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miércoles, 30 de marzo de 2016

El Test de la Golosina en el mundo de las tasas de interés negativas

¿Cómo animar a la gente a ahorrar para el futuro en un mundo con tasas de interés negativas?

Lo siento, pero no se trata de una pregunta retórica para introducir una propuesta brillante e innovadora de mi propia cosecha. La cruda verdad es que no tengo ni idea.

Mi recorrido profesional me ha brindado la oportunidad de diseñar diferentes programas de inclusión y educación financiera. Por ética y por convicción, creo que los mensajes deben ser a la vez realistas y atractivos. Por desgracia, el sistema financiero nos lo está poniendo cada vez más difícil: si son realistas no son atractivos, y viceversa. 

·         Por un lado, tenemos los mensajes sobre economía personal que acostumbramos a manejar los que trabajamos en este desafiante campo: "¡Cuidado con el endeudamiento excesivo! El consumo consciente y el ahorro inteligente te permitirán conseguir el futuro que deseas. ¡Conocer mejor el sistema financiero te ayudará a beneficiarte de las ventajas y posibilidades que te ofrece!". Etcétera, etcétera.

·         Por otra parte, asistimos a la imparable evolución del sistema financiero, que abandonó hace tiempo el papel de intermediario que le atribuyen los libros de texto para convertirse en el principal motor de las decisiones gubernamentales y las políticas públicas. En este momento, tal mutación amenaza con convertirnos en cobayas de un curioso experimento macroeconómico: las tasas de interés negativas que están estudiando y/o aplicando algunos bancos centrales.


Una explicación difícil

En mis peores pesadillas, me imagino a mí misma en un taller de economía personal para jóvenes, debatiendo con una inteligente joven de dieciocho años:

        Es importante aprender a consumir y ahorrar de forma inteligente.
        ¿Por qué?
        Porque ahorrar es el primer paso para conseguir la vida que deseas.
        Suena genial. Yo quiero hacer un viaje de tres meses por Europa. ¿Debería ahorrar antes en lugar de pedir un préstamo?
        Lo has pillado.
        ¡Pero eso puede llevarme mucho tiempo!
        Tal vez. Pero el test de la golosina demuestra que tienes muchas más posibilidades de ser feliz y de tener éxito en la vida si eres capaz de retrasar la gratificación.
        Yo quiero ser feliz y tener éxito, sin duda. Entonces, ¿cuál es el mejor modo de empezar a ahorrar?
        Abre una cuenta bancaria. Tu dinero estará más seguro.
        ¡Ah, sí! He oído hablar de "la magia del interés compuesto".
        Bueno, ejem... Eso era antes. En realidad, ahora las tasas de interés son negativas, por lo que tendrás que pagar al Banco para que te guarde el dinero.
        ¿Qué? Supongo que está bromeando...
        Me temo que no.
        Pues entonces haré lo mismo que mi abuela: guardar los ahorros bajo el colchón, que al menos me saldrá gratis.
        Pero piensa en las ventajas de tener el dinero en el Banco: la cuenta bancaria te permite acceder a una gran variedad de productos y servicios.
        ¿Por ejemplo?
        Préstamos, tarjetas de crédito...
        A ver si lo entiendo. Me está diciendo que tengo que tengo que demostrar mi autocontrol retrasando mi viaje (la golosina) y pagando al banco para que guarde mis ahorros, lo que me permitirá conseguir crédito en el futuro.
        Pues...
        ¿Y por qué no pido el préstamo desde el principio? Es más razonable pagar intereses por el dinero que me prestan que hacerlo por el dinero que les presto yo.
        Yo... Er... Mm. ¡Te deseo buen viaje!

¿Alguna sugerencia para reaccionar ante este escenario (no tan) hipotético? En un artículo anterior comentábamos que ahorrar es un deporte de alto riesgo, pero parece que se va poniendo peor por momentos. En última instancia, las tasas de interés negativas incentivarán el consumo y el endeudamiento de los particulares, no el ahorro. De extenderse la tendencia, la educación financiera vigente entraría en un estado de obsolescencia programada, si es que no estamos ya en ese punto.

¿Qué hacemos? ¿Echamos imaginación al tema para buscar los aspectos positivos de un sistema financiero en el que se paga por ahorrar (todo un oxímoron), o nos hacemos los despistados y seguimos transmitiendo los mensajes de siempre, con la esperanza de que algún día las aguas vuelvan a su cauce... o las tasas a niveles positivos?


The English version of this article can be read in LinkedIn


Cristina Carrillo

jueves, 25 de junio de 2015

¿Sabemos proteger a los consumidores financieros?

El artículo de este mes es inusualmente breve (imagino la gratitud de mis lectores) y está enfocado a un objetivo muy concreto: impulsar la investigación que estamos realizando para mejorar la protección de los consumidores financieros en ARGENTINA.

El análisis se articula a partir del cuestionario diseñado por la Universidad de Roma Tor Vergata y la Unión Italiana de Consumidores, y se está desarrollando de manera simultánea en varios países; entre ellos, Italia, Australia, Islandia, Suecia, España, Brasil y Argentina.

Se estima que en cada país son necesarias 500 respuestas para garantizar la representatividad de la muestra. La fecha límite para lograr esa cifra es el 31 de agosto de 2015. A partir de ese momento se procesarán los datos y comenzará la fase de análisis, conclusiones y propuestas. Los datos de los demás países participantes estarán disponibles a efectos comparativos.

¿A quién le interesa el estudio? A cualquier organización vinculada con los diferentes enfoques de la inclusión y la educación financiera en Argentina: bancos, universidades, organizaciones de consumidores, profesionales y medios de comunicación financiera, organismos públicos, etc.

Aunque pueda resultar evidente la importancia de este tipo de investigaciones, no está de más un pequeño recordatorio: entender mejor las dificultades y problemas de los ciudadanos es imprescindible para desarrollar estrategias de inclusión financiera más realistas, que no pierdan de vista la protección eficaz de los consumidores.

¿Cómo colaborar? Dando a conocer la investigación y difundiendo el cuestionario, con el fin de conseguir el mayor número posible de respuestas.

Los resultados del estudio, tanto para Argentina como para los demás países participantes, serán compartidos públicamente, con el debido reconocimiento a todas las personas y entidades que participen en la difusión.

