martes, 28 de febrero de 2012

Aprender economía, ¿en casa o en la escuela?


El debate "en la familia o en la escuela" suele aparecer cada vez que la atención social se enfoca en temas que implican elecciones personales: religión, sexualidad, civismo… Las creencias y valores asociados a estas cuestiones, ¿deben transmitirse a los jóvenes por la vía institucional, por la familiar o por ambas? Parece improbable que pueda plantearse sobre algo tan práctico, útil, necesario y terrenal como la economía. Sin embargo, la controversia sobre la inclusión de temas económico-financieros en los contenidos escolares crece a medida que surgen nuevas propuestas, cada vez más ambiciosas, en esta dirección. Tal vez el problema sea la indefinición sobre la educación financiera que queremos llevar a la escuela y cómo hacerlo de manera eficaz.

El artículo que publicó recientemente El Confidencial, sobre las reacciones a la propuesta británica de incluir contenidos financieros en la educación primaria, nos proporciona un gran número de consideraciones interesantes. De entrada, el título del reportaje: “Los niños británicos de cinco años aprenderán a calcular intereses”. ¡Guau! ¡Qué precocidad! No es de extrañar el comentario que dejó una amiga en nuestro portal de Facebook: “Pues mejor que sigan siendo niños durante un ratito más, que cuando aprendemos a calcular intereses ya es para toda la vida y por obligación, ¿no?”.

Al margen de lo significativa que resulta esta opinión (volveremos más tarde sobre ella), reconozco que incluso a mí me produce cierto repelús la idea de los tiernos infantes tratando de calcular intereses con sus pequeños ábacos de colorines. Sin embargo, quisiera tranquilizar a nuestra amiga: se trata de una legítima licencia periodística para llamar la atención; probablemente nadie leería un artículo titulado “Nueva propuesta británica para enseñar economía en Primaria”.

Admito que me sorprendieron las opiniones vertidas por el representante de una importante asociación de padres, que considera que Primaria no es el lugar idóneo para impartir este tipo de contenidos, y que tales propuestas “responden a intenciones adoctrinadoras, por parte de instituciones públicas y privadas que no tienen nada que ver con el mundo de la educación… (…) Ya hay asignaturas de economía en Secundaria”. Lo cierto es que no consigo captar por qué concienciar a los jóvenes sobre el elevado coste de endeudarse a través de una tarjeta de crédito (lo que, desde un punto de vista estrictamente racional, debería disuadir de su uso indiscriminado) puede constituir adoctrinamiento. Recordemos que la educación primaria suele ir desde los 5 hasta los 12 años, y que sería un gran avance que los estudiantes de esta edad fueran capaces de apreciar la utilidad práctica de las matemáticas para afrontar situaciones cotidianas; las demandas del entorno económico a las que se enfrentan tienen poco que ver con las que vivimos las generaciones anteriores. Volviendo al planteamiento inicial, parece que el verdadero debate se centra en las siguientes cuestiones:

1)      ¿Qué educación financiera queremos llevar a la escuela?
2)      ¿Es eficaz centrar los esfuerzos en la población escolar?

¿Qué educación financiera queremos llevar a la escuela? En ausencia de estrategias nacionales debidamente coordinadas, cada entidad, gobierno o grupo impulsor suele orientar los contenidos según sus propias motivaciones y prioridades: fomento del espíritu emprendedor, matemáticas financieras, conceptos generales de macro y microeconomía… Y ya no digamos si hay bancos centrales implicados: entonces también encontramos excelentes materiales para familiarizar a los jóvenes con el control de la política monetaria nacional y la estabilidad de precios. Qué bien. Lástima que estas futuras autoridades monetarias de quince años no sean capaces de controlar el consumo de su teléfono móvil ni de comparar las tarifas de las distintas operadoras.

Tenemos que asumir que no todas las cuestiones económicas y financieras son igualmente relevantes ni necesarias. El peligro de un enfoque demasiado técnico reside en transmitir a los jóvenes la errónea impresión de que la economía es un campo de conocimiento de interés opcional, como las ciencias naturales o el latín, de modo que si no piensan ser economistas, científicos o lingüistas, no necesitan prestar a estas materias más atención de la imprescindible para superar los exámenes. De hecho, en muchos países las asignaturas de economía son “optativas” y desarrollan conceptos de cierta complejidad.

Por eso es importante distinguir entre la economía que se enseña a los futuros profesionales de la disciplina, en sus distintos campos de aplicación (que puede perfectamente ser optativa), y la que necesitamos todos los ciudadanos, sin excepción, con independencia del área de desempeño profesional a que nos dediquemos. Esta última, la economía “con minúsculas”, es la que debe tener carácter obligatorio (aunque no necesariamente dentro del curriculum formal) y, sin lugar a dudas, puede y debe empezar a transmitirse desde los primeros años de escolarización.

