domingo, 29 de julio de 2012

Auto-apagón informativo contra la crisis económica


“¡Si no te portas bien, llamo al Coco para que te lleve!”. Quien dice el Coco dice el hombre del saco, el sacamantecas, o cualquiera de las variantes locales de esos seres horripilantes con los que, en tiempos no tan lejanos, se intentaba mantener a raya a los niños. Por supuesto, hoy día se considera pedagógicamente inaceptable aterrorizar a los más pequeños, por muy revoltosos que sean, pero seguro que muchos padres agotados lamentan que tan folclórico personaje se haya vuelto políticamente incorrecto.

En el mundo adulto, el equivalente al Coco se llama Crisis. Toda crisis es una evolución, desde unas circunstancias que se valoran subjetivamente como “positivas” a otras que se consideran “negativas”. La vida es una sucesión inacabable de cambios-crisis: frustración en el trabajo o pérdida del empleo (crisis profesional), cumplir los 30/40/50 (crisis existencial), romper una relación (crisis sentimental), que tu hijo abandone la universidad (crisis familiar) y una amplia variedad de acontecimientos de similar calibre. Con frecuencia, al cabo del tiempo nos damos cuenta de que fue una suerte librarnos de esa persona o haber dejado atrás aquel trabajo que no nos aportaba gran cosa; pero, hasta que llega ese momento de iluminación, la fase de ajuste suele llevar asociada una gran dosis de ansiedad.

Cuando llamamos a la crisis por su nombre de pila, sin añadirle apellido alguno, normalmente nos estamos refiriendo a una crisis económica. Se diferencia de las anteriores en que, con la capacidad destructiva de una tormenta tropical, afecta de modo simultáneo a un gran número de personas… o de países.

Otra diferencia es que, mientras las crisis personales/individuales sólo le parecen inmanejables al que las atraviesa (todos los de alrededor siempre tienen clara la mejor forma de resolverlas), el carácter colectivo de las crisis económicas contribuye a propagar y asentar la sensación de impotencia. Los afectados miran a su alrededor y sólo ven más afectados, sin que nadie parezca tener propuestas viables ni capacidad para mejorar las cosas.

Tal vez sea el momento de dar un paso atrás (o varios) y analizar, con toda la frialdad posible, cuál es el verdadero alcance de la actual crisis económica. ¿Hasta qué punto y de qué forma va a alterar nuestra existencia cotidiana? ¿Estamos realmente frente al Apocalipsis, o nos encontramos nada más – y nada menos – ante el despertador que necesitábamos para realizar una revisión a fondo del modelo de sociedad y de consumo al que nos habíamos acostumbrado?

Aunque afecte a millones de personas, la crisis no significa lo mismo para todo el mundo: depende de la situación profesional y financiera de partida, del carácter de cada uno, del estado de vulnerabilidad en que nos encontremos (ya sea por motivos de edad, salud o cualquier otra circunstancia), de los apoyos familiares con los que se cuente y de muchas otras consideraciones.

Precisamente por la diversidad de escenarios individuales, los temores ante la crisis no siempre son realistas. No vamos a engañarnos: la perspectiva de tener menos ingresos y más gastos resulta muy poco grata para todos y, en algunos casos, complica incluso la satisfacción de las necesidades más básicas. Sin embargo, para muchas personas el sufrimiento no proviene de los inevitables ajustes en el presupuesto personal, sino del pesimismo, el miedo y la desconfianza en el futuro que caracterizan al Coco-Crisis. Esta criatura cumple con gran eficacia su función de mantenernos paralizados y encogidos de miedo, ya que tiene la camaleónica habilidad de significar exactamente aquello que más teme cada uno: no poder llegar a fin de mes y/o tener que renunciar a ciertas gratificaciones cotidianas, peor calidad de la atención sanitaria o dificultad de acceso a la misma, que los ahorros guardados pierdan su valor y no alcancen a cubrir las necesidades futuras... 

Para animar aún más las cosas, los medios de comunicación, obligados a rellenar horas y horas y páginas y páginas de información, se muestran incansables en su altruista tarea de difundir la crisis y todas sus truculentas derivadas. De esta forma, se llega a un punto en el que los agobios económicos, presentes y futuros, se convierten en el único foco de atención para sociedades enteras. ¿Cómo se afrontan los quehaceres diarios cuando el tema universal de conversación es lo mal que están las cosas y lo mucho que todavía van a empeorar? Pues con muy poco ánimo, obviamente. Por desgracia, nadie parece encontrar políticamente incorrecta la utilización masiva del Coco-Crisis para aterrorizar a adultos hechos y derechos. Una amiga comentaba hace poco que en España ya nadie se acuerda de quiénes marcaron los goles en la final de la Eurocopa de fútbol, pero todos siguen en tiempo real la evolución de la prima de riesgo... aunque ni siquiera entiendan qué significa exactamente la dichosa prima.

El concepto de "apagón informativo" suele tener connotaciones negativas, dado que se refiere a la ocultación interesada de datos relevantes. Sin embargo, la sobredosis informativa también implica un sesgo, y sus efectos pueden ser igualmente perniciosos. Por eso, nuestra propuesta anti-crisis consiste en un auto-apagón informativo: nada de noticieros, tertulias ni periódicos durante una semana... incluso mejor un mes. La mayoría hemos llegado a aceptar que no se puede vivir en una burbuja, y que es necesario estar informado de lo que ocurre a nuestro alrededor. Es verdad, pero sólo hasta cierto punto. ¿Qué ocurriría si dejáramos de seguir minuto a minuto el bombardeo de atroces noticias económicas que nos rodea? Los lectores que se animen a hacer el experimento descubrirán que ¡no pasa nada! Se sentirán bastante más relajados y sus temas de conversación ganarán en variedad e interés.

Dejar que la crisis y sus heraldos monopolicen nuestro día a día puede llevarnos a transformar la crisis económica (un hecho exterior) en una crisis personal (interior). En realidad, pese a las molestias e incertidumbres que acarrea, la crisis sólo debería desempeñar en nuestra vida un papel de "artista invitada", nunca de protagonista. Con crisis o sin ella, seguimos viviendo y respirando, y aún hay muchas cosas valiosas que siguen enteramente bajo nuestro control y que nadie puede recortar. Mientras recordemos esto, las crisis vendrán y se irán sin arrasar nuestra vida por el camino. El Coco sólo da miedo mientras se cree en él: no dejemos que las expectativas de caos se conviertan en una profecía autocumplida... ¡o acabaremos como Homer Simpson!


Este artículo es una adaptación de El Coco, la crisis y la vida, publicado en la sección "Economía para gente madura" del número 15 de Mi Dinero: Tu revista de finanzas personales.


viernes, 6 de julio de 2012

El bancarizador que nos bancarice...

