equipados para participar plenamente en la sociedad”. La gran pregunta que subyace es “¿qué es importante que los ciudadanos sepan y sean capaces de hacer?”.

¿Qué habilidades económico-financieras trata de medir el Informe PISA? Sugiero a los lectores que, mientras leen las destrezas evaluadas en la encuesta, se planteen hasta qué punto ellos mismos, o la mayor parte de los adultos con los que se relacionan a diario, dominan cada uno de estos ámbitos de competencia personal:

-        Dinero y transacciones. Formas y propósitos del dinero. Manejo adecuado de los medios de pago más comunes en transacciones cotidianas.
-        Planificación y gestión financiera (finanzas personales básicas). Gestión de los ingresos y del patrimonio en el corto y largo plazo. Control de ingresos y gastos. Uso de los ingresos y demás recursos disponibles para mejorar el bienestar financiero.
-        Riesgo y recompensa.  Capacidad de identificar las distintas formas de gestionar los riesgos (incluyendo el uso de seguros e instrumentos de ahorro). Comprensión de las probabilidades de pérdidas o ganancias en diferentes productos y contextos financieros.
-        Entorno financiero. Naturaleza y características del sistema financiero. Derechos y responsabilidades de los consumidores financieros. Principales implicaciones de los contratos. Comprensión de las consecuencias que tienen las políticas públicas en la modificación del contexto económico (cambios de tipos de interés, inflación, impuestos y beneficios sociales).

¿Cómo ha ido el experimento? Para una conclusión más contundente, puedes comprobar tu nivel de madurez económico-financiera en la página oficial  de PISA, a través de una herramienta interactiva que incluye las preguntas reales utilizadas en los tests.

Algunas conclusiones del estudio sobre competencias financieras

16 países (13 de ellos de la OCDE) y dos territorios sub-nacionales han participado en esta primera valoración de las competencias financieras de los estudiantes. El gráfico adjunto, disponible en la web del National Center for Education Statistics, indica la cantidad de alumnos situados en ambos extremos de los 5 posibles niveles de competencia: por debajo del nivel 2 (mínimo de referencia) o en el nivel 5 (que implica un nivel de madurez y comprensión financiera poco usual incluso entre el público adulto).

El formato de ranking es muy útil para apreciar el efecto de los diferentes enfoques educativos en las habilidades financieras de los jóvenes, pero también pinta una imagen muy poco misericordiosa de los países con mayores carencias. Como dice el refrán, las comparaciones son odiosas.

El dato más impactante es que Shanghai-China gana por goleada: el 43% de sus estudiantes alcanzan el nivel 5. A continuación, encontramos un grupo que puntúa por encima de la media obtenida por los 13 países de la OCDE: la región flamenca de Bélgica, Australia, República Checa, Estonia, Nueva Zelanda y Polonia. En torno a la media se sitúan Letonia y Estados Unidos. Bajo la línea aparece un nutrido grupo con resultados más que mediocres: Rusia, Francia, Eslovenia, España, Croacia, Israel, Eslovaquia e Italia. Colombia cierra la clasificación, con un 56% de sus estudiantes por debajo del nivel de competencias mínimas.

La posición que ocupa Estados Unidos resulta decepcionante y algo incómoda para un país que lleva bastante tiempo enfatizando la importancia de la educación financiera, hasta el punto de contar incluso con un Consejo Consultivo que asesora al presidente de la nación. En algunos estados, la educación financiera es obligatoria en Secundaria. Un gran número de entidades sin ánimo de lucro llevan años investigando y difundiendo las mejores prácticas para la didáctica de la economía. Con tanto despliegue, ¿qué es lo que está fallando?

Mientras en otros países los resultados del Informe PISA conducen a la conclusión válida de que “hay que hacer más por la educación financiera”, el caso de EEUU sugiere la necesidad de una formulación más amplia: ¿Hay que hacer más… o hay que hacerlo mejor? Ambas cosas, probablemente. En el país norteamericano, una significativa corriente de voces críticas lleva tiempo cuestionando la utilidad y el acierto de los esfuerzos realizados. Entre esas voces destaca la de Helaine Olen, cuya afirmación de que “la cruzada para mejorar la cultura financiera en América es un fracaso y una farsa” comentábamos con detalle en el artículo La educación financiera como estrategia para culpar a las víctimas

Una de las grandes fortalezas del informe PISA es que, además de los test de competencias, tanto los estudiantes como las autoridades escolares han de cumplimentar cuestionarios sobre las circunstancias familiares y el entorno socio-económico en el que se realiza el aprendizaje, lo que  aporta contexto para una interpretación más completa de los datos.

Así, vemos cómo los mejores resultados parecen estar vinculados al nivel de autonomía de que disfrutan las escuelas para adaptar el currículum y los sistemas de evaluación. El patrimonio familiar también resulta un factor relevante: los alumnos con mayor nivel socio-económico puntúan de manera significativamente más alta en los tests de competencias financieras que los estudiantes de entornos menos favorecidos.

¿Y ahora qué? Del “qué-horror-busquemos-culpables” al diseño de estrategias constructivas

Veamos el silogismo que suele utilizarse como argumento principal. Premisa 1: La etapa escolar debe preparar a los jóvenes para enfrentarse lo mejor posible a los desafíos del mundo real. Premisa 2. Los desafíos económicos y financieros del mundo real son cada vez más complejos. Conclusión. Ofreciendo educación financiera en la escuela preparamos mejor a los jóvenes para el mundo real.

Combinando el silogismo con los resultados del Informe PISA, ya tenemos el terreno abonado para una nueva oleada de voces pidiendo otra vuelta de tuerca a los ya muy castigados currículos escolares. El problema es que tal “conclusión”, sin ser exactamente falsa, supone una alegre simplificación tras la que pueden ocultarse infinitos errores de planteamiento.

Meter a presión la educación financiera en los temarios no es la panacea: si no se tienen en cuenta otros muchos factores, puede convertirse en un verdadero despilfarro. Veamos algunos de esos factores:

1.       El tipo de educación financiera que se proporciona
2.       Las carencias y limitaciones de los sistemas educativos
3.       Los componentes no cognitivos de las decisiones financieras


1.    El tipo de educación financiera. ¿De qué clase de formación estamos hablando? La OCDE señala que no todos los países entienden lo mismo por “educación financiera en la escuela”. Para algunos consiste en la impartición de conocimientos de economía, finanzas y negocios desde una perspectiva esencialmente académica, mientras otros dan prioridad al manejo de las finanzas personales. Esta última definición es la que parece interesar de manera especial a la OCDE, porque implica la habilidad de dar un uso práctico a los conocimientos y, eventualmente, de tomar mejores decisiones financieras en la edad adulta.

El problema es que esto requiere mucho más que la adquisición intelectual de un cuerpo de conceptos e ideas. Implica desarrollar y manejar los propios valores, emociones, actitudes, creencias e imagen personal. Probablemente, demasiado como para ser abordado con eficacia en el restrictivo y sobrecargado marco de los sistemas educativos.

2.    Las carencias y limitaciones de los sistemas educativos. La mayor parte siguen un enfoque académico tradicional que trata de “moldear” a los jóvenes de acuerdo con los valores sociales y económicos… de hace varias décadas.  


Por eso conviene matizar las reacciones a los resultados sobre competencias financieras del Informe PISA. El problema no está en el tratamiento de los temas económicos y financieros en el sistema educativo. El problema es el propio sistema educativo, que abruma a los jóvenes con información y datos pero no logra equiparlos con los recursos emocionales y las habilidades blandas que necesitarán para su pleno desarrollo vital, en un mundo que cambia por minutos.