Cuando nos lamentamos de que los efectos de la crisis se están viendo agravados por la falta de cultura financiera de la población, no nos referimos al desconocimiento de los mecanismos de estabilización de la balanza de pagos: estamos hablando de personas que gastan más de lo que ganan, que han perdido el control de su presupuesto hasta el punto de caer en situaciones angustiosas de quiebra familiar y que se sienten inseguras en sus relaciones con los intermediarios financieros. Un artículo reciente, en la que se explicaba el avanzado sistema sueco para apoyar a las familias sobreendeudadas, señalaba que el organismo responsable apuesta por la prevención, impartiendo cursos de “Hogar y economía” en colegios e institutos. Sensata y sabia aproximación, basada en una concepción práctica y realista de la economía como herramienta para el manejo responsable del presupuesto personal.
  
¿Es eficaz centrar los esfuerzos en la población escolar? Una de las grandes ventajas de los programas de educación financiera para niños y jóvenes es que los canales para llegar hasta ellos están muy claros: el sistema educativo nos dice dónde y en qué horarios vamos a tener disponible (que no dispuesta) a la mayor parte de nuestra población objetivo. El desafío de llegar a los adultos resulta infinitamente más complejo, puesto que tanto las necesidades formativas como los canales de acceso están mucho más fragmentados: no los tenemos ni dispuestos ni disponibles.

El problema de los programas de educación financiera en la escuela es que… se quedan en la escuela. Dadas las evidentes dificultades para acceder a la población adulta, nos decimos que “los niños son una buena forma de llegar también a los padres”, por lo que esperamos que el efecto beneficioso de la formación se propague de forma natural y gratuita. El niño, los papás y los abuelos por el precio de uno. ¿Realmente esto funciona así? No cabe duda de que los niños determinan en gran medida el destino del gasto familiar (todos los publicistas del mundo lo saben), pero que sean capaces de modificar de manera duradera los hábitos monetarios de sus progenitores, en sentido contrario al de sus propias inclinaciones… es harto cuestionable.

Utilicemos el ejemplo de la educación sobre salud: todos mis amigos fumadores continúan siéndolo, pese a la preocupación manifiesta de sus hijos después de ser aleccionados en la escuela sobre los innegables efectos nocivos del tabaco. “Mamá, te vas a morir si sigues fumando”. Para ser sincera, no es justo decir que estas acciones no influyen en los papás, puesto que en realidad mis amigos sí han modificado sus hábitos: ahora fuman en el balcón y a escondidas, para evitar las molestas profecías de defunción inminente. Como fumadora pasiva y militante anti-humo, me encantaría que funcionara el chantaje emocional de niño a padre. Sin embargo, salvo prueba en contrario, parece que somos los adultos los que tenemos más éxito transmitiendo creencias y hábitos (adecuados o inadecuados) a nuestros descendientes.

Por eso, pese a mi absoluta convicción de que una formación financiera basada en valores y en la responsabilidad personal debe ofrecerse en la escuela desde los primeros años, creo que es un error no realizar esfuerzos de similar calibre entre la población adulta. De poco sirve instruir a los jóvenes sobre los peligros del endeudamiento, si en el entorno familiar asisten con naturalidad a la compra a crédito de todo tipo de accesorios. Estando expuestos a dos tipos de mensajes abiertamente contradictorios, ¿cuál esperamos que tenga más efecto en sus comportamientos?

Este vídeo, de una serie de excelentes materiales de la Fundación Itaú para Educar Chile, plantea de forma muy inteligente cómo el comportamiento económico de los adultos afecta y condiciona a los hijos. Aunque está concebido como material para la escuela, ¿no sería también conveniente ponerlo al alcance de los mayores?  


Ya hemos mencionado las dificultades “logísticas” de diseñar programas eficaces para la población adulta, a las que hay que añadir el reto de desmontar creencias negativas, muy arraigadas, sobre el dinero. Retomemos aquí el comentario de nuestra amiga de Facebook: “Dejemos que sigan siendo niños, ya les tocará calcular intereses para toda la vida y por obligación”: la gestión de la economía personal, claramente percibida como una carga fatigosa y no deseada. Otra persona me comentó en una ocasión que le provocaban gran rechazo las fotos de niños sonrientes con billetes en las manos, lo que nos aporta una muestra evidente de la consideración del dinero como algo “sucio”, poco adecuado para la inocencia infantil.