… buen bancarizador será? Yo pensaba que bancarizar era uno de esos “palabros” económicos de uso común en entornos profesionales, pero que aún no contaba con la bendición de la Real Academia Española de la Lengua. ¡Craso error por mi parte! El verbo bancarizar no sólo está incluido en el diccionario, con conjugaciones y todo, sino que ya está preparada la enmienda para la próxima edición. De momento, significa “desarrollar las actividades sociales y económicas de manera creciente a través de la banca”. En el futuro, bancarizar será “hacer que alguien o algo, como un grupo social o un país, desarrolle las actividades económicas a través de la banca”. ¡Ahora está mucho más claro! Ya sólo queda una duda: ¿Quiénes son los bancarizadores y cómo nos van a conducir al redil?

Mi periplo profesional me ha llevado desde uno de los países más bancarizados del mundo (España) a uno de los menos bancarizados de Latinoamérica (Argentina). Probablemente ha sido el único choque cultural que he apreciado en el proceso. Los españoles nacemos genéticamente programados para unir nuestros destinos a los de algún banco lo antes posible, y todo a nuestro alrededor está dispuesto para que no quepa ninguna otra alternativa.

Un médico amigo mío, llegado a ese punto de su existencia en el que uno hace balance y toma decisiones trascendentales, decidió que iba a vivir de forma más simple y auténtica y que el primer paso era cancelar todas sus cuentas bancarias: sólo consumiría lo necesario y lo pagaría en efectivo. Su experimento duró dos meses. Dos meses de pesadilla, según contaba después: el simple hecho de pagar la luz, el gas o el teléfono se convertía en una incomodidad y en una manifiesta pérdida de tiempo. Eso, sin contar las miradas desconfiadas que recibía cuando le tocaba admitir que no disponía de cuenta bancaria. Derrotado, terminó abriendo de nuevo una cuenta y, cual hijo pródigo que vuelve al hogar, recibió como regalo una batería de cocina (ancestral práctica para captar nuevos clientes y confundir al público, haciéndoles creer que la elección de un producto financiero es equiparable a la compra de boletos para una tómbola).

No cabe duda de que un acceso generalizado a los servicios financieros ofrece ventajas para todas las partes, pero también exige responsabilidades proporcionales a la magnitud de esas ventajas:  

Gobiernos. La bancarización permite ordenar y vigilar el flujo de los recursos en el sistema productivo. Para las autoridades fiscales, el historial bancario de empresas e individuos es como un código de barras que los mantiene identificados y controlados, desde el instante  en que declaran el primer ingreso formal hasta que pasan a mejor vida (bueno, a veces incluso después: gracias a los errores informáticos, se han llegado a reclamar multas por impago tributario a personas fallecidas). Como contrapartida, los poderes públicos son responsables de proporcionar un marco legislativo que proteja el juego limpio y los derechos de los consumidores, así como una supervisión eficaz que garantice el cumplimiento de las normas.

En los países menos bancarizados, el grado de informalidad económica suele ser elevado, con el consiguiente perjuicio para las cuentas públicas y, de manera indirecta, también para los ciudadanos. Sin embargo, no conviene caer en el error de considerar que la bancarización universal supone una formalización automática de las actividades productivas, porque no es así: la bancarización puede convivir perfectamente con elevados niveles de economía sumergida.

Entidades financieras. No hacen falta muchos argumentos para entender por qué a los bancos les interesa la bancarización; la propia frase es redundante. La teoría académica asegura que su papel es intermediar entre demandantes y oferentes de capital, facilitando el funcionamiento de la economía real. Sin embargo, en los últimos años hemos aprendido que las finanzas existen en su propia dimensión paralela, y que es posible ganar grandes cantidades de dinero realizando operaciones sin ningún fundamento tangible. 

La asociación sin ánimo de lucro Positive Money tiene una teoría (probablemente digna de análisis) según la cual la creación de dinero inexistente, por parte de los bancos, explica en gran medida la actual crisis financiera: los préstamos, descubiertos y otras formas de crédito son meros apuntes digitales, que el banco realiza sin necesidad de haber captado con anterioridad ese capital de los ahorradores. De esta forma, las entidades financieras privadas estarían invadiendo las competencias exclusivas de los bancos centrales en la creación de dinero, con la consiguiente alteración del equilibrio económico-financiero.

A cambio de tan privilegiada posición, como mínimo corresponde exigir a los bancos un escrupuloso cumplimiento de las leyes y de las normas éticas sobre transparencia y asesoramiento a la clientela. Cuando esto falla, ¿cómo se enfrenta una sociedad altamente bancarizada a una situación de colapso como la que se está viviendo en España? Me temo que con una seria añoranza de las épocas en que el dinero se guardaba en el colchón, y con muy poca disposición a apreciar las ventajas de la bancarización. Como suele suceder, el problema no es el sistema, sino el uso y abuso que algunos hacen del mismo.

Ciudadanos. La bancarización y las mayores facilidades de acceso al crédito son herramientas potencialmente útiles para el desarrollo de proyectos y emprendimientos productivos, pero no son ninguna panacea ni deben verse como un objetivo en sí mismas. Si no van acompañadas de un adecuado marco regulatorio, de una eficaz supervisión prudencial y de unos niveles de educación financiera que permitan a la población hacer un uso inteligente de los servicios bancarios y de la financiación recibida, cabe la posibilidad de que los riesgos superen a los beneficios.

En la actualidad, los organismos multilaterales de cooperación al desarrollo están tratando de incentivar la utilización de tecnologías móviles por parte de colectivos vulnerables, como vía para facilitar su acceso a algunos servicios financieros básicos. Está claro que la inclusión tecnológica abre muchas puertas, pero cabe discutir que la financiera deba ser la primera en abrirse. Las personas no se encuentran en situación de vulnerabilidad por hallarse al margen del sistema financiero formal, sino por vivir en entornos con carencias estructurales mucho más apremiantes, que deben ser objeto de atención prioritaria. Una política de inclusión financiera que no aborde tales carencias puede acabar resultando contraproducente. Como señala este excelente artículo publicado en Universia Knowledge@Wharton, lo que es bueno para los bancos no siempre es bueno para la gente. 

¿Bancarización? De acuerdo… siempre que vaya bien escoltada por toda la Trinidad Financiera: Legislación, Supervisión y Educación. 

martes, 5 de junio de 2012

Consumo sostenible para consumidores que no existen


Una de las muchas frases ingeniosas que circulan por Internet para explicar los desencuentros entre hombres y mujeres señala que “los hombres buscan mujeres que ya no existen, y las mujeres buscan hombres que todavía no existen”. Algo parecido ocurre con el consumo responsable: aunque sin duda se ha avanzado bastante en la sensibilización, el consumo sostenible necesita de consumidores que… todavía no existen. Siendo optimistas, hay que reconocer que ya se van viendo por ahí algunos prototipos, pero ¿es posible acelerar la producción en serie de consumidores del siglo XXI?

En realidad, para poder fabricar estos consumidores 3.0 capaces de garantizar la supervivencia de la especie, es conveniente que asumamos la realidad y superemos, de una vez por todas, la creencia en ciertas figuras mitológicas: el consumidor ético, el consumidor racional y el consumidor burbuja.