3.    Los componentes no cognitivos de las decisiones financieras. Las decisiones que tomamos en la vida no se basan sólo en lo que racionalmente “sabemos”; somos producto de nuestro entorno cultural y social y, en gran medida, vivimos en función de los valores y expectativas de ese entorno. Muchos jóvenes estadounidenses que accedieron a clases de finanzas personales en la Secundaria se ven a los 30 con préstamos de estudios que lastrarán su economía durante años, por no hablar de las deudas acumuladas en sus tarjetas de crédito. Como prueban las investigaciones realizadas en el campo del behavioral  economics, la heurística y los sesgos son determinantes en nuestro manejo del dinero. Saber algo y saber aplicarlo no implica necesariamente que lo utilicemos en el momento de la verdad.

¿Significa esto que no merece la pena esforzarse por mejorar la educación financiera que se ofrece en la escuela? En absoluto. Sólo significa que no podemos reducir el problema al ámbito educativo. Dar la vuelta a los resultados del informe PISA requiere mucho más que el retoque de los currículos escolares, que son sólo un reflejo de las carencias del entorno social en el que se aplican.

Como muestran los resultados del informe, la procedencia cultural y social de los estudiantes influye decisivamente en su rendimiento en las pruebas. Así que ¿cómo esperamos tener éxito en la educación financiera de los jóvenes si ignoramos las influencias que reciben fuera del aula? Concentrar los recursos casi exclusivamente en el ámbito escolar equivale a considerar que los adultos son una “generación perdida” para la causa de las finanzas saludables, lo que a su vez sabotea los esfuerzos realizados: no olvidemos que los jóvenes pueden aprender conceptos, técnicas y habilidades en la escuela, pero sus hábitos financieros se forman a través de lo que viven en el hogar.

Para romper este círculo vicioso conviene dar varios pasos atrás y ampliar el enfoque, sin obcecarnos en cargar las tintas sobre las (por otro lado indiscutibles) carencias de los sistemas escolares. La solución a las miserias socio-educativas que pone de manifiesto el Informe PISA no está sólo en las aulas.

Cristina Carrillo

miércoles, 18 de junio de 2014

Test-Desafío Fútbol y Dinero. ¿Sabes tanto como crees?

Escultura de Eugenio Merino
Desde que los romanos acuñaran la expresión “pan y circo”, gobernantes de todas las épocas han usado el viejo truco de distraer al pueblo llano de sus miserias con grandes espectáculos, concebidos para estimular nuestras emociones más viscerales.

Sin embargo, en algún momento de la evolución las luchas de hombres contra leones devinieron políticamente incorrectas (no está claro si por el bien de los hombres o de los leones). Después de algunos infructuosos intentos por captar la atención de una plebe globalizada, alguien encontró la fórmula infalible: campeonatos de fútbol a tutiplén. Campeonatos locales. Campeonatos regionales. Campeonatos mundiales. Campeonatos galácticos. Y fases de clasificación para tales campeonatos. Y partidos amistosos para mantener en forma a los futbolistas, convertidos en los gladiadores de nuestros días. Y partidos de exhibición para recaudar fondos para futuros campeonatos.

Pese a mi empeño por mantenerme al margen, estoy segura de que en este preciso momento está en marcha alguno de esos sangrientos eventos futbolísticos. Siempre respetuosa con las expectativas de mis queridos lectores, aquí va el test definitivo para valorar cuánto sabemos en realidad sobre fútbol… y sobre el dinero en el fútbol. Las soluciones, al final.

1.  ¿Dónde guardan los futbolistas megamillonarios sus ahorritos?

  1. En los bancos, como todo el mundo.
  2. Debajo del colchón. Por eso utilizan camas King Size.
  3. No ahorran. Compran coches deportivos y casas de 3.000 metros cuadrados.
  4. En algún paraíso. De los que no tienen playas ni cocoteros, pero sí bancos muy discretos.
2.     El centrocampista estrella del equipo de tus amores gana más en un año de lo que ingresará en toda su carrera el cirujano que te salvó la vida cuando tuviste la peritonitis. ¿Por qué tan curiosa circunstancia es completamente razonable?

  1. Porque el futbolista sólo está activo unos años, y nadie espera que después pueda ganarse la vida como cualquier otro ser humano. Es bien sabido que el desarrollo muscular y los remates de cabeza aniquilan las neuronas.
  2. Porque la vida no tiene sentido cuando tu equipo pierde.
  3. Porque el cirujano tiene papada y barriguita cervecera y no queda glamouroso posando sin camiseta.
  4. Porque es más guay y mucho más viral subir a Facebook el vídeo del último gol que una foto de tu cicatriz.
 3.      ¿Por qué el fútbol femenino mueve menos dinero que el masculino?

  1. Porque a las grandes marcas patrocinadoras no les interesa financiar una actividad en la que a las mujeres no se les ve el escote.
  2. Porque las mujeres son muy emocionales y se echarían a llorar tras perder un campeonato (los hombres también lo hacen, pero todo el mundo sabe que en su caso es señal de orgullo y gallardía).
  3. Por el mismo motivo por el que el baloncesto femenino mueve menos dinero que el masculino. Y el tenis. Y el golf. Y… (lista interminable interrumpida por falta de espacio).
  4. Porque el rendimiento de las mujeres en el terreno de juego se ve mermado a causa de la multitarea. Se cuenta que una famosa jugadora estadounidense remató a gol mientras hacía la compra del supermercado a través del teléfono móvil. Consiguió marcar el tanto porque no había nadie para detenerla: la portera del equipo contrario había tenido que irse antes de acabar el partido para llevar a su hija al pediatra (mientras el marido veía el partido desde las gradas).
 4.       ¿Qué significa la expresión “árbitro vendido”?

  1. Tras haber sido designado para dirigir el partido, el árbitro subasta sus servicios en eBay. El equipo ganador de la puja puede dar diez patadas sin recibir tarjeta y, si la cifra alcanzada es lo bastante alta, incluso puede contar con un penalti a favor.
  2. Igual que los banqueros, el árbitro cobra una parte de sueldo fijo y otra parte (el bonus) vinculada al resultado.
  3. Su madre lo vendió al nacer porque atravesaba ciertos apuros económicos. Traumatizado por tal circunstancia, el hombre no logró hacer nada provechoso con su vida y acabó siendo árbitro de fútbol.
  4. El árbitro está vendido porque se encuentra desprotegido y expuesto a las patadas y balonazos de los jugadores, que en el calor del juego pueden confundirlo con un contrario. Los hinchas suelen gritarlo para avisar al árbitro de que se mantenga alejado de las jugadas, con el fin de proteger su integridad física. Como inevitable efecto colateral, a veces el árbitro pita cosas que no existen, o al contrario. Qué se le va a hacer.
 5.    ¿Por qué es muy recomendable jugar con asiduidad a las quinielas?

  1. Porque es una forma mucho más emocionante e indolora de pagar impuestos que hacer la declaración de la renta. Cada vez que compras un boleto, estás contribuyendo patrióticamente a aumentar la recaudación de la Hacienda Pública.
  2. Porque la esperanza y el optimismo son cualidades que alargan la vida. Cuanto más infundados, mayor es su efecto. Está documentado que algunas personas han superado los 100 años porque no pensaban que fuera posible estar jugando un domingo tras otro sin acertar jamás. Convencidos de que antes o después lo conseguirían, insistieron todas las semanas sin percatarse del paso del tiempo… ¡hasta morir centenarios!
  3. Porque si juegas durante bastante tiempo, podrás empapelar tu casa con boletos no premiados y te habrás ahorrado un dineral en papel pintado.
  4. Porque es muchísimo más entretenido tirar el dinero en pequeñas dosis que hacerlo de golpe. ¿Qué gracia tendría sacar unos cuantos billetes del cajero automático y meterlos directamente en el cubo de la basura? 
6.    ¿Por qué hay tantos tópicos relacionados con el fútbol?