Para que los adultos seamos un apoyo y no un obstáculo a la educación financiera que los jóvenes puedan recibir en la escuela, es necesario que comprendamos que la sencilla habilidad de calcular intereses no sólo sirve para amargarnos recordando cuánto tenemos que pagar de hipoteca, sino también para tomar decisiones inteligentes sobre la oportunidad de contratar determinados productos de ahorro o inversión (la maravilla del interés compuesto, ¡ese gran desconocido!). Y, por encima de todo, necesitamos desterrar la idea de la maldad intrínseca del dinero; es un recurso más, completamente neutro, y la actitud con que se maneje puede marcar la diferencia entre una vida próspera o la mera supervivencia. Si la educación financiera de los adultos no se aborda con el mismo entusiasmo que se dedica a los jóvenes, gran parte de los esfuerzos habrán sido en vano.

El aprendizaje financiero, en la escuela y en casa.

miércoles, 15 de febrero de 2012

La elegancia de las finanzas y la vulgaridad del dinero


El manejo productivo del dinero no es una sorprendente habilidad reservada a ciertas mentes preclaras, no requiere años de estudios superiores ni exige la utilización fluida de palabras en inglés. En este blog ya hemos comentado alguna vez que los únicos ingredientes imprescindibles para unas finanzas personales sanas son el sentido común y la responsabilidad individual, que son gratis y están al alcance de todos (bueno, de casi todos).

Por desgracia, este enfoque tan simple tiene pocas esperanzas de prosperar mientras mantengamos ciertas creencias y sensaciones estrechamente asociadas al término “finanzas”. Tampoco ayuda que “educación financiera” resulte una denominación genérica y vaga donde las haya… y no muy seductora, todo sea dicho.  ¿A quién le puede apetecer dedicar su tiempo libre a “adquirir educación financiera”? Los anglosajones, que valoran el arte de la comunicación y se muestran mucho más perceptivos sobre las implicaciones emocionales del lenguaje, suelen poner a sus programas e iniciativas de educación financiera nombres tan inequívocos como “el dinero inteligente”, “tu dinero importa” y expresiones similares; he oído a muchas personas decir que no les interesan las finanzas, pero aún no conozco a nadie a quien no le preocupe el dinero.

Sin embargo, en gran parte del mundo de habla hispana, con las mejores intenciones pero no muy conectados con la realidad, insistimos con “educación financiera”, “finanzas para todos” y, la que en mi opinión encabeza el ranking de denominaciones desafortunadas, “alfabetización financiera”. Este término, usado institucionalmente en algunos países de Latinoamérica, es una traducción fiel del “financial literacy”. La diferencia es que en los países anglosajones distinguen con claridad entre la terminología que se utiliza en ámbitos profesionales, institucionales o académicos, y la que realmente puede conmover y captar la atención del público desde un portal de Internet.

Aceptémoslo: las “finanzas” no tienen gancho comercial y la “alfabetización” aún menos, especialmente si nos dirigimos a la población adulta: “Damas y caballeros, dado su escandaloso nivel de analfabetismo financiero, ponemos a su disposición unos magníficos programas de alfabetización”. Imagino las avalanchas de personas pidiendo ser financieramente alfabetizadas. La verdad, yo no soy capaz de cambiar la rueda del coche, pero me dolería un poco ser tachada de analfabeta mecánica.

Con independencia de las palabras que usemos, a todos los que nos dedicamos a divulgar y promover la cultura financiera nos guía el mismo propósito: contribuir a que las personas asuman con confianza y naturalidad el control de su economía. Sin embargo, el éxito depende de que consigamos atraer su interés, y el lenguaje es una herramienta que puede jugar a favor o en contra de este objetivo. Así que tenemos dos opciones: o asumimos la hercúlea tarea de convencer a la gente de que las “finanzas” les conciernen, o aterrizamos y nos expresamos como todo el mundo.

Puede que hablar de dinero no sea elegante, ¡pero sin duda es más eficaz!


votar

lunes, 30 de enero de 2012

La lucha perdida contra el endeudamiento familiar


Cuando la economía va viento en popa, el exceso de deudas se percibe como una pequeña piedra en el zapato, molesta pero llevadera. Entonces llega alguna crisis y la piedrecita se transforma en un pedrusco inmanejable que lastra el futuro de personas y familias. ¿Hay alguna forma de vencer esa inercia social que fomenta el endeudamiento sistemático? Para responder, necesitamos saber quiénes son los contendientes en tan desigual pelea.

En una esquina del ring, con poquísimos kilos de presupuesto y cierta tendencia a la dispersión, tenemos las iniciativas de educación financiera que claman por el sentido común y  un “endeudamiento inteligente”. En la esquina opuesta, con el peso equivalente a tres luchadores de sumo, tenemos todo el entramado empresarial, financiero e institucional que, bajo el lema “más consumo = más crecimiento”, incita al endeudamiento de todas las formas posibles, ya sean inteligentes o absurdas.