Atenderé personalmente a todos los que deseen contactarme por mail para obtener más información sobre el proyecto.

El cuestionario puede completarse en la plataforma habilitada por la Universidad de Roma, disponible a través de nuestro enlace de acceso.



Cristina Carrillo

martes, 5 de mayo de 2015

El segmentómetro del rey


Érase una vez, en un país muy, muy cercano, un joven príncipe que subió al trono a la muerte de su padre. Dispuesto a hacer las cosas bien, su primera decisión como rey fue realizar una gira por los países vecinos, para estrechar relaciones y aprender de sus éxitos (y, por qué no, también de sus fracasos).

Una de las cosas que más llamó su atención fue el empeño que mostraban todos los reyes por “mejorar la educación financiera” de sus súbditos. Con tales fines, dictaban bandos con sabios consejos y, en algunos casos, incluso entrenaban a juglares para que recorrieran el territorio, explicando a la gente la diferencia entre manejar sus monedas con prudencia o gastarlas sin criterio.

Como eran reinos modernos y avanzados, que además contaban con caminos bien pavimentados, viviendas dignas, magníficos mercados y palacios de hermosa factura, el joven rey unió en su mente una cosa con otra, y pensó que eso de la educación financiera era un asunto a tener muy en cuenta. “Se ve que la educación y la prosperidad van de la mano. ¡Ea! Me aseguraré de que mis ciudadanos disfruten también de esa educación financiera”.

Difundiendo la panacea

Dicho y hecho. Apenas puso el pie de vuelta en su reino, el joven monarca convocó a sus principales consejeros y les encargó hacer todo lo necesario para transformar a sus medievales súbditos en gente moderna y financieramente educada. ¡Así el reino alcanzaría un esplendor similar al de los países vecinos! Sus consejeros aplaudieron con fervor la iniciativa del rey y le aseguraron que, a partir de ese mismo instante, la educación financiera sería una prioridad de Estado. Muy satisfecho de haber impulsado lo que, sin duda, sería un cambio histórico en la región, el rey volvió a dedicarse a sus otras actividades monárquicas, en especial a ese networking tan del agrado de los nobles: regias reuniones en el extranjero, banquetes e invitaciones mutuas y viajes sin cuento.

Pasaron quince años. El rey ya no era un joven idealista, sino un hombre hecho y derecho. Hastiado de la rutina de su privilegiada existencia, sintió la necesidad de dar un nuevo impulso a su legado. Llamó a sus fieles consejeros y les preguntó por el estado de la educación financiera en el país.

Para su consternación, los consejeros reconocieron que las cosas habían avanzado muy poco. En realidad, seguían igual o peor que al principio. Le explicaron que la “pertinaz sequía” había causado graves dificultades económicas en todo el territorio, y que los lugareños (que seguían tan medievales como antaño) carecían de lo más imprescindible para hacer frente a las vacas flacas.

“Pero, ¿no era vuestra misión mejorar la educación financiera de mis súbditos, para minimizar el efecto de cualquier imprevisto negativo?”

Los consejeros se miraron unos a otros mientras trataban de encontrar una respuesta. Finalmente, el más desenvuelto dio un paso al frente y ofreció su explicación: “Me temo, Majestad, que pese a nuestras inmejorables intenciones no somos las personas adecuadas para encargarnos de la educación financiera. Los distinguidos emisarios que enviamos son muy mal recibidos en las villas y ciudades del reino. En lugar de agradecer los excelentes consejos que se les brindan sobre las virtudes del ahorro, la plebe cree que nuestro altruista interés por su prosperidad oculta aviesas intenciones… como recaudar más impuestos, por ejemplo. ¡Bien sabéis que el vulgo es de natural desconfiado! Además, los elegantes ropajes con los que honramos a Vuestra Majestad despiertan grandes resentimientos y envidias entre el público ignorante. Los más violentos llegan incluso a llenarnos de vituperios y mondas de patata. En resumen, majestad, los mensajes de educación financiera que tan meticulosamente copiamos de los reinos vecinos demostraron ser poco adecuados para un pueblo tan atrasado como el nuestro”.

El rey se debatía entre la sorpresa, el enfado y un cierto grado de culpabilidad, por no haber prestado más atención al proyecto con el que aspiraba a figurar en los libros de historia. “¿Decís que mi legado va a quedar abandonado porque os lanzaron unas cuantas mondas de patata?”.

Frustrado, el rey volvió a solicitar consejo a los monarcas vecinos, más versados en esa elusiva cuestión de la educación financiera. Todos le confirmaron que habían tenido el mismo problema: “Efectivamente, el pueblo llano no suele mostrarse demasiado receptivo a nuestras bondadosas intenciones. Además, necesitarías un ejército de emisarios para llegar a todos los confines del territorio. Nosotros descubrimos hace tiempo una magnífica solución: animar a los comerciantes y prestamistas a proveer la educación financiera que necesita el populacho. Al fin y al cabo, ¿quién más ducho que ellos en el manejo del dinero? Otra ventaja es que, debido a sus actividades, ya están en contacto permanente con la gente, por lo que tienen fácil acceso a todos los rincones del reino”.

Las amistades peligrosas

Ante tan convincente razonamiento, el rey recuperó de inmediato la ilusión perdida. Convocó a los comerciantes y prestamistas y les explicó que la ilustración financiera del pueblo era un objetivo de gran importancia, al que estaban moralmente obligados a contribuir. Eso, sin contar con que una población más próspera les permitiría hacer más y mejores negocios a lo largo del tiempo. El rey se sintió muy satisfecho de su astucia, al haber encontrado un argumento que por fuerza despertaría el interés de sus futuros aliados.

Los comerciantes y prestamistas se mostraron debidamente impresionados por la presciencia de Su Majestad. Lamentaron su inexplicable ceguera ante la obvia (y perjudicial) falta de cultura financiera de la plebe, y se comprometieron a dedicar cuantos recursos fueran necesarios para remediar la situación.

Con la satisfacción del deber cumplido, el rey se relajó y volvió a olvidarse de la educación financiera… durante otros quince años. En ese momento, una remota potencia extranjera encontró el modo de colocar sus productos en todos los mercados del mundo a unos precios de risa, lo que limitó aún más las precarias fuentes de ingresos de los lugareños.