  1. Porque el vocabulario de la mayor parte de los futbolistas es limitado. Y el de sus dirigentes, más aún.
  2. Porque el fútbol es así. Lo que pasa en el campo se queda en el campo.
  3. Porque lo importante es darlo todo en la cancha.
  4. Porque el partido no acaba hasta que suena el silbato. 
7.     ¿Qué hace una estrella del fútbol cuando sus facultades físicas disminuyen y no puede seguir jugando al máximo nivel?

  1. Se marcha como jugador o entrenador a algún país árabe con mucho petróleo.
  2. Se recicla como modelo de ropa interior hasta que empieza a echar barriga. Entonces se saca el carné de entrenador.
  3. Se convierte en directivo de algún organismo o club de fútbol.
  4. Se transmuta en comentarista deportivo. No hace falta que sepa hablar: para eso están los tópicos (ver pregunta 6). 
8.    Repasemos las reglas del fútbol. ¿Cuándo está un futbolista en “fuera de juego”?

  1. Cuando trota por el campo como alma en pena, sin llegar a ningún balón. Ocurre con frecuencia tras una velada de copas con amigos.  
  2. Cuando tiene problemas de ludopatía y no le dejan entrar en los casinos.
  3. Cuando al juez de línea le da la gana.
  4. Cuando se le agotan todas las vidas jugando al Candy Crush. 
9.    ¿Por qué todos los países quieren ser sede de algún campeonato de fútbol?

  1. Porque esperan que el país se les llene de turistas durante un par de semanas. Con un poco de suerte, los hinchas decepcionados y borrachos no te dejan demasiado destrozadas las modernísimas infraestructuras levantadas para el evento.
  2. Para anestesiar a la población con una sobredosis de orgullo patriótico y ofrecer a los votantes (también llamados “ciudadanos”) la incomparable felicidad de ver de cerca a los futbolistas (cuando se bajan del autobús para entrar en el hotel, porque ni hablar de conseguir una entrada para el campo).
  3. Para que un montón de políticos, empresarios, lobistas y networkers hagan amistad entre sí y practiquen el noble arte de intercambiar favores. Se empieza ganando la organización de un campeonato y se termina consiguiendo cualquier cosa.
  4. Porque implica construir estadios y otras instalaciones deportivas, y todos los gobernantes del mundo tienen amigos en el gremio de la construcción. Es importante hacer felices a los amigos. 
10.  Un cazatalentos deportivo te dice que tu hijo de diez años tiene mucho potencial como delantero centro. Tanto, que un gran equipo extranjero está dispuesto a formarlo en sus instalaciones. En tus pupilas se forma de inmediato el signo del dólar. Por desgracia, el nene se niega en redondo. El muy puñetero dice que prefiere ser biólogo marino y salvar los océanos. ¿Cuál es tu reacción?

  1. Llamas de inmediato a un buen abogado para negociar las condiciones del acuerdo. Al nene lo mandas al psicólogo para que se centre.
  2. Haces valer la patria potestad y empaquetas al nene respondón en el primer vuelo. Es por su bien. Algún día te lo agradecerá.
  3. Preguntas a tu mujer si está segura de que el niño es tuyo y pides una prueba de ADN. No te constan antecedentes familiares de altruismo ni de interés por las ciencias.
  4. Todas las anteriores.

Soluciones. Cualquier cosa que hayas contestado estará bien. Después de todo, no hay que tomarse el fútbol, el dinero o la vida demasiado en serio, ¿verdad?


Cristina Carrillo

martes, 20 de mayo de 2014

Consumo y consumismo: el show de educar a Truman

¿Cuál es la capacidad, habilidad o conocimiento más importante para lograr una economía personal saneada (que nos permita llegar a fin de mes, ahorrar para la jubilación, etc.)? Dudo mucho que la respuesta se encuentre entre los contenidos que las autoridades parecen empeñadas en incluir en los currículos escolares. Por muy útil y conveniente que sea conocer la fórmula del interés compuesto, entender el papel de los bancos en la economía o distinguir los medios de pago, ninguna de esas habilidades va a contribuir de forma significativa a mejorar nuestras decisiones financieras cotidianas.

El atributo básico a desarrollar para superar los problemas de las economías familiares es la independencia de criterio frente a las “necesidades” artificiales creadas por la sociedad de consumo. Por desgracia, los que más se benefician de la situación tal y como está suelen ser los que agitan la bandera de la educación financiera con mayor entusiasmo. El zorro guiando a las gallinas. Como es lógico, formar ciudadanos más conscientes y críticos no se encuentra entre sus objetivos prioritarios (ni secundarios): la verdad es que prefieren mantenernos a todos viviendo en el show de Truman.

Truman, en la inopia

Para los que no han visto la película, Truman (Jim Carrey) es el protagonista involuntario de un reality show dirigido por un tal Christof, en el que cada minuto de su vida es retransmitido en directo al mundo entero. El pobre Truman ignora que la ciudad en la que vive (Seahaven) y todas sus relaciones son completamente falsas: sus padres, sus amigos, su mujer… Son sólo actores que no sienten ningún afecto ni interés real por él: entran y salen de su vida (y del show) por exigencias del guión. Las conversaciones que mantienen con Truman son un pretexto para promocionar los productos de las empresas que financian ese gigantesco despropósito. Algunas de las escenas más hilarantes de la película son también profundamente tristes: la conversación con unos vecinos que, sin prestar atención a sus palabras, se concentran en colocarle en la posición adecuada para que la cámara pueda enfocar un anuncio publicitario; o la absurda discusión conyugal con su esposa, que insiste en proclamar las excelencias de una marca de cacao mientras Truman se desgañita intentando comunicarse con ella.


El gran problema de las economías familiares en nuestros días es que… todos somos Truman. Al igual que él, vivimos en la ingenua creencia de estar controlando nuestra vida, cuando en realidad sólo somos figurantes interpretando las escenas que otros han escrito para nosotros. El papel de Christof lo desempeñan tanto las empresas como los gobiernos, bajo el argumento machacón de que “el consumo impulsa el crecimiento económico”: ahora te toca comprar una casa, ahora te toca comprar un auto, ahora te toca pedir un préstamo para las vacaciones, ahora te toca vestir de una manera que refleje el estatus al que aspiras, ahora te toca ahorrar contratando este producto… ¿Tu smartphone ya tiene un año? Estás fuera de onda... ¿A qué esperas para comprar el último modelo? Todos los que se supone que se interesan por nosotros están, en realidad, tratando de vendernos algo.

Truman pasa la mayor parte de la película sin saber que las cámaras le siguen incluso en sus momentos más privados, y que millones de ojos anónimos observan con avidez todos y cada uno sus actos. Con la misma feliz inconsciencia, hemos trasladado una parte importante de nuestras vidas al mundo virtual, en el que interactuamos bajo una errónea ilusión de intimidad. Elegimos soslayar el hecho aterrador de que cualquier búsqueda en nuestro navegador favorito desencadena de inmediato un bombardeo publicitario en cada página que visitamos, en aras de una presunta “personalización para la mejor satisfacción de nuestras necesidades”, según argumentan los amos del ciberespacio.