¡Empieza el combate! La educación financiera se pone en movimiento: cualquier curso, portal de Internet o manual de economía personal que se precie dedica algún espacio a la importancia de manejar las deudas de forma responsable. Esta presunta sagacidad deudora suele demostrarse según tres criterios: 1) No superar un determinado nivel de endeudamiento en relación con los ingresos; 2) Que la rentabilidad de las inversiones realizadas supere el coste del endeudamiento; y 3) Destinar la financiación exclusivamente a cierto tipo de bienes y servicios duraderos, para los que endeudarse no sólo parece inevitable, sino aceptable y hasta conveniente: vivienda, coches, estudios… También conocidos como “deudas buenas”.
  
Oooops! Y con esta aceptación, la educación financiera acaba de perder el primer asalto: en España, la mayoría de la población asume con total naturalidad que no es posible tener una vida que merezca tal nombre sin una casa en propiedad y la correspondiente hipoteca a 35 años (o más). Eso, a pesar de que en otros países la gente vive tranquilamente de alquiler o compra sus viviendas al contado, lo que podría sugerirnos que existen alternativas más allá de la hipoteca eterna. Bien, pues no: mientras los programas de economía personal daban saltitos de un lado a otro del ring, el entramado hizo sus deberes y facilitó el acceso al crédito hipotecario hasta amarrar a todo el que se puso a tiro, como atinadamente parodia el siempre genial Forges. 


En cada país, el entramado ofrece sus particulares variedades antropológicas. Gracias a las series de televisión, todos sabemos que en Estados Unidos la inmensa mayoría de los jóvenes universitarios empieza su vida adulta arrastrando las deudas de sus préstamos de estudios, lo que resulta impensable en otras latitudes con mayores facilidades de acceso a la enseñanza superior. Partiendo de este hecho, casi es posible comprender la espectacular carga que suelen acumular en sus tarjetas de crédito: vivir con deudas es algo tan asumido y cotidiano que se corre el riesgo de terminar perdiendo el sentido de la proporción.

Que es, precisamente, lo que ocurre en muchos casos: de financiar la vivienda o los estudios se pasa a comprar a crédito los muebles, las vacaciones, el cambio de coche, la tele de plasma, el último grito en electrónica o lo que sea. Porque, naturalmente, el entramado también ofrece a diestro y siniestro la posibilidad de comprar en comodísimas cuotas, gracias a las cuales acabamos pagando mucho más de lo que vale el objeto o servicio en cuestión. Cualquier cosa con tal de incentivar el consumo porque, si no compramos, las empresas no venden y no salimos de la crisis, ¿no? Interesante concepto: el consumismo como deber patriótico.

Llegados a este punto, la educación financiera está ya medio noqueada en una esquina, tratando de recuperar el fuelle para lanzar un último ataque con el argumento de la responsabilidad personal. Pufffff. "Sensatez y planificación" frente a "gratificación inmediata y facilidades de pago". ¡Qué gran dilema para el ser humano estándar!

Y entonces la crisis aprieta y empiezan a leerse noticias como “Los universitarios estadounidenses van a ser perseguidos por impago” o “Más de medio millón de familias españolas habrán perdido sus viviendas por ejecuciones hipotecarias entre 2008 y 2015”.

¿La educación financiera? De bruces contra la lona y K.O. 

votar

domingo, 22 de enero de 2012

Horas de trabajo, economía sostenible y responsabilidad social


La disminución del horario laboral es beneficiosa para los individuos, para el planeta y para la economía. Es la tesis central del trabajo de Juliet Schor, profesora de sociología del Boston College y autora de varios best-sellers sobre consumo y economía sostenible.

En su artículo “Menos trabajo, más vida” señala que los individuos con más tiempo libre no solo pueden atender otro tipo de aspiraciones personales y mejorar su calidad de vida sino que, al ganar menos, se acostumbran a gastar menos (y de manera más responsable) con la consiguiente disminución de impactos sobre el medio ambiente. Diversos estudios realizados en países europeos muestran que las familias que dedican más horas al trabajo compensan la escasez de tiempo libre con un mayor gasto en vivienda (casas más grandes con más electrodomésticos), transporte (a mayor jornada laboral, menor uso de transporte público), restaurantes y comida preparada. Es decir, consumen de forma menos saludable para ellos  y menos sostenible para el planeta. Y, por último pero no menos importante, desde una perspectiva macroeconómica la reducción de la jornada laboral constituye una estrategia de apoyo en la lucha contra el desempleo.

Estos planteamientos tienen como objetivo concienciar al público estadounidense, acostumbrado a interminables jornadas laborales. Sin embargo, Europa no presenta un escenario homogéneo. Los datos indican que los trabajadores del sur de Europa (pensemos en España, por ejemplo) trabajan muchas más horas y son menos productivos que los del norte… ¿O no? La trampa está en la expresión “trabajan muchas más horas”. En realidad, lo que sí hacen es pasar mucho más tiempo en los centros de trabajo, en respuesta a una política generalizada de “calentamiento de silla”, a la que todavía son adeptos un gran número de directivos.

