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jueves, 25 de junio de 2015

¿Sabemos proteger a los consumidores financieros?

El artículo de este mes es inusualmente breve (imagino la gratitud de mis lectores) y está enfocado a un objetivo muy concreto: impulsar la investigación que estamos realizando para mejorar la protección de los consumidores financieros en ARGENTINA.

El análisis se articula a partir del cuestionario diseñado por la Universidad de Roma Tor Vergata y la Unión Italiana de Consumidores, y se está desarrollando de manera simultánea en varios países; entre ellos, Italia, Australia, Islandia, Suecia, España, Brasil y Argentina.

Se estima que en cada país son necesarias 500 respuestas para garantizar la representatividad de la muestra. La fecha límite para lograr esa cifra es el 31 de agosto de 2015. A partir de ese momento se procesarán los datos y comenzará la fase de análisis, conclusiones y propuestas. Los datos de los demás países participantes estarán disponibles a efectos comparativos.

¿A quién le interesa el estudio? A cualquier organización vinculada con los diferentes enfoques de la inclusión y la educación financiera en Argentina: bancos, universidades, organizaciones de consumidores, profesionales y medios de comunicación financiera, organismos públicos, etc.

Aunque pueda resultar evidente la importancia de este tipo de investigaciones, no está de más un pequeño recordatorio: entender mejor las dificultades y problemas de los ciudadanos es imprescindible para desarrollar estrategias de inclusión financiera más realistas, que no pierdan de vista la protección eficaz de los consumidores.

¿Cómo colaborar? Dando a conocer la investigación y difundiendo el cuestionario, con el fin de conseguir el mayor número posible de respuestas.

Los resultados del estudio, tanto para Argentina como para los demás países participantes, serán compartidos públicamente, con el debido reconocimiento a todas las personas y entidades que participen en la difusión.

Atenderé personalmente a todos los que deseen contactarme por mail para obtener más información sobre el proyecto.

El cuestionario puede completarse en la plataforma habilitada por la Universidad de Roma, disponible a través de nuestro enlace de acceso.



Cristina Carrillo

miércoles, 18 de febrero de 2015

Ahorrar, un deporte de alto riesgo

A punto de concluir uno de esos periodos de gasto descontrolado que cada vez son más frecuentes, gracias a la constante estimulación publicitaria de nuestro gen comprador, vamos a hablar del ahorro.

¡TRANQUILOS, QUE NO HUYA NADIE! No se trata de la habitual reflexión sobre la importancia de atesorar reservas para las épocas de vacas flacas. Todo lo contrario.

Dispuesta a seguir animando el debate sobre la educación financiera “oficial”, voy a hacer una confesión estremecedora que puede herir gravemente la sensibilidad del lector (los que sigan a partir de este punto lo hacen bajo su propia responsabilidad).  
Estoy harta de hablar (y de oír hablar) de las presuntas virtudes del ahorro. Hartísima. Hasta el infinito y más allá.

No lo puedo evitar. Mi hartazgo se ha visto agravado por la proliferación de voces que, en los últimos tiempos, insisten en la importancia de educar a los niños en la cultura del ahorro. ¡Así, por las buenas! Como si el ahorro fuera algo sencillito e inocuo, una especie de paracetamol financiero infantil.

Pues no, ladies and gentlemen. El ahorro no está exento de riesgos y efectos secundarios. Si la educación proahorro se administra sin los debidos controles, puede causar traumas indelebles en niños y adultos. Lo mismo que empujar a alguien para que se tire en paracaídas, pero sin paracaídas.

Veamos algunos de los peligros ocultos del ahorro:

-        Puede generar adicción
-        Puede generar frustración
-        Puede producir efecto rebote

Adictos al ahorro: ¿los más ricos del cementerio?

La mayoría de nosotros tenemos el autocontrol tan erosionado que nos enganchamos a cualquier cosa: videojuegos, telenovelas, dietas… Por improbable que parezca, incluso hay gente que se engancha al ahorro.