Un amigo me contaba el asombro de su hijo adolescente ante la increíble “casualidad” de que todos los banners publicitarios hicieran referencia a productos y servicios próximos a su domicilio o relacionados con lo que él estaba buscando justo en ese momento. “¿Cómo saben que yo vivo en Málaga?”, se maravillaba el chico. ¡Ah, la magia de Internet!

Abriendo los ojos

En torno a los 30 años, Truman siente un indefinible vacío existencial. Algunos ligeros pero evidentes errores de producción despiertan sus sospechas: a su alrededor ocurren cosas muy raras. Para deleite de los telespectadores, su comportamiento se torna imprevisible. Pero el director-dios Christof no puede permitirlo: ¡el show debe continuar! En ese punto, nuestro protagonista comprueba que carece de algo que siempre había dado por sentado: la libertad.  Cuando todos los intentos de abandonar la ciudad o alterar su rutina diaria se ven frustrados por circunstancias a cual más surrealista, Truman se convence de que está siendo vigilado y manipulado por todos los que le rodean.

En una sociedad como la nuestra, que llama "consumidores" a los ciudadanos y “mercados” a los países, todavía es reducido el porcentaje de trumans dispuestos a cuestionar el guión. Hace falta mucha atención para percibir las incoherencias de una narración que supedita las necesidades reales de las personas a la perpetuación del show.

El mensaje publicitario que hemos interiorizado en nuestro papel de Truman es que el consumo es requisito ineludible para alcanzar la felicidad. Paradójicamente, es cierto que existe una estrecha relación entre felicidad y consumo, pero funciona en sentido contrario. Serge Latouche, uno de los impulsores del movimiento por el decrecimiento, considera demostrado que las personas felices tienen menos necesidad de consumir. ¿Deberíamos concluir, por tanto, que a nuestros gobernantes no les interesa que seamos felices? Una idea para la reflexión…

Muy lejos del decrecimiento, la mayoría seguimos considerando nuestra propensión al consumo no como un problema de autocontrol, sino como una aspiración legítima y apetecible que se ve fastidiosamente limitada por la falta de recursos económicos. El entorno financiero, empresarial y político respalda hasta tal punto esta percepción que en muchos lugares los bancos restringen el crédito para la financiación de emprendimientos o actividades productivas, mientras lanzan promociones y campañas masivas para incentivar el uso de tarjetas de crédito y la contratación de préstamos para el consumo. “Sorry, no puedo financiar tu proyecto empresarial… ¡demasiado riesgo! Eso sí, para que te consueles puedes pagar tus vacaciones en cómodas cuotas”.

¿Quiénes son los más afectados por esta estrategia? Obviamente, las clases medias y los más desfavorecidos. Aunque el apetito consumista atraviesa el espectro social de arriba abajo, el problema aparece cuando los recursos disponibles no resultan suficientes para satisfacer lo que astutamente se nos presenta como  “nuestro derecho al consumo”.

En el imprescindible libro “Vida de consumo”, Zygmunt Bauman analiza la diferencia entre consumo y consumismo. Mientras el consumo es un rasgo y ocupación del individuo humano, e implica la satisfacción de sus necesidades básicas, el consumismo es un atributo de la sociedad: “la capacidad esencialmente individual de querer, desear y anhelar es separada de los individuos y reciclada como fuerza externa capaz de poner en movimiento a la sociedad de consumidores”.

Como miembros obedientes de esa sociedad, hemos incorporado a nuestras necesidades personales de compra lo que, en realidad, sólo son necesidades de venta de otros: aprendemos a desear lo que la sociedad nos señala como deseable.


¿Y qué pinta la educación financiera en este contexto consumista? Pues lo mismo que el resto del atrezo: contribuye a crear una ilusión de libertad. Sugiere que si tenemos problemas financieros es debido a un déficit de conocimientos específicos y/o a la negligencia con que gestionamos nuestros recursos. Por supuesto, los que nos llaman ignorantes e insensatos son los mismos que nos inoculan las tendencias suicido-consumistas con las que asesinamos nuestra economía personal.

Al fin, la libertad

Entre la seguridad del único mundo que conoce y la incertidumbre de lo desconocido, Truman está decidido a apostar por la libertad. Además de la obvia falsedad de su entorno, tiene otra poderosa motivación: sabe que en ese misterioso “exterior” está la única mujer con la que estableció una verdadera conexión (una actriz secundaria que cometió el error de enamorarse de él y, por supuesto, fue fulminantemente despedida del show). Truman huye en barco, pese al miedo a morir ahogado que le indujeron en la infancia, y Christof intenta detenerlo con una aparatosa tormenta que casi lo mata de verdad.

Cuando nuestro héroe está a punto de traspasar la puerta que separa el gigantesco escenario del mundo real, Christof arriesga una jugada desesperada y se dirige a él por primera vez desde el centro de producción, a modo de invisible “voz de Dios”. Con tono persuasivo y paternalista, le asegura que fuera va a encontrar las mismas mentiras y engaños, pero sin la belleza y la seguridad que él le ha proporcionado durante toda su vida. Tras unos instantes de suspense, Truman se despide teatralmente… y pone fin al show.

Echemos a volar la imaginación: ¿Cómo hubiera sido un programa de educación financiera orquestado por Christof en el ficticio mundo de Seahaven? Probablemente, la falsa esposa de Truman hubiera alternado en sus diálogos la recomendación de comprar un nuevo e increíble robot de cocina con aleccionadores recordatorios sobre la importancia de no gastar más de lo que se ingresa. Los falsos bancos de Seahaven empapelarían la ciudad con coloridos anuncios sobre préstamos para las vacaciones (los gastos financieros del 60% sólo figurarían en letra minúscula), al tiempo que impartirían talleres en las falsas escuelas, a los falsos hijos de Truman, sobre las virtudes del ahorro y los peligros del endeudamiento excesivo.

Ahora que lo pienso, ¿no suena todo esto sospechosamente familiar? Casi, casi, parece que estuviéramos hablando del mundo real. Lo cierto es que este enfoque resulta inútil, porque el hecho de que la gente no ahorre no es la causa del consumo excesivo... ¡es la consecuencia! Entonces, ¿por qué insistimos en comenzar todos los programas de educación financiera con el consabido ejemplo: “Si empiezas a ahorrar a los 20 años, en equiscientos años habrás acumulado un capital de…”? Porque a casi nadie le interesa proporcionar una educación financiera basada en identificar y sortear esas fuerzas sociales externas que no sólo nos indican lo que tenemos que anhelar y consumir, sino que nos llevan a confundir nuestros deseos con sus intereses. Afortunadamente, hay algunas luces en el horizonte: conscientes del verdadero origen del problema, en Brasil acaban de prohibir la publicidad y el marketing dirigido a los niños.


En resumen, la mejor educación financiera que podemos ofrecer, a jóvenes y adultos, es la que pone de manifiesto los trucos, limitaciones y miserias de vivir según guiones ajenos, por muy bien envueltos que se nos presenten. El gasto excesivo, el endeudamiento descontrolado y los demás daños colaterales del consumismo se verían probablemente muy disminuidos si, como Truman, hiciéramos mutis por el foro y saliéramos a crear una vida a nuestra medida.

Y, por si no nos vemos luego… ¡buenos días, buenas tardes y buenas noches!