“Pero, ¿cómo es posible?”, bramó el rey, que ya sentía en los huesos el peso de la edad. “¿Por qué siguen mis súbditos chapoteando en la miseria? ¿Acaso se atrevieron los comerciantes y prestamistas a desobedecer mis instrucciones?”

La delegación que se presentó en palacio, en respuesta a la furibunda convocatoria del rey, se apresuró a tranquilizarlo. ¡Por supuesto que habían cumplido sus deseos! ¡Todos los años invertían importantes cantidades de oro y plata en la educación financiera del pueblo! Desenrollaron con gran solemnidad los pergaminos en los que anotaban sus transacciones, para demostrar al rey todos los recursos que destinaban anualmente a los conceptos de “Acciones caritativas” y “Educación de la chusma”.

El segmentómetro

Sumamente desconcertado, el rey volvió a consultar el problema con sus homólogos. Uno de ellos le respondió con gran sensatez: “No puedo ofrecerte consejo sin tener más datos. Para ayudarte a descubrir las raíces del problema te envío a mi asesor personal, junto con un sencillo instrumento de diagnóstico que él mismo ha desarrollado. Confío en que te sea de utilidad”.

El asesor que le envió su regio colega era un anciano de aspecto venerable, que se dispuso a explicarle los fundamentos y usos de la herramienta. Se trataba de una fina varilla de oro puro, en precario equilibrio sobre un eje central. El rey no se sintió muy impresionado por lo que, a primera vista, parecía una vulgar balanza a la que hubiesen quitado los platillos.


“No os dejéis engañar por su aparente simplicidad, Majestad. Tenéis en vuestras manos un segmentómetro mágico. Lo utilizaremos para averiguar a qué segmentos de la población se está dirigiendo la educación financiera en vuestro reino”.

El sabio explicó al monarca que la varilla indicaba la edad de las personas. El extremo izquierdo correspondía a los recién nacidos, y el derecho a las personas de mayor edad y vulnerabilidad. El rey comenzó a sentirse intrigado por el aparatito. “¿Y cómo funciona? ¿Es una especie de brújula?”


“No exactamente”, respondió el sabio. “El segmentómetro registra las actividades de educación financiera que se desarrollan en los alrededores. Para cada una de ellas genera una esfera mágica que orbita sobre la barra, en el lugar que corresponde según la edad del público objetivo”.

“Creo que lo entiendo”, asintió el rey. “Si en las proximidades hay algún taller de educación financiera para hombres y mujeres en la flor de la vida, aparecerá una esfera aproximadamente en el centro, justo sobre el eje… ¿Me equivoco?”

“En absoluto, Majestad, lo habéis comprendido a la perfección”, aduló el sabio, consciente del frágil ego de los poderosos.

“Lo que no acabo de ver es para qué nos servirá eso”, reflexionó el rey en voz alta. “Imagino que la mayor parte de las esferas estarán entre el centro y el extremo derecho, donde se ubican las personas que trabajan y los adultos mayores, que son los que tienen mayor necesidad de educación financiera”.

“Tal vez, Majestad, tal vez”, asintió el sabio con aire misterioso. “Pero creo que no está de más asegurarnos”.

“Vos sois el experto, se hará como decís”, decretó el rey. Dispuesto a comprobar personalmente cómo funcionaba aquel curioso gadget medieval, emprendió junto al sabio un viaje de reconocimiento a lo largo y ancho del reino. Pronto el segmentómetro comenzó a mostrar su magia, y en casi todas las villas de cierta importancia vieron materializarse una o dos esferas, aunque…

“No es posible”, se extrañó el rey, contemplando cómo todas las esferas mágicas se amontonaban en el extremo izquierdo de la varilla. “¿Estáis seguro de que eso funciona correctamente? ¿Niños? ¿Están dando educación financiera a niños entre 5 y 15 años? ¿Qué clase de burla es esta?”



Una apuesta de largo plazo

Indignado, volvió a convocar a los comerciantes y prestamistas y les mostró el segmentómetro. “¡No me extraña que mis súbditos sigan siendo pobres! ¡Estáis enseñando a manejar el dinero a criaturas que no tienen dinero! ¿Acaso me tomáis por idiota?”

Elegantes y dignos, los expertos financieros no parecieron amilanarse ante los exabruptos del monarca. Dejaron que se desahogara un rato y, finalmente, el portavoz tomó la palabra sin atisbo de temor o contrición: “Comprendemos vuestra sorpresa, Majestad, pero os aseguramos que se trata de una decisión muy meditada. Los primeros años tratamos de enseñar cultura financiera a los adultos pero, por desgracia, no tuvimos más éxito que vuestros emisarios. La plebe nos miraba con recelo y hacía comentarios harto ofensivos sobre nuestras legítimas actividades mercantiles, tachándonos de usureros y salteadores de caminos. La triste realidad, Prudentísima Majestad, es que los adultos ya no tienen solución: son brutos sin remedio, y sus cabezas son tan duras que no hay forma de abrirlas a nuevos hábitos ni conocimientos. Después de sesudos estudios, comprendimos que la mejor estrategia es cultivar las tiernas mentes infantiles. Considerad, Serenísimo Monarca, que es una apuesta de largo plazo: los niños y jóvenes de hoy serán los prósperos (y financieramente educados) súbditos del mañana”.

Bastante aplacado, el rey tuvo que reconocer que los argumentos presentados no carecían de mérito. “Algo de razón tenéis, pardiez. No cabe duda de que estáis dedicando muchos recursos a la educación financiera de nuestros niños. Esperemos que los esfuerzos den fruto en los próximos años”.

Transcurrieron otros quince años. El rey estaba ya en el ocaso de su vida y, antes de morir, quiso hacer balance de los logros alcanzados. Tomó el segmentómetro y emprendió su último viaje por el reino que tanto amaba. “Los niños que recibieron educación financiera serán hoy hombres y mujeres adultos y prósperos, sin duda”, se decía, esperanzado. “Ahora tendrán la mente abierta a los cambios del entorno financiero y podrán recibir talleres de actualización…”

Consternado, comprobó que el segmentómetro seguía tan desequilibrado como quince años atrás: todas las esferas mágicas seguían apelotonadas en el extremo izquierdo. “¿Seguimos dando educación financiera sólo a los niños? ¿Será posible que los adultos sean tan cultos y ricos que no necesiten aprender nada más?”.

