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jueves, 25 de junio de 2015

¿Sabemos proteger a los consumidores financieros?

El artículo de este mes es inusualmente breve (imagino la gratitud de mis lectores) y está enfocado a un objetivo muy concreto: impulsar la investigación que estamos realizando para mejorar la protección de los consumidores financieros en ARGENTINA.

El análisis se articula a partir del cuestionario diseñado por la Universidad de Roma Tor Vergata y la Unión Italiana de Consumidores, y se está desarrollando de manera simultánea en varios países; entre ellos, Italia, Australia, Islandia, Suecia, España, Brasil y Argentina.

Se estima que en cada país son necesarias 500 respuestas para garantizar la representatividad de la muestra. La fecha límite para lograr esa cifra es el 31 de agosto de 2015. A partir de ese momento se procesarán los datos y comenzará la fase de análisis, conclusiones y propuestas. Los datos de los demás países participantes estarán disponibles a efectos comparativos.

¿A quién le interesa el estudio? A cualquier organización vinculada con los diferentes enfoques de la inclusión y la educación financiera en Argentina: bancos, universidades, organizaciones de consumidores, profesionales y medios de comunicación financiera, organismos públicos, etc.

Aunque pueda resultar evidente la importancia de este tipo de investigaciones, no está de más un pequeño recordatorio: entender mejor las dificultades y problemas de los ciudadanos es imprescindible para desarrollar estrategias de inclusión financiera más realistas, que no pierdan de vista la protección eficaz de los consumidores.

¿Cómo colaborar? Dando a conocer la investigación y difundiendo el cuestionario, con el fin de conseguir el mayor número posible de respuestas.

Los resultados del estudio, tanto para Argentina como para los demás países participantes, serán compartidos públicamente, con el debido reconocimiento a todas las personas y entidades que participen en la difusión.

Atenderé personalmente a todos los que deseen contactarme por mail para obtener más información sobre el proyecto.

El cuestionario puede completarse en la plataforma habilitada por la Universidad de Roma, disponible a través de nuestro enlace de acceso.



Cristina Carrillo

jueves, 23 de enero de 2014

La pésima educación financiera de los Premios Nobel de Economía

Aunque al bueno de Alfred Nobel jamás se le pasó por la cabeza instituir semejante premio, algunos años después los señores del Banco Central de Suecia, víctimas de un ataque de aburrimiento, decidieron crearlo por su cuenta y riesgo. Tal vez pensaron que, si se honra a las preclaras mentes de las Ciencias (Física, Química y Medicina), las Artes (Literatura) y de algo tan invaluable como la Paz, ¿por qué no se va a laurear también a esos eruditos que dedican sus vidas a “reinventar la rueda” en el campo de la Economía?

No hacen falta profundas investigaciones para concluir que se trata de un premio muy controvertido. La artesanal Wikipedia ya nos informa de que la distribución geográfica, ideológica y temática de los premios resulta un tanto sospechosa y desequilibrada. Mucho neoliberal de la Escuela de Chicago, mucho estadounidense y británico…  y sólo una mujer entre 74 premiados en las 45 ediciones del galardón, aunque este dato no es para sorprenderse porque lo vemos en todas las áreas del reconocimiento (no digo “áreas del conocimiento” porque saber, sabemos, aunque no nos lo reconozcan).
  
Repasando las aportaciones de los premiados, encontramos otro elemento que suele distinguir los Nobel de Economía de los que se otorgan en categorías estrictamente científicas: sobreabundancia de teorías y modelos… ¡pero muy pocas realidades! Los premios suelen recaer en eruditas construcciones sobre las supuestas interrelaciones entre los elementos y agentes económicos, especialmente si vienen adornadas con complejas demostraciones matemáticas. No parece importar que la realidad acabe por tumbarlas, o que su contribución al bienestar de la humanidad oscile entre nulo e inexistente: basta con que parezcan tener sentido.

En este recomendable y documentado artículo, el profesor de la Universidad de Leeds David Spencer señala cómo el reparto de los Nobel favorece más el pensamiento económico (cuanto más continuista y ortodoxo, mejor) que aquellas aportaciones que tratan de resolver los apremiantes problemas económicos del mundo real. Considera que la falta de propuestas y respuestas de la mayoría de los Nobel a la actual crisis económica (que prefieren ignorar porque estropea sus teorías) es una oportunidad perdida para salvar la brecha con la sociedad, mostrando la economía como una disciplina genuinamente conectada con las preocupaciones reales del público. 

Como demostración extrema de este olímpico desinterés por la credibilidad, en 2013 el comité no tuvo ningún problema en premiar a la vez dos enfoques completamente opuestos. Mientras Eugene Fama, de la Universidad de Chicago, es un defensor a ultranza de la racionalidad de los mercados, Robert Shiller sostiene que si algo puede probarse es su imperfección, porque los inversores actúan de manera irracional y porque existen notorias desigualdades en el acceso a la información. Parece claro que la crisis de 2008 ha respaldado de forma contundente las tesis de Shiller, desmontando al mismo tiempo las idílicas teorías del profesor Fama. ¡No importa! En el exclusivo club de los economistas académicos hay suficientes Premios Nobel para todos.

Nuestra subversiva teoría es que los honorables ganadores del Nobel saben mucho de teoría económica abstracta, pero pueden actuar con la misma falta de cultura financiera que cualquier otro mortal (entendiendo la cultura financiera como la habilidad cotidiana de manejar el dinero con eficacia). Por si alguien pensaba todavía que los galardonados tienen algún tipo de conexión profunda con el Dios de las Finanzas, recordemos un caso muy conocido que acredita lo contrario: el nacimiento, desarrollo y muerte del  Long-Term Capital.

Fundado en 1994, este fondo de inversión libre, de carácter muy especulativo, contaba en su junta directiva con Robert Merton y Myron Scholes, que compartieron el Nobel de Economía en 1997 por su nuevo método para la valoración de productos derivados. Siguiendo sus indicaciones, este gigantesco fondo, que llegó a controlar el 5% del mercado de renta fija mundial, obtuvo unos beneficios del 40% en 1995 y 1996. Sin embargo, el modelo automatizado no funcionó bien ante la crisis de la deuda rusa de 1998 (tenía programada una línea de acción contraria a la que dictaba el sentido común) y el fondo comenzó a sufrir unas pérdidas aún más espectaculares que sus anteriores beneficios. Como entre sus clientes se encontraban algunos de los más importantes bancos mundiales, la Reserva Federal americana tuvo que intervenir para evitar una quiebra del sistema. El Long-Term Capital desapareció a principios del 2000. Al fin y al cabo, parece que ni siquiera las matemáticas complejas pueden resolverlo todo: al menos, no sin el complemento de la sensatez humana.

Conclusión: entre los atributos necesarios para ganar un Premio Nobel de Economía no se incluye tener cultura financiera, sentido común ni conexión con la realidad. Por lo tanto, queridos lectores, dejemos que los estudiosos sigan jugando con sus modelitos, y que Dios nos encuentre confesados cuando a algún político o banquero se le ocurra aplicarlos en el mundo real.