Lo cierto es que, a pesar de las arrolladoras evidencias que existen en contra de la racionalidad y eficacia de tal enfoque, muchas empresas siguen valorando de forma positiva la presencia física de los empleados fuera de su horario de trabajo (de manera rutinaria y sin remuneración adicional, por supuesto). Se crean así entornos laborales opresivos, en los que cumplir el horario a rajatabla se considera una muestra de desinterés y falta de compromiso. ¡Adiós a la valoración del rendimiento por objetivos!  

Y lo peor es que esas larguísimas jornadas ni siquiera sirven para cubrir las apariencias. En este vídeo, que ha circulado a lo largo y ancho de Internet, un programa sueco se mofa sin recato de “la gente más trabajadora de Europa”.


Puede que cambiar el estilo y la cultura directiva de todo un país no sea tarea fácil, pero existen soluciones expeditivas para acelerar el proceso. En algunas empresas punteras de Alemania, al finalizar la jornada se apagan las luces de las oficinas. Sin necesidad de grandes estrategias ni de informes de actividad, resulta un ejercicio práctico y útil de responsabilidad social: la empresa ahorra energía y los empleados saben que hay una frontera clara entre sus obligaciones laborales y su vida privada.

Recientemente, Volkswagen anunció que los teléfonos inteligentes de sus empleados quedarán inhabilitados para recibir mensajes fuera de la jornada laboral, ya que considera una intromisión en su espacio personal esperar que estén permanentemente localizables. Cuando lo leí recordé el caso reciente de una colega, a la que su empresa “premió” con una BlackBerry con la condición de que estuviera disponible las veinticuatro horas del día. Lo peor del caso es que ella lo percibía como algo natural, dado su nivel intermedio de responsabilidad… En el fondo, sospecho que estaba bastante orgullosa de tal imposición.

Parece que entre España y Alemania aún hay demasiados kilómetros de distancia.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Cumbre mágica en Laponia (cuento de Navidad)


Hace algunas semanas, Santa Claus convocó una reunión de emergencia en su sede central de Rovaniemi, Laponia. Pese a su inalterable confianza en la sensatez de los seres humanos, estaba empezando a temer que los niños europeos iban a pasar unas navidades bastante complicadas. 

“¿Y bien?”, preguntó, muy irritado, dirigiéndose al elfo responsable de la distribución de juguetes en Alemania. “¿Se puede saber por qué carámbanos se están retrasando este año los envíos al sur de Europa?

El elfo rubio se encogió de hombros. “No es culpa nuestra, Santa. Los elfos morenitos tienen ya más deudas de las que pueden devolver. No pensamos enviarles más juguetes mientras no estemos seguros de que se comportarán de forma más responsable en el futuro”.

Ninguno de los “elfos morenitos” respondió a tan prepotente comentario, porque estaban demasiado ocupados tratando de calcular si la calderilla que llevaban en los bolsillos sería suficiente para el viaje de vuelta. Como todo el mundo sabe, los renos necesitan una gran cantidad de plantas para alimentarse, y en los últimos tiempos los mercados de líquenes y setas habían experimentado unas vertiginosas subidas de precios. Además de las dificultades para conseguir los juguetes, los elfos del sur se temían que los famélicos renos no estaban en condiciones de transportar demasiado peso.

Santa Claus, viendo el panorama, se puso aún más colorado de lo habitual y comenzó a vociferar: “Me importan un comino las deudas, los mercados y los precios. Nosotros, los seres mágicos, estamos por encima de las pequeñas miserias humanas, y nuestra prioridad es que los niños sean felices”.

“I’m very sorry, sir, but I don’t agree”, intervino el elfo inglés. “Nuestra prioridad debe ser preservar nuestros mágicos privilegios y mantener debidamente las distancias entre ambos mundos”.

Un elfo pequeñito y de aspecto relamido lanzó un bufido de desprecio ante este discurso: “Mon Dieu! Algunos ni se molestan en ocultar lo felices que serían si se disolviera nuestra mágica comunidad”.

En este punto Santa Claus, que parecía estar a punto de sufrir un aneurisma, se puso en pie con aspecto derrotado y anunció: “¡Os felicito! Habéis conseguido algo dificilísimo: acabar con mi paciencia. He oído más estupideces en esta reunión que en todos mis siglos de existencia. No quiero saber nada más de vosotros… ¡Ya encontraré otra forma de conseguir juguetes para todos mis niños!”.

Sin perder un momento, Santa se dirigió a su despacho, se conectó a Skype y tecleó un número que solo utilizaba en casos de extrema gravedad. Un minuto después tenía en pantalla a un tipo risueño con un gran turbante.