No era el caso. Pronto comprobó que sus súbditos eran igual de pobres (si no más) que al comienzo de su reinado. Desesperado, paró en una villa de humilde apariencia e hizo llamar al maestro de escuela, al que planteó sus dudas: ¿No habían recibido los niños instrucción financiera durante las últimas décadas? ¿Por qué seguían viviendo en la miseria? Si no había servido para nada, ¿por qué el segmentómetro todavía mostraba una avalancha de cursos y más cursos de educación financiera para niños?

El maestro meneó la cabeza tristemente. “Majestad, ¿de qué sirve hablar sobre el dinero a criaturas que no tienen dinero? A los próceres que se encargan de los cursos les gusta rodearse de jóvenes y ganarse su confianza. Pero, apenas esos niños entran en la edad adulta y comienzan a trabajar, caen en las garras de los magos tarjeteros, igual que sus padres antes que ellos…”.

“¿De qué estás hablando?”, interrumpió el monarca. “¿Quiénes son esos magos tarjeteros?”.

“Oh, son unos expertos en finanzas que trabajan en colaboración con los comerciantes y los prestamistas. Conocen una magia muy poderosa, el hechizo ‘crediticius”, al que casi nadie es capaz de resistirse, y que borra de la mente todo lo aprendido en años anteriores…”.

Agotado y deprimido, el rey volvió a su palacio, convocó a la Corte y les comunicó su intención de abdicar en su hija y heredera.

“Hija mía, sigo pensando que la educación financiera es una cosa muy necesaria, pero tardé demasiado en comprender que es mucho más complicada de lo que creía. He fracasado en mi empeño de legarte un reino próspero, pero te dejo una herramienta y un consejo. La herramienta es este segmentómetro mágico: no te dejes envolver, como hice yo, y asegúrate de que se mantiene equilibrado y de que todo el mundo recibe educación financiera. Y el consejo: la educación financiera, por sí sola, no es ni remotamente suficiente. Vigila y controla que los expertos financieros actúen de forma ética…”

Y, colorín colorado, este cuento… apenas ha empezado.

Cristina Carrillo

miércoles, 18 de febrero de 2015

Ahorrar, un deporte de alto riesgo

A punto de concluir uno de esos periodos de gasto descontrolado que cada vez son más frecuentes, gracias a la constante estimulación publicitaria de nuestro gen comprador, vamos a hablar del ahorro.

¡TRANQUILOS, QUE NO HUYA NADIE! No se trata de la habitual reflexión sobre la importancia de atesorar reservas para las épocas de vacas flacas. Todo lo contrario.

Dispuesta a seguir animando el debate sobre la educación financiera “oficial”, voy a hacer una confesión estremecedora que puede herir gravemente la sensibilidad del lector (los que sigan a partir de este punto lo hacen bajo su propia responsabilidad).  
Estoy harta de hablar (y de oír hablar) de las presuntas virtudes del ahorro. Hartísima. Hasta el infinito y más allá.

No lo puedo evitar. Mi hartazgo se ha visto agravado por la proliferación de voces que, en los últimos tiempos, insisten en la importancia de educar a los niños en la cultura del ahorro. ¡Así, por las buenas! Como si el ahorro fuera algo sencillito e inocuo, una especie de paracetamol financiero infantil.

Pues no, ladies and gentlemen. El ahorro no está exento de riesgos y efectos secundarios. Si la educación proahorro se administra sin los debidos controles, puede causar traumas indelebles en niños y adultos. Lo mismo que empujar a alguien para que se tire en paracaídas, pero sin paracaídas.

Veamos algunos de los peligros ocultos del ahorro:

-        Puede generar adicción
-        Puede generar frustración
-        Puede producir efecto rebote

Adictos al ahorro: ¿los más ricos del cementerio?

La mayoría de nosotros tenemos el autocontrol tan erosionado que nos enganchamos a cualquier cosa: videojuegos, telenovelas, dietas… Por improbable que parezca, incluso hay gente que se engancha al ahorro.

Para los que piensan que bromeo, recordemos los recientes reportajes sobre Anne Wojcicki, la exmujer de uno de los fundadores de Google. Esta señora, riquísima por matrimonio y por sus propios méritos como empresaria, sólo bebe agua del grifo en los restaurantes y prefiere pagar las multas de aparcamiento a poner los tiques correspondientes: después de calcularlo cuidadosamente, comprobó que le salía más rentable saltarse las normas a la torera. Descubrimos así que el ahorro no siempre es virtuoso: la buena de Anne, bastante escasa de espíritu cívico, no parece precisamente un ejemplo a seguir. Sus vecinos y empleados la consideran, más bien, una versión actualizada del avariento Scrooge de Dickens.  

Sin necesidad de llegar a tan mezquinos extremos, no es infrecuente encontrar personas que llevan el ahorro más allá de lo saludable. Cierto asesor financiero me habló de un cliente suyo, con patrimonio suficiente para vivir de las rentas el resto de sus días, que se congelaba de frío en su casa de 300 metros cuadrados con tal de ahorrarse la calefacción. Probablemente terminó muriendo de pulmonía... aunque forrado de dinero, eso sí.

¿Obsesión por el control, miedo al futuro, simple estupidez…? Cualquiera que sea el motivo de estas conductas, sugieren la idea de que el ahorro no es un valor absoluto: más allá de ciertos límites, se convierte en esperpento.

El ahorrador frustrado: del dicho al hecho hay un gran trecho

En un alarde de optimismo, vamos a suponer que nuestros esfuerzos educativos tienen éxito y logramos convertir a un consumidor estándar en un austero ciudadano. Llamaremos Marcelino a nuestro protagonista.

El entusiasmado converso se pone rápidamente manos a la obra, siguiendo a rajatabla el Manual del perfecto ahorrador: identifica sus necesidades, establece metas y plazos, evalúa su patrimonio y su capacidad financiera, etcétera, etcétera.

Y entonces Marcelino se topa con la parte del Manual que recomienda elegir un asesor de confianza. Nuestro héroe dedica unas diez horas al día a comparar en las páginas web las comisiones y servicios de las diferentes entidades y agentes. Aunque la información no es homogénea, el valeroso neófito está decidido a cumplir todos y cada uno de los consejos que le conducirán a “una decisión informada”.