Mientras tanto nosotros, pobres cobayas, intentaremos mantener el tipo y sobrevivir a tales experimentos a base de independencia de criterio, sentido común y una cultura financiera más terrenal... pero mucho más práctica.


martes, 15 de octubre de 2013

Los contratos bancarios de Groucho Marx

¿Quién puede discutir que la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte? En este artículo vamos a resolver dos grandes enigmas: por qué los bancos siguen utilizando contratos que parecen escritos por un Groucho Marx en estado de ebriedad y, lo que es aún más sorprendente: por qué los clientes los firmamos sin pestañear.

En la inolvidable escena de Una noche en la ópera que se incluye más adelante, Groucho y Chico Marx discuten un contrato que el primero se saca de la manga. Después de un desopilante intercambio de pareceres sobre las cláusulas del larguísimo documento, llegan a un acuerdo verbal para entera satisfacción del primero, mientras Chico no tiene ni la menor idea de a qué acaba de comprometerse. Cualquier parecido con la realidad… no es pura coincidencia. Si dispusiéramos de los datos estadísticos, sin duda serían impactantes: “En el tiempo que lleva leer este artículo, esta escena se está repitiendo en XX mil bancos del planeta”. Lo que es aún peor, la mayoría de nosotros hemos representado más de una vez el papel de Chico.

Por qué los bancos aman a Groucho Marx. Juguemos a imaginar un mundo en el que los contratos bancarios fueran comprensibles y legibles. Podrían suceder varias cosas, todas ellas espeluznantes desde el punto de vista de la presunta solvencia y la estabilidad del sistema financiero:

-        Un 70% de los clientes podrían plantearse leer el contrato antes de firmarlo (frente al 0% actual).
-        Un 55% de los clientes podrían efectivamente leer el contrato (frente al 0% actual).
-        Un 45% de los clientes podrían pedir aclaraciones sobre algunos puntos (frente al 0% actual).
-        Un 30% de los clientes podrían pedir más tiempo para reflexionar sobre la conveniencia de firmar el contrato (frente al 0% actual).
-        Un 15% de los clientes podrían decidir NO firmar el contrato (frente al 100% que actualmente firman sin preguntar ni vacilar).

¡Qué espanto! Un 15% de los clientes amotinándose… y eso sin contar el tiempo perdido en responder a las preguntas de ese molesto 45% que consideraría necesario pedir aclaraciones. Aunque… ¿quién sabe? A lo mejor esos contratos claros y legibles ayudarían a ganar la confianza de los consumidores y los bancos verían aumentar su volumen de negocio.

Volviendo a la realidad, algunos bancos centrales ya están estableciendo tamaños mínimos para las fuentes de letra de los contratos bancarios. Sin duda es un avance y, lo más importante, indica que los supervisores son conscientes del problema. Sin embargo, está lejos de ser suficiente. No sólo es necesario que el cliente pueda leer los contratos: es necesario que pueda entenderlos, sin necesidad de tener un primo licenciado en Económicas ni de pedir aclaraciones al mismo empleado bancario cuya prioridad es hacerle firmar.

Un gran obstáculo para superar el grouchomarxismo bancario es que los supervisores no siempre tienen la sensibilidad necesaria para valorar qué es o no comprensible para el consumidor medio. Lo que parece clarísimo y evidente para un profesional de las finanzas no tiene por qué serlo para un farmacéutico. Existen productos de inversión complejos cuyas advertencias de riesgo, explícitas y destacadas en la primera página del contrato, han sido bendecidas por el supervisor pero no significan nada para el pobre cliente, en especial si este tiene enfrente a una persona (el empleado bancario) que insiste en que el producto es tan recomendable que él mismo no vacilaría en recomendárselo a su propio padre.

Por qué los clientes somos como Chico Marx. Ver el comportamiento de Chico en esta impagable escena sirve de espejo para comprender nuestras auto-destructivas tendencias a la hora de asumir compromisos financieros:

En un primer momento, Chico no parece fiarse mucho de su interlocutor y se muestra saludablemente suspicaz, mientras contempla el contrato como si fuera radiactivo. Rápidamente delega en Groucho el honor de leer las cláusulas en voz alta. Puesto que al final de la escena confiesa que no sabe escribir, cabe concluir que tampoco sabe leer.
La gran mayoría de los clientes bancarios tienen el mismo problema que Chico: no saben “leer contratos”, y aún menos interpretar sus repercusiones. La falta de cultura financiera no ayuda, pero tampoco es la única responsable de esta situación: hace falta mucho más que una educación financiera básica para entender la acumulación de jerga jurídica y económica que satura los documentos. La solución más sencilla, realista e inmediata no es que los clientes aprendan finanzas avanzadas, sino redactar los contratos financieros en “lenguaje humano estándar”. 
El pobre Chico no parece tener muy claro eso de “la parte contratante de la primera parte”, pero después de un par de lecturas “parece que ya le suena mejor”. “Claro, hombre, a todo se acostumbra uno”, le responde Groucho tranquilamente.
Ahí tenemos otro de los elementos del problema: con una especie de fatalidad cósmica, nos hemos acostumbrado a no entender los contratos bancarios, como si la opacidad fuera una característica intrínseca de los mismos. Al final, la jerga financiera hasta nos suena bien, aunque no comprendamos nada… o tal vez precisamente por eso. 
La escena continúa y Groucho, en el mejor estilo vendedor de humo,  se muestra dispuesto a eliminar todo aquello que pueda resultar discutible… hasta que el medio metro inicial de cada contrato queda reducido a sendos trocitos de papel. “¿Por qué su contrato es más grande que el mío?”, pregunta Chico mientras compara su pedacito con el que sostiene su compañero. “Porque usted es más chico que yo”, contesta el imperturbable Groucho.
Muy cierto. Incluso las personas con mayor nivel formativo se sienten “pequeñas” cuando se trata de finanzas. ¿Cómo vamos a discutirle al banco algo que no entendemos? Si queremos una sociedad sanamente bancarizada es urgente desmitificar las finanzas y superar décadas de temor reverencial a los bancos. Como primer paso, estaría bien disponer de unos contratos que los clientes se sientan capaces de entender y debatir.
El final de la escena nos muestra la clásica rendición incondicional del cliente bancario. Pese a su loable resistencia durante toda la conversación, Chico termina sucumbiendo a la desbordante verborrea de Groucho, que decide terminar con sus objeciones de una vez por todas:
G - Bueno, de todas formas estamos de acuerdo, ¿verdad?
C - Sí, eso sí.
G - Entonces ponga su firma ahí y el contrato será legal.
C - Me olvidé de decirle que no sé escribir.
G - Es igual, la estilográfica no tiene tinta. Pero el contrato está hecho, ¿no es eso?
C - ¡Ah, sí, claro!
A todos los lectores que están sonriendo en este momento... ¿Verdad que tiene menos gracia cuando pensamos que conversaciones parecidas nos llevan continuamente a asumir obligaciones y gastos de los que no somos conscientes? Sí, eso imaginaba.

viernes, 21 de junio de 2013

El menú de la educación financiera: ¿dieta de manzanas o ensalada de frutas?