Cristina Carrillo


jueves, 24 de abril de 2014

Leprechauns, sirenas y otras estafas financieras

Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía. Si este simpático aforismo popular fuera cierto, los estafadores financieros estarían sin trabajo. Por desgracia, la mayor parte de los seres humanos estamos lejos de la canonización y somos capaces de tragarnos cualquier promesa de ganancias excepcionales, por muy inverosímil que resulte. Está claro que, cuando el dinero parece llover del cielo, nos guiamos por otro refrán: A caballo regalado, no le mires el dentado.

¿Cómo es posible que la gente caiga una y otra vez en las mismas estafas, pese a la información disponible y a la gran repercusión mediática de algunos sonados engaños? En parte, tenemos que contar con la asombrosa capacidad del ser humano para tropezar en la misma piedra no sólo dos, sino todas las veces que haga falta. Pero la verdadera razón, más allá de la codicia, la inocencia y la credulidad de las personas, es la inmensa habilidad de los estafadores para “facilitar” a las víctimas la adopción de decisiones financieramente suicidas. Cuentan con un don natural para entender el funcionamiento de la mente y el contexto financiero, lo que les permite adaptar sus estrategias a las debilidades humanas de cada momento y lugar.

La capacidad evolutiva y la imaginación de los timadores son tan desbordantes que resulta difícil elaborar un catálogo de engaños lo bastante exhaustivo y actualizado. Para empezar por alguna parte, he aquí una tipología completamente arbitraria de las estafas financieras, en función de su objeto, funcionamiento y víctimas potenciales.

  • Estafas 1.0. El oro de los leprechauns
  • Estafas 2.0. Invertir en un Expediente X
  • Estafas 3.0. El canto de las sirenas

(¡AVISO! A diferencia de lo que ocurre con los avances tecnológicos, las estafas más sencillas y tradicionales no desaparecen del mercado sustituidas por otras más modernas. Como veremos a continuación, los fraudes más sofisticados simplemente se suman a los ya existentes, ofreciendo al desprevenido público una gama cada vez mayor de “productos fraudulentos” para todos los gustos y presupuestos).

Estafas 1.0: El oro de los leprechauns

Estos simpáticos duendecillos irlandeses comercian con un oro de propiedades especiales: tiene la desagradable costumbre de evaporarse por completo una vez que el leprechaun ha conseguido su objetivo. Por tanto,  podemos atribuir a los duendes la paternidad de timos como el de la estampita (el cuento del tío en Latinoamérica), el tocomocho o similares, que operan con la promesa de recompensas monetarias… altamente volátiles.
  
Estos timos se caracterizan por la simplicidad del planteamiento. Los estafadores no se complican la vida prometiendo inversiones en productos sofisticados o con alto potencial de revalorización: se limitan a ofrecer mucho dinero a cambio de un pequeñísimo favor. Con frecuencia, dicho favorcillo supone que la víctima saca provecho de la situación de debilidad o necesidad de otra persona, así que en el pecado suele ir la penitencia.

Como ejemplo inmejorable del funcionamiento de este timo sugerimos un corte de la clásica película española “Los tramposos”, en el que Tony Leblanc finge ser un joven retrasado dispuesto a cambiar un sobre lleno de “estampitas” (billetes de curso de legal) por una modesta suma de dinero.


La versión más moderna de este tipo de fraudes (que seguimos considerando 1.0 porque se limitan a intercambiar dinero por favores) es la estafa nigeriana. Puesto que elegir a las víctimas en la calle tiene poco alcance y requiere demasiado esfuerzo, ahora los delincuentes se dedican a enviar correos electrónicos masivos con historias improbables que, sin embargo, excitan la imaginación de muchas personas: premios de lotería que el ganador no puede cobrar directamente por diversos motivos, grandes herencias retenidas en África por funcionarios corruptos a los que hay que sobornar, etc. El panoli de turno (=víctima) puede aliviar las desdichas del remitente enviándole algún dinero mediante unas cuantas transferencias bancarias, a cambio de las cuales recibirá una generosa recompensa. ¡Más fácil, imposible! Os invitamos a ver una interpretación desenfadada pero muy realista de este tipo de timos en  Don Quijote y la estafa nigeriana

¿Quiénes son las víctimas potenciales de una estafa 1.0?  La respuesta más inmediata es que cualquiera con una moral lo bastante flexible. Está claro que la avaricia es un ingrediente necesario, pero probablemente el tema sea algo más complejo.

Las estadísticas sugieren que las personas mayores son mucho más propensas a caer en las estafas presenciales del tipo tocomocho. Tienen menos reflejos para detectar lo sospechoso de las propuestas y su mayor vulnerabilidad les lleva a tratar de aprovechar cualquier oportunidad para conseguir un dinerillo extra, acallando los escrúpulos morales que puedan surgir ante ofrecimientos que, casi siempre, implican aprovecharse de la presunta necesidad o incapacidad de otros.

En cuanto a las estafas nigerianas por canales virtuales, puede caer cualquiera… Mejor dicho, cualquiera lo bastante desinformado, optimista o amante de la aventura como para creer que, entre todos los habitantes del planeta con una cuenta de correo electrónico, ha sido elegido por el Universo para beneficiarse de tan sorprendente oportunidad.

Estafas 2.0: Invertir en un Expediente X

La mayor parte de las personas encuentran el mundo de las finanzas tan misterioso y paranormal como la mítica serie con la que despedimos el siglo pasado. Esta percepción deja el terreno abonado para los estafadores 2.0, presuntos expertos que aseguran tener la clave para lograr rentabilidades de ciencia-ficción, mediante inversiones sofisticadas que sólo están al alcance de unos pocos iniciados: “Dame tu dinero y te proporcionaré rendimientos que no son de este mundo, porque conozco los mercados mejor que nadie y encuentro oportunidades que nadie más ve”. De este modo prometen conducirte a la parte más secreta, al Expediente X del mundo financiero, como si este no resultara ya lo bastante opaco e inaccesible en su versión legal.      

Y aquí reside una parte del problema. Convencidos de nuestra incapacidad para entender un sistema financiero poco transparente y aún menos didáctico, hemos adquirido una peligrosa propensión a confiar nuestro dinero a cualquiera, aunque se trate (o especialmente si se trata) de gurús galácticos que prometen sacarnos de la mediocridad.

Si bien la denominación pomposa (perdón, quise decir oficial) de estos estafadores es “entidades no autorizadas a prestar servicios de inversión”, en ocasiones reciben nombres mucho más pintorescos, como chinamos o “chiringuitos financieros”. Para conocer con detalle su funcionamiento y las técnicas psicológicas que utilizan, recomendamos la guía Los chiringuitos financieros, de la Comisión Nacional del Mercado de Valores de España, bastante más amena de lo que suele ser habitual en este tipo de publicaciones. (NOTA: Casi todos los supervisores del mundo incluyen en sus páginas web avisos y listas de chiringuitos financieros, lo cual tendría magníficos efectos preventivos si la gente normal conociera su existencia).

Una de las variantes más conocidas de estos timos 2.0 son las estafas piramidales o esquemas Ponzi: la presunta estrategia inversora consiste sencillamente en pagar elevados rendimientos a los inversores más antiguos… con el dinero que van aportando las nuevas víctimas. La pirámide se sostiene mientras existe un flujo regular y abundante de nuevos pececillos, con frecuencia captados por el boca a boca: los primeros que entran en este tipo de estafas pueden recibir bastante dinero antes de que el sistema se hunda. ¿Verdad que suena familiar? Efectivamente, Madoff ha sido el más famoso de los recientes estafadores piramidales, y tiene en su curriculum haber engañado a lo más granado de las finanzas mundiales, incluido el mismísimo Banco Santander.