Tras una semana de trabajo intensivo, Marcelino consigue una feroz migraña y una hoja Excel con los resultados de su investigación. Como no es experto en minería de datos, finalmente decide relajarse un poco y elige a su asesor por el científico procedimiento del “pinto pinto gorgorito”.

Siguiendo con el tono positivo, imaginemos que nuestro protagonista tiene la suerte de encontrar un intermediario ejemplar: se preocupa por conocer sus necesidades y objetivos, gestiona con integridad los conflictos de interés (recomendando los productos que más le convienen al cliente y no los que a él le reportan más comisiones), le explica todos los riesgos y la rentabilidad real que puede esperar… ¿Oigo risas? Queridos lectores, no seamos cínicos: soñar es gratis.

Así llegamos al momento de la verdad: ¿dónde ponemos los ahorros? ¿Cuáles son esos productos adecuados para el modesto ahorrador Marcelino en términos de rentabilidad, riesgo, plazo y liquidez? Vaya… parece que la cosa está complicadilla.

Los instrumentos de ahorro/inversión que parecen seguros dan una porquería de intereses. Considerando la inflación, en muchos casos la tasa resulta negativa. Por no mencionar las ocasiones en que la seguridad es sólo una apariencia (que se lo digan a los que adquirieron las participaciones preferentes en España, vendidas como si fueran un depósito de toda la vida). La mera conservación del capital se antoja un objetivo inalcanzable. Otra cosa es si estamos dispuestos a asumir unos cuantos riesguitos sin importancia: en tal caso, siempre es posible optar por alguna burbujeante acción tecnológica, o algún innovador valor híbrido que no es de renta fija ni de renta variable, sino todo lo contrario…

La gama de productos disponibles es tan poco prometedora que, presa de la frustración, Marcelino acaba por preguntarse: ¿Entrego mi dinero para que sea devorado por el sistema financiero o dejo que siga alimentando a los ácaros del colchón?  Gran dilema…

En realidad, este consumidor reconvertido en ahorrador sólo tiene dos opciones: quedarse atascado en la fase de frustración (tras comprobar que eso de ahorrar no es tan fácil como lo pintan) o sufrir un espectacular efecto rebote y volver con renovados bríos al punto de origen.

El efecto rebote: ¡carpe diem!

¡La vida es corta! Mímate. Aprovecha el momento ¡Te mereces un descanso! Y una tele de pantalla plana, y un auto más moderno, y el último smartphone, y…

Más allá de las oportunistas recomendaciones publicitarias para animarnos a gastar todo lo que tenemos (y lo que no), este tipo de mensajes apuntan a nuestra fibra sensible. ¿Quién no perdió a algún ser querido demasiado pronto, o logró superar algún grave problema de salud? Basta con mirar a nuestro alrededor para suscribir eso de que “la vida son dos días, vamos a disfrutar mientras podamos”.

Volvamos a nuestro ahorrador frustrado. Acaba de comprobar que el anhelado “producto de ahorro/inversión que mejor encaja con su perfil” es tan esquivo como un ectoplasma. Por el contrario, tiene a su alcance todo tipo de préstamos y ofertas a pagar en comodísimas cuotas.

Así que, entre asistir a la reposición de El increíble ahorro menguante (con la inflación, las bajas tasas de interés y los cambios fiscales en roles protagónicos) o hacer lo que de verdad le pide el cuerpo, no es de extrañar que Marcelino complete el ciclo y vuelva a su inclinación inicial: endeudarse hasta las cejas y gastar como un descosido.

Entonces, ¿qué hacemos con el ahorro?

Pese al habitual tono desenfadado de este blog, nada de lo anterior es ficción.  Las habituales y bienintencionadas recomendaciones sobre el ahorro siguen basándose en una descripción idealizada del sistema financiero, que no se corresponde con la realidad. La cruda verdad es que el ahorro y la inversión no están al alcance de todos. Los intermediarios no siempre cumplen con su papel y la mayor parte de los productos no están diseñados para resolver las necesidades de las personas.

Hemos argumentado con frecuencia que la educación financiera no es una panacea. Por una parte, porque no tiene en cuenta nuestros mecanismos de toma de decisiones. Por otra, porque ignora las realidades menos amables del sistema financiero. Con una contumacia digna de mejor causa, seguimos atribuyendo las preferencias consumistas del público a desconocimiento, irresponsabilidad, irracionalidad o falta de autocontrol. Aunque puedan estar presentes en muchos casos, estas no son las únicas razones, ni siquiera las más poderosas.

 Tweet: La educación financiera desconectada de la realidad es inútil y afecta a la credibilidad de los que la promueven http://bit.ly/1AFgIYVLa educación financiera desconectada de la realidad es inútil y afecta a la credibilidad de los que la promueven

Posiblemente estoy tirando piedras contra mi propio tejado, pero la actual mística del ahorro no cuadra de ninguna manera… ¿Por qué insistimos en presentarlo como una sencilla opción personal cuando, en realidad, es un deporte de alto riesgo?

Cristina Carrillo

miércoles, 18 de junio de 2014

Test-Desafío Fútbol y Dinero. ¿Sabes tanto como crees?

Escultura de Eugenio Merino
Desde que los romanos acuñaran la expresión “pan y circo”, gobernantes de todas las épocas han usado el viejo truco de distraer al pueblo llano de sus miserias con grandes espectáculos, concebidos para estimular nuestras emociones más viscerales.

Sin embargo, en algún momento de la evolución las luchas de hombres contra leones devinieron políticamente incorrectas (no está claro si por el bien de los hombres o de los leones). Después de algunos infructuosos intentos por captar la atención de una plebe globalizada, alguien encontró la fórmula infalible: campeonatos de fútbol a tutiplén. Campeonatos locales. Campeonatos regionales. Campeonatos mundiales. Campeonatos galácticos. Y fases de clasificación para tales campeonatos. Y partidos amistosos para mantener en forma a los futbolistas, convertidos en los gladiadores de nuestros días. Y partidos de exhibición para recaudar fondos para futuros campeonatos.

Pese a mi empeño por mantenerme al margen, estoy segura de que en este preciso momento está en marcha alguno de esos sangrientos eventos futbolísticos. Siempre respetuosa con las expectativas de mis queridos lectores, aquí va el test definitivo para valorar cuánto sabemos en realidad sobre fútbol… y sobre el dinero en el fútbol. Las soluciones, al final.