Para los que piensan que bromeo, recordemos los recientes reportajes sobre Anne Wojcicki, la exmujer de uno de los fundadores de Google. Esta señora, riquísima por matrimonio y por sus propios méritos como empresaria, sólo bebe agua del grifo en los restaurantes y prefiere pagar las multas de aparcamiento a poner los tiques correspondientes: después de calcularlo cuidadosamente, comprobó que le salía más rentable saltarse las normas a la torera. Descubrimos así que el ahorro no siempre es virtuoso: la buena de Anne, bastante escasa de espíritu cívico, no parece precisamente un ejemplo a seguir. Sus vecinos y empleados la consideran, más bien, una versión actualizada del avariento Scrooge de Dickens.  

Sin necesidad de llegar a tan mezquinos extremos, no es infrecuente encontrar personas que llevan el ahorro más allá de lo saludable. Cierto asesor financiero me habló de un cliente suyo, con patrimonio suficiente para vivir de las rentas el resto de sus días, que se congelaba de frío en su casa de 300 metros cuadrados con tal de ahorrarse la calefacción. Probablemente terminó muriendo de pulmonía... aunque forrado de dinero, eso sí.

¿Obsesión por el control, miedo al futuro, simple estupidez…? Cualquiera que sea el motivo de estas conductas, sugieren la idea de que el ahorro no es un valor absoluto: más allá de ciertos límites, se convierte en esperpento.

El ahorrador frustrado: del dicho al hecho hay un gran trecho

En un alarde de optimismo, vamos a suponer que nuestros esfuerzos educativos tienen éxito y logramos convertir a un consumidor estándar en un austero ciudadano. Llamaremos Marcelino a nuestro protagonista.

El entusiasmado converso se pone rápidamente manos a la obra, siguiendo a rajatabla el Manual del perfecto ahorrador: identifica sus necesidades, establece metas y plazos, evalúa su patrimonio y su capacidad financiera, etcétera, etcétera.

Y entonces Marcelino se topa con la parte del Manual que recomienda elegir un asesor de confianza. Nuestro héroe dedica unas diez horas al día a comparar en las páginas web las comisiones y servicios de las diferentes entidades y agentes. Aunque la información no es homogénea, el valeroso neófito está decidido a cumplir todos y cada uno de los consejos que le conducirán a “una decisión informada”.

Tras una semana de trabajo intensivo, Marcelino consigue una feroz migraña y una hoja Excel con los resultados de su investigación. Como no es experto en minería de datos, finalmente decide relajarse un poco y elige a su asesor por el científico procedimiento del “pinto pinto gorgorito”.

Siguiendo con el tono positivo, imaginemos que nuestro protagonista tiene la suerte de encontrar un intermediario ejemplar: se preocupa por conocer sus necesidades y objetivos, gestiona con integridad los conflictos de interés (recomendando los productos que más le convienen al cliente y no los que a él le reportan más comisiones), le explica todos los riesgos y la rentabilidad real que puede esperar… ¿Oigo risas? Queridos lectores, no seamos cínicos: soñar es gratis.

Así llegamos al momento de la verdad: ¿dónde ponemos los ahorros? ¿Cuáles son esos productos adecuados para el modesto ahorrador Marcelino en términos de rentabilidad, riesgo, plazo y liquidez? Vaya… parece que la cosa está complicadilla.