El consumidor ético. Es un ente puro que no abre la billetera sin asegurarse antes de la honestidad, responsabilidad social y talante ecológico del productor, y que niega sus favores a todos aquellos que vulneran los derechos humanos o emplean procesos contaminantes en sus fábricas. De acuerdo con las últimas encuestas sobre consumo y responsabilidad social, estos unicornios del shopping son cada vez más abundantes: “Un xx% de los consumidores estarían dispuestos a favorecer en sus decisiones de compra a las empresas socialmente responsables”. Sorry?

Es comprensible cierto grado de autocomplacencia mediática; gracias a los esfuerzos de organizaciones y medios, ya quedaron muy atrás los tiempos en que tales prácticas inaceptables no se conocían o no se difundían. Sin embargo, sería un error sobrevalorar el grado de concienciación social sobre estas cuestiones. Las grandes marcas de ropa y artículos deportivos (por citar algún ejemplo) no parecen haber visto afectados sus beneficios por la pública divulgación de las prácticas esclavistas que utilizan en los países más desfavorecidos. Puesto que ya no es posible alegar desconocimiento, sólo nos queda concluir que para modificar los hábitos cotidianos de compra (basados en la satisfacción inmediata de un deseo a un precio asequible), hace falta algo más que la noticia de los daños causados en lugares remotos. No se trata de indiferencia, insolidaridad o crueldad; simplemente, somos una sociedad de individuos “ensimismados” en nuestros propios desafíos diarios.

¿Acaso mienten las encuestas? En modo alguno. Como posible explicación, recomiendo el artículo “Manipulando, que es gerundio”, en el que el autor comenta lo sencillo que es inducir determinadas respuestas… si se pregunta del modo adecuado. Adaptando el ejemplo al tema que nos ocupa, comparemos estos planteamientos:

a)       ¿Qué tiene usted en cuenta para elegir entre dos productos diferentes?
b)      ¿Tendría usted en cuenta la responsabilidad social de una empresa al plantearse la compra de sus productos?

Me inclino a pensar que el segundo ejemplo arrojaría un porcentaje muy superior en favor de la influencia de la reputación empresarial en las decisiones de compra. Dando otra vuelta de tuerca, si la formulación fuera “¿Tendría usted en cuenta el respeto a los derechos humanos en el proceso de fabricación, antes de elegir un producto?”, seguramente las respuestas afirmativas aumentarían todavía más. Hay que ser muy valiente para responder a la cara del encuestador: “Mire, francamente no me lo pienso tanto cuando se trata de comprarme unos pantalones”.  

En el marco de las investigaciones para su libro El mito del consumidor ético, Timothy Devinney realizó un revelador experimento. Durante varias semanas, en una céntrica cafetería de Sydney podía verse, junto a los precios de los productos, un cartel que anunciaba: “Tenemos café procedente de comercio justo. ¡Sin coste adicional! Pregúntenos”. Menos de un 1% de los clientes se molestaron en pedirlo por propia iniciativa. Cuando era el empleado quien, en el momento de recibir el pedido, recordaba la posibilidad de una alternativa ética, el número de personas que optó por el café solidario aumentó al 30%. La prueba fue aún más allá: los empleados ofrecían la opción ética cuando había cerca alguna persona escuchando la conversación. De esta forma, el número de “consumidores éticos” se disparó hasta el 70%. ¿Moraleja? La inercia y la costumbre también prevalecen sobre la ética… salvo cuando está en juego nuestra imagen.

El consumidor racional. La creación de este mito es responsabilidad y culpa de la teoría económica más tradicional. Empeñados en hacer de la Economía una ciencia más exacta que humana, respetables profesionales se han convencido a sí mismos de esta hipótesis, pese a las contumaces evidencias de lo contrario. Nos encontramos, por tanto, ante un Yeti de las Finanzas en el que muchos creen, pero al que nadie ha visto jamás.

Existe cierto debate sobre qué docentes son los más adecuados para desarrollar la educación financiera en los colegios. Una admirada colega intentó convencerme una vez (sin ningún éxito) de que sólo los licenciados en Economía estaban cualificados para tal función porque, aseguraba, “tienen bien configurado el pensamiento económico y, por ejemplo, son capaces de aplicar la eficiencia de Pareto en la determinación de prioridades”. Además de considerar que este enfoque, en la práctica, niega la posibilidad de que un adulto mejore su cultura financiera y la transmita a sus hijos (a menos que haya estudiado Economía avanzada), me quedé profundamente preocupada. Tengo que confesarlo: olvidé a Pareto diez minutos después de hacer el correspondiente examen en la universidad, y nunca en mi vida he tomado una sola decisión económica pensando en él. La única conclusión posible es que soy una consumidora irracional y que, probablemente, no debería dedicarme a la educación financiera.

En realidad, sí hay otra alternativa. Podemos recuperar a Pareto en relación con algo que ningún estudioso del comportamiento humano se atreve a discutir a estas alturas: sólo el 20% de las decisiones que tomamos se basan en criterios racionales, mientras que el 80% tienen un fundamento emocional. Obviamente, esto también se aplica a la gestión del dinero. No somos seres irracionales, pero sí emocionales.

El consumidor burbuja. Una cosa tenía que llevar a la otra. Los que creen en el unicornio y en el Yeti, ¿por qué no van a creer también en el consumidor burbuja? Se caracteriza por ser tan ético, tan racional y con tan elevado nivel de educación financiera,que resulta completamente inmune a la presión permanente de los mensajes comerciales, a los que se resiste de forma heroica.

Veamos el ejemplo práctico de un anuncio que puede verse estos días en televisión. Un matrimonio discute frente a un armario lleno de botes de cristal, etiquetados y con monedas (método de ahorro algo arcaico pero muy eficaz): “Para el viaje a Venecia”, “Para la cena con las chicas”, etc.  La pareja no se pone de acuerdo sobre el bote que deben abrir para un capricho que no puede esperar. “¿Del bote de los ahorros?”, sugiere ella. “¡Los ahorros no se tocan!”, exclama él. Yo no podía creerlo: ¿un banco promoviendo el ahorro? ¡Eso sí que es responsabilidad social financiera! Claro está, me había adelantado. La pareja continúa sin ponerse de acuerdo hasta que una cantarina voz en off exclama: “¡De esta forma, lo único que acumulas son ganas! Con la nueva tarjeta del Banco XX, puedes tenerlo todo… etc.”. Aaah. Ya me extrañaba a mí. Lo que se anuncia es una tarjeta de crédito, por supuesto. No voy a insistir en el tema, porque ya lo tratamos largo y tendido en el post La lucha perdida contra el endeudamiento familiar.

