martes, 19 de febrero de 2013

Mitos y leyendas de la economía que nos complican la vida


Gracias al instinto gregario de la especie humana, en cada época existen una serie de verdades universales que muy pocos se atreven a cuestionar. Ya hablemos de ciencia, religión o economía, quienes osan apartarse de la ortodoxia vigente deben afrontar resistencias que pueden ir desde el simple descrédito hasta la mismísima hoguera, según el grado de salvajismo de los fundamentalistas de turno.

Puesto que todos sabemos que la Tierra resultó no ser plana y que el hombre sí puede correr los 100 metros en menos de diez segundos, resulta asombrosa la tendencia humana a la incansable repetición de lugares comunes en relación con la economía. El gran problema es que no se trata de meras elucubraciones teóricas, sino de creencias arraigadas que determinan nuestras decisiones y comportamientos económicos, y que sobreviven incluso a las evidencias empíricas en contra: ni siquiera la crisis que tenemos delante de los ojos parece ser capaz de llevarnos a cuestionar la sensatez y veracidad de algunos de estos "mitos y leyendas".

Las cinco afirmaciones que vamos a ver, y que forman parte del acervo cultural e incluso religioso de muchas sociedades, no sólo comprometen nuestro bienestar al propiciar decisiones financieras poco inteligentes, sino que constituyen barreras invisibles, pero muy sólidas, frente a cualquier intento de sensibilización o educación financiera. De ahí nuestra insistencia en que la cultura financiera es mucho más que una cuestión cognitiva: para que las capacitaciones tengan éxito deben tener en cuenta el punto de partida de las personas a las que se dirigen. Por desgracia, ese punto de partida suele incluir uno o varios de los siguientes mitos:

Mito nº 1: El ladrillo es una inversión segura: ¡su valor siempre sube! Por favor, que levante la mano quien no haya oído jamás esta frase. ¿Y bien? Ninguna mano alzada, claro. Desde que empezamos a generar un mínimo excedente de ahorro y se nos plantea el dilema de dónde ponerlo a buen recaudo para que nos genere rendimientos, esta frase la oímos repetida como un mantra a familiares, amigos, colegas... e incluso a los gobernantes. Ante tan férrea unanimidad, ¿quién es el valiente que se atreve a sostener lo contrario?

Al margen de los intereses particulares que algunos políticos y empresarios mantienen en favor de esta idea, muchas personas consideran que las inversiones "palpables" son más seguras e incluso más éticas que las que se basan en meros apuntes contables. Si bien los desmanes financieros de los últimos años han reforzado en gran medida tal impresión, al permitir que se generaran grandes fortunas basadas en la venta intensiva de humo, conviene recordar que la aparente revalorización eterna de los inmuebles (normalmente en forma de “burbuja”) también suele ser consecuencia de trapicheos y abusos especulativos.

Las consecuencias de creer en este mito están a la vista: se confunde la ocasional inversión en inmuebles de los recursos excedentes con destinar a la compra de la vivienda todo lo que se tiene… ¡y también lo que no se tiene!

Mito nº 2: No hace falta aprender economía: para el manejo de las cuentas diarias no se precisan grandes conocimientos. Sí y no. Esta creencia es especialmente tramposa porque encierra una parte de verdad (no hace falta una licenciatura universitaria para tomar decisiones financieras inteligentes), pero no tiene en cuenta que funcionamos según un condicionamiento económico del que no somos conscientes, y del que únicamente podemos librarnos "aprendiendo" formas alternativas de administrar nuestros recursos.

Una mamá me explicaba hace poco que le parece muy importante dar educación financiera a su hija, pero que primero tiene que conseguir que deje de morderse las uñas y que adquiera buenos hábitos alimenticios… Cuando consiga eso, ¡ya se planteará abordar esos temas tan espinosos! No podemos sino solidarizarnos con estos padres abrumados por la enormidad de los desafíos que plantea la tarea educativa y que, en el fondo, tampoco se sienten seguros de sus habilidades en la gestión de la economía personal, y menos aún de cómo hablar con sus hijos sobre el dinero. De este modo la educación financiera se va dejando para algún momento futuro que, por supuesto, jamás llega. Funcionamos con el “piloto automático económico” y replicamos una y otra vez comportamientos financieros cuya utilidad ni siquiera nos planteamos.

Mito nº 3: Aprender economía es demasiado complejo, está fuera de mi alcance. De modo harto paradójico, esta consideración suele coexistir con la anterior, sin que sus víctimas aprecien contradicción alguna: “La economía y las finanzas son tan complejas que no puedo entenderlas y, por lo tanto, no merece la pena que me moleste por aprender ni lo más básico: después de todo, mi dinero se administra solo sin que yo le dedique excesiva atención”.

¿En qué quedamos? ¿Se administra solo porque es facilísimo y no requiere ni nuestro tiempo ni nuestra atención, o entender el funcionamiento del dinero es complicadísimo y excede nuestras capacidades intelectuales?

En realidad, aunque se formulen de manera opuesta, los mitos 2 y 3 son el mismo: “Se me ocurren infinitas cosas más interesantes, urgentes y atractivas que hacer antes que sentarme a hacer un presupuesto o ponerme a pensar en mis objetivos personales y financieros”. Nada más lejos de mi intención que criticar este enfoque: nos ocurre a la mayoría. Eso sí, tenemos que ser conscientes de hasta qué punto nos perjudica dejar nuestras finanzas a la deriva mientras nosotros contemplamos el paisaje.

Mito nº 4: No es posible hacer dinero sin ensuciarse las manos. Hoy día, la lotería parece ser el único medio socialmente aceptado para acumular razonables cantidades de dinero en poco tiempo. Por otra parte, todos los que jamás hemos sido agraciados con tan imprevisible recompensa nos regodeamos con la idea (verdadera, por otra parte) de que "un elevado porcentaje de los que ganan grandes cantidades en la lotería están arruinados en menos de tres años". ¡Justo castigo divino! Todos sabemos que, en realidad, el dinero hay que ganarlo con muchísimo esfuerzo y sufrimiento y, cuando no es así, lo más lógico es que desaparezca como el oro de los leprechaun (duendecillos irlandeses de escasa moral financiera: prometen dinero con gran soltura, pero se trata de un oro encantado que desaparece de manera súbita).