Dicen que el primer paso para resolver un problema es aceptar que lo tienes. Es un hecho que las iniciativas de educación financiera que pululan a nuestro alrededor, sin duda bienintencionadas y meritorias… son recibidas por los ciudadanos con singular falta de interés. Peor aún, lo normal es que atraviesen limpiamente las mentes del público, sin germinar casi nunca: cantidades ingentes de polen desperdiciado. Sustitúyase polen por dinero. Ergo, tenemos un problema. Tras analizar en el artículo anterior la importancia de tener claro a quiénes nos dirigimos y cuál es el contexto en el que viven,  ahora toca plantearnos el  “Qué”. ¿Cuáles son los ingredientes de los menús-programas de educación financiera que ofrecemos al público? ¿Son tentadores o resultan tan apetitosos como una ensalada de lechuga sin aderezo?   

Los ingredientes: ¿cuáles son los componentes de lo que llamamos "cultura financiera"? Para elaborar un menú de educación financiera equilibrado y atractivo, en primer lugar necesitamos aclarar a qué nos referimos con este término tan amplio. Según la OCDE, capacidad financiera es “el conocimiento y comprensión de los conceptos financieros, así como las habilidades, motivación y confianza para aplicarlos, con el fin de tomar decisiones efectivas en diferentes contextos…”. La definición no acaba ahí, pero como somos gente ocupada casi todos dejamos de leer después de "conocimiento y comprensión de los conceptos financieros". De acuerdo, sí, parece que estos señores de la OCDE dicen después algo más sobre habilidades, motivación y confianza, pero empecemos por los conocimientos y todo lo demás caerá del cielo por sí solo... ¿verdad?

Ay, ay, ay. ¿Y si nuestras irracionales mentes humanas funcionaran justo al revés? ¿Y si la motivación y la confianza fueran los requisitos sine qua non que nos impulsarían a obtener esos conocimientos tan útiles e importantes? ¿No será esa motivación inexistente la razón de que montones de portales, talleres y folletos de educación financiera acaben criando telarañas sin pena ni gloria?

Adaptando a nuestra conveniencia la definición anterior, podemos distinguir tres tipos de ingredientes (componentes) de una buena cultura financiera:

1) Conocimientos financieros (componente cognitivo y académico).
2) Habilidades y comportamientos (componente conductual y experiencial).
3) Actitudes, valores y creencias (componente psicológico y cultural).

Puesto que estamos hablando de recetas y menús, lo apropiado es buscar algún equivalente comestible para estos componentes. ¿Qué fruta correspondería a cada uno de ellos?

Conocimientos financieros: el COCO. Así percibe casi todo el  mundo el aspecto cognitivo de la educación financiera: se encuentra en alturas inaccesibles, es feísimo por fuera y para colmo resulta duro de pelar. Realmente, hay que tener mucho interés para hacer el esfuerzo de trepar a la palmera, abrirlo y extraer el jugo. El "coco" son los cálculos financieros y los conceptos económicos elementales, el funcionamiento de los intermediarios, la operativa básica de los mercados, etc. Es el ingrediente que separa con mayor claridad a los profesionales de las finanzas (para quienes estos conocimientos son una herramienta de trabajo) de los usuarios de a pie que, con tal de no utilizar el machete para abrir el coco, se convencen a sí mismos de que pueden vivir muy bien sin semejante fruta.

En mayor o menor proporción, siempre hay algo de coco en todos los programas de educación financiera. Algunos trozos pueden ser relevantes y nutritivos (conceptos básicos, cómo relacionarse con los intermediarios...) pero otros son más indigestos. Por ejemplo, confieso que me deja perpleja el empeño de algunos reguladores financieros por incluirse a sí mismos y sus funciones como contenido central de los temarios. Si bien la política monetaria nacional y la supervisión de los mercados son interesantísimos para los aficionados a la economía, resultan básicamente irrelevantes para el usuario medio; siguiendo con el símil culinario, equivaldrían a esas guindas con almíbar, empalagosas y prescindibles excepto para los muy golosos.

Además, el excesivo peso de estos contenidos financieros "académicos" en los programas de educación financiera suele resultar contraproducente, al transmitir la errónea impresión de que la cultura financiera es algo complejo, remoto y sin conexión alguna con la vida cotidiana. ¿Quiere esto decir que tales cuestiones deben quedar excluidas de los programas de educación financiera? Unas veces sí y otras no: el coco no combina bien con todos los platos. Dejamos para el final la adecuada mezcla de los ingredientes.

Habilidades y comportamientos: las MANZANAS. He aquí el principal ingrediente de casi todos los programas de educación financiera: kilos y kilos de manzanas, en forma de consejos prácticos sobre hábitos y comportamientos financieros “saludables”. Casi siempre se trata de recomendaciones que requieren sacrificio y esfuerzo. “Lleva al día tu presupuesto personal”. “Apunta tus gastos diarios en una libreta”. “Lee de principio a fin los contratos antes de firmarlos”. Uuuffff. Qué pereza.

No me entendáis mal, por supuesto que son recomendaciones lógicas y razonables. El problema es que los consumidores no somos ni lo uno ni lo otro (tema central de los dos artículos anteriores de este blog). Tampoco quiero ser negativa: lo de ir por la vida haciendo anotaciones en la libretita cada vez que sacamos la billetera sin duda es excelente como ejercicio de auto-sensibilización, e incluso estoy convencida de que hay personas que lo han puesto en práctica. Lamentablemente yo no conozco a ninguna, por lo que no puedo aportar “casos de éxito”, pero tal vez nuestros lectores sí cuenten en sus entornos más próximos con alguien lo bastante motivado que pueda compartir su experiencia. Igual ocurre con los contratos: somos tan raros y tan auto-destructivos que nos negamos a leer esos larguísimos contratos financieros, llenos de jerga incomprensible y escritos con letra microscópica. Y mira que los materiales de educación financiera nos repiten una y otra vez que es por nuestro bien, pero nada: ¡nunca encontramos el momento! Por supuesto, luego nos encontramos pagando comisiones bancarias que no esperábamos (y que estaban clarísimamente especificadas en alguna de las siete páginas del contrato que no leímos) y entonces aparecen el llanto y el crujir de dientes. ¡Culpa nuestra! ¡No será porque no nos lo habían avisado!

Para ser justos, muchas de las habilidades y conductas “manzana” son imprescindibles para nuestra propia protección en el complejo mundo financiero de hoy. Pueden y deben formar parte de los programas de educación financiera, pero de una manera realista y que tenga en cuenta el contexto social, económico y cultural en el que esperamos que las personas lleven a cabo tan saludables comportamientos. Por ejemplo, culpar a los consumidores por adquirir masivamente productos financieros que no entienden, alegando que deben asumir la responsabilidad de lo que firman, no sólo implica obviar el desequilibrio de poder en las relaciones entre bancos y clientes, sino también las prácticas comerciales agresivas y éticamente cuestionables de la industria financiera. No está de más recordar que, poco después de que Emilio Botín, presidente del Banco Santander, explicara en un discurso que su éxito se basaba en no invertir en productos que no comprendía, se supo que también había sido víctima de la estafa de Madoff. Tal vez no se había leído bien los contratos, después de todo.