Para ilustrar hasta qué punto estamos todos sujetos a la influencia de los mensajes comerciales, cerramos  este artículo con un entretenido vídeo sobre el componente emocional en el consumo de artículos de lujo. No hay que perderse la mención final al estudio de la Universidad de Stanford: en una cata a ciegas, cuando los participantes pensaban que estaban degustando los vinos más costosos experimentaban más placer (y así lo demostraban sus movimientos cerebrales) que cuando probaban los que creían más baratos. Todas las botellas contenían el mismo vino…

El desafío consiste en aprender a consumir de manera sostenible aceptando que no somos superhéroes, sino seres ensimismados, emocionales y... humanos. ¡Demos una oportunidad a la educación financiera!



viernes, 18 de mayo de 2012

Sólo los extraterrestres pagan impuestos


Después de muchos años de discreta laboriosidad, mi padre consiguió (¡por fin!) la promoción que esperaba, acompañada de un razonable aumento salarial. Poco a poco, las cuentas de casa empezaron a cuadrar, lo que significaba que ya no teníamos que empeñar el reloj del abuelo para llegar a fin de mes.  Un año después, mi padre nos estropeó la cena anunciando tranquilamente: “Esta vez nos toca pagar bastante a Hacienda”.  Tras desahogarse con una retahíla de palabrotas no aptas para menores, mi madre se volvió hacia mí: “Hija, revisa tú la declaración, tu padre tiene tantas ganas de pagar que no me fío de lo que haya hecho”. Y ahí estaba yo, con mi flamante título en Empresariales, presta a demostrar que el despistado de mi padre se había confundido con los cálculos. Siento desilusionar a los que esperan una moraleja contra las hijas listillas que enmiendan la plana a sus progenitores, pero efectivamente mi santo padre se había equivocado. Pese al aumento de sueldo, aún tenían que devolvernos.

En lugar de alegrarse y tomar a broma la situación, mi padre se mostró claramente decepcionado. Yo no daba crédito: tenía delante a la única persona sobre la faz de la tierra que estaba deseando compartir con el Estado el producto de su trabajo. Ese afán contribuyente no podía ser humano: ¡Mi padre era un alienígena fiscal!

Sin abandonar por completo la teoría de los genes extraterrestres, con el tiempo elaboré una explicación alternativa: para mi padre, pagar impuestos era un símbolo de estatus, mientras que una declaración negativa confirmaba, por el contrario, que seguíamos oficialmente adscritos a la categoría de pobretones.

Me temo que esta perspectiva demostraba que, además de despistado, era un hombre muy cándido: hoy todos sabemos que el verdadero estatus reside en disponer de dinero suficiente para aprovechar las numerosas posibilidades de exención, compensación y perdón fiscal.  Ya es un clásico el ejemplo que dio Warren Buffett en 2007, ante 400 millonarios que se habían reunido para apoyar la candidatura de Hillary Clinton a la presidencia: “Los 400 pagamos de impuestos un menor porcentaje de ingresos que nuestras recepcionistas o nuestras lavanderas”. Mientras sus impuestos representaban sólo el 17,7% de los 46 millones de dólares que obtenía al año, sus empleados, con ingresos mucho más terrenales, pagaban de media el 33%. Y esto sin evasión ni fraude fiscal, simplemente aplicando una legislación tributaria que mima a quienes considera potenciales creadores de riqueza.

En mi pasada reencarnación, uno de los mensajes que solía transmitir en las actividades de educación financiera para inversores era: “Antes de elegir un producto de inversión, no te fijes sólo en los rendimientos; considera también los gastos y el impacto financiero-fiscal que tendrá en tu patrimonio”. Y me quedaba tan contenta. Pero qué cándida era yo también, Dios mío. ¡Como si fuera tan sencillo! Las leyes fiscales no sólo responden a una lógica compleja y misteriosa, sino que tienen la antipática costumbre de estar cambiando continuamente. En semejante maremágnum, estimar el impacto financiero-fiscal de cualquier cosa no requiere cultura financiera, sino un ejército de asesores como el de Warren Buffett.


Al margen de la dificultad de entender las leyes fiscales, el pago de impuestos es una de las obligaciones con peor imagen del mundo. La mayor parte de los ciudadanos no alienígenas, de todos los niveles económicos y sociales, perciben las cargas tributarias como un expolio, una desposesión cuya justificación en términos de redistribución y bienestar colectivo resulta excesivamente abstracta.

De ahí que las campañas institucionales de los gobiernos para evitar el fraude fiscal traten de “concretar” ese bienestar mostrando escuelas, hospitales y carreteras y apelando a la solidaridad del público. Este tipo de argumentos son un arma de doble filo: si la percepción social sobre la calidad de la educación, la sanidad y las infraestructuras no es positiva, pueden resultar incluso contraproducentes. Pensemos en los eufemísticos recortes en sanidad y educación que se están experimentando ahora mismo en España. ¿Cómo se concilian, en la mente del sufrido contribuyente, con las ayudas públicas a un sistema financiero que fagocita recursos a la velocidad de la luz?

Al final, resulta que los únicos que no disponen de amnistías fiscales ni de medios para evadir son los extraterrestres y los asalariados. Me pregunto qué pensaría de este panorama mi padre, el marciano pagador.

viernes, 4 de mayo de 2012

Mercadator, el humanoide que mató la cultura financiera


No sé si Google podrá proporcionarnos estadísticas sobre cuál es la frase más oída de los últimos tiempos, pero si tuviera que apostar me inclinaría por “tranquilizar al mercado”. Lo he buscado y aparecen 50.000 resultados (en inglés aún más, casi 90.000). Con estas tres sencillas palabras se explica el desmantelamiento del estado del bienestar. Puesto que todos los dirigentes del mundo, sin excepción, deploran la necesidad de tomar tal medida, habrá que suponer que ninguno de ellos tiene nada que ver con la intranquilidad previa del tal Mercado. Lo cual plantea una cuestión de lo más inquietante: ¿Nos encontramos ante un humanoide con ideas propias? ¿Es posible controlar a este Mercadator?

La reciente ola de suicidios en Grecia, que las estadísticas relacionan con los recortes derivados de la crisis, vuelve a traer a primer plano el tema de la deshumanización de la economía. El lenguaje es una herramienta muy poderosa, y hoy día se utiliza con gran habilidad para hacernos olvidar que hay personas detrás de los números. Todo el mundo lamenta los efectos de los “imprescindibles ajustes“ en el bienestar de las personas, pero “hay que tranquilizar al mercado”.

Algunos siguen pensando que también son personas las que dirigen el mercado y que las cosas tal vez pudieran hacerse de otra forma… ¡Qué ingenuos! En realidad, Mercadator es un ente autopensante que funciona según sus propios impulsos, incomprensibles para los seres humanos de a pie. Como siempre hay quien sabe de fútbol más que el entrenador, ciertos elementos subversivos se permiten opinar que habría que ponerle algunas reglas a Mercadator: por lo menos, las leyes de la robótica de Asimov (la primera enuncia que un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño). Sin embargo, los defensores de tan independiente criatura insisten en que Mercadator necesita total libertad, sabe perfectamente lo que hace y sus designios son inescrutables.

Por tanto, y aunque a todos los dirigentes les gustaría muchísimo poder tomar otro tipo de decisiones económicas más humanas y alineadas con la realidad social de sus países, resulta imposible porque Mercadator, además de ingobernable, es un ente sin alma.