Lo cierto es que los escándalos económicos y políticos hacen un flaco favor a la causa de la educación financiera. En España, resulta un tanto asombrosa la propuesta de una diputada para que "se enseñe educación financiera y tributaria desde la escuela, con el fin de concienciar a los ciudadanos sobre la importancia del cumplimiento de las obligaciones fiscales". En primer lugar, esto demuestra un oportunismo lamentable (hace mucho tiempo que diversos colectivos, instituciones y docentes vienen clamando por una mayor presencia de estas cuestiones en el entorno educativo). Sin embargo, lo peor es que también indica una notable falta de comprensión de lo que es en realidad la educación financiera. No es posible “enseñar” responsabilidad fiscal en las aulas: la inclinación a cumplir con las obligaciones tributarias en la edad adulta no es una cuestión de conocimientos académicos ni de enseñanzas motivadoras, sino de valores generales que no se inculcan en un libro de texto ni en un taller formativo, sino que deben vivirse y respirarse en la escuela, en casa y en la vida pública.

El gran problema de este mito es que asocia la deshonestidad con las actividades empresariales. En los países latinos, donde somos muy proclives a cuestionar los logros ajenos, nos apresuramos a atribuir el éxito en los negocios a la simple suerte o, si se prolonga en el tiempo, a la segura realización de prácticas “sospechosas”. ¡Inconveniente enfoque para la educación de futuros emprendedores que contribuyan a generar riqueza y prosperidad!

Mito nº 5: La educación financiera es una herramienta para difundir el capitalismo. Recientemente, una docente me confesó que la idea de hablar sobre el dinero a los niños le provoca un gran rechazo, ya que le parece una manera de inculcarles el materialismo con el fin de sostener el sistema capitalista. Aunque no todos son capaces de formularla de manera tan explícita, esta creencia está más difundida de lo que parece.

Son varias las confusiones que alimentan este mito, y no tienen demasiado que ver con los excesos y fallos evidentes del sistema capitalista. Mientras encontramos el sistema perfecto, una buena cultura financiera sigue siendo el mejor recurso para alcanzar libertad e independencia, sean cuales sean las realidades económicas, sociales o políticas del entorno. 

Como conclusión, proponemos una definición “anti-mitos” de lo que significa tener una buena cultura financiera: Es la capacidad de una persona para obtener, de manera ética y sostenible, el mayor provecho posible de los recursos que se encuentran a su alcance, adaptándose a las circunstancias sociales, económicas, financieras y políticas que existan en cada momento”.  ¿Alguna idea para completarla y mejorarla?

martes, 15 de enero de 2013

El homo economicus en la cabalgata de los Reyes Magos


En España, las Navidades terminan oficialmente el 6 de enero, cuando los niños empiezan a romper los juguetes que esa misma mañana les han traído los Reyes Magos. Sin embargo, el último gran evento navideño tiene lugar la tarde anterior: dotados del don de la ubicuidad, los susodichos monarcas desfilan por las ciudades y pueblos de toda España, escoltados por un batiburrillo de personajes y referencias infantiles (los piratas del Caribe, Disney al completo, Narnia, Harry Potter… ).

Para confirmar los malos augurios sobre el 2013, me tocó estrenarlo acompañando a mi sobrina de nueve años a la cabalgata de Reyes en Sevilla. ¡Espeluznante experiencia! Durante unos minutos debatí conmigo misma dos posibles líneas de acción: 1) Acabar de una vez con las ilusiones de mi sobrinita (que ya están muy tambaleantes) sobre camellos voladores y reyes dadivosos y arrastrarla de vuelta a casa; 2) Ceder a la deformación profesional y observar la surrealista situación en clave de conceptos y comportamientos económicos. Estáis leyendo esto porque no tuve corazón para decidirme por la opción 1…

Para los que nunca han sufrido el shock de presenciar una cabalgata, debo aclarar que el objetivo de los asistentes no es la contemplación pasiva de las artísticas carrozas. El verdadero propósito es conseguir la mayor cantidad posible de los caramelos y golosinas arrojados por sus ocupantes. La única ley que se respeta es la de la selva: los niños más grandes apartan a empujones a los más pequeños, y los adultos apartan a empujones a los niños (ajenos) de cualquier tamaño. En torno a este esquema tan simple podemos encontrar representados algunos conceptos relacionados con la economía y la educación financiera:

Patrocinio y marketing.  En esta ocasión, la cabalgata estaba encabezada por dos pequeños coches eléctricos de una conocida marca automovilística, con aspecto de juguetes sofisticados para niños caprichosos. La misma marca sufragaba también el reparto masivo de bolsitas de plástico con el lema “Cabalgata limpia, guarda aquí tus caramelos”.

Apunte para empresarios y emprendedores: toda aglomeración de personas con ánimo festivo es una buena ocasión para dejar ver tu logo. Si además vinculas tu marca con alguna idea bien posicionada en la mente del público (limpieza del entorno, respeto al medioambiente) y les facilitas al mismo tiempo la satisfacción de una necesidad (en este caso, las bolsitas para guardar el botín de la jornada) es probable que obtengas un buen retorno de la inversión realizada.

Acumulación. Ingenua de mí, en un primer momento pensé que se estaban repartiendo demasiadas bolsas (recordemos que el plástico no es precisamente un material  biodegradable) y que no había manera humana de que los niños pudiesen llenarlas todas. Por supuesto, me equivocaba. Mi sobrina, que a estas alturas es toda una profesional de las cabalgatas con una depurada estrategia, tomó impertérrita el manojo de bolsas y las repartió entre sus bolsillos para ir sacándolas con rapidez a medida que se fueran llenando las demás. ¿El resultado? Baste decir que hubiese sido capaz de llenar el doble de bolsitas sin gran esfuerzo.

Pese a que mi sobrina tiene racionado el consumo de dulces, y a que las bolsas de caramelos de cabalgatas anteriores suelen rodar por su casa hasta la fecha de caducidad, la compulsión de acumular parece ser consustancial al homo economicus y se manifiesta, por lo tanto, desde la más tierna infancia. La propiedad de algo genera una sensación de riqueza y seguridad que libera gran cantidad de endorfinas (aunque, como todos sabemos, tan adictivo efecto es poco duradero y requiere la inmediata adquisición de nuevas posesiones).