Los instrumentos de ahorro/inversión que parecen seguros dan una porquería de intereses. Considerando la inflación, en muchos casos la tasa resulta negativa. Por no mencionar las ocasiones en que la seguridad es sólo una apariencia (que se lo digan a los que adquirieron las participaciones preferentes en España, vendidas como si fueran un depósito de toda la vida). La mera conservación del capital se antoja un objetivo inalcanzable. Otra cosa es si estamos dispuestos a asumir unos cuantos riesguitos sin importancia: en tal caso, siempre es posible optar por alguna burbujeante acción tecnológica, o algún innovador valor híbrido que no es de renta fija ni de renta variable, sino todo lo contrario…

La gama de productos disponibles es tan poco prometedora que, presa de la frustración, Marcelino acaba por preguntarse: ¿Entrego mi dinero para que sea devorado por el sistema financiero o dejo que siga alimentando a los ácaros del colchón?  Gran dilema…

En realidad, este consumidor reconvertido en ahorrador sólo tiene dos opciones: quedarse atascado en la fase de frustración (tras comprobar que eso de ahorrar no es tan fácil como lo pintan) o sufrir un espectacular efecto rebote y volver con renovados bríos al punto de origen.

El efecto rebote: ¡carpe diem!

¡La vida es corta! Mímate. Aprovecha el momento ¡Te mereces un descanso! Y una tele de pantalla plana, y un auto más moderno, y el último smartphone, y…

Más allá de las oportunistas recomendaciones publicitarias para animarnos a gastar todo lo que tenemos (y lo que no), este tipo de mensajes apuntan a nuestra fibra sensible. ¿Quién no perdió a algún ser querido demasiado pronto, o logró superar algún grave problema de salud? Basta con mirar a nuestro alrededor para suscribir eso de que “la vida son dos días, vamos a disfrutar mientras podamos”.

Volvamos a nuestro ahorrador frustrado. Acaba de comprobar que el anhelado “producto de ahorro/inversión que mejor encaja con su perfil” es tan esquivo como un ectoplasma. Por el contrario, tiene a su alcance todo tipo de préstamos y ofertas a pagar en comodísimas cuotas.

Así que, entre asistir a la reposición de El increíble ahorro menguante (con la inflación, las bajas tasas de interés y los cambios fiscales en roles protagónicos) o hacer lo que de verdad le pide el cuerpo, no es de extrañar que Marcelino complete el ciclo y vuelva a su inclinación inicial: endeudarse hasta las cejas y gastar como un descosido.

Entonces, ¿qué hacemos con el ahorro?

Pese al habitual tono desenfadado de este blog, nada de lo anterior es ficción.  Las habituales y bienintencionadas recomendaciones sobre el ahorro siguen basándose en una descripción idealizada del sistema financiero, que no se corresponde con la realidad. La cruda verdad es que el ahorro y la inversión no están al alcance de todos. Los intermediarios no siempre cumplen con su papel y la mayor parte de los productos no están diseñados para resolver las necesidades de las personas.

Hemos argumentado con frecuencia que la educación financiera no es una panacea. Por una parte, porque no tiene en cuenta nuestros mecanismos de toma de decisiones. Por otra, porque ignora las realidades menos amables del sistema financiero. Con una contumacia digna de mejor causa, seguimos atribuyendo las preferencias consumistas del público a desconocimiento, irresponsabilidad, irracionalidad o falta de autocontrol. Aunque puedan estar presentes en muchos casos, estas no son las únicas razones, ni siquiera las más poderosas.

 Tweet: La educación financiera desconectada de la realidad es inútil y afecta a la credibilidad de los que la promueven http://bit.ly/1AFgIYVLa educación financiera desconectada de la realidad es inútil y afecta a la credibilidad de los que la promueven

Posiblemente estoy tirando piedras contra mi propio tejado, pero la actual mística del ahorro no cuadra de ninguna manera… ¿Por qué insistimos en presentarlo como una sencilla opción personal cuando, en realidad, es un deporte de alto riesgo?

Cristina Carrillo

martes, 25 de febrero de 2014

La educación financiera como estrategia para culpar a las víctimas

Imagina que entras en un comercio y, a la hora de pagar, compruebas con horror que te han robado la billetera. ¡Ni siquiera te has dado cuenta! Acudes a la comisaría más cercana para denunciarlo y un policía te sermonea con tono virtuoso: “¿Está usted seguro de que ha protegido su dinero con la debida diligencia?”. Tú protestas débilmente: “Claro que sí… ¡Pero es que no noté nada sospechoso!”.

