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lunes, 17 de diciembre de 2012

Las tres tendencias de la educación financiera para 2013


Hoy día, la única forma de que te lean en Internet es elaborar una lista y encabezarla con un título de cierto interés. Puesto que no soy dada al auto-engaño, tengo asumido que la educación financiera no despierta precisamente un entusiasmo abrumador (aunque estoy convencida de que algún día conseguiremos ponerla de moda, cosas más raras se han visto). Tampoco me consta que exista ninguna práctica de educación financiera que aglutine la suficiente masa crítica como para merecer el grandioso nombre de “tendencia”. Sin embargo, en homenaje al obligatorio optimismo de estas fechas, me animo a compartir mi lista personal de deseos sobre el futuro inmediato de la educación financiera en Iberoamérica. Querido Santa Claus: para este 2013 me gustaría que me trajeras…

1. Una creciente demanda social de talleres y programas de educación financiera, adaptados a las necesidades de colectivos concretos

A menudo hemos constatado, con notable frustración, que muchas personas están dispuestas a pagar por carísimos cursos sobre la misteriosa y elusiva “Ley de la Atracción”, pero no hay manera de que asistan a talleres gratuitos para aprender a manejar su dinero de forma eficaz… ¡Y eso que es bastante más sencillo! Parece que confiamos más en nuestra capacidad para transformar la energía del Universo que en nuestra paciencia para leer y entender un contrato financiero.

Hace poco, una recién llegada a un grupo de LinkedIn sobre educación financiera preguntó con cierta ingenuidad: “¿Cómo conseguís que la gente se apunte y asista a los talleres que no son obligatorios?”. De inmediato surgieron los comentarios jocosos: “¡Buena suerte! Por favor, en cuanto sepas la respuesta compártela en el grupo”.

En el mundo ideal que prevemos para 2013, en todos los grupos de población habrá cada vez más personas financieramente iluminadas que, con el entusiasmo propio de los conversos, se dedicarán a asimilar y difundir nuevas prácticas económicas, más inteligentes y provechosas para todos. Serán conscientes de sus verdaderas necesidades y buscarán cursos, materiales y herramientas que les permitan alcanzar sus objetivos. Los talleres para familias, emprendedores y futuros jubilados estarán llenos hasta la bandera, y los asistentes sustituirán la angustia vital que les produce pensar en el dinero por una estimulante sensación de confianza en sí mismos.

 2. Unos contenidos y formatos más lúdicos, prácticos y… humanos

En la actualidad, las experiencias de aprendizaje lúdico e implícito parecen estar reservadas para los más pequeños. Sólo los niños tienen derecho a asimilar nuevas ideas mediante juegos, música y colores. Los adultos estamos obligados a demostrar nuestra seriedad aguantando charlas solemnes y aleccionadoras sobre el funcionamiento del sistema financiero y las bondades del ahorro. ¡Un planteamiento ideal para combatir el insomnio!

Además de ser tremendamente aburrido, el “estilo sermón” que impera en la educación financiera para adultos tiene el gran inconveniente de generar un rechazo adicional al que de por sí produce todo lo relacionado con el dinero. Aún no he conocido a nadie a quien le agrade que cualquier extraño, por muy bienintencionado que sea, le diga cómo tiene que vivir su vida.

En el 2013, la gamificación llega a la educación financiera. No como una moda, sino como la mejor forma de conectar con las inclinaciones naturales del ser humano a la diversión y al disfrute de experiencias en primera persona.

Además de esta revolución en los formatos, los contenidos evolucionan hacia nuevos enfoques: ya no se trata de instruir o educar a las personas (planteamientos que denotan cierta “superioridad” de quien imparte el conocimiento), sino de mostrar otras alternativas para ganar, ahorrar, gastar, compartir o invertir el dinero, que no tienen por qué estar alineadas con las creencias predominantes en nuestras sociedades.

Y, por encima de todo, los contenidos se adaptan de manera realista a las circunstancias de cada colectivo o grupo de población: las verdades universales tampoco existen en el ámbito de la educación financiera, y las propuestas que tienen sentido en algunos casos pueden ser completamente inadecuadas en otros contextos. Un buen programa con contenidos “globales” puede fracasar por no reconocer las características particulares del grupo al que se dirige.