En el caso de las cabalgatas, el atractivo inherente a cualquier proceso de acumulación se ve potenciado por el concepto de “gratuidad”. Si conseguir bienes materiales proporciona una gran satisfacción, obtenerlos a coste cero ya nos aproxima al éxtasis.

En la edad adulta, esta tendencia a la acumulación tiende a afianzarse y brota con especial virulencia en época de rebajas, o cuando los comercios ofrecen aparentes “facilidades de pago” en forma de descuentos, promociones o cuotas. Cuando algo es (o parece) barato y asequible, el impulso de consumir se impone a cualquier consideración de necesidad o utilidad. ¿Qué importa que esos pantalones de oferta nos estén un poco grandes o un poco pequeños? ¿O que el color no acabe de gustarnos? ¿O que ya tengamos pantalones más que suficientes? ¡Hay que aprovechar las oportunidades!

En este caso, no hubo forma de convencer a mi sobrina para que dejara de jugarse la integridad física por unas golosinas que jamás va a catar: la mera posesión de cuatro bolsitas llenas de dulces resultó ser incentivo suficiente. Incluso después de que el último Rey Mago se hubo perdido en el horizonte, niños y grandes continuaron agachándose e inspeccionando el pavimento para localizar golosinas en estado comestible. Es fácil comprender por qué los dentistas tienen tanto trabajo.

Gamificación. Una tendencia educativa en alza es el uso de la “gamificación”, que consiste en incluir elementos propios de los juegos en situaciones reales, con el fin de incentivar determinados comportamientos, consumos o aprendizajes. En las cabalgatas pueden identificarse algunos elementos propios de la gamificación. Mientras los asistentes compiten con entusiasmo por cazar más golosinas que el vecino, los que mejor se lo pasan son los niños y jóvenes que encarnan a los personajes de las carrozas, y que tienen a su cargo la envidiable tarea de lanzar los caramelos a la multitud.

Llegamos así a uno de los motivos por los que aborrezco las cabalgatas de Reyes: son una actividad de alto riesgo que no debe afrontarse sin la protección de un buen casco y unas gafas irrompibles. Los jovencitos de las carrozas, que probablemente pasan demasiadas horas jugando a los Angry Birds, parecen creer que su misión es atinar con los caramelos en la coronilla o los ojos de la gente: en lugar de lanzarlos en arco para que vayan cayendo de manera inofensiva e indolora, apuntan y tiran a dar con todas sus fuerzas. Estoy segura de que van sumando mentalmente los puntos obtenidos y se felicitan cuando comprueban que han acertado a alguien en la crisma… ¡incluso es posible que exista alguna especie de torneo secreto entre carrozas! En consecuencia, el público se divide en dos grupos: los que nos agachamos cuando las vemos acercarse, para evitar los impactos, y los niños y papás kamikazes que están convencidos de poder interceptar los proyectiles al vuelo. Después de todo, ¡hay un montón de bolsitas que llenar!

Despilfarro. Dícese del uso desmesurado, superfluo o irracional de algún recurso. En las cabalgatas de Reyes, el despilfarro ocupa un papel protagonista:
  • Caramelos. Pese a las habilidades receptoras de niños, papás y abuelos, las calles de Sevilla terminaron tapizadas con miles de caramelos aplastados y pisoteados, que se adherían con ferocidad a zapatos y ruedas de coches. Imagino que una parte importante del presupuesto de la cabalgata fue a parar a una rápida e inmediata limpieza de residuos, porque lo cierto es que a la mañana siguiente tanto las personas como las flamantes bicicletas nuevas ya podían circular por la ciudad sin quedar pegadas al suelo. Interesante destino para el dinero: caramelos-alfombra y horas extra de limpieza urbana.


  • Carrozas. La espectacularidad del desfile varía mucho de unas localidades a otras: depende del estado de las arcas municipales y del presupuesto de las marcas que patrocinan el monárquico despliegue. Por algunos vistazos de reojo, me dio la impresión de que las carrozas sevillanas estaban bastante bien logradas, al igual que los disfraces de los sádicos lanzadores de caramelos. Lamentablemente, soy del grupo de los cobardes y pasé la mayor parte del tiempo medio escondida, por lo que apenas tuve ocasión de verificar las positivas impresiones. A mi lado, un matrimonio de cierta edad comentaba: "¡Qué lástima de carrozas, con lo bonitas que son y nadie se molesta en apreciarlas!".
En defensa del consumo responsable, sugiero a los responsables de las cabalgatas que concentren el uso de los recursos en una cosa o en la otra. Si apuestan por los caramelos, pueden ahorrarse la decoración de las carrozas: conseguirían el mismo efecto tirándolos directamente desde un tractor. Si, por el contrario, desean transmitir una imagen de magia y esplendor, los que sobran en la ecuación son los caramelos.

Como conclusión, ofrezco una breve lista de las características que definen al homo economicus, en el competitivo contexto de la cabalgata de Reyes:

  • Su principal propósito es conseguir muchas, muchas golosinas. Da igual el sabor o la modalidad,  porque lo importante no es su eventual consumo, sino la simple satisfacción de acapararlas.
  • Alto grado de tolerancia al riesgo o negación del mismo: llenar las bolsas de caramelos bien vale un ojo morado o unos cuantos puntos de sutura.
  • Selección natural: los más grandes y agresivos consiguen más caramelos, confirmando que el tamaño importa y que Darwin tenía razón sobre la supervivencia del más fuerte.

Por suerte, la cabalgata de Reyes sólo tiene lugar una vez al año… El problema surge cuando el homo economicus de turno ostenta cierto poder y muestra esas mismas características en el mundo real: así se hunden los sistemas financieros y las economías de los países.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Las tres tendencias de la educación financiera para 2013


Hoy día, la única forma de que te lean en Internet es elaborar una lista y encabezarla con un título de cierto interés. Puesto que no soy dada al auto-engaño, tengo asumido que la educación financiera no despierta precisamente un entusiasmo abrumador (aunque estoy convencida de que algún día conseguiremos ponerla de moda, cosas más raras se han visto). Tampoco me consta que exista ninguna práctica de educación financiera que aglutine la suficiente masa crítica como para merecer el grandioso nombre de “tendencia”. Sin embargo, en homenaje al obligatorio optimismo de estas fechas, me animo a compartir mi lista personal de deseos sobre el futuro inmediato de la educación financiera en Iberoamérica. Querido Santa Claus: para este 2013 me gustaría que me trajeras…

1. Una creciente demanda social de talleres y programas de educación financiera, adaptados a las necesidades de colectivos concretos

A menudo hemos constatado, con notable frustración, que muchas personas están dispuestas a pagar por carísimos cursos sobre la misteriosa y elusiva “Ley de la Atracción”, pero no hay manera de que asistan a talleres gratuitos para aprender a manejar su dinero de forma eficaz… ¡Y eso que es bastante más sencillo! Parece que confiamos más en nuestra capacidad para transformar la energía del Universo que en nuestra paciencia para leer y entender un contrato financiero.