Hemos comentado con frecuencia en este blog que una de las grandes dificultades para diseñar estrategias eficaces de educación financiera reside en la escasa predisposición previa de las personas. A su vez, esta deriva en gran medida de la creencia generalizada y subconsciente de que el dinero es algo sucio, por lo que su acumulación y manejo sólo pueden realizarse a costa de la honestidad y la integridad personal. ¿De dónde habrán sacado esa idea? Es inútil desgañitarse insistiendo en que el dinero es sólo una herramienta neutra y que puede usarse tanto para el mal como para el bien, mientras se siga transmitiendo la idea de que los mercados financieros son los responsables de las dificultades por las que están atravesando tantas familias. Como en esas películas de ciencia-ficción en las que vemos a las máquinas volverse contra sus creadores, ¡parece que Mercadator se nos ha rebelado! En realidad, la responsabilidad no es de los pobres “mercados”, sino de las personas que los han manipulado en beneficio propio.

El resultado es que no parece fácil convencer a unos padres de la importancia de proporcionar educación financiera a sus hijos, mientras sigan considerando la prosperidad económica como una señal inequívoca de materialismo y codicia. Las finanzas personales difícilmente se percibirán como algo cercano, práctico y cotidiano, mientras Mercadator, cual insaciable y vengativo dios pagano, siga cobrándose su tributo en forma de sacrificios humanos: incertidumbre, ansiedad, desempleo, menor calidad y cobertura de la sanidad y la educación… y todo ello en nombre de la estabilidad financiera.

A estas alturas, tener a Mercadator campando a sus anchas y haciendo de las suyas no es culpa de nadie, pero es responsabilidad de todos. Señores guionistas de Hollywood (ya que los guionistas de Wall Street y sucursales no parecen estar por la labor), ¿cómo podríamos re-programarlo para que se ponga de nuestra parte, como Terminator en las secuelas? O eso, o reciclar la chatarra y convertir a Mercadator en un humanoide más amistoso y sensible con las necesidades de los frágiles mortales. 

Esta entrada está inspirada en y dedicada a mi amiga Ana, que considera que "dinero" y "corrupción" son perfectamente sinónimos. Sus opiniones me ayudan a hacerme una idea más realista del reto que supone hablar de educación financiera.

domingo, 15 de abril de 2012

Horóscopo financiero para personas con criterio


¿Es verdad que unos nacen con estrella y otros estrellados? ¿Está nuestro futuro financiero escrito en el firmamento? Aunque casi nadie reconoce creer en horóscopos y demás oráculos, lo cierto es que son muy pocos los que se resisten a echar un vistazo de reojo a las profecías… por si acaso. Naturalmente, jamás las consultamos de forma deliberada, pero, ¿qué podemos hacer si nos las encontramos por doquier en revistas, páginas web o programas de televisión?

Como bien sabrás, además del signo zodiacal que corresponde a la fecha de nacimiento, todos tenemos un signo ascendente, que influye tanto o más que el primero. El inconveniente es que muy pocos conocen el suyo. Por eso, mi consejo es que no leas sólo las predicciones que corresponden a tu signo, sino también las demás… ¡Así podrás aprovechar toda la suerte financiera repartida por el Universo para este 2012!

Aries (21/3 – 20/4). Tu personalidad entusiasta, independiente y aventurera va a disfrutar mucho este año, ya que la entrada de Marte en la segunda casa anuncia grandes tormentas financieras, con ingresos inesperados y muchos gastos imprevistos. Depende de tu buen juicio que el temporal arrase tu economía o que, por el contrario, la revitalice. Si aún no lo tienes, comienza a crear tu fondo de emergencia; de esta forma, no habrá rayos ni truenos que puedan hacer tambalear los cimientos de tu economía personal. 


Tauro (21/4 – 21/5). El talante práctico y la fuerza de voluntad que te caracterizan constituyen una sólida base para superar los desafíos financieros de los próximos meses. En la segunda mitad del año, el tránsito de Venus por tu signo anuncia ciertos problemas económicos derivados de tu resistencia al cambio, aunque podrás evitarlos si revisas con seriedad algunos de tus más arraigados hábitos de consumo. Definir claramente los objetivos personales y financieros a largo plazo te permitirá orientar de manera productiva tu natural perseverancia, y evitará que incurras en gastos muy alejados de tus verdaderos propósitos.


Géminis (22/5 – 21/6). Júpiter irrumpe con fuerza en la sexta casa a partir de mayo, sugiriendo buenas perspectivas para cualquier negocio o nuevas fuentes de ingresos que pongas en marcha. Tu capacidad analítica y la facilidad para entusiasmarte con nuevos proyectos aseguran un buen arranque. Sin embargo, Plutón indica algunos obstáculos y retrasos en la obtención de resultados, que podrían resultar fatales si no superas la tendencia de los nativos de tu signo a desanimarse y abandonar al primer atisbo de problemas. Pide todo el apoyo que necesites y realiza los ajustes precisos para mantenerte en la lucha. ¡El resultado valdrá la pena!


Cáncer (22/6 – 23/7). Pese a tu apariencia extrovertida y enérgica, nada te importa más que proteger a tus seres queridos, y pierdes el sueño imaginando lo que puede suceder mañana. Saturno en la quinta casa anuncia la posibilidad de vaivenes, desafíos y nuevas necesidades en el entorno familiar. Aunque tienes que aceptar que no puedes controlarlo todo, valora la conveniencia de contratar algún seguro para cubrir aquellos aspectos que consideres prioritarios y, sobre todo, no cargues el peso del mundo sobre tus hombros: la economía del hogar debe ser una responsabilidad compartida. Celebrar “cumbres financieras familiares” no sólo resultará educativo para todos, sino que permitirá que tú y los tuyos salgáis fortalecidos de cualquier situación complicada.


Leo (24/7 – 23/8). Marte, Venus y Urano andan entrando y saliendo de la octava casa todo el año, aumentando las dosis de incertidumbre sobre el devenir de tus proyectos. Controla con firmeza el presupuesto para que las exigencias económicas cotidianas no estropeen tus grandes planes; aunque la vigilancia diaria de ingresos y gastos pueda parecer una tarea impropia de un rey/reina de la selva, comprender a fondo tus relaciones con el dinero te resultará muy útil en el presente… y en el futuro. Recuerda que los obstáculos sólo sirven para que los Leo se crezcan y aumenten el volumen de sus rugidos.


Virgo (24/8 – 23/9). El imprevisible Mercurio tentará a los nativos de Virgo con diferentes propuestas financieras de apetecible apariencia. Cierta falta de seguridad en tus propias intuiciones puede llevarte a ceder ante presiones externas y a contratar productos que no sean adecuados para ti. Por suerte, también tienes una naturaleza observadora y te gusta analizar todos los aspectos de una situación: tomarás la decisión adecuada si te regalas el tiempo necesario para valorar los pros y contras de cualquier oferta. No firmes nada que implique un compromiso económico si no estás convencido al 100%. Tu carácter reservado y algo desconfiado será un gran aliado para acertar con las decisiones financieras.


Libra (24/9 – 23/10). Encantadores, sociables y un tanto frívolos, los Libra han venido al mundo para disfrutar de todos los placeres de la vida. Venus en la quinta casa augura un año lleno de tentaciones y caprichos de los que, como de costumbre, no querrás privarte. Esto no es ni bueno ni malo, siempre que seas consciente del impacto económico de tus elecciones. Diseña un plan de ahorro/inversión a largo plazo y trata de realizar aportaciones periódicas, en la medida de tus posibilidades y deseos. De esta forma, no sólo te divertirás en el presente, sino que te asegurarás los medios para seguir haciéndolo en el futuro.