Manzanas, sí… pero cortadas en trozos pequeños.

Actitudes, valores y creencias: el MARACUYÁ. Numerosos puristas y partidarios de la ortodoxia económica consideran estos aspectos tan exóticos como el maracuyá. Se sienten infinitamente más cómodos con la hipótesis de que todos tomamos decisiones racionales basadas en la información disponible, y dejan el interés por los aspectos psicológicos y las motivaciones subconscientes a los autores superventas de la New Age, a los que por supuesto desprecian olímpicamente.   

No hace falta estar de acuerdo al 100% con Kiyosaki (Padre rico, padre pobre), T. Harv Ekker (El secreto de la mente millonaria) y demás autores “populares”, para reconocer que han logrado despertar el interés de millones de personas por las finanzas personales… lo cual es bastante más de lo que puede decirse de todos los programas “serios” de educación financiera diseñados desde entornos institucionales. 

Durante los muchos años que llevo dedicada al tema, las únicas personas que se han acercado de manera voluntaria, con un interés genuino por ampliar sus conocimientos, son las que han aterrizado en las finanzas “vía Kiyosaki”. Por el contrario, nadie me ha dicho jamás: “¡Eh! ¡He visto vuestro fantástico portal con consejos de economía personal y de inmediato me he puesto manos a la obra para ordenar mis asuntos financieros!”.

¿Dónde reside la diferencia? En que estos autores apuntan directamente a la tecla emocional, mostrando empatía con los contradictorios sentimientos del público en relación con el dinero. El lector se siente identificado con las aspiraciones, las dudas y los miedos de los que Kiyosaki y compañía hablan en sus libros. Por otra parte, cada vez hay más economistas y profesionales, en absoluto sospechosos de falta de rigor científico, que están dirigiendo la atención de reguladores y educadores hacia el enfoque de la behavioral economics. Remito a los escépticos al trabajo de Ideas42, entidad fundada por preclaras mentes de Harvard, Princeton, el MIT y la International Finance Corporation del Banco Mundial.

Llegamos así a la "motivación y confianza" que forman parte de la capacidad financiera, según la OCDE, y retomamos la idea inicial de que tales atributos no son la consecuencia natural de los conocimientos, sino el combustible necesario para adquirirlos. Con la suficiente motivación, es posible aumentar el consumo de manzanas… e incluso enfrentarse al desafío de abrir un coco.

Recetas de cultura financiera: cómo mezclar los ingredientes y en qué cantidades. La “ensalada de frutas” no puede ser igual para todos. Para encontrar la proporción de coco, manzanas y maracuyá más adecuada en cada caso, es necesario responder a una serie de cuestiones que se agrupan en dos grandes categorías: 1) Necesidades y punto de partida; 2) Objetivos y evaluación.

Necesidades y punto de partida. ¿Cuáles son las auténticas necesidades del público objetivo? La mejor forma de identificarlas es realizar un análisis conjunto en el que se incluya a los beneficiarios, como señalábamos en el artículo anterior. Mientras algunas son difíciles de apreciar desde fuera, también puede darse el caso contrario: que haya necesidades de las que el grupo objetivo no sea plenamente consciente (por ejemplo, adaptarse a una progresiva implantación de las nuevas tecnologías en la operativa bancaria).

De nuevo tenemos que recordar la importancia de tener en cuenta el contexto social, económico y cultural del grupo objetivo. ¿Cuál es su entorno físico y de qué infraestructuras disponen? ¿Cuentan con los medios para poner en práctica los contenidos y recomendaciones que se les quiere transmitir? Esas sugerencias de comportamiento, ¿son realistas considerando su modo de vida y las circunstancias en las que se desenvuelven? ¿Cuáles son los patrones y códigos culturales que pueden estar influyendo en sus comportamientos y decisiones económicas? Teniendo en cuenta todo lo anterior, ¿qué adaptaciones habría que hacer a los mensajes y consejos habituales?

Las necesidades deben formularse de manera concreta y práctica, evitando planteamientos abstractos del tipo: “Precisan mejorar su cultura financiera para hacer un mejor uso del sistema financiero”.

Una vez que se han definido las necesidades formativas del público objetivo, puede ser útil conocer cuál es el punto de partida. No nos referimos sólo a las clásicas encuestas sobre nivel de cultura financiera (que arrojan los mismos resultados lamentables en todas partes y cuyos resultados deben tratarse con cierta cautela). En realidad, puede ser más revelador (y mucho menos costoso) aprovechar en primera instancia otras fuentes estadísticas indirectas que no reflejen intenciones o situaciones idealizadas, sino comportamientos reales del público: porcentajes de contratación de determinados productos financieros, hábitos de consumo, utilización de los diferentes medios de pago, etc.

Objetivos y evaluación. Obviamente, los objetivos se plantearán en función de las necesidades concretas detectadas y deberán ser realistas, medibles y con plazo, como cualquier objetivo que se precie. Sin embargo, cuando hablamos de educación financiera conviene hacerse algunas preguntas adicionales: ¿Qué esperamos conseguir realmente: sensibilización o capacitación? ¿Nos preocupa más el alcance o la profundidad?

En general, no queda más remedio que elegir: si queremos llegar a colectivos muy numerosos, la profundidad se resiente. Si nuestro propósito es estimular la demanda de cultura financiera (sensibilización), tendremos que dejar el aprendizaje y la transformación de conductas (la auténtica “capacitación”) para otro momento. Es habitual que oigamos hablar de capacitación para definir cualquier acción, por muy escaso que sea su potencial pedagógico. “Este programa ha permitido la capacitación financiera de 3.000 personas”. No, ni mucho menos: se han visto expuestas al programa unas 3.000 personas, lo cual es muy distinto. Si lo hemos hecho muy bien, a lo mejor se ha conseguido concienciar a un porcentaje significativo sobre la importancia del tema. Pero la verdadera capacitación es otra cosa y, en general, requiere una mayor personalización de las acciones.  

Tras establecer los objetivos, cuantitativos y cualitativos, hay que definir cómo se va a valorar el grado de cumplimiento. La evaluación es uno de los grandes desafíos de la educación financiera, ya que muchos de los objetivos más relevantes no son fáciles de medir ni se consiguen en el corto plazo. Como señalan las imprescindibles guías y principios para la evaluación de programas de educación financiera de la OCDE,  los mecanismos de seguimiento y valoración deben diseñarse al mismo tiempo que el programa.

En resumen, para determinar los contenidos y temas que se van a desarrollar en cualquier iniciativa de educación financiera, hay que partir de lo que la gente cree, necesita y desea, no de lo que “racionalmente” pensamos que deberían creer, necesitar y desear. Con la “dieta de la manzana” nos arriesgamos a generar un aborrecimiento insalvable por estas cuestiones, así que definitivamente recomendamos la mezcla de colores y texturas de una buena ensalada de frutas.