Hace poco, una recién llegada a un grupo de LinkedIn sobre educación financiera preguntó con cierta ingenuidad: “¿Cómo conseguís que la gente se apunte y asista a los talleres que no son obligatorios?”. De inmediato surgieron los comentarios jocosos: “¡Buena suerte! Por favor, en cuanto sepas la respuesta compártela en el grupo”.

En el mundo ideal que prevemos para 2013, en todos los grupos de población habrá cada vez más personas financieramente iluminadas que, con el entusiasmo propio de los conversos, se dedicarán a asimilar y difundir nuevas prácticas económicas, más inteligentes y provechosas para todos. Serán conscientes de sus verdaderas necesidades y buscarán cursos, materiales y herramientas que les permitan alcanzar sus objetivos. Los talleres para familias, emprendedores y futuros jubilados estarán llenos hasta la bandera, y los asistentes sustituirán la angustia vital que les produce pensar en el dinero por una estimulante sensación de confianza en sí mismos.

 2. Unos contenidos y formatos más lúdicos, prácticos y… humanos

En la actualidad, las experiencias de aprendizaje lúdico e implícito parecen estar reservadas para los más pequeños. Sólo los niños tienen derecho a asimilar nuevas ideas mediante juegos, música y colores. Los adultos estamos obligados a demostrar nuestra seriedad aguantando charlas solemnes y aleccionadoras sobre el funcionamiento del sistema financiero y las bondades del ahorro. ¡Un planteamiento ideal para combatir el insomnio!

Además de ser tremendamente aburrido, el “estilo sermón” que impera en la educación financiera para adultos tiene el gran inconveniente de generar un rechazo adicional al que de por sí produce todo lo relacionado con el dinero. Aún no he conocido a nadie a quien le agrade que cualquier extraño, por muy bienintencionado que sea, le diga cómo tiene que vivir su vida.

En el 2013, la gamificación llega a la educación financiera. No como una moda, sino como la mejor forma de conectar con las inclinaciones naturales del ser humano a la diversión y al disfrute de experiencias en primera persona.

Además de esta revolución en los formatos, los contenidos evolucionan hacia nuevos enfoques: ya no se trata de instruir o educar a las personas (planteamientos que denotan cierta “superioridad” de quien imparte el conocimiento), sino de mostrar otras alternativas para ganar, ahorrar, gastar, compartir o invertir el dinero, que no tienen por qué estar alineadas con las creencias predominantes en nuestras sociedades.

Y, por encima de todo, los contenidos se adaptan de manera realista a las circunstancias de cada colectivo o grupo de población: las verdades universales tampoco existen en el ámbito de la educación financiera, y las propuestas que tienen sentido en algunos casos pueden ser completamente inadecuadas en otros contextos. Un buen programa con contenidos “globales” puede fracasar por no reconocer las características particulares del grupo al que se dirige.

3. Las empresas compiten por difundir la cultura financiera y se potencia la
cooperación entre el sector público y el privado

En los últimos años, las instituciones públicas del ámbito financiero (reunidas en la International Network on Financial Education de la OCDE) han proporcionado un apreciable impulso a la IDEA de que la educación financiera es imprescindible para el desarrollo social y económico de las sociedades.

Por desgracia, el tránsito de la IDEA a la REALIDAD no es automático ni inmediato. Los organismos públicos han dado pasos imprescindibles y positivos en cuanto a la divulgación de la IDEA, pero sus iniciativas suelen mostrar dos tipos de problemas: 1) La educación financiera ocupa una posición secundaria frente a otras competencias que estos organismos consideran prioritarias (como la regulación, la supervisión o la política monetaria) y que por su delicada naturaleza suelen aconsejar el mantenimiento de un “perfil bajo”; la consiguiente timidez comunicativa perjudica extraordinariamente las posibilidades de llegar con éxito a los potenciales beneficiarios. 2) La escasez de recursos económicos y humanos limita el impacto y la eficacia de las acciones.

De ahí que, en muchos casos, las iniciativas públicas de educación financiera dejen una sensación de expectativas frustradas. Las optimistas declaraciones del tipo “con esta actividad hemos capacitado a 200 personas” ya no engañan a nadie: dar una charla a 200 personas (reunidas de manera más o menos voluntaria) no significa que se haya “capacitado” a todas esas almas. Con suerte, si la charla es realmente buena y está bien enfocada hacia las necesidades reales de la audiencia, puede tener un notable efecto “sensibilizador” (logro nada desdeñable, por cierto). Pero tener a 200 personas sentadas escuchando una clase magistral está muy, muy lejos de constituir una capacitación.

En 2013, las empresas de cualquier sector de actividad, que carecen de las limitaciones que afectan a las instituciones públicas, descubren por fin las ventajas prácticas de aprovechar su RSE para vincularse con la comunidad mediante la difusión de programas de educación financiera que, por supuesto, cumplen con todas las características señaladas en el punto anterior. Lo público y lo privado dejan de caminar en paralelo y aprovechan sus respectivas ventajas para mejorar la calidad, el realismo, el alcance y la eficacia de los programas.

Profecía Addkeen para el 2013: En lugar de ahogarnos en los oleajes económicos que nos rodean, aprendemos a hacer surf sobre la tabla de nuestra mejorada cultura financiera y nos mantenemos a flote contra viento y marea. ¡Que la Fuerza nos acompañe!

viernes, 9 de noviembre de 2012

Pilatos y las tácticas de información masiva


La crisis ha tenido la triste utilidad de poner de manifiesto muchas cosas: que las leyes no se han cumplido, que la ética empresarial de la industria bancaria es muy mejorable… y que las personas y las familias suelen tomar unas decisiones financieras tremendamente absurdas. ¿Por qué ocurre esto? La respuesta inmediata suele ser: “¡A la gente le falta información!”. Cielos, no. A la gente pueden faltarle muchas cosas, pero definitivamente la información no es una de ellas. 