El policía frunce el ceño: “Verá, los carteristas no van con un letrero en la frente avisando de que van a robarle. ¡Es usted el que debe mantenerse alerta en todo momento! Además, los que trabajan en esta zona son especialmente habilidosos”. Confundido, intentas aclarar la situación: “¿Es que saben quiénes son? ¿Y por qué no los detienen?”. “Bueno, cada uno se gana la vida como puede”, responde el policía encogiéndose de hombros. “Además, los amigos de lo ajeno desempeñan una importante función social, ya que ayudan a mover el dinero de un lado a otro. Sin embargo, hemos desarrollado un amplio catálogo de cursos para facilitar la autoprotección de los ciudadanos: defensa personal y artes marciales, reconocimiento facial de actitudes amenazadoras… Ah, y uno magnífico que vamos a incluir en el curriculum escolar, porque estas cosas conviene aprenderlas cuanto antes: Escondrijos creativos en tu ropa interior para billetes y tarjetas”.    
El actual enfoque de la educación financiera es como ese catálogo surrealista de cursos de autoprotección: una forma de aparentar que se hace algo, desviando la responsabilidad desde los causantes a las víctimas. 

Aunque por fortuna el mensaje va evolucionando, todavía hay representantes de la industria y de los supervisores financieros que argumentan igual que el virtuoso policía de la historia: “no podemos ignorar la responsabilidad personal de los propios consumidores en la gestación y agravamiento de la crisis”. Traducido: las cosas no estarían tan mal si la gente hubiera leído lo que firma, entendido lo que contrata y ahorrado su dinero para el futuro, en lugar de endeudarse para comprar inmuebles sobrevalorados. Pues sí. Pero no.

Puesto que en tiempos no muy lejanos yo también sostuve ese mensaje institucional, entiendo la motivación subyacente: todos necesitamos creer que lo que estamos haciendo tiene alguna utilidad, ante la evidencia de que la verdadera raíz de los problemas está mucho más allá de nuestro modesto ámbito de influencia. Conseguir que los reguladores promuevan y que la industria acepte los cambios estructurales necesarios para mejorar el diseño, la comercialización y la venta de los productos financieros parece tan, tan, pero tan complicado, que preferimos dedicarnos a desarrollar compulsivamente cursos, portales y recursos educativos para los clientes. Como nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato, ¡enseñemos a los ratones a evitar los zarpazos! El problema es que la moraleja asociada a esta perspectiva es particularmente cruel: Si los ratones acaban devorados… ¡culpa suya, por no haber seguido nuestros sabios consejos con más aplicación! (Para los que no conozcan la expresión “ponerle el cascabel al gato”, incluyo el cuento del que procede).

Lo más triste del caso es que, excluyendo la moraleja, el planteamiento tiene cierto sentido: mientras libramos nuestra heroica batalla contra el statu quo para mejorar el contexto en el cual tomamos nuestras decisiones, no es descabellado promover un mejor conocimiento del entorno financiero, como herramienta de autoprotección.

Llegados a este humilde punto de consenso, ¿cómo conseguimos que el público adquiera esas habilidades de “defensa financiera personal”? De cualquier forma… que no sea la actual. Para que nadie pueda acusarme de exceso de sutileza, lo diré aún más claro: la mayor parte de la educación financiera que se ofrece hoy día no vale absolutamente para nada. Estamos enfocando mal el problema, tanto en el fondo como en la forma.

La educación financiera y la educación sexual

Sostener opiniones tan alejadas de la autocomplaciente línea oficial produce una gran sensación de soledad, por lo que me sentí muy feliz cuando descubrí este artículo de Helaine Olen, cuyo inequívoco título ya anticipa el contenido: La cruzada para mejorar la cultura financiera en América es un fracaso y una farsa. Está claro que la sutileza tampoco es lo suyo. ¡Un alma gemela!