Después de ver el “Quién” y el “Qué”, el próximo mes hablaremos de “Cómo” desarrollar un buen programa de educación financiera…para conseguir resultados. 

martes, 19 de febrero de 2013

Mitos y leyendas de la economía que nos complican la vida


Gracias al instinto gregario de la especie humana, en cada época existen una serie de verdades universales que muy pocos se atreven a cuestionar. Ya hablemos de ciencia, religión o economía, quienes osan apartarse de la ortodoxia vigente deben afrontar resistencias que pueden ir desde el simple descrédito hasta la mismísima hoguera, según el grado de salvajismo de los fundamentalistas de turno.

Puesto que todos sabemos que la Tierra resultó no ser plana y que el hombre sí puede correr los 100 metros en menos de diez segundos, resulta asombrosa la tendencia humana a la incansable repetición de lugares comunes en relación con la economía. El gran problema es que no se trata de meras elucubraciones teóricas, sino de creencias arraigadas que determinan nuestras decisiones y comportamientos económicos, y que sobreviven incluso a las evidencias empíricas en contra: ni siquiera la crisis que tenemos delante de los ojos parece ser capaz de llevarnos a cuestionar la sensatez y veracidad de algunos de estos "mitos y leyendas".

Las cinco afirmaciones que vamos a ver, y que forman parte del acervo cultural e incluso religioso de muchas sociedades, no sólo comprometen nuestro bienestar al propiciar decisiones financieras poco inteligentes, sino que constituyen barreras invisibles, pero muy sólidas, frente a cualquier intento de sensibilización o educación financiera. De ahí nuestra insistencia en que la cultura financiera es mucho más que una cuestión cognitiva: para que las capacitaciones tengan éxito deben tener en cuenta el punto de partida de las personas a las que se dirigen. Por desgracia, ese punto de partida suele incluir uno o varios de los siguientes mitos:

Mito nº 1: El ladrillo es una inversión segura: ¡su valor siempre sube! Por favor, que levante la mano quien no haya oído jamás esta frase. ¿Y bien? Ninguna mano alzada, claro. Desde que empezamos a generar un mínimo excedente de ahorro y se nos plantea el dilema de dónde ponerlo a buen recaudo para que nos genere rendimientos, esta frase la oímos repetida como un mantra a familiares, amigos, colegas... e incluso a los gobernantes. Ante tan férrea unanimidad, ¿quién es el valiente que se atreve a sostener lo contrario?

Al margen de los intereses particulares que algunos políticos y empresarios mantienen en favor de esta idea, muchas personas consideran que las inversiones "palpables" son más seguras e incluso más éticas que las que se basan en meros apuntes contables. Si bien los desmanes financieros de los últimos años han reforzado en gran medida tal impresión, al permitir que se generaran grandes fortunas basadas en la venta intensiva de humo, conviene recordar que la aparente revalorización eterna de los inmuebles (normalmente en forma de “burbuja”) también suele ser consecuencia de trapicheos y abusos especulativos.

Las consecuencias de creer en este mito están a la vista: se confunde la ocasional inversión en inmuebles de los recursos excedentes con destinar a la compra de la vivienda todo lo que se tiene… ¡y también lo que no se tiene!

Mito nº 2: No hace falta aprender economía: para el manejo de las cuentas diarias no se precisan grandes conocimientos. Sí y no. Esta creencia es especialmente tramposa porque encierra una parte de verdad (no hace falta una licenciatura universitaria para tomar decisiones financieras inteligentes), pero no tiene en cuenta que funcionamos según un condicionamiento económico del que no somos conscientes, y del que únicamente podemos librarnos "aprendiendo" formas alternativas de administrar nuestros recursos.

Una mamá me explicaba hace poco que le parece muy importante dar educación financiera a su hija, pero que primero tiene que conseguir que deje de morderse las uñas y que adquiera buenos hábitos alimenticios… Cuando consiga eso, ¡ya se planteará abordar esos temas tan espinosos! No podemos sino solidarizarnos con estos padres abrumados por la enormidad de los desafíos que plantea la tarea educativa y que, en el fondo, tampoco se sienten seguros de sus habilidades en la gestión de la economía personal, y menos aún de cómo hablar con sus hijos sobre el dinero. De este modo la educación financiera se va dejando para algún momento futuro que, por supuesto, jamás llega. Funcionamos con el “piloto automático económico” y replicamos una y otra vez comportamientos financieros cuya utilidad ni siquiera nos planteamos.

Mito nº 3: Aprender economía es demasiado complejo, está fuera de mi alcance. De modo harto paradójico, esta consideración suele coexistir con la anterior, sin que sus víctimas aprecien contradicción alguna: “La economía y las finanzas son tan complejas que no puedo entenderlas y, por lo tanto, no merece la pena que me moleste por aprender ni lo más básico: después de todo, mi dinero se administra solo sin que yo le dedique excesiva atención”.

¿En qué quedamos? ¿Se administra solo porque es facilísimo y no requiere ni nuestro tiempo ni nuestra atención, o entender el funcionamiento del dinero es complicadísimo y excede nuestras capacidades intelectuales?

En realidad, aunque se formulen de manera opuesta, los mitos 2 y 3 son el mismo: “Se me ocurren infinitas cosas más interesantes, urgentes y atractivas que hacer antes que sentarme a hacer un presupuesto o ponerme a pensar en mis objetivos personales y financieros”. Nada más lejos de mi intención que criticar este enfoque: nos ocurre a la mayoría. Eso sí, tenemos que ser conscientes de hasta qué punto nos perjudica dejar nuestras finanzas a la deriva mientras nosotros contemplamos el paisaje.

Mito nº 4: No es posible hacer dinero sin ensuciarse las manos. Hoy día, la lotería parece ser el único medio socialmente aceptado para acumular razonables cantidades de dinero en poco tiempo. Por otra parte, todos los que jamás hemos sido agraciados con tan imprevisible recompensa nos regodeamos con la idea (verdadera, por otra parte) de que "un elevado porcentaje de los que ganan grandes cantidades en la lotería están arruinados en menos de tres años". ¡Justo castigo divino! Todos sabemos que, en realidad, el dinero hay que ganarlo con muchísimo esfuerzo y sufrimiento y, cuando no es así, lo más lógico es que desaparezca como el oro de los leprechaun (duendecillos irlandeses de escasa moral financiera: prometen dinero con gran soltura, pero se trata de un oro encantado que desaparece de manera súbita).

Lo cierto es que los escándalos económicos y políticos hacen un flaco favor a la causa de la educación financiera. En España, resulta un tanto asombrosa la propuesta de una diputada para que "se enseñe educación financiera y tributaria desde la escuela, con el fin de concienciar a los ciudadanos sobre la importancia del cumplimiento de las obligaciones fiscales". En primer lugar, esto demuestra un oportunismo lamentable (hace mucho tiempo que diversos colectivos, instituciones y docentes vienen clamando por una mayor presencia de estas cuestiones en el entorno educativo). Sin embargo, lo peor es que también indica una notable falta de comprensión de lo que es en realidad la educación financiera. No es posible “enseñar” responsabilidad fiscal en las aulas: la inclinación a cumplir con las obligaciones tributarias en la edad adulta no es una cuestión de conocimientos académicos ni de enseñanzas motivadoras, sino de valores generales que no se inculcan en un libro de texto ni en un taller formativo, sino que deben vivirse y respirarse en la escuela, en casa y en la vida pública.