3. Las empresas compiten por difundir la cultura financiera y se potencia la
cooperación entre el sector público y el privado

En los últimos años, las instituciones públicas del ámbito financiero (reunidas en la International Network on Financial Education de la OCDE) han proporcionado un apreciable impulso a la IDEA de que la educación financiera es imprescindible para el desarrollo social y económico de las sociedades.

Por desgracia, el tránsito de la IDEA a la REALIDAD no es automático ni inmediato. Los organismos públicos han dado pasos imprescindibles y positivos en cuanto a la divulgación de la IDEA, pero sus iniciativas suelen mostrar dos tipos de problemas: 1) La educación financiera ocupa una posición secundaria frente a otras competencias que estos organismos consideran prioritarias (como la regulación, la supervisión o la política monetaria) y que por su delicada naturaleza suelen aconsejar el mantenimiento de un “perfil bajo”; la consiguiente timidez comunicativa perjudica extraordinariamente las posibilidades de llegar con éxito a los potenciales beneficiarios. 2) La escasez de recursos económicos y humanos limita el impacto y la eficacia de las acciones.

De ahí que, en muchos casos, las iniciativas públicas de educación financiera dejen una sensación de expectativas frustradas. Las optimistas declaraciones del tipo “con esta actividad hemos capacitado a 200 personas” ya no engañan a nadie: dar una charla a 200 personas (reunidas de manera más o menos voluntaria) no significa que se haya “capacitado” a todas esas almas. Con suerte, si la charla es realmente buena y está bien enfocada hacia las necesidades reales de la audiencia, puede tener un notable efecto “sensibilizador” (logro nada desdeñable, por cierto). Pero tener a 200 personas sentadas escuchando una clase magistral está muy, muy lejos de constituir una capacitación.

En 2013, las empresas de cualquier sector de actividad, que carecen de las limitaciones que afectan a las instituciones públicas, descubren por fin las ventajas prácticas de aprovechar su RSE para vincularse con la comunidad mediante la difusión de programas de educación financiera que, por supuesto, cumplen con todas las características señaladas en el punto anterior. Lo público y lo privado dejan de caminar en paralelo y aprovechan sus respectivas ventajas para mejorar la calidad, el realismo, el alcance y la eficacia de los programas.

Profecía Addkeen para el 2013: En lugar de ahogarnos en los oleajes económicos que nos rodean, aprendemos a hacer surf sobre la tabla de nuestra mejorada cultura financiera y nos mantenemos a flote contra viento y marea. ¡Que la Fuerza nos acompañe!

martes, 22 de noviembre de 2011

¿Cultura financiera? Qué interesante. ¿Y eso qué es?


Con ligeras variaciones, es la respuesta habitual cuando intentamos explicar por qué nos dedicamos a esto. Es bastante frustrante que si alguien se define como “especialista en SEO” cualquier usuario de Internet lo comprenda de inmediato, mientras que para explicar en qué consiste la cultura financiera tenemos que lanzarnos a una enumeración de ejemplos que, por desgracia, tampoco suelen despertar el entusiasmo del interlocutor. ¡Definitivamente la cultura financiera carece de glamour!

Claro que en los últimos tiempos la palabra "finanzas" tiene muy mala prensa, y probablemente con razón. Este desconocimiento es más peligroso de lo que parece, porque lo que estamos planteando es algo tan imprescindible y cotidiano como saber obtener el máximo partido de nuestros recursos. ¿Suena mejor así? Cultura financiera es tener la actitud y los hábitos correctos para manejar tu economía personal de la forma más favorable posible. Ni más, ni menos.

Para comprobar que no es un objetivo remoto, complejo ni inaccesible, vamos a repasar los elementos que definen a una persona “financieramente culta”:

Sentido común. Los principios básicos de las finanzas personales son: gasta menos de lo que ganas, endéudate de manera inteligente y ten claras tus prioridades. Parece sencillo, ¿no es cierto? Sin embargo, en Estados Unidos y Europa hay muchas familias sobre-endeudadas y en quiebra, tras años de vivir al día y muy por encima de las propias posibilidades.