“¡Hola, amigo Santa! Qué gran alegría saber de ti. ¿Cómo van las cosas? Pareces agobiado… ¿Demasiado trabajo? Creo que deberías cuidar ese colesterol”.

“Menos guasa, Baltasar”, le interrumpió Santa Claus. “Necesito vuestra ayuda. Mis ayudantes son bobos sin remedio y necesito envíos extra de juguetes a Irlanda, Portugal, España, Italia y… ¡Grecia, por Dios! Muchos juguetes para Grecia…”

“Tranquilo, colega”, se rió Baltasar. “¡Cuenta con nosotros! Hace tiempo que lo estábamos viendo venir. De hecho, ahora mismo Melchor y Gaspar están en China, haciendo un pedido especial  para enviar a todos esos sitios…”

Y este es el motivo por el que muchos pequeños europeos recibirán, el 6 de enero de 2012, lindos juguetes "made in China". 


votar

jueves, 1 de diciembre de 2011

El elevado precio de descuidar la economía personal


El pasado martes tuvimos el placer de participar en un evento sobre “Responsabilidad Social y Cultura”, organizado en Buenos Aires por Impacta Cultura y por el Instituto Formación Técnico Superior nº 12 de la C.A.B.A.

Uno de los objetivos de la jornada era vincular las diferentes acepciones de la cultura con las acciones emprendidas por entidades públicas y privadas para la promoción de una sociedad más equitativa y sostenible. Nuestro enfoque consistió en resaltar las graves consecuencias individuales y sociales de la falta de cultura financiera, así como los efectos de una mala gestión de la economía personal sobre la salud y el bienestar.

En las épocas de bonanza económica, las sociedades occidentales acostumbran a sus ciudadanos a un ritmo creciente de endeudamiento y consumo. El aumento de los ingresos se percibe como una mejora del propio estatus, lo que de forma casi automática conduce a un  inmediato (y superior) aumento de los gastos. Son muy pocos los que se paran a cuestionar si esos logros materiales se ajustan en realidad a sus objetivos personales y profesionales, por lo que la vida se convierte, para la mayoría, en la interminable carrera del hámster en la rueda.

No parece muy envidiable la existencia del hámster, sin llegar a ninguna parte por mucho que se esfuerce. Suena deprimente y lo es. Frustración, depresión, ansiedad, estrés, enfermedades coronarias, malos hábitos alimenticios y falta de ejercicio son consecuencias directas de un estilo de vida en el que las obligaciones adquiridas terminan siendo superiores a las recompensas emocionales. En julio de este año se publicó en el Reino Unido un estudio del Instituto para la Investigación Económica y Social de la Universidad de Essex, titulado “Cultura financiera, ingresos y bienestar psicológico”, en el que se define “cultura financiera” como la habilidad de una persona para gestionar su dinero y controlar sus finanzas. Como conclusión principal, el Dr. Mark Taylor, director del estudio, señala que “mejorar las destrezas para manejar las propias finanzas tendría efectos sustanciales en las enfermedades relacionadas con el estrés y sus consecuencias, y por lo tanto aportaría beneficios duraderos tanto para el individuo como para la economía en su conjunto”.

Una vez establecida esta relación, es fácil suponer que una crisis como la que se está viviendo tiende a empeorar los efectos de la falta de cultura financiera, porque el habitual esfuerzo ya no se ve acompañado de compensaciones más o menos predecibles: los años de crecimiento y bienestar económico en las economías occidentales han disminuido nuestra capacidad para gestionar la incertidumbre. El deterioro de las expectativas ha sorprendido a muchas familias en situaciones graves de sobreendeudamiento, o sin los recursos necesarios para hacer frente a imprevistos como el desempleo o la disminución de ingresos.

Según las estadísticas, en los dos últimos años las consultas a psiquiatras y psicólogos han aumentado en España en torno a un 50%. Julio Bobes, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica, explica que “desde el punto de vista clínico cada vez es más frecuente ver casos relacionados con la situación económica actual. Se trata de un trastorno de carácter adaptativo como consecuencia de haber organizado proyectos en base a  una situación que no se pensaba que se iba a modificar”.

La mayoría de los acontecimientos económicos que nos rodean escapan por completo a nuestro control. Sin embargo, esto no significa que nos encontremos indefensos o que no dispongamos de alternativas. El desafío está en quitar el piloto automático a nuestros comportamientos económicos y llevarlos al terreno de las decisiones conscientes. Reflexionar sobre nuestras pautas cotidianas de ahorro y consumo puede ayudarnos a realizar pequeños ajustes que nos  eviten la “muerte financiera”, tan bien ilustrada por la viñeta publicada en El Nuevo Día, de Colombia. Las buenas noticias son que aún podemos utilizar la crisis como desfibrilador para revivir nuestro “músculo económico”.

votar

martes, 22 de noviembre de 2011

¿Cultura financiera? Qué interesante. ¿Y eso qué es?