De hecho, en la era de Internet tenemos más información de la que podemos procesar, y los temas financieros no son una excepción: abundan los sitios educativos y divulgativos, con materiales de gran interés para todos los gustos y necesidades.

Por otra parte, en los últimos años infinitas leyes han justificado la relajación de los controles sobre mercados e intermediarios con el imaginativo argumento de que “la madurez de los sistemas financieros hace innecesario un seguimiento estricto de los agentes profesionales, por lo que basta con poner a disposición del público la información necesaria para que pueda tomar decisiones bien fundadas”. (¿En qué se supone que se manifestaba tal madurez? ¿En que estaban a punto de criar moho?). Como consecuencia, las entidades están obligadas a  difundir urbi et orbi sus contratos, sus tarifas, los folletos descriptivos con las características de los productos, sus balances y cuentas de resultados, los posibles conflictos de interés, etcétera, etcétera. Lo cierto es que las instituciones financieras sí suelen respetar las normas sobre difusión de información en línea (en términos de cantidad, no siempre de calidad), por dos motivos: su incumplimiento se detecta de manera fácil y objetiva y, sobre todo… son conscientes de que la inmensa mayoría de los consumidores están tan perdidos que no van a hacer ningún uso de ella. 

Los que siguen este blog con regularidad saben que somos bastante aficionados a las preguntas tipo test, así que vamos a reformular nuestra duda inicial: ¿Por qué las personas toman decisiones financieras absurdas, aún cuando tienen a su alcance toda la información necesaria para hacer otras elecciones más inteligentes?

a) Por vagancia
b) Porque les gusta vivir peligrosamente
c) Porque no tienen esperanza alguna de entenderla
d) Porque ni siquiera saben que tal información existe 

En este caso, no hay una sola respuesta correcta: es posible encontrar almas en cada uno de estos supuestos, que de todo hay en la viña del Señor. Los de los grupos a) y b) son muy dueños de hacer lo que les venga en gana, y no hay mucho que se pueda hacer al respecto. Pero los casos c) y d) son la razón que impulsa nuestro trabajo: necesitan mejorar su cultura financiera.

Los legisladores y los gobiernos son perfectamente conscientes de esta realidad: también abundan las leyes y programas públicos que reconocen que los ciudadanos no cuentan con las destrezas necesarias manejar sus finanzas personales de manera adecuada (lo que obviamente no es compatible con la tesis de los mercados “maduros” y paradisíacos donde todos cuentan con “información perfecta”).

Nos encontramos, por tanto, con que los consumidores son maduros o ignorantes según sople el viento. Cabe pensar que las obligaciones de difusión masiva que se imponen a las entidades no son tanto una medida para proteger a los usuarios financieros como una excusa para eludir otro tipo de aproximaciones más costosas y complejas, como una supervisión rigurosa o unos programas de educación financiera ambiciosos y de amplio alcance. Es el equivalente moderno al lavado de manos de Pilatos, paradigma del que aparenta cumplir con sus responsabilidades mientras, en realidad, se dedica a mirar a otra parte. La sobredosis de información nunca puede compensar la falta de formación.

Como remate, la mayor parte de esa información excesiva resulta además inadecuada e indigesta para el común de los mortales. Hace algunos años, el supervisor británico mantenía su programa público de educación financiera bajo el lema No selling, no jargon, just the facts (“Sin venta, sin jerga, sólo los hechos”), además de apostar por la comunicación en plain English, el lenguaje llano que todo el mundo puede entender.

Comparemos este enfoque con los documentos bancarios que la mayoría tenemos a nuestra disposición: uso masivo de jerga jurídica y económica, letra microscópica, redacción enrevesada y deliberadamente opaca, fórmulas matemáticas que hubieran hecho las delicias de Einstein… Hace falta un grado inhumano de auto-disciplina financiera para no caer en a) la vagancia; b) los comportamientos suicidas.

Es fácil imaginar la felicidad que han experimentado las entidades financieras menos escrupulosas durante los últimos años: una clientela ignorante y cautiva, incapaz de distinguir un producto de alto riesgo del contrato de la luz ni aunque su vida dependiera de ello. En tal contexto, ¿qué inconveniente puede haber en cumplir a rajatabla todas las obligaciones de difusión masiva establecidas por los Pilatos de turno?

En resumen, la información financiera sólo resulta útil cuando es adecuada, clara y se dirige a personas capaces de interpretarla y usarla en la toma de decisiones. En contextos de baja cultura financiera, las tácticas de información masiva no son más que simbólicos lavatorios de manos.

miércoles, 17 de octubre de 2012

El estilo japonés y la riqueza de Latinoamérica


El 15 de octubre, el empresario mexicano-japonés Carlos Kasuga Osaka ofreció en la Facultad de Económicas de la Universidad de Buenos Aires una de sus apasionadas (y apasionantes) conferencias sobre productividad y calidad empresarial. 

Con una experiencia y unas habilidades comunicativas fuera de toda discusión, el señor Kasuga juega a desorientar con los títulos de sus presentaciones; si alguien espera recetas mágicas que expliquen su éxito al frente de Yakult, probablemente se verá sorprendido por el mensaje en el que condensa su filosofía: la prosperidad de una sociedad no se consigue con innovadoras propuestas de Management empresarial, sino proporcionando a los niños una educación formativa, basada en valores. 

El empresario expuso la aparente paradoja de que un pequeño país como Japón se haya situado como una indiscutible potencia mundial, mientras naciones mucho más ricas en recursos naturales, como Argentina o México, no acaban de encontrar su camino hacia una prosperidad sostenible. ¿El secreto? Ciertas diferencias culturales que tienen su reflejo en los respectivos sistemas educativos, y que condicionan nuestra relación con el entorno desde los primeros años. 