Lo cual nos permite recordar que la falta de cultura financiera es perfectamente compatible con un elevado nivel formativo o profesional en cualquier otro campo. De hecho, es habitual que personas con buenos ingresos sean incapaces de llegar a fin de mes o asuman deudas que acaban lastrando cualquier tipo de proyecto vital. La inercia consumista es, sin duda, un motor poderoso.

Responsabilidad personal. Los principios y valores que hacen que una persona se preocupe por reciclar su basura son los mismos que le harán adoptar comportamientos de ahorro y consumo responsable. La cultura financiera no se refiere solo al dinero, sino al uso que hacemos de todos los recursos a nuestra disposición, lo que evidentemente tiene implicaciones económicas positivas tanto para los individuos como para la sociedad en su conjunto.

En este sentido, resulta novedosa y meritoria la iniciativa de la empresa Patagonia, especializada en ropa y equipos de montaña: se ha aliado con eBay para sugerirles a sus clientes que no compren sus productos mientras no los necesiten de verdad, además de pedirles que traten de arreglar lo que se rompa en lugar de tirarlo. Sin duda es un cambio de enfoque en nuestros extendidos hábitos de “usar y tirar”, y sirve como ejemplo de que el consumo responsable es bueno para el medio ambiente… y para el presupuesto personal.

No delega las decisiones. Puede que la primera reacción sea “¡Yo no hago eso!”. En realidad, es lo que hacemos la mayoría. Cada vez que vamos al banco y firmamos un papel sin leerlo antes,  estamos confiando en que otra persona sabe mejor que nosotros lo que necesitamos. O cuando contratamos un seguro sin saber el alcance de la cobertura. O cuando guardamos o tiramos sin leer las cartas del banco. Estas “acciones por omisión” significan que, de forma inconsciente, estamos dejando que otros manejen nuestras finanzas.

Hace ya muchos años que el gran escritor y economista español José Luis Sampedro explicaba de manera inmejorable cómo nuestros sistemas educativos fallan a la hora de preparar a los jóvenes para enfrentarse al mundo real: “Es un hecho que el bachiller o el alumno de enseñanza media o preuniversitaria sale de las aulas conociendo, por ejemplo, lo que es la calcopirita, pero sin haber recibido la menor información sobre lo que es un banco. A pesar de que indudablemente (sin la menor intención de menospreciar a la calcopirita) es casi seguro que el flamante bachiller habrá de recurrir a algún banco durante su vida, siendo, en cambio, poco probable que le afecte algo relacionado con la calcopirita”.

Espíritu emprendedor. ¿Un empleo seguro para toda la vida o la disposición a arriesgarse para crear riqueza? La cultura financiera nos permite entender que hay vida más allá de la nómina. Sin embargo, lo ideal es que esta obviedad se asuma desde la juventud, sin que sea necesario que se den circunstancias traumáticas (despidos masivos, tsunamis financieros o similares) para que una persona, de manera desesperada y sin la motivación correcta, se lance a montar un negocio.

En resumen, la verdadera cultura financiera no son fórmulas matemáticas, conceptos complejos ni jerga incomprensible, sino actitudes y comportamientos cotidianos al alcance de todos. Si este artículo ha contribuido de alguna forma a interesarte por estos temas, por favor difúndelo… Sería estupendo que, la próxima vez que nos confesemos fans de la cultura financiera, recibiéramos una nueva respuesta: “¡Ah, sí, me interesa muchísimo!” 

lunes, 7 de noviembre de 2011

¿En qué se parecen la responsabilidad social y la educación financiera?

En que todo el mundo las necesita pero muy pocos las aprovechan. Pese a esta formulación desenfadada, se trata de una realidad que dista mucho de ser divertida: estamos ante dos conceptos que, bien enfocados y apropiadamente difundidos, podrían mejorar de manera notable el bienestar colectivo, tanto por separado como de forma combinada. Sin embargo, en la práctica no siempre se traducen en proyectos eficaces que marquen una diferencia real.