El caso Madoff demuestra que estos timos gozan de excelente salud, pese a que ya llevan funcionando un par de siglos. La primera pirámide financiera de que se tiene noticia surgió en la España del XIX (para que luego digan que no innovamos) y nació de la imaginación y el espíritu práctico de doña Baldomera Larra y Wetoret, hija del escritor romántico Mariano José de Larra. El sistema es tan sensato que, como señala el chiste, ha sido copiado incluso por la Seguridad Social.

(Traducción: “¡A ver, Madoff! ¿De dónde sacaste la idea de pagar a los inversores más antiguos con el dinero de los más recientes?” “Del sistema de la Seguridad Social…”. Exacto, de ahí deriva el actual problema de las pensiones en los países con menor tasa de natalidad: en pocos años no habrá suficientes trabajadores en activo para pagar las pensiones a una creciente población de jubilados. Puro sistema piramidal en proceso de hundimiento).

¡Qué decepción! Después de todo, resulta que el Expediente X no ocultaba una revalorización sobrenatural, sino sólo un timo sencillito de andar por casa.

¿Quiénes son las víctimas potenciales de una estafa 2.0? Todos aquellos que no desean formar parte de la manada de incautos dispuestos a contratar obedientemente los productos financieros prêt-à-porter que al intermediario de turno le interese vender en cada momento. Esperan de su dinero “algo más”: más sofisticado, más exclusivo, más rentable. El éxito de los estafadores 2.0 reside en que se presentan como “socializadores de las ganancias” de unos mercados de capitales que suelen reservar sus mejores oportunidades a especialistas y grandes fortunas.

Estafas 3.0: El canto de las sirenas. 

¡Oh, las sirenas! Esas mujeres mitológicas que no necesitan piernas, porque les basta su bello canto para que los hombres pierdan el oremus y estrellen sus barcos contra las rocas. En la Odisea, Homero (el poeta griego, no el padre de los Simpson) nos cuenta cómo se libró Ulises de sucumbir a su hechizo: obligó a sus hombres a taparse los oídos con cera, mientras él permanecía atado al mástil disfrutando del concierto.

Las estafas 3.0 son como el canto de las sirenas: prácticamente irresistibles y muy destructivas. Aprovechan el descrédito y la opacidad del mundo financiero para ofrecer inversiones basadas en productos tangibles: oro, sellos, obras de arte, árboles, avestruces... Cuando se trata de ahorrar para el futuro, ¿quién quiere un producto financiero etéreo e incomprensible,  pudiendo invertir en algo que es posible ver, tocar y medir?

Es fácil entender cómo atraen a sus víctimas estos estafadores-sirenas: con el presunto potencial de revalorización de las presuntas inversiones (aquí todo es presunto excepto las pérdidas de la gente, que son seguras). Sin embargo, en los últimos tiempos están añadiendo un argumento de captación que me ha dejado completamente perpleja: ¡Prometen educación financiera!

Imagino el sobresalto de quienes siguen este blog: “¿Pero no se suponía que la gran dificultad de la educación financiera es que a la gente no le interesa? ¿Cómo es posible que, de repente, tenga el suficiente gancho comercial como para convertirse en un canto de sirena?”.

Todo tiene su explicación, queridos y sorprendidos lectores. En un artículo previo comentaba que, mientras el discurso oficial de los educadores financieros institucionales es menos inspirador y más aburrido que chupar un clavo, Kiyosaki y compañía han encontrado la tecla emocional y el vocabulario adecuado para despertar el interés de la gente: mentalidad de prosperidad, seguridad y libertad financiera, generación de ingresos pasivos, hacer que el dinero trabaje para ti…

Estos conceptos resultan tan estimulantes que han llevado a muchas personas a ver la educación financiera como una oportunidad para mejorar su vida. El problema es que no tienen ni la menor idea de cómo lograr tales aspiraciones dentro del sistema financiero legal. Y aquí es donde aparecen los estafadores, prometiendo una educación financiera que “pone los secretos de los ricos al alcance de todos” y, por el mismo precio, les guía paso a paso por un sencillísimo proceso para el que sólo necesitan determinación… y disponer de unos ahorritos, claro.

Con admirable altruismo, los promotores de la estafa ofrecen al aspirante a inversor todo tipo de facilidades. Cambian el discurso elitista de las estafas 2.0 por uno mucho más populista, con el deplorable resultado de aumentar hasta el infinito el número de potenciales afectados. Eso sí, comparten con aquellas la afición por utilizar estructuras piramidales, con frecuencia disfrazadas de negocios multinivel, que convierten a las víctimas en propagadoras inconscientes del montaje.

Mientras que sobre las estafas 2.0 aún es posible hallar avisos en las webs de los reguladores, contra los fraudes 3.0 no nos previene nadie. Aprovechan las lagunas legislativas, coquetean con la legalidad y hacen de la ostentación su mejor estrategia comercial: llamativos patrocinios, grandes oficinas, apariciones constantes en los medios de comunicación, presencia en foros profesionales… Resultan casi indetectables porque saben que el mejor escondite es el que está a simple vista.

¿Quiénes son las víctimas potenciales de una estafa 3.0? Todas las personas que sienten una sana inquietud por procurarse cierta tranquilidad financiera para el futuro… pero no saben por dónde empezar. Esta desorientación hace que se muestren receptivas a cualquier propuesta de inversión que parezca razonable, comprensible y de fácil acceso.

Las estafas 2.0 y las 3.0 tienen algo en común: es muy fácil caer en ellas. Mientras en el timo de la estampita y en la estafa nigeriana se requiere cierto grado de codicia, candidez o estupidez, las estafas “para inversores” están ocupando los espacios que dejan libres las entidades legales, al ofrecer soluciones (falsas pero atractivas) a las necesidades, deseos y expectativas de las personas.

tweet aquiCONCLUSIÓN: El mayor activo de un inversor no es la información, como suelen rezar los mensajes oficiales. El mayor activo de un inversor es la desconfianzaCuando alguien nos pone delante un caballo regalado sí hay que mirarle el dentado. Aún mejor, conviene hacerle una radiografía de cuerpo entero. 

Cristina Carrillo 

jueves, 27 de marzo de 2014

El deporte y las finanzas de élite perjudican la salud

Las compañías de seguros tienen muy claro quiénes van a pagar las primas más elevadas al contratar un seguro de vida: empleados de líneas aéreas, militares, policías, mineros, bomberos, pilotos de carreras… En suma, todos aquellos cuya actividad laboral pone en riesgo su vida o su salud. A tenor de la ola de adicciones, enfermedades y suicidios de los últimos tiempos, tal vez debieran incluir en su catálogo de ocupaciones de altísimo riesgo otra profesión muy perjudicial para la integridad física y mental: ejecutivo del sector financiero.

En esta vida, todo es cuestión de proporción. Incluso las actividades más saludables y beneficiosas acaban resultando dañinas llevadas al exceso, lo cual suele ocurrir cuando dejan de ser un medio para lograr algo positivo y se convierten en un fin en sí mismas. Esa falta de propósito superior es la que hace aflorar los peligros en el deporte… y en las finanzas.

No cabe duda de que el ejercicio físico es beneficioso para la salud: mantiene el tono muscular y el ritmo cardiaco, previene enfermedades, mejora el estado de ánimo, etcétera, etcétera. Sin embargo, los deportistas de élite, esos que vemos por televisión compitiendo en los Juegos Olímpicos y en los campeonatos mundiales… ¡están siempre lesionados y achacosos! Muchos terminan arrastrando de por vida secuelas, más o menos graves, como recuerdo de su dedicación al deporte de alto rendimiento.