El gran problema de este mito es que asocia la deshonestidad con las actividades empresariales. En los países latinos, donde somos muy proclives a cuestionar los logros ajenos, nos apresuramos a atribuir el éxito en los negocios a la simple suerte o, si se prolonga en el tiempo, a la segura realización de prácticas “sospechosas”. ¡Inconveniente enfoque para la educación de futuros emprendedores que contribuyan a generar riqueza y prosperidad!

Mito nº 5: La educación financiera es una herramienta para difundir el capitalismo. Recientemente, una docente me confesó que la idea de hablar sobre el dinero a los niños le provoca un gran rechazo, ya que le parece una manera de inculcarles el materialismo con el fin de sostener el sistema capitalista. Aunque no todos son capaces de formularla de manera tan explícita, esta creencia está más difundida de lo que parece.

Son varias las confusiones que alimentan este mito, y no tienen demasiado que ver con los excesos y fallos evidentes del sistema capitalista. Mientras encontramos el sistema perfecto, una buena cultura financiera sigue siendo el mejor recurso para alcanzar libertad e independencia, sean cuales sean las realidades económicas, sociales o políticas del entorno. 

Como conclusión, proponemos una definición “anti-mitos” de lo que significa tener una buena cultura financiera: Es la capacidad de una persona para obtener, de manera ética y sostenible, el mayor provecho posible de los recursos que se encuentran a su alcance, adaptándose a las circunstancias sociales, económicas, financieras y políticas que existan en cada momento”.  ¿Alguna idea para completarla y mejorarla?

lunes, 17 de diciembre de 2012

Las tres tendencias de la educación financiera para 2013


Hoy día, la única forma de que te lean en Internet es elaborar una lista y encabezarla con un título de cierto interés. Puesto que no soy dada al auto-engaño, tengo asumido que la educación financiera no despierta precisamente un entusiasmo abrumador (aunque estoy convencida de que algún día conseguiremos ponerla de moda, cosas más raras se han visto). Tampoco me consta que exista ninguna práctica de educación financiera que aglutine la suficiente masa crítica como para merecer el grandioso nombre de “tendencia”. Sin embargo, en homenaje al obligatorio optimismo de estas fechas, me animo a compartir mi lista personal de deseos sobre el futuro inmediato de la educación financiera en Iberoamérica. Querido Santa Claus: para este 2013 me gustaría que me trajeras…

1. Una creciente demanda social de talleres y programas de educación financiera, adaptados a las necesidades de colectivos concretos

A menudo hemos constatado, con notable frustración, que muchas personas están dispuestas a pagar por carísimos cursos sobre la misteriosa y elusiva “Ley de la Atracción”, pero no hay manera de que asistan a talleres gratuitos para aprender a manejar su dinero de forma eficaz… ¡Y eso que es bastante más sencillo! Parece que confiamos más en nuestra capacidad para transformar la energía del Universo que en nuestra paciencia para leer y entender un contrato financiero.

Hace poco, una recién llegada a un grupo de LinkedIn sobre educación financiera preguntó con cierta ingenuidad: “¿Cómo conseguís que la gente se apunte y asista a los talleres que no son obligatorios?”. De inmediato surgieron los comentarios jocosos: “¡Buena suerte! Por favor, en cuanto sepas la respuesta compártela en el grupo”.

En el mundo ideal que prevemos para 2013, en todos los grupos de población habrá cada vez más personas financieramente iluminadas que, con el entusiasmo propio de los conversos, se dedicarán a asimilar y difundir nuevas prácticas económicas, más inteligentes y provechosas para todos. Serán conscientes de sus verdaderas necesidades y buscarán cursos, materiales y herramientas que les permitan alcanzar sus objetivos. Los talleres para familias, emprendedores y futuros jubilados estarán llenos hasta la bandera, y los asistentes sustituirán la angustia vital que les produce pensar en el dinero por una estimulante sensación de confianza en sí mismos.

 2. Unos contenidos y formatos más lúdicos, prácticos y… humanos

En la actualidad, las experiencias de aprendizaje lúdico e implícito parecen estar reservadas para los más pequeños. Sólo los niños tienen derecho a asimilar nuevas ideas mediante juegos, música y colores. Los adultos estamos obligados a demostrar nuestra seriedad aguantando charlas solemnes y aleccionadoras sobre el funcionamiento del sistema financiero y las bondades del ahorro. ¡Un planteamiento ideal para combatir el insomnio!

Además de ser tremendamente aburrido, el “estilo sermón” que impera en la educación financiera para adultos tiene el gran inconveniente de generar un rechazo adicional al que de por sí produce todo lo relacionado con el dinero. Aún no he conocido a nadie a quien le agrade que cualquier extraño, por muy bienintencionado que sea, le diga cómo tiene que vivir su vida.

En el 2013, la gamificación llega a la educación financiera. No como una moda, sino como la mejor forma de conectar con las inclinaciones naturales del ser humano a la diversión y al disfrute de experiencias en primera persona.

Además de esta revolución en los formatos, los contenidos evolucionan hacia nuevos enfoques: ya no se trata de instruir o educar a las personas (planteamientos que denotan cierta “superioridad” de quien imparte el conocimiento), sino de mostrar otras alternativas para ganar, ahorrar, gastar, compartir o invertir el dinero, que no tienen por qué estar alineadas con las creencias predominantes en nuestras sociedades.

Y, por encima de todo, los contenidos se adaptan de manera realista a las circunstancias de cada colectivo o grupo de población: las verdades universales tampoco existen en el ámbito de la educación financiera, y las propuestas que tienen sentido en algunos casos pueden ser completamente inadecuadas en otros contextos. Un buen programa con contenidos “globales” puede fracasar por no reconocer las características particulares del grupo al que se dirige.

3. Las empresas compiten por difundir la cultura financiera y se potencia la
cooperación entre el sector público y el privado

En los últimos años, las instituciones públicas del ámbito financiero (reunidas en la International Network on Financial Education de la OCDE) han proporcionado un apreciable impulso a la IDEA de que la educación financiera es imprescindible para el desarrollo social y económico de las sociedades.

Por desgracia, el tránsito de la IDEA a la REALIDAD no es automático ni inmediato. Los organismos públicos han dado pasos imprescindibles y positivos en cuanto a la divulgación de la IDEA, pero sus iniciativas suelen mostrar dos tipos de problemas: 1) La educación financiera ocupa una posición secundaria frente a otras competencias que estos organismos consideran prioritarias (como la regulación, la supervisión o la política monetaria) y que por su delicada naturaleza suelen aconsejar el mantenimiento de un “perfil bajo”; la consiguiente timidez comunicativa perjudica extraordinariamente las posibilidades de llegar con éxito a los potenciales beneficiarios. 2) La escasez de recursos económicos y humanos limita el impacto y la eficacia de las acciones.