Para poner cara al fracaso, cuenta el caso real de Dave Cannon, un joven que tuvo la suerte de disponer de sesiones de educación financiera en sus años de formación. Ya adulto, lucha como puede para devolver sus préstamos de estudios y la enorme bola de nieve de su tarjeta de crédito. En sus propias palabras, sus clases sobre economía personal fueron “un borrón”. La explicación es harto sencilla: “Cuando estábamos estudiando, nos limitábamos a sobrevivir. No había muchas posibilidades de usar los principios financieros”. Así que los olvidó más o menos inmediatamente.

El protagonista de la historia no es un caso excepcional: lo normal es que la educación financiera recibida en la escuela pase por las jóvenes mentes en formación sin dejar ni la más mínima huella. Mientras en Europa y Latinoamérica creemos estar inventando la rueda con los proyectos para incluir la educación financiera en el curriculum escolar, en Estados Unidos ya disponen de investigaciones que prueban el insignificante impacto de tales iniciativas en el mundo real.

Citando de nuevo a Helaine Olen: “Creciente, resonante evidencia  muestra que la educación financiera no funciona. La experiencia de Dave Cannon no es la excepción, sino la regla. Tenemos la idea de que, si enseñamos a los niños buenos hábitos, los usarán. Pero eso no es verdad”, explica John Lynch, un especialista en psicología del consumo de la Leeds School of Business de la Universidad de Colorado. No todos los comportamientos están gobernados por las intenciones racionales. “Un chico en el asiento trasero de un coche”, dice Lynch, “no se acuerda de las clases de educación sexual.

… Y más investigaciones que no queremos conocer

Olen menciona el estudio Capacitación financiera, educación financiera y comportamientos financieros a favor de la corriente, de John Lynch, Daniel Fernandes y Richard Netemeyer, que analiza los resultados de más de 200 programas de educación financiera, teniendo en cuenta los antecedentes familiares y los rasgos de personalidad de los sujetos. La conclusión es que "la educación financiera tiene un efecto inapreciable en el comportamiento y las decisiones financieras subsecuentes. En los 20 meses siguientes, casi todas las personas que recibieron clases de capacitación financiera olvidaron todo lo que habían aprendido"

"Estas conclusiones confirman los resultados de otro estudio reciente, realizado por los economistas Shawn Cole, de la Harvard Business School, Anna Paulson de la Reserva Federal de Chicago y Gauri Kartini Shastry de Wellesley College, sobre la eficacia de las leyes estatales que obligan a impartir educación financiera en las escuelas. Su conclusión es que los 'mandatos estatales para que los estudiantes de Secundaria tomen cursos de finanzas personales no tienen efecto en sus comportamientos de ahorro e inversión'.

Otro estudio, de 2009, evaluó la capacidad financiera de jóvenes recién graduados de la Secundaria que habían tomado un curso altamente recomendado de finanzas personales. No lo hicieron mejor que los graduados que no habían recibido el curso. Uno de los autores del estudio, el economista Lewis Mandell, es también uno de los fundadores del moderno movimiento a favor de la capacitación financiera, pero la evidencia le ha llevado a dar la espalda al paradigma predominante. 'La educación financiera no funciona cuando se da con antelación al momento en que el consumidor la necesita', afirma con rotundidad".

¿Y ahora qué hacemos?

Liberar a la educación financiera de expectativas que jamás podrá cumplir. Las personas no sólo destrozan su economía personal por falta de conocimientos financieros o de valores personales. La cruda realidad es que, mientras les susurramos por un oído las virtudes del ahorro, por el otro alguien les convence a gritos de que endeudarse para viajar al Caribe es el colmo de la inteligencia.

No hay duda de que tenemos que orientar a los ciudadanos para que no se pierdan en las complejidades del actual entorno financiero. Pero, ante todo y sobre todo, tenemos que ponerle el cascabel al gato.

Cristina Carrillo