1.  ¿Dónde guardan los futbolistas megamillonarios sus ahorritos?

  1. En los bancos, como todo el mundo.
  2. Debajo del colchón. Por eso utilizan camas King Size.
  3. No ahorran. Compran coches deportivos y casas de 3.000 metros cuadrados.
  4. En algún paraíso. De los que no tienen playas ni cocoteros, pero sí bancos muy discretos.
2.     El centrocampista estrella del equipo de tus amores gana más en un año de lo que ingresará en toda su carrera el cirujano que te salvó la vida cuando tuviste la peritonitis. ¿Por qué tan curiosa circunstancia es completamente razonable?

  1. Porque el futbolista sólo está activo unos años, y nadie espera que después pueda ganarse la vida como cualquier otro ser humano. Es bien sabido que el desarrollo muscular y los remates de cabeza aniquilan las neuronas.
  2. Porque la vida no tiene sentido cuando tu equipo pierde.
  3. Porque el cirujano tiene papada y barriguita cervecera y no queda glamouroso posando sin camiseta.
  4. Porque es más guay y mucho más viral subir a Facebook el vídeo del último gol que una foto de tu cicatriz.
 3.      ¿Por qué el fútbol femenino mueve menos dinero que el masculino?

  1. Porque a las grandes marcas patrocinadoras no les interesa financiar una actividad en la que a las mujeres no se les ve el escote.
  2. Porque las mujeres son muy emocionales y se echarían a llorar tras perder un campeonato (los hombres también lo hacen, pero todo el mundo sabe que en su caso es señal de orgullo y gallardía).
  3. Por el mismo motivo por el que el baloncesto femenino mueve menos dinero que el masculino. Y el tenis. Y el golf. Y… (lista interminable interrumpida por falta de espacio).
  4. Porque el rendimiento de las mujeres en el terreno de juego se ve mermado a causa de la multitarea. Se cuenta que una famosa jugadora estadounidense remató a gol mientras hacía la compra del supermercado a través del teléfono móvil. Consiguió marcar el tanto porque no había nadie para detenerla: la portera del equipo contrario había tenido que irse antes de acabar el partido para llevar a su hija al pediatra (mientras el marido veía el partido desde las gradas).
 4.       ¿Qué significa la expresión “árbitro vendido”?

  1. Tras haber sido designado para dirigir el partido, el árbitro subasta sus servicios en eBay. El equipo ganador de la puja puede dar diez patadas sin recibir tarjeta y, si la cifra alcanzada es lo bastante alta, incluso puede contar con un penalti a favor.
  2. Igual que los banqueros, el árbitro cobra una parte de sueldo fijo y otra parte (el bonus) vinculada al resultado.
  3. Su madre lo vendió al nacer porque atravesaba ciertos apuros económicos. Traumatizado por tal circunstancia, el hombre no logró hacer nada provechoso con su vida y acabó siendo árbitro de fútbol.
  4. El árbitro está vendido porque se encuentra desprotegido y expuesto a las patadas y balonazos de los jugadores, que en el calor del juego pueden confundirlo con un contrario. Los hinchas suelen gritarlo para avisar al árbitro de que se mantenga alejado de las jugadas, con el fin de proteger su integridad física. Como inevitable efecto colateral, a veces el árbitro pita cosas que no existen, o al contrario. Qué se le va a hacer.
 5.    ¿Por qué es muy recomendable jugar con asiduidad a las quinielas?

  1. Porque es una forma mucho más emocionante e indolora de pagar impuestos que hacer la declaración de la renta. Cada vez que compras un boleto, estás contribuyendo patrióticamente a aumentar la recaudación de la Hacienda Pública.
  2. Porque la esperanza y el optimismo son cualidades que alargan la vida. Cuanto más infundados, mayor es su efecto. Está documentado que algunas personas han superado los 100 años porque no pensaban que fuera posible estar jugando un domingo tras otro sin acertar jamás. Convencidos de que antes o después lo conseguirían, insistieron todas las semanas sin percatarse del paso del tiempo… ¡hasta morir centenarios!
  3. Porque si juegas durante bastante tiempo, podrás empapelar tu casa con boletos no premiados y te habrás ahorrado un dineral en papel pintado.
  4. Porque es muchísimo más entretenido tirar el dinero en pequeñas dosis que hacerlo de golpe. ¿Qué gracia tendría sacar unos cuantos billetes del cajero automático y meterlos directamente en el cubo de la basura? 
6.    ¿Por qué hay tantos tópicos relacionados con el fútbol?

  1. Porque el vocabulario de la mayor parte de los futbolistas es limitado. Y el de sus dirigentes, más aún.
  2. Porque el fútbol es así. Lo que pasa en el campo se queda en el campo.
  3. Porque lo importante es darlo todo en la cancha.
  4. Porque el partido no acaba hasta que suena el silbato. 
7.     ¿Qué hace una estrella del fútbol cuando sus facultades físicas disminuyen y no puede seguir jugando al máximo nivel?

  1. Se marcha como jugador o entrenador a algún país árabe con mucho petróleo.
  2. Se recicla como modelo de ropa interior hasta que empieza a echar barriga. Entonces se saca el carné de entrenador.
  3. Se convierte en directivo de algún organismo o club de fútbol.
  4. Se transmuta en comentarista deportivo. No hace falta que sepa hablar: para eso están los tópicos (ver pregunta 6). 
8.    Repasemos las reglas del fútbol. ¿Cuándo está un futbolista en “fuera de juego”?

  1. Cuando trota por el campo como alma en pena, sin llegar a ningún balón. Ocurre con frecuencia tras una velada de copas con amigos.  
  2. Cuando tiene problemas de ludopatía y no le dejan entrar en los casinos.
  3. Cuando al juez de línea le da la gana.
  4. Cuando se le agotan todas las vidas jugando al Candy Crush. 
9.    ¿Por qué todos los países quieren ser sede de algún campeonato de fútbol?