De ahí que, en muchos casos, las iniciativas públicas de educación financiera dejen una sensación de expectativas frustradas. Las optimistas declaraciones del tipo “con esta actividad hemos capacitado a 200 personas” ya no engañan a nadie: dar una charla a 200 personas (reunidas de manera más o menos voluntaria) no significa que se haya “capacitado” a todas esas almas. Con suerte, si la charla es realmente buena y está bien enfocada hacia las necesidades reales de la audiencia, puede tener un notable efecto “sensibilizador” (logro nada desdeñable, por cierto). Pero tener a 200 personas sentadas escuchando una clase magistral está muy, muy lejos de constituir una capacitación.

En 2013, las empresas de cualquier sector de actividad, que carecen de las limitaciones que afectan a las instituciones públicas, descubren por fin las ventajas prácticas de aprovechar su RSE para vincularse con la comunidad mediante la difusión de programas de educación financiera que, por supuesto, cumplen con todas las características señaladas en el punto anterior. Lo público y lo privado dejan de caminar en paralelo y aprovechan sus respectivas ventajas para mejorar la calidad, el realismo, el alcance y la eficacia de los programas.

Profecía Addkeen para el 2013: En lugar de ahogarnos en los oleajes económicos que nos rodean, aprendemos a hacer surf sobre la tabla de nuestra mejorada cultura financiera y nos mantenemos a flote contra viento y marea. ¡Que la Fuerza nos acompañe!

viernes, 9 de noviembre de 2012

Pilatos y las tácticas de información masiva


La crisis ha tenido la triste utilidad de poner de manifiesto muchas cosas: que las leyes no se han cumplido, que la ética empresarial de la industria bancaria es muy mejorable… y que las personas y las familias suelen tomar unas decisiones financieras tremendamente absurdas. ¿Por qué ocurre esto? La respuesta inmediata suele ser: “¡A la gente le falta información!”. Cielos, no. A la gente pueden faltarle muchas cosas, pero definitivamente la información no es una de ellas. 

De hecho, en la era de Internet tenemos más información de la que podemos procesar, y los temas financieros no son una excepción: abundan los sitios educativos y divulgativos, con materiales de gran interés para todos los gustos y necesidades.

Por otra parte, en los últimos años infinitas leyes han justificado la relajación de los controles sobre mercados e intermediarios con el imaginativo argumento de que “la madurez de los sistemas financieros hace innecesario un seguimiento estricto de los agentes profesionales, por lo que basta con poner a disposición del público la información necesaria para que pueda tomar decisiones bien fundadas”. (¿En qué se supone que se manifestaba tal madurez? ¿En que estaban a punto de criar moho?). Como consecuencia, las entidades están obligadas a  difundir urbi et orbi sus contratos, sus tarifas, los folletos descriptivos con las características de los productos, sus balances y cuentas de resultados, los posibles conflictos de interés, etcétera, etcétera. Lo cierto es que las instituciones financieras sí suelen respetar las normas sobre difusión de información en línea (en términos de cantidad, no siempre de calidad), por dos motivos: su incumplimiento se detecta de manera fácil y objetiva y, sobre todo… son conscientes de que la inmensa mayoría de los consumidores están tan perdidos que no van a hacer ningún uso de ella. 

Los que siguen este blog con regularidad saben que somos bastante aficionados a las preguntas tipo test, así que vamos a reformular nuestra duda inicial: ¿Por qué las personas toman decisiones financieras absurdas, aún cuando tienen a su alcance toda la información necesaria para hacer otras elecciones más inteligentes?

a) Por vagancia
b) Porque les gusta vivir peligrosamente
c) Porque no tienen esperanza alguna de entenderla
d) Porque ni siquiera saben que tal información existe 

En este caso, no hay una sola respuesta correcta: es posible encontrar almas en cada uno de estos supuestos, que de todo hay en la viña del Señor. Los de los grupos a) y b) son muy dueños de hacer lo que les venga en gana, y no hay mucho que se pueda hacer al respecto. Pero los casos c) y d) son la razón que impulsa nuestro trabajo: necesitan mejorar su cultura financiera.

Los legisladores y los gobiernos son perfectamente conscientes de esta realidad: también abundan las leyes y programas públicos que reconocen que los ciudadanos no cuentan con las destrezas necesarias manejar sus finanzas personales de manera adecuada (lo que obviamente no es compatible con la tesis de los mercados “maduros” y paradisíacos donde todos cuentan con “información perfecta”).

Nos encontramos, por tanto, con que los consumidores son maduros o ignorantes según sople el viento. Cabe pensar que las obligaciones de difusión masiva que se imponen a las entidades no son tanto una medida para proteger a los usuarios financieros como una excusa para eludir otro tipo de aproximaciones más costosas y complejas, como una supervisión rigurosa o unos programas de educación financiera ambiciosos y de amplio alcance. Es el equivalente moderno al lavado de manos de Pilatos, paradigma del que aparenta cumplir con sus responsabilidades mientras, en realidad, se dedica a mirar a otra parte. La sobredosis de información nunca puede compensar la falta de formación.

Como remate, la mayor parte de esa información excesiva resulta además inadecuada e indigesta para el común de los mortales. Hace algunos años, el supervisor británico mantenía su programa público de educación financiera bajo el lema No selling, no jargon, just the facts (“Sin venta, sin jerga, sólo los hechos”), además de apostar por la comunicación en plain English, el lenguaje llano que todo el mundo puede entender.

Comparemos este enfoque con los documentos bancarios que la mayoría tenemos a nuestra disposición: uso masivo de jerga jurídica y económica, letra microscópica, redacción enrevesada y deliberadamente opaca, fórmulas matemáticas que hubieran hecho las delicias de Einstein… Hace falta un grado inhumano de auto-disciplina financiera para no caer en a) la vagancia; b) los comportamientos suicidas.

Es fácil imaginar la felicidad que han experimentado las entidades financieras menos escrupulosas durante los últimos años: una clientela ignorante y cautiva, incapaz de distinguir un producto de alto riesgo del contrato de la luz ni aunque su vida dependiera de ello. En tal contexto, ¿qué inconveniente puede haber en cumplir a rajatabla todas las obligaciones de difusión masiva establecidas por los Pilatos de turno?

En resumen, la información financiera sólo resulta útil cuando es adecuada, clara y se dirige a personas capaces de interpretarla y usarla en la toma de decisiones. En contextos de baja cultura financiera, las tácticas de información masiva no son más que simbólicos lavatorios de manos.

lunes, 6 de agosto de 2012

Emprendedores, grupos sanguíneos y educación financiera


¿Existe un carácter emprendedor que se manifiesta de manera espontánea desde edades tempranas? ¿Se puede despertar y cultivar la vocación emprendedora? Ambas cuestiones admiten respuestas afirmativas: hay emprendedores que nacen y otros que se hacen. Sin embargo, hoy día habría que añadir un tercer grupo: el de aquellos que no tienen ni los genes ni la formación pero, en ausencia de otras alternativas, se ven lanzados de un puntapié a la categoría de empresarios forzosos.

Los emprendedores vocacionales, que en general ya tienen una habilidad, un área de interés o un proyecto definidos, florecen en cualquier contexto, por muy adversas que sean las circunstancias. Se sobreponen de forma instintiva a los obstáculos y a los fracasos intermedios, asumiéndolos como valiosos aprendizajes para el futuro, y son la perfecta encarnación de todas esas frases inspiradoras que circulan por Internet (como Edison y sus 1.000 formas de no hacer una bombilla). Por desgracia, este fenotipo todoterreno constituye una distinguida minoría dentro del colectivo emprendedor; si estuviéramos hablando de grupos sanguíneos, sería el equivalente al AB, el menos frecuente entre la población mundial.