Es posible identificar algunas similitudes que podrían explicar las dificultades para aprovechar las posibilidades transformadoras de las políticas de responsabilidad social y de las iniciativas de educación financiera. Veamos algunas de ellas y cómo se relacionan entre sí:

Se trata de conceptos genéricos que pueden ser interpretados y aplicados de formas muy diversas. Las posibilidades son tan amplias que en ocasiones lo práctico se diluye entre los numerosos debates terminológicos o académicos. Cuando comento que me dedico a la “educación financiera”, invariablemente tengo que incluir una enumeración de ejemplos para aclarar a qué me refiero, y siempre me quedo con la impresión de que no he conseguido transmitir por qué es tan importante (salvo predisposición previa favorable por parte del interlocutor). Con la RSE es aún más complicado: las posibilidades de actuación que ofrece el término “social” son virtualmente infinitas.

En parte como consecuencia de lo anterior, los potenciales (e incuestionables) beneficios no son percibidos de manera intuitiva por quienes deben llevar a la práctica una y otra, lo que obliga a los convencidos y a los profesionales a una inacabable búsqueda de argumentos. ¿Cómo se tienta a los consejos de administración de las empresas para que interioricen la responsabilidad social en todos los niveles de la organización? ¿Cómo se persuade a los individuos de que no pueden abandonar a la inercia las decisiones sobre sus recursos financieros? ¿Por qué resulta tan complicado transmitir a empresas e individuos  que asumir las responsabilidades que les corresponden es esencialmente beneficioso para ellos? ¿Cómo se contrarrestan hábitos y creencias profundamente arraigados, tanto en el tejido corporativo como en los comportamientos individuales?

Estas cuestiones nos llevan a otra de las grandes similitudes: el mal enfoque de la comunicación y la difusión. A los que nos dedicamos a la responsabilidad social y/o a la educación financiera nos cuesta encontrar argumentos eficaces porque la necesidad de ambas nos parece evidente y fruto del sentido común. Más nos vale asumir de una vez por todas que no es así. Si nuestro objetivo es modificar comportamientos (ya sea de empresas o de personas) hay que encontrar el interruptor adecuado para activar los cambios en cada caso.

Cuando nos dirigimos a las personas, los argumentos puramente racionales no bastan: es necesario encontrar esa “tecla emocional” que conmueve y moviliza de forma casi inconsciente. La publicidad nos ofrece innumerables ejemplos. ¿Cómo es posible que algunas compañías que no ofrecen nada especialmente útil ni intrínsecamente positivo tengan tanto éxito en sus ventas? Porque sus comunicaciones apelan a los sentimientos y a las emociones, no a la razón. Esto es algo muy obvio (el ABC del marketing) para las empresas que venden hamburguesas, tabaco o potentes automóviles a los que las normas de tráfico jamás permitirán circular a la velocidad que pueden llegar a alcanzar. Sin embargo, al parecer no es tan evidente para quienes ofrecemos programas de educación financiera: los interminables sermones y ejemplos numéricos sobre la necesidad de controlar ingresos y gastos no van a conseguir nada por sí mismos, mientras no consigamos conectarlos con los deseos, motivaciones y anhelos reales de las personas.

Por el contrario, y con una persistencia digna de mejor causa, nos empeñamos en tratar de convencer a las empresas y a quienes las dirigen, que por puro instinto de supervivencia trabajan para que las cuentas cuadren con beneficios, de que se comporten de forma ética y generosa. Así que mucho me temo que, en general y salvo honrosas excepciones, estamos apretando  de forma sistemática el interruptor equivocado: utilizamos los números para tratar de convencer a las personas y las emociones para intentar persuadir a las empresas. ¿No seríamos más eficaces en nuestra labor si lo hiciéramos al revés? Este es el momento de mencionar que la mayor parte del trabajo ya está hecha: respetados expertos han demostrado con cifras y datos objetivos que el progreso social y la protección del entorno son definitivamente beneficiosos para los resultados empresariales.