Con ligeras variaciones, es la respuesta habitual cuando intentamos explicar por qué nos dedicamos a esto. Es bastante frustrante que si alguien se define como “especialista en SEO” cualquier usuario de Internet lo comprenda de inmediato, mientras que para explicar en qué consiste la cultura financiera tenemos que lanzarnos a una enumeración de ejemplos que, por desgracia, tampoco suelen despertar el entusiasmo del interlocutor. ¡Definitivamente la cultura financiera carece de glamour!

Claro que en los últimos tiempos la palabra "finanzas" tiene muy mala prensa, y probablemente con razón. Este desconocimiento es más peligroso de lo que parece, porque lo que estamos planteando es algo tan imprescindible y cotidiano como saber obtener el máximo partido de nuestros recursos. ¿Suena mejor así? Cultura financiera es tener la actitud y los hábitos correctos para manejar tu economía personal de la forma más favorable posible. Ni más, ni menos.

Para comprobar que no es un objetivo remoto, complejo ni inaccesible, vamos a repasar los elementos que definen a una persona “financieramente culta”:

Sentido común. Los principios básicos de las finanzas personales son: gasta menos de lo que ganas, endéudate de manera inteligente y ten claras tus prioridades. Parece sencillo, ¿no es cierto? Sin embargo, en Estados Unidos y Europa hay muchas familias sobre-endeudadas y en quiebra, tras años de vivir al día y muy por encima de las propias posibilidades.

Lo cual nos permite recordar que la falta de cultura financiera es perfectamente compatible con un elevado nivel formativo o profesional en cualquier otro campo. De hecho, es habitual que personas con buenos ingresos sean incapaces de llegar a fin de mes o asuman deudas que acaban lastrando cualquier tipo de proyecto vital. La inercia consumista es, sin duda, un motor poderoso.

Responsabilidad personal. Los principios y valores que hacen que una persona se preocupe por reciclar su basura son los mismos que le harán adoptar comportamientos de ahorro y consumo responsable. La cultura financiera no se refiere solo al dinero, sino al uso que hacemos de todos los recursos a nuestra disposición, lo que evidentemente tiene implicaciones económicas positivas tanto para los individuos como para la sociedad en su conjunto.

En este sentido, resulta novedosa y meritoria la iniciativa de la empresa Patagonia, especializada en ropa y equipos de montaña: se ha aliado con eBay para sugerirles a sus clientes que no compren sus productos mientras no los necesiten de verdad, además de pedirles que traten de arreglar lo que se rompa en lugar de tirarlo. Sin duda es un cambio de enfoque en nuestros extendidos hábitos de “usar y tirar”, y sirve como ejemplo de que el consumo responsable es bueno para el medio ambiente… y para el presupuesto personal.

No delega las decisiones. Puede que la primera reacción sea “¡Yo no hago eso!”. En realidad, es lo que hacemos la mayoría. Cada vez que vamos al banco y firmamos un papel sin leerlo antes,  estamos confiando en que otra persona sabe mejor que nosotros lo que necesitamos. O cuando contratamos un seguro sin saber el alcance de la cobertura. O cuando guardamos o tiramos sin leer las cartas del banco. Estas “acciones por omisión” significan que, de forma inconsciente, estamos dejando que otros manejen nuestras finanzas.

Hace ya muchos años que el gran escritor y economista español José Luis Sampedro explicaba de manera inmejorable cómo nuestros sistemas educativos fallan a la hora de preparar a los jóvenes para enfrentarse al mundo real: “Es un hecho que el bachiller o el alumno de enseñanza media o preuniversitaria sale de las aulas conociendo, por ejemplo, lo que es la calcopirita, pero sin haber recibido la menor información sobre lo que es un banco. A pesar de que indudablemente (sin la menor intención de menospreciar a la calcopirita) es casi seguro que el flamante bachiller habrá de recurrir a algún banco durante su vida, siendo, en cambio, poco probable que le afecte algo relacionado con la calcopirita”.

Espíritu emprendedor. ¿Un empleo seguro para toda la vida o la disposición a arriesgarse para crear riqueza? La cultura financiera nos permite entender que hay vida más allá de la nómina. Sin embargo, lo ideal es que esta obviedad se asuma desde la juventud, sin que sea necesario que se den circunstancias traumáticas (despidos masivos, tsunamis financieros o similares) para que una persona, de manera desesperada y sin la motivación correcta, se lance a montar un negocio.

En resumen, la verdadera cultura financiera no son fórmulas matemáticas, conceptos complejos ni jerga incomprensible, sino actitudes y comportamientos cotidianos al alcance de todos. Si este artículo ha contribuido de alguna forma a interesarte por estos temas, por favor difúndelo… Sería estupendo que, la próxima vez que nos confesemos fans de la cultura financiera, recibiéramos una nueva respuesta: “¡Ah, sí, me interesa muchísimo!” 

lunes, 7 de noviembre de 2011

¿En qué se parecen la responsabilidad social y la educación financiera?