Con el grupo 0, el más antiguo y el que presenta más de la mitad de la humanidad, tenemos a los asalariados, con diferentes perspectivas profesionales y niveles de cualificación. Trabajar para otros es una opción respetable, necesaria y, en muchos casos, acertada; por mucho que nos empeñemos, no todo el mundo tiene el espíritu necesario para emprender y llevar adelante un negocio. Pertenecer al grupo 0 solamente supone un problema cuando no es fruto de una elección consciente y personal. En el multitudinario colectivo de empleados por cuenta ajena hay, sin la menor duda, muchas personas con inclinación y capacidad para emprender, que se han dejado arrastrar por la inercia circundante y por los bienintencionados consejos de sus mayores a alguna actividad “segura y con futuro”, preferiblemente bajo el protector paraguas del Estado… Hemos creado una sociedad decidida a ignorar que lo único seguro es el cambio y que, como decía Heráclito, nadie puede bañarse dos veces en el mismo río.

Por eso, en lugar de educar a los jóvenes para que desarrollen al máximo sus talentos y confíen en su capacidad para hacer frente a cualquier circunstancia, se les ha inducido a  creer que con los estudios y el empleo adecuados tienen garantizado un futuro plácido y sin sobresaltos. Lo que tal vez fuera cierto en el “río” de nuestros padres (“estudia para abogado y tendrás la vida asegurada”) definitivamente no es aplicable en las turbulentas aguas del siglo XXI. En el ámbito iberoamericano, disponemos de unos sistemas educativos obsoletos en los que la educación financiera para futuros emprendedores roza lo anecdótico, y se moviliza casi exclusivamente gracias al impulso de autoridades y docentes visionarios.

Con el desarrollo de la agricultura y de la ganadería, la dieta humana cambió y la omnipresencia del grupo 0 se vio compensada por la aparición de nuevos tipos sanguíneos. De manera análoga, la adaptación de la especie a las cambiantes circunstancias socio-laborales nos permite asistir en primera fila al nacimiento de un interesante subgénero de la raza humana: los asalariados-mutantes-reconvertidos-en-emprendedores.

Este grupo, que por su número cada vez más elevado de integrantes tendría su  equivalente sanguíneo en el tipo A, está compuesto por aquellos que se han visto expulsados de su zona de confort laboral, de manera más o menos traumática: desacuerdos con los superiores jerárquicos o frustración ante sus perspectivas de carrera, ajustes de plantilla, reconversiones sectoriales, crisis económicas generalizadas... Si esto ocurre más allá de los 45 años, las perspectivas de reincorporación al mercado de trabajo se convierten en poco menos que utópicas. Nos encontramos, por lo tanto, con personas que se lanzan a la arena cual gladiadores, bajo el lema “emprender o morir”.

El inconveniente principal es que, salvo honrosas excepciones, estos microempresarios tipo A no tienen ni la más remota idea de cómo levantar un emprendimiento. Tal atributo no guarda relación alguna con el nivel de estudios o la capacidad técnica de la persona: es perfectamente posible ser un experto en determinada área de actividad y un pésimo emprendedor, todo al mismo tiempo.

La Asociación Argentina para el Desarrollo de la Pequeña y Mediana Empresa calcula que el 93% de los emprendimientos no llega al segundo año de vida; en México, este porcentaje se sitúa en el 75% y, en España, el 80% de las empresas desaparecen en los primeros cinco años. Sin negar ni menospreciar la influencia de los factores externos (contexto legal y económico restrictivo y/o intervencionista, altas tasas impositivas, falta de programas eficaces de apoyo a las pymes, etc.), lo cierto es que hay empresas que no sólo sobreviven, sino que prosperan en el mismo entorno. En tales casos, la diferencia la marca la preparación del emprendedor para abordar los diferentes aspectos que soportan el éxito de un proyecto: planificación y gestión, análisis del mercado y estrategia de ventas, atención a las necesidades de los clientes,  adecuada estructura de costes, etc. A todo esto deben sumarse otras destrezas y cualidades, menos académicas pero igualmente importantes: liderazgo, confianza, capacidad de comunicación… ¿Hemos dicho alguna vez que la formación para emprendedores es una parte vital de la educación financiera? Sí, seguro que sí.

Muchos de nosotros conocemos a profesionales valiosos que se estrellaron con su primer proyecto (gracias a una absoluta carencia de cultura emprendedora) y quedaron con la autoestima tan malherida que no volvieron a plantearse un segundo intento. Tengo un amigo que empleó la cuantiosa indemnización recibida  de la empresa + varios préstamos de amigos y familiares + más un crédito bancario en montar unas oficinas espectaculares con las que esperaba impresionar a sus potenciales clientes. Para cuando estuvo en disposición de iniciar la actividad, los costes fijos habían arrasado con todo su capital y tuvo que malvender todo lo que había levantado hasta el momento.

Dentro de este tipo A de emprendedores forzosos hay un colectivo que lo tiene aún más complicado: son las poblaciones vulnerables que, por diversas circunstancias, viven al margen de las estructuras socio-económicas formales, habitan en áreas deprimidas y se enfrentan a severas restricciones en el acceso a los servicios básicos. Las carencias formativas en estos grupos hacen prácticamente imposible su incorporación al mercado laboral, por lo que sus opciones no van mucho más allá del autoempleo o los emprendimientos de infrasubsistencia. Huelga decir que la principal característica de tales proyectos es su casi absoluta falta de viabilidad. Las microfinanzas constituyen una herramienta necesaria pero no suficiente para ayudar a estas personas a salir del círculo de la pobreza: sin una política de capacitación decidida y realista, los microcréditos pueden llegar a perder gran parte de su potencial como instrumento de inclusión social. 

Conscientes de este hecho, los organismos multilaterales de cooperación al desarrollo (BID, CAF, Banco Mundial, etc.) están apostando por la realización de programas piloto que ayuden a definir la mejor forma de proporcionar a los microemprendedores más vulnerables la formación que precisan... asumiendo de partida que los cauces habituales de capacitación suelen resultar insuficientes e ineficaces.

Dejamos para el final el emprendedor del futuro, el B+. Tal vez no sean emprendedores de nacimiento y probablemente en su día engrosaron las filas del grupo 0, pero se saben capaces de formarse y desarrollar las habilidades necesarias y, sobre todo, se mantienen atentos a las siempre cambiantes exigencias del entorno. Dan prioridad a las necesidades de sus grupos de interés y valoran la ética y la sostenibilidad como aspectos innegociables de su actividad. 

El único inconveniente de los emprendedores B+ es su escasez: en la actualidad, este grupo no llega al 10% de la población occidental. Sin embargo, dado el instinto de supervivencia de nuestra especie, cabe esperar que las próximas mutaciones contribuyan a aumentar la incidencia de este grupo... y a conseguir un progreso más equitativo.