Por obra y gracia de la ultraprofesionalización, algo que en dosis razonables es sanísimo (el ejercicio físico) se transforma en una fuente de estrés, enfermedad y dolor: nuestras frágiles envolturas humanas no están diseñadas para semejante sobreesfuerzo. El deporte de élite casi nunca reporta bienestar, pero sí jugosos contratos publicitarios, reconocimiento social y la efímera satisfacción personal de ganar un campeonato o batir algún récord, para los más lesionados... digo, destacados.

¿Se va captando ya la metafórica relación del medallero olímpico con las altas finanzas? Podríamos decir que el ejercicio físico es al deporte profesional lo que la educación financiera a las altas finanzas. La primera parte de la ecuación es saludable y está al alcance de todos. La segunda requiere una especialización extrema y es cualquier cosa, excepto saludable.

¿Cómo puede ser peligroso un trabajo de oficina que consiste en mover dinero de un lado a otro? Bien pensado, lo cierto es que el dinero no se mueve de sitio, porque en general ni siquiera existe. Reformulemos la pregunta: ¿cómo puede ser peligroso un trabajo de oficina que consiste en hacer apuntes contables virtuales que, supuestamente, representan cantidades de dinero moviéndose de un lado a otro? ¿Verdad que suena como un videojuego? Nada tangible ni material, ninguna conexión con el mundo físico.

¡Al fin hemos desvelado el gran secreto! Las altas finanzas son un videojuego en el que pasar a un nivel superior no significa conseguir más cerezas, sino bonus anuales cada vez más  galácticos. Como ocurre a menudo con los videojuegos, la acumulación de puntos-bonus puede resultar altamente adictiva.

Ese proceso de adicción al juego financiero queda impecablemente reflejado en el  testimonio de Sam Polk, “Por amor al dinero”, publicado en el New York Times. Relata cómo consiguió superar una adicción juvenil al alcohol y las drogas para terminar sus estudios universitarios y ocupar uno de los puestos más valorados en Wall Street: trader de Credit Default Swaps (permutas de incumplimientos crediticios, uno de esos engendros financieros que se presentaron como una solución para algo y acabaron convirtiéndose en parte del problema). Algunos pasajes resultan especialmente esclarecedores: 
“Es asombroso pensar que, en el transcurso de sólo cinco años, había pasado de estar entusiasmado por mi primer bonus – 40.000 dólares – a sentirme decepcionado cuando me pagaron un bonus de “sólo” 1,5 millones de dólares. (…) A pesar de ello, seguía impresionado por mi progreso. El psicólogo no compartía mi euforia. Decía que yo estaba usando el dinero del mismo modo que antes las drogas y el alcohol, para sentirme poderoso. (…) Al final, fueron mis absurdamente ricos jefes los que me abrieron los ojos. Estaba en una reunión con uno de ellos y otros traders cuando empezaron a hablar de la nueva regulación de los hedge-funds. Casi todo el mundo en Wall Street pensaba que era una mala idea. Pero, ¿no es mejor para el sistema?,  pregunté. La habitación se quedó en silencio y mi jefe me fulminó con la mirada. No tengo capacidad cerebral para pensar en el sistema como un todo, respondió. Todo lo que me importa es cómo va a afectar esto a nuestra compañía
(…) Desde ese momento, empecé a ver Wall Street con otros ojos. Noté el vitriolo que lanzaban los traders al gobierno por limitar los bonus después de la crisis. Oí la furia en sus voces ante la mención de subidas de impuestos. Los traders despreciaban cualquier cosa o a cualquier persona que amenazara sus bonus. ¿Han visto alguna vez un drogadicto cuando necesita una dosis? Hará cualquier cosa – caminar 20 millas en la nieve, robar a su abuela – para conseguirla. Así era Wall Street. En los meses previos al reparto de los bonus, la planta de los traders empezaba a parecer un vecindario de la serie The Wire cuando se les ha terminado la heroína”.

Puede que algunos de los paralelismos entre los deportistas de élite y los ejecutivos dedicados a las altas finanzas sean válidos: el constante afán de superación, la ambición competitiva para lograr más reconocimiento, más poder, más premios, más dinero… Sin embargo, hay una diferencia esencial que pone fin a la metáfora: el deportista que va más allá de los límites de su cuerpo y de su mente sólo se perjudica a sí mismo; los ejecutivos que manejan el sistema financiero como si fuera un videojuego nos perjudican a todos. ¿Son simples desalmados sin el menor atisbo de ética o, pobrecillos, sólo son víctimas de una adicción como cualquier otra… que termina por convertirlos en desalmados sin el menor atisbo de ética?

Polk confiesa en su artículo que, incluso después de haber comprendido que tanto él como sus colegas eran auténticos adictos a la riqueza, todavía tardó algún tiempo en abandonar Wall Street: sentía un terror irracional a perder su estatus y quedarse sin dinero. La visión que ofrece del problema y de sus consecuencias no puede ser más descarnada:
 “La adicción a la riqueza fue descrita por el difunto sociólogo y dramaturgo Philip Slater en un libro de 1980, pero los investigadores han prestado poca atención al concepto. Igual que los alcohólicos que conducen bebidos, los adictos a la riqueza ponen en peligro a todo el mundo. (…) Ellos son los responsables de la tóxica y vasta disparidad entre los ricos y los pobres y de la aniquilación de la clase media. Sólo un adicto a la riqueza puede ver justificado recibir una compensación de 14 millones de dólares – incluyendo un bonus de 8,5 millones – como hizo en 2012 el CEO de McDonald’s, Don Thompson, mientras su compañía publicaba un folleto para explicar a los empleados cómo sobrevivir con sus bajos salarios. Sólo un adicto a la riqueza ganaría cientos de millones como manager de un hedge fund, y después presionaría para mantener una laguna fiscal que le permite aplicarse un tipo impositivo menor que el de su secretaria”.

Polk consiguió reaccionar a tiempo. Finalmente abandonó el Olimpo financiero y se recicló como impulsor de una organización sin fines de lucro que promueve una alimentación y un estilo de vida más saludables (Groceryships). Otros no han tenido tanta suerte, según parece indicar la epidemia de suicidios y muertes repentinas de altos ejecutivos financieros que aparecen con cierta frecuencia en los medios de comunicación. ¿Casualidad o consecuencia de una actividad profesional psicológicamente insostenible? ¿Qué opinan nuestros lectores?

Finalizamos con un par de recomendaciones relacionadas con este tema: la película Margin Call (que reproduce con espeluznante realismo lo que probablemente fueron los momentos previos al inicio “oficial” de la crisis financiera) y la reseña de Victoria González Quintana en nuestra newsletter sobre el libro de El Roto “Viñetas para una crisis”.



martes, 25 de febrero de 2014

La educación financiera como estrategia para culpar a las víctimas

Imagina que entras en un comercio y, a la hora de pagar, compruebas con horror que te han robado la billetera. ¡Ni siquiera te has dado cuenta! Acudes a la comisaría más cercana para denunciarlo y un policía te sermonea con tono virtuoso: “¿Está usted seguro de que ha protegido su dinero con la debida diligencia?”. Tú protestas débilmente: “Claro que sí… ¡Pero es que no noté nada sospechoso!”.