Escorpio (24/10 – 22/11). Bajo un exterior controlado y tranquilo, los Escorpio son sensibles y se sienten afectados de forma personal por las circunstancias externas. Marte en la sexta casa anuncia la posibilidad de novedades laborales, que pueden resultar económicamente positivas o negativas según tu reacción. Mantén la cabeza fría y recuerda que los cambios no suceden para molestarte a ti. Pase lo que pase, tienes recursos emocionales y capacidad intelectual de sobra para ajustar tus finanzas a las nuevas circunstancias, lo que te permitirá sacar provecho de cualquier situación.


Sagitario (23/11 – 21/12). En los próximos meses se espera un gran tráfico planetario en la segunda casa de este signo, que rige las cuestiones económicas. Siempre abiertos a todo tipo de experiencias, los Sagitario pueden sentirse inclinados a asumir grandes riesgos financieros, bien por desconocimiento de los mismos o porque su natural optimismo prevalezca sobre la cautela. Valora con cuidado tu grado de tolerancia al riesgo y tu capacidad económica para soportar pérdidas de capital. Fija el tope máximo que estés dispuesto a perder y no lo superes bajo ningún concepto: la ludopatía financiera existe y es muy peligrosa, porque no se percibe como un problema. Sin embargo, muchas personas se han arruinado por completo tratando de recuperar lo que han perdido. No será tu caso si aplicas las dotes de planificación y gestión propias de tu signo.


Capricornio (22/12 – 20/01). Tu forma de ser práctica, cautelosa y exigente te permitirá capear sin problemas cualquier temporal financiero que ande al acecho, como parece indicar la presencia de Plutón en la cuarta casa. Aunque puedes llegar a ser demasiado pesimista y eso te hace sufrir sin necesidad, existe una forma positiva de canalizar ese atributo: diversifica los riesgos, nunca pongas todo tu dinero en el mismo producto o entidad. En cuestiones financieras, ¡la desconfianza es un activo que puede evitarte muchos problemas!


Acuario (21/01 – 19/02). En los próximos meses, Urano en la segunda casa te sugiere realizar algunos cálculos para estimar el sobreprecio que estás pagando cada vez que compras a plazos o difieres el pago de tu tarjeta de crédito. Una de las grandes cualidades de los nativos de Acuario es la flexibilidad para aprender y cambiar de opinión cuando la evidencia lo requiere, por lo que probablemente decidirás que, a partir de ahora, ahorrarás para comprar al contado. ¡Prueba a hacer una lista de todo lo que podrás hacer con el dinero que NO desperdiciarás en pagar intereses!


Piscis (20/02 – 20/03). Su capacidad para adaptarse con naturalidad a cualquier circunstancia convierte a los nativos de este signo en maravillosos compañeros en momentos de crisis y dificultades, como los que parece augurar la alineación planetaria de este 2012. Tu paciencia y tu creatividad te ayudarán a encontrar formas sencillas y asequibles para sacar el mayor provecho de los recursos disponibles. ¿Quién mejor que un Piscis para lograr la “multiplicación de los panes y los peces”?

Estoy segura de que este horóscopo os ayudará a afrontar los desafíos económicos de este año… y de los próximos. Las anteriores predicciones demuestran que no hay situación ni amenaza planetaria que no pueda superarse con un mayor nivel de cultura financiera y algunos ajustes en los hábitos de consumo. 

Este artículo es una adaptación del publicado en el número 12 de Mi Dinero: Tu revista de finanzas personales. ¿Quién dice que la cultura financiera sólo se puede divulgar de manera solemne y aburrida? 

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domingo, 1 de abril de 2012

Testosterona, estrógenos y sostenibilidad


Después de pasar las últimas décadas esforzándonos por demostrar a propios y extraños que somos tan profesionales como cualquiera, y que ni las exigencias biológicas ni nuestra presunta sobrecarga emocional nos incapacitan para destacar en el masculino campo de la Economía, el ejemplo de Islandia nos ofrece a las mujeres una excitante posibilidad alternativa: ¿Y si en lugar de adaptarnos nosotras a un modelo concebido por los Stallone y los Van Damme de las finanzas, nos dedicamos a promover una “revolución pacífica estrogénica” para lograr un mundo verdaderamente sostenible?

Recientemente, un amigo llamó mi atención sobre el artículo Aurora boreal, publicado por John Carlin en El País. Tres años después de la espectacular quiebra de Islandia, el país se está recuperando de forma sorprendente, en un clima de confianza que para sí quisieran otros países europeos. El autor señala como principal motivo de este nuevo "milagro islandés" la radical sustitución de la antigua cúpula política, financiera y empresarial (integrada por hombres casi al 100%) por mujeres que no tienen ningún complejo a la hora de decidir según valores tradicionalmente considerados "femeninos". 

Algunos pasajes del artículo resultan especialmente rotundos: “En un país arruinado por la excesiva testosterona de sus banqueros (…) la palabra clave, hoy, es sostenibilidad, y todos los partidos la repiten en sus declaraciones públicas. Y la sostenibilidad, en opinión de la ministra Jakobsdottir (de Educación, Ciencia y Cultura), es un concepto más femenino que masculino. Ella lo explica así: Mucha gente achacó los excesos de los banqueros que nos causaron tantos problemas a una cultura masculina. En 2009, todo el mundo decía que necesitábamos menos pensamiento de chulería masculina y más mujeres con ideas pragmáticas y estratégicas”.

La corrección política dificulta en ocasiones la natural aceptación de las diferencias entre hombres y mujeres. Cuando en el grupo de LinkedIn “Gestión de las finanzas personales” se planteó el debate sobre quiénes manejaban mejor el dinero, varias opiniones apuntaron que “no es una cuestión de género, sino de actitudes y habilidades personales”. Sin embargo, asumiendo las limitaciones inherentes a cualquier generalización, y sin menospreciar la influencia de los factores educativos y culturales, lo cierto es que sí es cuestión de género. La psicóloga chilena Pilar Sordo, en la presentación de su libro “Viva la diferencia”, señala con mucho humor que las mujeres estamos, física y emocionalmente, más predispuestas a retener y conservar, mientras que los hombres son maestros en el arte de soltar y seguir adelante. Como siempre, la virtud está en el punto medio, pero no es difícil imaginar cómo afectan estas características (identificables en numerosas situaciones cotidianas) a la manera en que hombres y mujeres toman sus decisiones económicas y financieras. 