  1. Porque esperan que el país se les llene de turistas durante un par de semanas. Con un poco de suerte, los hinchas decepcionados y borrachos no te dejan demasiado destrozadas las modernísimas infraestructuras levantadas para el evento.
  2. Para anestesiar a la población con una sobredosis de orgullo patriótico y ofrecer a los votantes (también llamados “ciudadanos”) la incomparable felicidad de ver de cerca a los futbolistas (cuando se bajan del autobús para entrar en el hotel, porque ni hablar de conseguir una entrada para el campo).
  3. Para que un montón de políticos, empresarios, lobistas y networkers hagan amistad entre sí y practiquen el noble arte de intercambiar favores. Se empieza ganando la organización de un campeonato y se termina consiguiendo cualquier cosa.
  4. Porque implica construir estadios y otras instalaciones deportivas, y todos los gobernantes del mundo tienen amigos en el gremio de la construcción. Es importante hacer felices a los amigos. 
10.  Un cazatalentos deportivo te dice que tu hijo de diez años tiene mucho potencial como delantero centro. Tanto, que un gran equipo extranjero está dispuesto a formarlo en sus instalaciones. En tus pupilas se forma de inmediato el signo del dólar. Por desgracia, el nene se niega en redondo. El muy puñetero dice que prefiere ser biólogo marino y salvar los océanos. ¿Cuál es tu reacción?

  1. Llamas de inmediato a un buen abogado para negociar las condiciones del acuerdo. Al nene lo mandas al psicólogo para que se centre.
  2. Haces valer la patria potestad y empaquetas al nene respondón en el primer vuelo. Es por su bien. Algún día te lo agradecerá.
  3. Preguntas a tu mujer si está segura de que el niño es tuyo y pides una prueba de ADN. No te constan antecedentes familiares de altruismo ni de interés por las ciencias.
  4. Todas las anteriores.

Soluciones. Cualquier cosa que hayas contestado estará bien. Después de todo, no hay que tomarse el fútbol, el dinero o la vida demasiado en serio, ¿verdad?


Cristina Carrillo

martes, 20 de mayo de 2014

Consumo y consumismo: el show de educar a Truman

¿Cuál es la capacidad, habilidad o conocimiento más importante para lograr una economía personal saneada (que nos permita llegar a fin de mes, ahorrar para la jubilación, etc.)? Dudo mucho que la respuesta se encuentre entre los contenidos que las autoridades parecen empeñadas en incluir en los currículos escolares. Por muy útil y conveniente que sea conocer la fórmula del interés compuesto, entender el papel de los bancos en la economía o distinguir los medios de pago, ninguna de esas habilidades va a contribuir de forma significativa a mejorar nuestras decisiones financieras cotidianas.

El atributo básico a desarrollar para superar los problemas de las economías familiares es la independencia de criterio frente a las “necesidades” artificiales creadas por la sociedad de consumo. Por desgracia, los que más se benefician de la situación tal y como está suelen ser los que agitan la bandera de la educación financiera con mayor entusiasmo. El zorro guiando a las gallinas. Como es lógico, formar ciudadanos más conscientes y críticos no se encuentra entre sus objetivos prioritarios (ni secundarios): la verdad es que prefieren mantenernos a todos viviendo en el show de Truman.

Truman, en la inopia

Para los que no han visto la película, Truman (Jim Carrey) es el protagonista involuntario de un reality show dirigido por un tal Christof, en el que cada minuto de su vida es retransmitido en directo al mundo entero. El pobre Truman ignora que la ciudad en la que vive (Seahaven) y todas sus relaciones son completamente falsas: sus padres, sus amigos, su mujer… Son sólo actores que no sienten ningún afecto ni interés real por él: entran y salen de su vida (y del show) por exigencias del guión. Las conversaciones que mantienen con Truman son un pretexto para promocionar los productos de las empresas que financian ese gigantesco despropósito. Algunas de las escenas más hilarantes de la película son también profundamente tristes: la conversación con unos vecinos que, sin prestar atención a sus palabras, se concentran en colocarle en la posición adecuada para que la cámara pueda enfocar un anuncio publicitario; o la absurda discusión conyugal con su esposa, que insiste en proclamar las excelencias de una marca de cacao mientras Truman se desgañita intentando comunicarse con ella.


El gran problema de las economías familiares en nuestros días es que… todos somos Truman. Al igual que él, vivimos en la ingenua creencia de estar controlando nuestra vida, cuando en realidad sólo somos figurantes interpretando las escenas que otros han escrito para nosotros. El papel de Christof lo desempeñan tanto las empresas como los gobiernos, bajo el argumento machacón de que “el consumo impulsa el crecimiento económico”: ahora te toca comprar una casa, ahora te toca comprar un auto, ahora te toca pedir un préstamo para las vacaciones, ahora te toca vestir de una manera que refleje el estatus al que aspiras, ahora te toca ahorrar contratando este producto… ¿Tu smartphone ya tiene un año? Estás fuera de onda... ¿A qué esperas para comprar el último modelo? Todos los que se supone que se interesan por nosotros están, en realidad, tratando de vendernos algo.

Truman pasa la mayor parte de la película sin saber que las cámaras le siguen incluso en sus momentos más privados, y que millones de ojos anónimos observan con avidez todos y cada uno sus actos. Con la misma feliz inconsciencia, hemos trasladado una parte importante de nuestras vidas al mundo virtual, en el que interactuamos bajo una errónea ilusión de intimidad. Elegimos soslayar el hecho aterrador de que cualquier búsqueda en nuestro navegador favorito desencadena de inmediato un bombardeo publicitario en cada página que visitamos, en aras de una presunta “personalización para la mejor satisfacción de nuestras necesidades”, según argumentan los amos del ciberespacio.

Un amigo me contaba el asombro de su hijo adolescente ante la increíble “casualidad” de que todos los banners publicitarios hicieran referencia a productos y servicios próximos a su domicilio o relacionados con lo que él estaba buscando justo en ese momento. “¿Cómo saben que yo vivo en Málaga?”, se maravillaba el chico. ¡Ah, la magia de Internet!

Abriendo los ojos

En torno a los 30 años, Truman siente un indefinible vacío existencial. Algunos ligeros pero evidentes errores de producción despiertan sus sospechas: a su alrededor ocurren cosas muy raras. Para deleite de los telespectadores, su comportamiento se torna imprevisible. Pero el director-dios Christof no puede permitirlo: ¡el show debe continuar! En ese punto, nuestro protagonista comprueba que carece de algo que siempre había dado por sentado: la libertad.  Cuando todos los intentos de abandonar la ciudad o alterar su rutina diaria se ven frustrados por circunstancias a cual más surrealista, Truman se convence de que está siendo vigilado y manipulado por todos los que le rodean.