Por mi parte, ¡no pienso volver a utilizar un solo número en mis próximas presentaciones sobre cambio y mejora de los hábitos financieros personales!

domingo, 23 de octubre de 2011

Buscando un marco para la RSE (y II): regulación, estandarización, certificación...

Comentábamos en la entrada anterior que regular la ética y el sentido común (componentes genéticos de la RSE) no nos parece una alternativa eficaz para promover el compromiso empresarial. Además de los argumentos sobre la naturaleza voluntaria de la auténtica RSE, hay que tener en cuenta que para que cualquier regulación cumpla sus objetivos debe verse respaldada por mecanismos eficaces de supervisión y, en su caso, de sanción. De otro modo, existen grandes probabilidades de que las entidades más reacias encuentren la manera de cumplir con la letra de la ley obviando su espíritu y objetivos.

De nuevo el ámbito financiero nos sirve de ejemplo sobre las dificultades, riesgos y limitaciones de la regulación de comportamientos. Las normas de conducta que han de seguir las entidades en su relación con la clientela están con frecuencia reguladas al más alto nivel. En Europa, la Directiva de Mercados de Instrumentos Financieros (MiFID) establece textualmente que los Estados miembros exigirán a las empresas de servicios de inversión que actúen con "honestidad, imparcialidad y profesionalidad, en el mejor interés de sus clientes". ¡Menos mal que hay una norma que obliga a ello! Supongo que todos entendemos que lo contrario es actuar de forma deshonesta, sesgada y poco profesional, buscando solo el propio beneficio en detrimento de los intereses del cliente. Por supuesto, dado que todos los países de la Unión han adaptado la MiFID a sus ordenamientos jurídicos, los usuarios europeos de servicios de inversión están felices y protegidos porque todos los intermediarios saben que deben ser honestos, imparciales y profesionales. ¿O no? Ah, pues a juzgar por el volumen de quejas ante los servicios públicos de reclamaciones, parece que no. 

Siendo realistas, tanto esa formulación genérica como la mayor parte de sus normas de desarrollo, en algunos casos más concretas, resultan extremadamente difíciles de supervisar y no añaden gran cosa a la protección efectiva de los consumidores financieros. Y, sin embargo, asegurar la plena satisfacción del cliente mediante un asesoramiento profesional y leal, ¿no debería ser algo plenamente exigible y esperable de la ética y de la responsabilidad empresarial? En una sociedad con mayor cultura financiera, los consumidores tendrían la formación suficiente para filtrar los comportamientos poco éticos y operar solo con entidades honestas y profesionales, sin necesidad de normas bienintencionadas pero imposibles de aplicar. Por desgracia, no estamos aún en ese punto. 

Algo muy similar ocurre con la RSE. Puesto que estamos hablando de responsabilidad social, debería ser la sociedad quien valorara la calidad de los comportamientos empresariales. Con este enfoque pueden entenderse las iniciativas destinadas a promover la difusión y homogeneización de los informes de responsabilidad social (Global Reporting Initiative) o las certificaciones de cumplimiento de ciertos parámetros, como la Norma SGE 21

Este tipo de aproximaciones son mucho más prometedoras en cuanto al objetivo de difundir la RSE e insertarla en el ADN de las empresas, pero resultarían aún más efectivas si se consiguiera promover una verdadera demanda social de ese tipo de informes y certificaciones. ¿Cómo? Lo hemos anticipado antes: formando a los consumidores para que ejerciten su espíritu crítico y lo plasmen en sus decisiones cotidianas. Víctor Viñuales, director de la Fundación Ecología y Desarrollo, se refería en una entrevista reciente a la "incoherencia de los consumidores": en las encuestas siempre se proclaman dispuestos a valorar de forma positiva determinados comportamientos empresariales, especialmente en el ámbito medioambiental, pero a la hora de la verdad las decisiones de compra siguen viniendo dictadas por hábitos de consumo profundamente arraigados. Esta realidad podría llevar a cuestionar los prometedores y optimistas resultados de la encuesta llevada a cabo por la agencia Cone Communications para su Estudio Global de Oportunidad para la Responsabilidad Corporativa, según el cual los consumidores de los países más poblados del mundo están preparados para recompensar o penalizar activamente a las empresas según su forma de hacer negocios. ¿Esto es cierto o responde al "síndrome de la respuesta correcta" que al parecer sufrimos siempre que contestamos a una encuesta? Por desgracia, creo que me inclino por la segunda opción. 