En realidad, parece que la valía de las mujeres como gurús financieros es universalmente aceptada desde hace tiempo… siempre que no se nos ocurra salirnos del ámbito del hogar o, como mucho, de los emprendimientos de subsistencia. Sin necesidad de sesudos estudios universitarios, basta con mirar a nuestro alrededor para comprobar que, en general, son las mujeres las que manejan la economía familiar, con notable éxito en la administración de los recursos escasos (los que nos dedicamos a la educación financiera abogamos por la responsabilidad conjunta de todos los miembros de la familia, pero ese es otro tema). Según el premio Nobel Muhammad Yunus, “El impacto de los microcréditos en las mujeres es mucho más grande que si estos los recibieran los hombres, ya que son ellas las que cuidan de los niños. Actualmente, en muchas familias la mujer es la que más contribuye al bienestar familiar. Son prudentes y conservadoras en cuestiones de dinero y tienen una mayor visión a largo plazo”.

Qué bien. Somos prácticas y sensatas, estamos comprometidas con el bienestar de los demás y  tenemos visión estratégica. Entonces, ¿cómo es posible que no estemos ocupando aún los ministerios de Economía y Finanzas del mundo entero? Parece que nos ocurre lo mismo que con la cocina: no tenemos rival friendo toneladas de patatas y alimentando hordas de adolescentes, pero casi todos los grandes chefs del mundo, los que se hacen multimillonarios con platitos de diseño, son hombres. Ay, compañeras, qué poco nos valoramos.

Claro que, de vez en cuando, alguna mujer sobreadaptada alcanza los grandes centros decisorios, casi siempre a costa de muchos sacrificios personales. No es casualidad que a Margaret Thatcher la llamaran con admiración la Dama de Hierro, como si mantener las propias posiciones contra viento y marea fuera el súmmum de la grandeza.

Volviendo al planteamiento inicial, pensemos en cómo sería el mundo financiero si le aportáramos nuestros atributos y valores femeninos, en lugar de “comprar” los que nos han venido dados desde hace décadas (y que no parecen estar dando muy buenos resultados, por decirlo de forma suave y femenina).

En el artículo de la revista Forbes Lo que las mujeres pueden enseñarnos sobre el dinero se identifican algunas diferencias significativas sobre la manera en que adoptamos las decisiones de inversión: 1) Los hombres están más convencidos de su propia competencia y deciden por sí solos, mientras que las mujeres se sienten más inclinadas a valorar diferentes fuentes de información y puntos de vista; 2) Las mujeres son más pacientes, se enfocan en el largo plazo y piensan más antes de realizar una operación, frente a la mayor rotación en las carteras de los hombres; esta “agilidad inversora” de los varones no sólo no garantiza mayores rendimientos, sino que a menudo implica peores resultados debido al impacto de los gastos operativos. 3) Los hombres muestran un mayor optimismo sobre la evolución de sus inversiones; las mujeres son más realistas a la hora de afrontar los hechos.

Desde luego, el mensaje no es que unas cualidades sean mejores que otras, sino que todas ellas son necesarias para lograr resultados óptimos, y que según las circunstancias del momento será más conveniente dar rienda suelta a la testosterona o diluirla con estrógenos. 

Volvemos a Islandia para cerrar este artículo, con la magnífica conferencia de Halla Tomasdottir, co-fundadora de la firma de servicios financieros Audur Capital. Es breve, entretenida y muy reveladora. Cuenta cómo su empresa, creada antes de la crisis islandesa, fue capaz de capear el temporal sin pérdidas de capital. En síntesis, señala cuatro aspectos que identifican un estilo femenino de hacer finanzas, y que resultan imprescindibles para superar algunos fallos del dogma financiero tradicional:
  1. Conciencia del riesgo. Esto no significa evitarlo de forma radical, sino reconocer su existencia y no invertir en nada que no resulte transparente y comprensible.
  2. Hablar claro. Ninguna situación debe ocultarse ni disfrazarse tras la jerga; los clientes tienen derecho a conocer todas las circunstancias y a que les sean explicadas en un lenguaje sencillo.
  3. Creer en el capital emocional. Las finanzas no son una cuestión de números: son las personas las que ganan y pierden dinero.
  4. Beneficios con principios. Las ganancias son un concepto amplio que debe valorarse a largo plazo, incluyendo beneficios sociales y ambientales.




Por suerte para el mundo, somos muchas las mujeres dispuestas a compartir nuestra predisposición genética a la sostenibilidad, con el fin de superar los actuales desafíos económicos. Ya sólo nos queda inspirarnos en las mujeres islandesas para defender sin complejos nuestra empática, emocional y práctica manera de afrontar la vida y las finanzas.


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martes, 28 de febrero de 2012

Aprender economía, ¿en casa o en la escuela?


El debate "en la familia o en la escuela" suele aparecer cada vez que la atención social se enfoca en temas que implican elecciones personales: religión, sexualidad, civismo… Las creencias y valores asociados a estas cuestiones, ¿deben transmitirse a los jóvenes por la vía institucional, por la familiar o por ambas? Parece improbable que pueda plantearse sobre algo tan práctico, útil, necesario y terrenal como la economía. Sin embargo, la controversia sobre la inclusión de temas económico-financieros en los contenidos escolares crece a medida que surgen nuevas propuestas, cada vez más ambiciosas, en esta dirección. Tal vez el problema sea la indefinición sobre la educación financiera que queremos llevar a la escuela y cómo hacerlo de manera eficaz.

El artículo que publicó recientemente El Confidencial, sobre las reacciones a la propuesta británica de incluir contenidos financieros en la educación primaria, nos proporciona un gran número de consideraciones interesantes. De entrada, el título del reportaje: “Los niños británicos de cinco años aprenderán a calcular intereses”. ¡Guau! ¡Qué precocidad! No es de extrañar el comentario que dejó una amiga en nuestro portal de Facebook: “Pues mejor que sigan siendo niños durante un ratito más, que cuando aprendemos a calcular intereses ya es para toda la vida y por obligación, ¿no?”.

Al margen de lo significativa que resulta esta opinión (volveremos más tarde sobre ella), reconozco que incluso a mí me produce cierto repelús la idea de los tiernos infantes tratando de calcular intereses con sus pequeños ábacos de colorines. Sin embargo, quisiera tranquilizar a nuestra amiga: se trata de una legítima licencia periodística para llamar la atención; probablemente nadie leería un artículo titulado “Nueva propuesta británica para enseñar economía en Primaria”.

Admito que me sorprendieron las opiniones vertidas por el representante de una importante asociación de padres, que considera que Primaria no es el lugar idóneo para impartir este tipo de contenidos, y que tales propuestas “responden a intenciones adoctrinadoras, por parte de instituciones públicas y privadas que no tienen nada que ver con el mundo de la educación… (…) Ya hay asignaturas de economía en Secundaria”. Lo cierto es que no consigo captar por qué concienciar a los jóvenes sobre el elevado coste de endeudarse a través de una tarjeta de crédito (lo que, desde un punto de vista estrictamente racional, debería disuadir de su uso indiscriminado) puede constituir adoctrinamiento. Recordemos que la educación primaria suele ir desde los 5 hasta los 12 años, y que sería un gran avance que los estudiantes de esta edad fueran capaces de apreciar la utilidad práctica de las matemáticas para afrontar situaciones cotidianas; las demandas del entorno económico a las que se enfrentan tienen poco que ver con las que vivimos las generaciones anteriores. Volviendo al planteamiento inicial, parece que el verdadero debate se centra en las siguientes cuestiones:

1)      ¿Qué educación financiera queremos llevar a la escuela?
2)      ¿Es eficaz centrar los esfuerzos en la población escolar?