El policía frunce el ceño: “Verá, los carteristas no van con un letrero en la frente avisando de que van a robarle. ¡Es usted el que debe mantenerse alerta en todo momento! Además, los que trabajan en esta zona son especialmente habilidosos”. Confundido, intentas aclarar la situación: “¿Es que saben quiénes son? ¿Y por qué no los detienen?”. “Bueno, cada uno se gana la vida como puede”, responde el policía encogiéndose de hombros. “Además, los amigos de lo ajeno desempeñan una importante función social, ya que ayudan a mover el dinero de un lado a otro. Sin embargo, hemos desarrollado un amplio catálogo de cursos para facilitar la autoprotección de los ciudadanos: defensa personal y artes marciales, reconocimiento facial de actitudes amenazadoras… Ah, y uno magnífico que vamos a incluir en el curriculum escolar, porque estas cosas conviene aprenderlas cuanto antes: Escondrijos creativos en tu ropa interior para billetes y tarjetas”.    
El actual enfoque de la educación financiera es como ese catálogo surrealista de cursos de autoprotección: una forma de aparentar que se hace algo, desviando la responsabilidad desde los causantes a las víctimas. 

Aunque por fortuna el mensaje va evolucionando, todavía hay representantes de la industria y de los supervisores financieros que argumentan igual que el virtuoso policía de la historia: “no podemos ignorar la responsabilidad personal de los propios consumidores en la gestación y agravamiento de la crisis”. Traducido: las cosas no estarían tan mal si la gente hubiera leído lo que firma, entendido lo que contrata y ahorrado su dinero para el futuro, en lugar de endeudarse para comprar inmuebles sobrevalorados. Pues sí. Pero no.

Puesto que en tiempos no muy lejanos yo también sostuve ese mensaje institucional, entiendo la motivación subyacente: todos necesitamos creer que lo que estamos haciendo tiene alguna utilidad, ante la evidencia de que la verdadera raíz de los problemas está mucho más allá de nuestro modesto ámbito de influencia. Conseguir que los reguladores promuevan y que la industria acepte los cambios estructurales necesarios para mejorar el diseño, la comercialización y la venta de los productos financieros parece tan, tan, pero tan complicado, que preferimos dedicarnos a desarrollar compulsivamente cursos, portales y recursos educativos para los clientes. Como nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato, ¡enseñemos a los ratones a evitar los zarpazos! El problema es que la moraleja asociada a esta perspectiva es particularmente cruel: Si los ratones acaban devorados… ¡culpa suya, por no haber seguido nuestros sabios consejos con más aplicación! (Para los que no conozcan la expresión “ponerle el cascabel al gato”, incluyo el cuento del que procede).

Lo más triste del caso es que, excluyendo la moraleja, el planteamiento tiene cierto sentido: mientras libramos nuestra heroica batalla contra el statu quo para mejorar el contexto en el cual tomamos nuestras decisiones, no es descabellado promover un mejor conocimiento del entorno financiero, como herramienta de autoprotección.

Llegados a este humilde punto de consenso, ¿cómo conseguimos que el público adquiera esas habilidades de “defensa financiera personal”? De cualquier forma… que no sea la actual. Para que nadie pueda acusarme de exceso de sutileza, lo diré aún más claro: la mayor parte de la educación financiera que se ofrece hoy día no vale absolutamente para nada. Estamos enfocando mal el problema, tanto en el fondo como en la forma.

La educación financiera y la educación sexual

Sostener opiniones tan alejadas de la autocomplaciente línea oficial produce una gran sensación de soledad, por lo que me sentí muy feliz cuando descubrí este artículo de Helaine Olen, cuyo inequívoco título ya anticipa el contenido: La cruzada para mejorar la cultura financiera en América es un fracaso y una farsa. Está claro que la sutileza tampoco es lo suyo. ¡Un alma gemela!

Para poner cara al fracaso, cuenta el caso real de Dave Cannon, un joven que tuvo la suerte de disponer de sesiones de educación financiera en sus años de formación. Ya adulto, lucha como puede para devolver sus préstamos de estudios y la enorme bola de nieve de su tarjeta de crédito. En sus propias palabras, sus clases sobre economía personal fueron “un borrón”. La explicación es harto sencilla: “Cuando estábamos estudiando, nos limitábamos a sobrevivir. No había muchas posibilidades de usar los principios financieros”. Así que los olvidó más o menos inmediatamente.

El protagonista de la historia no es un caso excepcional: lo normal es que la educación financiera recibida en la escuela pase por las jóvenes mentes en formación sin dejar ni la más mínima huella. Mientras en Europa y Latinoamérica creemos estar inventando la rueda con los proyectos para incluir la educación financiera en el curriculum escolar, en Estados Unidos ya disponen de investigaciones que prueban el insignificante impacto de tales iniciativas en el mundo real.

Citando de nuevo a Helaine Olen: “Creciente, resonante evidencia  muestra que la educación financiera no funciona. La experiencia de Dave Cannon no es la excepción, sino la regla. Tenemos la idea de que, si enseñamos a los niños buenos hábitos, los usarán. Pero eso no es verdad”, explica John Lynch, un especialista en psicología del consumo de la Leeds School of Business de la Universidad de Colorado. No todos los comportamientos están gobernados por las intenciones racionales. “Un chico en el asiento trasero de un coche”, dice Lynch, “no se acuerda de las clases de educación sexual.

… Y más investigaciones que no queremos conocer

Olen menciona el estudio Capacitación financiera, educación financiera y comportamientos financieros a favor de la corriente, de John Lynch, Daniel Fernandes y Richard Netemeyer, que analiza los resultados de más de 200 programas de educación financiera, teniendo en cuenta los antecedentes familiares y los rasgos de personalidad de los sujetos. La conclusión es que "la educación financiera tiene un efecto inapreciable en el comportamiento y las decisiones financieras subsecuentes. En los 20 meses siguientes, casi todas las personas que recibieron clases de capacitación financiera olvidaron todo lo que habían aprendido"

"Estas conclusiones confirman los resultados de otro estudio reciente, realizado por los economistas Shawn Cole, de la Harvard Business School, Anna Paulson de la Reserva Federal de Chicago y Gauri Kartini Shastry de Wellesley College, sobre la eficacia de las leyes estatales que obligan a impartir educación financiera en las escuelas. Su conclusión es que los 'mandatos estatales para que los estudiantes de Secundaria tomen cursos de finanzas personales no tienen efecto en sus comportamientos de ahorro e inversión'.

Otro estudio, de 2009, evaluó la capacidad financiera de jóvenes recién graduados de la Secundaria que habían tomado un curso altamente recomendado de finanzas personales. No lo hicieron mejor que los graduados que no habían recibido el curso. Uno de los autores del estudio, el economista Lewis Mandell, es también uno de los fundadores del moderno movimiento a favor de la capacitación financiera, pero la evidencia le ha llevado a dar la espalda al paradigma predominante. 'La educación financiera no funciona cuando se da con antelación al momento en que el consumidor la necesita', afirma con rotundidad".

¿Y ahora qué hacemos?

Liberar a la educación financiera de expectativas que jamás podrá cumplir. Las personas no sólo destrozan su economía personal por falta de conocimientos financieros o de valores personales. La cruda realidad es que, mientras les susurramos por un oído las virtudes del ahorro, por el otro alguien les convence a gritos de que endeudarse para viajar al Caribe es el colmo de la inteligencia.

No hay duda de que tenemos que orientar a los ciudadanos para que no se pierdan en las complejidades del actual entorno financiero. Pero, ante todo y sobre todo, tenemos que ponerle el cascabel al gato.

Cristina Carrillo