En resumen, el desarrollo de la responsabilidad social empresarial debe ir acompañado de un desarrollo paralelo de la responsabilidad individual de los consumidores. Mientras tanto, la estandarización o la certificación de la RSE seguirán teniendo un interés más académico que práctico, ya que no tendremos una ciudadanía cualificada dispuesta a valorar esa información y actuar en consecuencia. Tal vez estemos ante un círculo vicioso, pero ¿no sería un buen objetivo para la Responsabilidad Social, pública y privada, conseguir esos consumidores activos, críticos y bien informados del siglo XXI, en lugar de los meramente reactivos del siglo XIX?

miércoles, 12 de octubre de 2011

Buscando un marco para la RSE (I): regulación, estandarización, certificación…

¿Se nos ha ido de las manos la RSE? Parece existir cierta sensación generalizada de que así ha sido. Son muchos los esfuerzos que se están realizando para tratar de acotar, definir, organizar, reconducir o acreditar la Responsabilidad Social Corporativa: algo así como sujetar el tronco a una vara para que la planta crezca recta.

No resulta difícil entender por qué parece necesario intervenir para resucitar o reinventar la RSE. Su utilización superficial con fines comerciales y algunos sonados escándalos empresariales han dañado la credibilidad del término. En una serie de artículos recientemente iniciada para CSRwire, el profesor Wayne Visser habla directamente de “La muerte de la RSE” y propone un debate entre dos alternativas: ¿acabamos con ella antes de que distraiga la atención de los cambios que realmente necesitan afrontar las empresas o sometemos a revisión tanto el concepto como la práctica de la RSE?

Las propuestas de “reinvención” abarcan toda la gama de opciones de control, desde la regulación a la certificación, pasando por la difusión de informes obligatorios. Parece que pierde adeptos la voluntariedad absoluta del concepto, lo que no deja de ser sorprendente: la responsabilidad social de una empresa, igual que la responsabilidad individual de una persona, tiene que “salir de dentro”: lo que se imponga desde fuera podrá ser una norma, una directriz o cualquier otra cosa, pero no responsabilidad.

Por su propia naturaleza, la RSE es el compromiso voluntario de funcionar según unos estándares éticos que van más allá de lo exigible. Este enfoque, que permite establecer distancias entre las empresas con propósito de liderazgo y las que se limitan a cumplir la legislación con el único objetivo de un beneficio a corto plazo, resulta difícil de conciliar con una aproximación basada en la regulación de la RSE. 

Sin embargo, es probable que sí sea necesario avanzar en el terreno legislativo, pero solo después de haber establecido límites claros entre lo que es responsabilidad social y lo que no lo es. Todo lo que pueda y deba ser objeto de regulación para garantizar unas reglas del juego igualitarias tal vez no deba considerarse RSE. Muchas cuestiones medioambientales quedarían incluidas en este grupo: dañar el entorno físico de ninguna manera puede ser opcional. En las últimas décadas, el vertiginoso progreso tecnológico y económico ha encontrado espacios sin regular que se han ido cubriendo, en general de forma voluntaria y con diferentes grados de compromiso y acierto, por la vía de la RSE. Por tanto, a medida que las normas de obligado cumplimiento pasen a regir cuestiones antaño consideradas de responsabilidad social, esta tendrá que redefinirse para abordar otras actividades y enfoques más próximos a su naturaleza discrecional.

En próximas entradas seguiremos comentando las ventajas e inconvenientes de otras alternativas de encuadre de la RSE: estandarización de la información pública, obligación de informar, sistemas de acreditación... En cuanto a la regulación, en lugar de atarle una vara al tronco de la RSE, quizá sería mucho más fructífero limitarse a quitar las malas hierbas y dejar que la planta se desarrolle con toda libertad.