Como bien señaló el orador, la educación no es algo limitado a la escuela: la familia es tanto o más importante a la hora de transmitir los valores de compromiso, honestidad y generosidad que garantizan el éxito y el progreso. El señor Kasuga planteó también un interesante paralelismo entre la orientación religiosa y la actitud social: los fieles acuden a los templos cristianos para pedir algo a Dios, mientras que en el sintoísmo se realizan ofrendas a las divinidades. En el mundo de la empresa, explica el orador, esto se traduce en las diferentes actitudes frente al trabajo: en los países iberoamericanos los sindicatos elaboran listas de peticiones, mientras que en la cultura japonesa cada persona se pregunta qué puede ofrecer para mejorar los resultados obtenidos, dentro de sus posibilidades: “Hay que dar antes de recibir, el que más entrega es el que más gana al final”.  

Una sólida formación ética crea ciudadanos comprometidos y profesionales valiosos, pero para educar futuros empresarios es necesario ir aún más allá. En este blog insistimos con frecuencia en que la cultura financiera tiene más alcance del que acostumbramos a suponer; por ejemplo, la formación emprendedora no consiste sólo en calcular ratios de financiación o puntos de equilibrio. Tales conocimientos son inútiles si no van acompañados de autoconfianza, creatividad e inagotables dosis de curiosidad. Por desgracia, el sistema escolar suele operar en sentido contrario; en lugar de animar a los niños a explorar, a confiar en sus posibilidades y a valorar los resultados indeseados como un aprendizaje (¡no como un fracaso!), tratamos de dirigirlos hacia la seguridad y los estándares que en cada momento se consideran socialmente aceptables. En tal sentido, recomendamos este artículo de Dolors Reig, en el que se analiza cómo la instrucción precoz juega en contra del desarrollo creativo e incluso cognitivo de los niños. 

Hace algún tiempo que se analizan los impresionantes resultados educativos de Finlandia (no deja de resultar sorprendente que otros países no se animen a emularlo). De entrada, se requieren las calificaciones más elevadas y la superación de las más exigentes pruebas de acceso para ser profesor de Primaria, carrera que goza del máximo reconocimiento social: el maestro es el molde, por lo que se requiere un molde excelente para crear “copias” de gran calidad. En el mismo sentido y de manera igualmente gráfica se expresaba Carlos Kasuga: “si los maestros de Primaria ganan el salario mínimo, darán a la sociedad personas de salario mínimo”. 

Sin duda se pueden alcanzar grandes metas cuando una educación centrada en la ética coincide en el espacio y en el tiempo con una generosa dotación de recursos naturales. Sin embargo, sólo la primera resulta verdaderamente imprescindible; como nos recuerdan los ejemplos de Japón y Finlandia, es un error pensar que las principales riquezas de un país son el petróleo, el cobre o la soja: el mayor tesoro nacional siempre son los niños.


La conferencia magistral del señor Kasuga “Productividad y calidad al estilo japonés aplicables a las empresas argentinas”, celebrada en la UBA, fue organizada por el Centro Nikkei Argentino, el Club de Negocios Argentino-Japonés y la Red de Emprendedores Nikkei.

martes, 9 de octubre de 2012

El inversor que sabía demasiado


¿Existe tal cosa como un exceso de cultura financiera? ¿Es posible morir por sobredosis de educación inversora? Por asombroso que parezca, hay voces autorizadas capaces de justificar una respuesta afirmativa. Gracias a las series de abogados que abundan en televisión, todos sabemos que la verdad es un territorio difuso, y que casi siempre se puede argumentar con solvencia en sentidos opuestos. ¿Será cierto que la necesidad universal de educación financiera no está más allá de toda duda razonable?

Si hubiera que clasificar al mundo entero según su relación con este tema, a grandes rasgos se podrían distinguir tres grandes grupos: el público en general, los profesionales de las finanzas y los activistas de la educación financiera. Con gran entusiasmo formamos parte de este último colectivo (lamentablemente minoritario y fragmentado, pese al notable crecimiento de los últimos años), integrado por diversos entes públicos, privados… y hasta unipersonales.

Para complicar aún más el panorama y animar esta guerra de guerrillas, los tenaces militantes pro-financial literacy compartimos espacio con un nuevo grupo de interés, numéricamente irrelevante pero con cierta capacidad de influencia: los detractores de la educación financiera. Se trata de una comunidad tan heterogénea y dividida como la nuestra, y las argumentaciones que proporcionan son de variada naturaleza. En este artículo vamos a destacar dos, que bautizaremos como Teoría conspirativa y Teoría del inversor suicida autosuficiente.

.    Teoría conspirativa. Sostiene que los programas de educación financiera son producto de la confabulación entre la industria bancaria y los organismos públicos que regulan los mercados financieros, con el objetivo de empujar al público al redil de unos mercados en los que siempre van a ser la parte más débil, en exclusivo beneficio de la susodicha industria. La primera noticia que tuve de tal interpretación procedía de una asociación de consumidores, que la expuso como respuesta al lanzamiento oficial de un programa público de educación financiera de alcance nacional.

Es evidente que, en los últimos años, hemos asistido a un proceso de transferencia de riesgos desde las entidades financieras hacia individuos y familias, mediante el diseño y la comercialización masiva, y a menudo indiscriminada, de complejos productos de inversión. Carece de sentido negar las insanas prácticas bancarias previas a la crisis, que han inundado los mercados de instrumentos sin atractivo alguno para los inversores y con desastrosos efectos sobre la economía real. Sin embargo, no veo cómo la ignorancia financiera de los consumidores puede reforzar su posición frente a los casos de mala praxis de los agentes profesionales. Por el contrario, una mayor y mejor cultura financiera hubiese permitido a los inversores mantener un espíritu crítico ante las ofertas recibidas y comprender la información disponible sobre los verdaderos riesgos de las presuntas gangas.

Tampoco es razonable juzgar a todo un colectivo por la actuación de algunos. Aunque el grupo de entidades que abrazaron tan cuestionable estilo de negocio es desoladoramente extenso, el libro Banking with Integrity. The winners of the financial crisis? repasa el caso de varios bancos que han visto mejorar su desempeño en el crítico periodo 2007-2010, gracias a una cultura directiva basada en el servicio a la comunidad y a sus grupos de interés.