En que todo el mundo las necesita pero muy pocos las aprovechan. Pese a esta formulación desenfadada, se trata de una realidad que dista mucho de ser divertida: estamos ante dos conceptos que, bien enfocados y apropiadamente difundidos, podrían mejorar de manera notable el bienestar colectivo, tanto por separado como de forma combinada. Sin embargo, en la práctica no siempre se traducen en proyectos eficaces que marquen una diferencia real.

Es posible identificar algunas similitudes que podrían explicar las dificultades para aprovechar las posibilidades transformadoras de las políticas de responsabilidad social y de las iniciativas de educación financiera. Veamos algunas de ellas y cómo se relacionan entre sí:

Se trata de conceptos genéricos que pueden ser interpretados y aplicados de formas muy diversas. Las posibilidades son tan amplias que en ocasiones lo práctico se diluye entre los numerosos debates terminológicos o académicos. Cuando comento que me dedico a la “educación financiera”, invariablemente tengo que incluir una enumeración de ejemplos para aclarar a qué me refiero, y siempre me quedo con la impresión de que no he conseguido transmitir por qué es tan importante (salvo predisposición previa favorable por parte del interlocutor). Con la RSE es aún más complicado: las posibilidades de actuación que ofrece el término “social” son virtualmente infinitas.

En parte como consecuencia de lo anterior, los potenciales (e incuestionables) beneficios no son percibidos de manera intuitiva por quienes deben llevar a la práctica una y otra, lo que obliga a los convencidos y a los profesionales a una inacabable búsqueda de argumentos. ¿Cómo se tienta a los consejos de administración de las empresas para que interioricen la responsabilidad social en todos los niveles de la organización? ¿Cómo se persuade a los individuos de que no pueden abandonar a la inercia las decisiones sobre sus recursos financieros? ¿Por qué resulta tan complicado transmitir a empresas e individuos  que asumir las responsabilidades que les corresponden es esencialmente beneficioso para ellos? ¿Cómo se contrarrestan hábitos y creencias profundamente arraigados, tanto en el tejido corporativo como en los comportamientos individuales?

Estas cuestiones nos llevan a otra de las grandes similitudes: el mal enfoque de la comunicación y la difusión. A los que nos dedicamos a la responsabilidad social y/o a la educación financiera nos cuesta encontrar argumentos eficaces porque la necesidad de ambas nos parece evidente y fruto del sentido común. Más nos vale asumir de una vez por todas que no es así. Si nuestro objetivo es modificar comportamientos (ya sea de empresas o de personas) hay que encontrar el interruptor adecuado para activar los cambios en cada caso.

Cuando nos dirigimos a las personas, los argumentos puramente racionales no bastan: es necesario encontrar esa “tecla emocional” que conmueve y moviliza de forma casi inconsciente. La publicidad nos ofrece innumerables ejemplos. ¿Cómo es posible que algunas compañías que no ofrecen nada especialmente útil ni intrínsecamente positivo tengan tanto éxito en sus ventas? Porque sus comunicaciones apelan a los sentimientos y a las emociones, no a la razón. Esto es algo muy obvio (el ABC del marketing) para las empresas que venden hamburguesas, tabaco o potentes automóviles a los que las normas de tráfico jamás permitirán circular a la velocidad que pueden llegar a alcanzar. Sin embargo, al parecer no es tan evidente para quienes ofrecemos programas de educación financiera: los interminables sermones y ejemplos numéricos sobre la necesidad de controlar ingresos y gastos no van a conseguir nada por sí mismos, mientras no consigamos conectarlos con los deseos, motivaciones y anhelos reales de las personas.

Por el contrario, y con una persistencia digna de mejor causa, nos empeñamos en tratar de convencer a las empresas y a quienes las dirigen, que por puro instinto de supervivencia trabajan para que las cuentas cuadren con beneficios, de que se comporten de forma ética y generosa. Así que mucho me temo que, en general y salvo honrosas excepciones, estamos apretando  de forma sistemática el interruptor equivocado: utilizamos los números para tratar de convencer a las personas y las emociones para intentar persuadir a las empresas. ¿No seríamos más eficaces en nuestra labor si lo hiciéramos al revés? Este es el momento de mencionar que la mayor parte del trabajo ya está hecha: respetados expertos han demostrado con cifras y datos objetivos que el progreso social y la protección del entorno son definitivamente beneficiosos para los resultados empresariales.

Por mi parte, ¡no pienso volver a utilizar un solo número en mis próximas presentaciones sobre cambio y mejora de los hábitos financieros personales!