En una sociedad como la nuestra, que llama "consumidores" a los ciudadanos y “mercados” a los países, todavía es reducido el porcentaje de trumans dispuestos a cuestionar el guión. Hace falta mucha atención para percibir las incoherencias de una narración que supedita las necesidades reales de las personas a la perpetuación del show.

El mensaje publicitario que hemos interiorizado en nuestro papel de Truman es que el consumo es requisito ineludible para alcanzar la felicidad. Paradójicamente, es cierto que existe una estrecha relación entre felicidad y consumo, pero funciona en sentido contrario. Serge Latouche, uno de los impulsores del movimiento por el decrecimiento, considera demostrado que las personas felices tienen menos necesidad de consumir. ¿Deberíamos concluir, por tanto, que a nuestros gobernantes no les interesa que seamos felices? Una idea para la reflexión…

Muy lejos del decrecimiento, la mayoría seguimos considerando nuestra propensión al consumo no como un problema de autocontrol, sino como una aspiración legítima y apetecible que se ve fastidiosamente limitada por la falta de recursos económicos. El entorno financiero, empresarial y político respalda hasta tal punto esta percepción que en muchos lugares los bancos restringen el crédito para la financiación de emprendimientos o actividades productivas, mientras lanzan promociones y campañas masivas para incentivar el uso de tarjetas de crédito y la contratación de préstamos para el consumo. “Sorry, no puedo financiar tu proyecto empresarial… ¡demasiado riesgo! Eso sí, para que te consueles puedes pagar tus vacaciones en cómodas cuotas”.

¿Quiénes son los más afectados por esta estrategia? Obviamente, las clases medias y los más desfavorecidos. Aunque el apetito consumista atraviesa el espectro social de arriba abajo, el problema aparece cuando los recursos disponibles no resultan suficientes para satisfacer lo que astutamente se nos presenta como  “nuestro derecho al consumo”.

En el imprescindible libro “Vida de consumo”, Zygmunt Bauman analiza la diferencia entre consumo y consumismo. Mientras el consumo es un rasgo y ocupación del individuo humano, e implica la satisfacción de sus necesidades básicas, el consumismo es un atributo de la sociedad: “la capacidad esencialmente individual de querer, desear y anhelar es separada de los individuos y reciclada como fuerza externa capaz de poner en movimiento a la sociedad de consumidores”.

Como miembros obedientes de esa sociedad, hemos incorporado a nuestras necesidades personales de compra lo que, en realidad, sólo son necesidades de venta de otros: aprendemos a desear lo que la sociedad nos señala como deseable.


¿Y qué pinta la educación financiera en este contexto consumista? Pues lo mismo que el resto del atrezo: contribuye a crear una ilusión de libertad. Sugiere que si tenemos problemas financieros es debido a un déficit de conocimientos específicos y/o a la negligencia con que gestionamos nuestros recursos. Por supuesto, los que nos llaman ignorantes e insensatos son los mismos que nos inoculan las tendencias suicido-consumistas con las que asesinamos nuestra economía personal.

Al fin, la libertad

Entre la seguridad del único mundo que conoce y la incertidumbre de lo desconocido, Truman está decidido a apostar por la libertad. Además de la obvia falsedad de su entorno, tiene otra poderosa motivación: sabe que en ese misterioso “exterior” está la única mujer con la que estableció una verdadera conexión (una actriz secundaria que cometió el error de enamorarse de él y, por supuesto, fue fulminantemente despedida del show). Truman huye en barco, pese al miedo a morir ahogado que le indujeron en la infancia, y Christof intenta detenerlo con una aparatosa tormenta que casi lo mata de verdad.

Cuando nuestro héroe está a punto de traspasar la puerta que separa el gigantesco escenario del mundo real, Christof arriesga una jugada desesperada y se dirige a él por primera vez desde el centro de producción, a modo de invisible “voz de Dios”. Con tono persuasivo y paternalista, le asegura que fuera va a encontrar las mismas mentiras y engaños, pero sin la belleza y la seguridad que él le ha proporcionado durante toda su vida. Tras unos instantes de suspense, Truman se despide teatralmente… y pone fin al show.

Echemos a volar la imaginación: ¿Cómo hubiera sido un programa de educación financiera orquestado por Christof en el ficticio mundo de Seahaven? Probablemente, la falsa esposa de Truman hubiera alternado en sus diálogos la recomendación de comprar un nuevo e increíble robot de cocina con aleccionadores recordatorios sobre la importancia de no gastar más de lo que se ingresa. Los falsos bancos de Seahaven empapelarían la ciudad con coloridos anuncios sobre préstamos para las vacaciones (los gastos financieros del 60% sólo figurarían en letra minúscula), al tiempo que impartirían talleres en las falsas escuelas, a los falsos hijos de Truman, sobre las virtudes del ahorro y los peligros del endeudamiento excesivo.

Ahora que lo pienso, ¿no suena todo esto sospechosamente familiar? Casi, casi, parece que estuviéramos hablando del mundo real. Lo cierto es que este enfoque resulta inútil, porque el hecho de que la gente no ahorre no es la causa del consumo excesivo... ¡es la consecuencia! Entonces, ¿por qué insistimos en comenzar todos los programas de educación financiera con el consabido ejemplo: “Si empiezas a ahorrar a los 20 años, en equiscientos años habrás acumulado un capital de…”? Porque a casi nadie le interesa proporcionar una educación financiera basada en identificar y sortear esas fuerzas sociales externas que no sólo nos indican lo que tenemos que anhelar y consumir, sino que nos llevan a confundir nuestros deseos con sus intereses. Afortunadamente, hay algunas luces en el horizonte: conscientes del verdadero origen del problema, en Brasil acaban de prohibir la publicidad y el marketing dirigido a los niños.


En resumen, la mejor educación financiera que podemos ofrecer, a jóvenes y adultos, es la que pone de manifiesto los trucos, limitaciones y miserias de vivir según guiones ajenos, por muy bien envueltos que se nos presenten. El gasto excesivo, el endeudamiento descontrolado y los demás daños colaterales del consumismo se verían probablemente muy disminuidos si, como Truman, hiciéramos mutis por el foro y saliéramos a crear una vida a nuestra medida.

Y, por si no nos vemos luego… ¡buenos días, buenas tardes y buenas noches!

Cristina Carrillo