Por otra parte, no resultaría sensato desechar sin más la teoría de la conspiración: los abogados del diablo cumplen la saludable función de señalar aquellos puntos conflictivos de cualquier proyecto, por muy bienintencionado que sea. La educación financiera abarca numerosos enfoques y niveles, y la formación de los inversores es uno de los más exigentes y delicados. En ocasiones, el legítimo objetivo de desarrollar los mercados domésticos de valores puede tropezar con la realidad de una insuficiente preparación del público para asumir de manera consciente los riesgos asociados a estos instrumentos, por lo que el refuerzo de la cultura inversora se convierte en una necesidad prioritaria. Como ya hemos comentado en entradas anteriores, el desafío está en lograr un adecuado equilibrio entre legislación, supervisión y educación financiera.

·    Teoría del inversor suicida autosuficiente. Afirma que las personas que reciben educación financiera pueden sobrevalorar su capacidad para tomar decisiones, invadiendo lo que debe ser un terreno exclusivo de profesionales altamente cualificados. Lauren Willis, una experta en leyes que trabajó para el Departamento de Justicia y para la Comisión Federal de Comercio de los Estados Unidos, opina que la educación financiera es “como  si nos dedicáramos a enseñar a todo el mundo a ser su propio médico, su propio mecánico, algo así, terriblemente ineficiente. No sólo ineficiente, sino que además asienta una cultura de echar la culpa al consumidor, como si se le dijera: tú eres el que no comprendió de qué iba esto”.

Por desgracia, esta idea coincide con la percepción de gran parte del público, que considera que la cultura financiera “es cosa de expertos” y que a ellos ni les va ni les viene. Este argumento se basa en el error de confundir la parte con el todo: la educación para invertir es sólo una pequeñísima parte de la educación del inversor, que a su vez es un ámbito limitado dentro de la educación financiera que necesita cualquier ciudadano.

Sin duda, la habilidad de intervenir y operar en los mercados requiere formación específica en cuestiones complejas y no está (ni debe estar) al alcance de todos, pero la educación del inversor es mucho más que eso. Un inversor formado no tiene por qué ser capaz de analizar valores en los mercados internacionales ni de introducir órdenes en los sistemas de trading automatizados, pero sí tiene que saber determinar el propio perfil de inversión, hacer las preguntas adecuadas al asesor financiero profesional, entender los riesgos que asume y defender sus derechos como usuario de servicios financieros. Y, bajando varios escalones, todo ciudadano necesita cultura financiera para manejar de manera eficiente sus recursos, incluso si jamás se decide a invertir en los mercados de valores.

En realidad, los que se preocupan por una epidemia de ciudadanos invadiendo los mercados de valores en plan kamikaze no están en contra de la educación financiera, sino de la autonomía inversora radical. No sólo puedo vivir con eso, sino que lo comparto en gran medida. Siempre habrá personas que consulten sus síntomas en Google y después opten por automedicarse, o que prefieran hacer una chapuza pintando ellos mismos su casa en lugar de contratar a un profesional… pero su equivalente en los mercados no se debe a un exceso de educación financiera, sino a todo lo contrario: también hace falta una adecuada formación para comprender hasta dónde se puede llegar.

Señores y señoras del jurado, consideramos que la necesidad de la educación financiera sí está más allá de toda duda razonable, pero admitimos la utilidad de los argumentos de quienes se oponen. Sus aportaciones nos ayudan a identificar los fallos del actual “discurso militante pro-cultura financiera”, así como a definir mejor los objetivos prioritarios en cada momento y lugar. 

domingo, 9 de septiembre de 2012

Jóvenes para siempre... o ahorrar para la jubilación


Pregunta-test: Considerando que la mayoría esperamos vivir muchos años y que a todos nos interesa asegurar nuestro futuro económico después de la jubilación, ¿por qué ignoramos olímpicamente todas las recomendaciones sobre planificación y ahorro a largo plazo? (Sólo una respuesta correcta). 
  1. Porque son incompatibles con la naturaleza humana.
  2. Porque no tienen en cuenta los códigos culturales y educativos que condicionan el comportamiento de las personas.
  3. Porque se basan en una concepción idealizada y teórica del entorno económico- financiero, sin tener en cuenta las complejas realidades que afrontan los ciudadanos.
  4. Todas las anteriores.

¿Alguien necesita pistas? Vamos a desarrollar un poco más las alternativas planteadas. Como elemento de referencia, tomaremos el mensaje institucional que suele difundirse en relación con este tema, al que de forma un tanto humorística bautizaremos como SIR (Smart Individual Retirement o Jubilación Personal Inteligente): 

"Nunca es demasiado pronto para comenzar a preparar la jubilación. Cuanto más joven se empiece, menor será el esfuerzo financiero a lo largo de la vida: gracias a la magia del interés compuesto, el saludable hábito del ahorro sistemático permite acumular a lo largo del tiempo un capital significativo (basta con pequeñas cantidades, lo importante es la constancia). Además, las inversiones realizadas a plazos largos permiten asumir más riesgos (y, por lo tanto, obtener rentabilidades superiores) ya que los ocasionales ciclos descendentes quedan sobradamente compensados por las fases de subidas de los mercados. Calcule cuánto necesitará en la fecha estimada de su retiro para mantener la calidad de vida que desea, y planifique el ritmo de ahorro-inversión necesario para conseguirlo

Estamos todos de acuerdo, ¿verdad? Veamos por qué el SIR no termina de instalarse en  la mente occidental de nuestros días.

a)      Es incompatible con la naturaleza humana.

Lo que queremos hoy NO es lo mismo que queremos para mañana: es lo que en psicología se denomina el “sesgo del presente”. Nuestra mente valora de forma más racional las situaciones futuras (¡claro que queremos ahorrar y vivir una jubilación placentera!) que las que requieren una acción inmediata.

Todos hemos experimentado cómo el momento presente nos lleva a sobrevalorar los aspectos positivos o negativos de cualquier elección: sabemos que la gratificación inmediata gana por goleada a los buenos propósitos. ¿Fruta o chocolate? Bueno, este es el chocolate de despedida, mañana empiezo a comer sano. ¿Ahorrar o comprar el último SmartPhone del mercado? El mes que viene empiezo a ahorrar, pero esto me va a venir bien para el trabajo, ¡uno no puede quedarse atrás!