¿Qué educación financiera queremos llevar a la escuela? En ausencia de estrategias nacionales debidamente coordinadas, cada entidad, gobierno o grupo impulsor suele orientar los contenidos según sus propias motivaciones y prioridades: fomento del espíritu emprendedor, matemáticas financieras, conceptos generales de macro y microeconomía… Y ya no digamos si hay bancos centrales implicados: entonces también encontramos excelentes materiales para familiarizar a los jóvenes con el control de la política monetaria nacional y la estabilidad de precios. Qué bien. Lástima que estas futuras autoridades monetarias de quince años no sean capaces de controlar el consumo de su teléfono móvil ni de comparar las tarifas de las distintas operadoras.

Tenemos que asumir que no todas las cuestiones económicas y financieras son igualmente relevantes ni necesarias. El peligro de un enfoque demasiado técnico reside en transmitir a los jóvenes la errónea impresión de que la economía es un campo de conocimiento de interés opcional, como las ciencias naturales o el latín, de modo que si no piensan ser economistas, científicos o lingüistas, no necesitan prestar a estas materias más atención de la imprescindible para superar los exámenes. De hecho, en muchos países las asignaturas de economía son “optativas” y desarrollan conceptos de cierta complejidad.

Por eso es importante distinguir entre la economía que se enseña a los futuros profesionales de la disciplina, en sus distintos campos de aplicación (que puede perfectamente ser optativa), y la que necesitamos todos los ciudadanos, sin excepción, con independencia del área de desempeño profesional a que nos dediquemos. Esta última, la economía “con minúsculas”, es la que debe tener carácter obligatorio (aunque no necesariamente dentro del curriculum formal) y, sin lugar a dudas, puede y debe empezar a transmitirse desde los primeros años de escolarización.

Cuando nos lamentamos de que los efectos de la crisis se están viendo agravados por la falta de cultura financiera de la población, no nos referimos al desconocimiento de los mecanismos de estabilización de la balanza de pagos: estamos hablando de personas que gastan más de lo que ganan, que han perdido el control de su presupuesto hasta el punto de caer en situaciones angustiosas de quiebra familiar y que se sienten inseguras en sus relaciones con los intermediarios financieros. Un artículo reciente, en la que se explicaba el avanzado sistema sueco para apoyar a las familias sobreendeudadas, señalaba que el organismo responsable apuesta por la prevención, impartiendo cursos de “Hogar y economía” en colegios e institutos. Sensata y sabia aproximación, basada en una concepción práctica y realista de la economía como herramienta para el manejo responsable del presupuesto personal.
  
¿Es eficaz centrar los esfuerzos en la población escolar? Una de las grandes ventajas de los programas de educación financiera para niños y jóvenes es que los canales para llegar hasta ellos están muy claros: el sistema educativo nos dice dónde y en qué horarios vamos a tener disponible (que no dispuesta) a la mayor parte de nuestra población objetivo. El desafío de llegar a los adultos resulta infinitamente más complejo, puesto que tanto las necesidades formativas como los canales de acceso están mucho más fragmentados: no los tenemos ni dispuestos ni disponibles.

El problema de los programas de educación financiera en la escuela es que… se quedan en la escuela. Dadas las evidentes dificultades para acceder a la población adulta, nos decimos que “los niños son una buena forma de llegar también a los padres”, por lo que esperamos que el efecto beneficioso de la formación se propague de forma natural y gratuita. El niño, los papás y los abuelos por el precio de uno. ¿Realmente esto funciona así? No cabe duda de que los niños determinan en gran medida el destino del gasto familiar (todos los publicistas del mundo lo saben), pero que sean capaces de modificar de manera duradera los hábitos monetarios de sus progenitores, en sentido contrario al de sus propias inclinaciones… es harto cuestionable.

Utilicemos el ejemplo de la educación sobre salud: todos mis amigos fumadores continúan siéndolo, pese a la preocupación manifiesta de sus hijos después de ser aleccionados en la escuela sobre los innegables efectos nocivos del tabaco. “Mamá, te vas a morir si sigues fumando”. Para ser sincera, no es justo decir que estas acciones no influyen en los papás, puesto que en realidad mis amigos sí han modificado sus hábitos: ahora fuman en el balcón y a escondidas, para evitar las molestas profecías de defunción inminente. Como fumadora pasiva y militante anti-humo, me encantaría que funcionara el chantaje emocional de niño a padre. Sin embargo, salvo prueba en contrario, parece que somos los adultos los que tenemos más éxito transmitiendo creencias y hábitos (adecuados o inadecuados) a nuestros descendientes.

Por eso, pese a mi absoluta convicción de que una formación financiera basada en valores y en la responsabilidad personal debe ofrecerse en la escuela desde los primeros años, creo que es un error no realizar esfuerzos de similar calibre entre la población adulta. De poco sirve instruir a los jóvenes sobre los peligros del endeudamiento, si en el entorno familiar asisten con naturalidad a la compra a crédito de todo tipo de accesorios. Estando expuestos a dos tipos de mensajes abiertamente contradictorios, ¿cuál esperamos que tenga más efecto en sus comportamientos?

Este vídeo, de una serie de excelentes materiales de la Fundación Itaú para Educar Chile, plantea de forma muy inteligente cómo el comportamiento económico de los adultos afecta y condiciona a los hijos. Aunque está concebido como material para la escuela, ¿no sería también conveniente ponerlo al alcance de los mayores?  


Ya hemos mencionado las dificultades “logísticas” de diseñar programas eficaces para la población adulta, a las que hay que añadir el reto de desmontar creencias negativas, muy arraigadas, sobre el dinero. Retomemos aquí el comentario de nuestra amiga de Facebook: “Dejemos que sigan siendo niños, ya les tocará calcular intereses para toda la vida y por obligación”: la gestión de la economía personal, claramente percibida como una carga fatigosa y no deseada. Otra persona me comentó en una ocasión que le provocaban gran rechazo las fotos de niños sonrientes con billetes en las manos, lo que nos aporta una muestra evidente de la consideración del dinero como algo “sucio”, poco adecuado para la inocencia infantil.

Para que los adultos seamos un apoyo y no un obstáculo a la educación financiera que los jóvenes puedan recibir en la escuela, es necesario que comprendamos que la sencilla habilidad de calcular intereses no sólo sirve para amargarnos recordando cuánto tenemos que pagar de hipoteca, sino también para tomar decisiones inteligentes sobre la oportunidad de contratar determinados productos de ahorro o inversión (la maravilla del interés compuesto, ¡ese gran desconocido!). Y, por encima de todo, necesitamos desterrar la idea de la maldad intrínseca del dinero; es un recurso más, completamente neutro, y la actitud con que se maneje puede marcar la diferencia entre una vida próspera o la mera supervivencia. Si la educación financiera de los adultos no se aborda con el mismo entusiasmo que se dedica a los jóvenes, gran parte de los esfuerzos habrán sido en vano.

El aprendizaje financiero, en la escuela y en casa.