¿Reconocemos el mecanismo mental? Bien, pues el mensaje SIR no nos proporciona ninguna herramienta ni argumento para contrarrestarlo. Por eso, aunque nuestra mente racional acepta y hasta aplaude la idea de planificar nuestro futuro financiero, jamás  encontramos el momento de ponerla en práctica.

El problema es que la inmensa mayoría de los programas de educación financiera se diseñan con una perspectiva académica, asumiendo que los destinatarios “verán la luz” con la mera exposición de un conjunto de sensatas recomendaciones (al estilo de nuestro querido SIR). Rara vez se tienen en cuenta los procesos psicológicos de motivación y toma de decisiones, así como el elevado componente emocional de estas últimas. Como resultado, tales mensajes apenas arañan la superficie de nuestra mente consciente, antes de desaparecer por completo y ser sustituidos por propuestas, informaciones y datos más recientes e infinitamente más tentadores.

La buena noticia es que no es imposible. Para demostrarlo, recomendamos el artículo Aprender de los errores de los consumidores para ayudarles a tomar mejores decisiones, escrito por expertos de la Carnegie Mellon University y de la Wharton School of Business. En él se indica cómo los mismos mecanismos psicológicos que nos llevan a tomar malas decisiones o nos mantienen atascados en conductas perjudiciales, pueden ser aprovechados para diseñar programas que nos atraigan hacia otras opciones más beneficiosas.

b)      No tiene en cuenta los códigos culturales y educativos que determinan las conductas y hábitos de las personas

Está estrechamente relacionado con lo anterior, en la medida en que nuestra personalidad no sólo es producto de los instintos humanos, sino también del condicionamiento recibido a través de la educación y del entorno social.

Los patrones culturales y de consumo de cada sociedad ejercen una fuerte presión sobre los comportamientos. Como ejemplo, veamos dos creencias muy comunes que actúan con gran eficacia como resistencia inconsciente contra el pobre SIR:

  • El dinero y los buenos principios son incompatibles (= ¡Los que se preocupan por conseguir y acumular dinero son unos materialistas... o algo peor!)
  • Cualquiera sabe dónde vamos a estar mañana, disfrutemos el presente (= ¡Todos a gastar!)

No deja de ser curioso: el dinero en sí mismo se percibe como algo dañino, pero nos hemos dejado convencer por las presiones comerciales de que  el consumo compulsivo contribuye a la generación y redistribución de la riqueza (perspectiva que además encaja muy bien con nuestras inclinaciones a la gratificación). En consecuencia, acumular bienes superfluos resulta mucho más aceptable que acumular dinero… ¡Paradojas de nuestros tiempos!

Moraleja: Cualquier programa de educación financiera que ignore la base del problema, esto es, las creencias inconscientes sobre el dinero y los hábitos que generan, está condenado al fracaso.

c) Se basa en un entorno idealizado y teórico que tiene poco que ver con la realidad

Supongamos que el mensaje SIR se enriquece con elementos que permiten superar los obstáculos indicados en los apartados anteriores: ya tenemos a los ciudadanos concienciados sobre la necesidad de asumir la responsabilidad de su futuro financiero, y hemos establecido mecanismos que neutralizan sus oposiciones inconscientes y les motivan para realizar una buena planificación financiera a largo plazo…

… y entonces nos damos de bruces con la realidad: ¿Por dónde empezar? ¿Es posible orientarse entre la cada vez más compleja gama de productos financieros? ¿Qué conocimientos básicos hacen falta para entender la información que debe guiarnos en la toma de decisiones?

Llegamos así a la aproximación más académico-cognitiva de la educación financiera: la que nos permite entender el contexto económico y manejar los conceptos básicos para adoptar decisiones fundadas. De hecho, esos son los temas que suelen saturar los contenidos de los programas formativos, así que ¿por qué rebotan sin dejar huella en nuestras mentes, al margen de las cuestiones psicológicas y conductuales que hemos comentado con anterioridad? Algunas ideas:

-        El futuro de las pensiones es un tema extremadamente sensible en algunos países, por lo que incluso los programas públicos de educación financiera suelen tratarlo con poco entusiasmo: estimular a los ciudadanos para que realicen sus propios cálculos y planes para el retiro implica aceptar que el dinero público no podrá proveer la cobertura suficiente para que todo el mundo viva una jubilación desahogada… ¡admisión que no siempre resulta conveniente desde el punto de vista político!

-        Inseguridad jurídica y cambios en las condiciones. Si se siguen las sugerencias del SIR, uno puede estar ahorrando para la jubilación durante mucho, mucho tiempo. Tanto, que por el camino habrá cambios políticos, económicos y financieros de todo tipo. Los planes de pensiones privados pueden verse nacionalizados de la noche a la mañana (diluyendo los ahorros individuales en una masa controlada por el Estado). Los incentivos fiscales para los productos de ahorro-inversión destinados a cubrir la jubilación pueden aparecer y desaparecer varias veces, según las necesidades de financiación de las arcas públicas en cada momento. Etcétera, etcétera. Huelga decir que este tipo de experiencias, cuando son muy radicales y/o frecuentes, no contribuyen precisamente a fomentar en la sociedad una “mentalidad de ahorro a largo plazo”.

-        La inflación, esa molesta compañera de viaje. Es un elemento clave en cualquier decisión de inversión, y más aún cuando se habla del largo plazo: incluso el mágico interés compuesto se ve matizado por los efectos del aumento de precios. En épocas de tensiones inflacionistas, los ciudadanos aprenden que sus ahorros pierden valor con gran rapidez y, entre un capital futuro, remoto e incierto y un consumo inmediato y gratificante… ¡Bien, no parece que el dilema sea muy complicado de resolver!

En resumen, la realidad financiera tiene la molesta costumbre de no parecerse a lo que la teoría económica asegura que debería ser, por lo que ni siquiera los incentivos racionales para el ahorro a largo plazo pueden tratarse como algo objetivo e incuestionable.

Cerramos este artículo con un vídeo de Shlomo Benartzi, que junto al profesor de la Universidad de Chicago Richard Thaler creó hace 15 años el programa “Ahorrar más, mañana”, basado en incentivar el ahorro para la jubilación teniendo en cuenta el sesgo del presente y los motivos por los que a la gente le cuesta ahorrar. ¡Muy recomendable!




Ah, por si alguien tiene alguna duda a estas alturas, la respuesta correcta al mini-test inicial es la d)