jueves, 28 de noviembre de 2013

El camino de la inclusión: por qué necesitamos una educación financiera más realista

La inclusión social y financiera ha dejado de ser una preocupación limitada a los países difusamente llamados “en desarrollo”. Con las secuelas de la crisis financiera campando a sus anchas por los agonizantes Estados del bienestar, ha quedado claro que no hay personas ni países que tengan garantizada su plaza en el selecto club de la inclusión. Este ha sido el tema central de la conferencia celebrada este mes en Guayaquil (“La educación y la inclusiónfinanciera, vías para el desarrollo de sociedades más equitativas”), en la que hemos tenido el privilegio de participar.

¿Qué papel juega la educación financiera para apoyar a las personas que sobreviven en las orillas de nuestras implacables sociedades de crédito y consumo? Sin duda, un papel protagonista, como sugieren algunas de las manifestaciones más características de la exclusión social: 

  • La subsistencia precaria está estrechamente asociada a las actividades laborales informales, ya sea trabajando para otros “en negro” o mediante el autoempleo en emprendimientos de escasa viabilidad.
  • Falta de oportunidades para acceder a posibilidades educativas o de negocios, que sólo están al alcance de los que participan “de pleno derecho” en el sistema financiero formal.
  • Dependencia de las ayudas y subsidios sociales. Aunque su necesidad sigue siendo incuestionable, deben concebirse como una herramienta integradora, un puente hacia otra situación en la que tales apoyos acaben resultando innecesarios.

En la práctica, todas estas manifestaciones están interrelacionadas y se potencian mutuamente: tanto los subsidios como la falta de acceso a una educación de calidad contribuyen a desincentivar la formalización laboral, ya que muchas personas prefieren seguir dependiendo de la aparente seguridad de las ayudas sociales en lugar de confiar en las expectativas (poco prometedoras) de sus precarios emprendimientos. La exclusión tiende así a perpetuarse de una generación a otra, configurando de hecho un perverso sistema “de castas”.

En tan complejo contexto, la educación financiera es una herramienta clave… siempre que se cumplan dos condiciones: 1) Que no se le atribuyan más responsabilidades de las que le corresponden y 2) Que se plantee de manera más humana, realista y eficaz.

1.      La educación financiera no es la panacea universal

Con esta afirmación no trato de restar importancia a la cuestión, sino todo lo contrario: definir el verdadero alcance de una buena cultura financiera puede ayudarnos a evitar muchas frustraciones y un gran despilfarro de recursos.

En general, los fervientes y sinceros defensores de la educación financiera razonan según el siguiente silogismo:

Premisa 1. Las personas tienen muy poca cultura financiera.
Premisa 2. Las personas toman malas decisiones financieras, que les perjudican en el presente y comprometen su futuro.
Conclusión. Si mejoramos la cultura financiera de las personas, tomarán mejores decisiones y mejorarán su calidad de vida.

¿Verdad que suena de lo más razonable? Yo misma utilicé con frecuencia este argumento, por lo que no me gustaría que lo que viene a continuación se entienda como una crítica a quienes lo sostienen. Simplemente, creo que responde a una fase de despiste idealista por la que atravesamos todos los fans de la educación financiera… hasta que nos damos cuenta de que el mundo no funciona así.

La primera premisa es evidente y está comprobada mediante innumerables investigaciones, en países con muy diversos niveles de desarrollo: en Estados Unidos o en El Salvador, las personas carecen de cultura financiera. Punto. Tampoco es discutible la segunda premisa: el endeudamiento sistemático y universal difícilmente puede considerarse un ejemplo de sabiduría decisoria. El problema está en la conclusión. No es válida porque se basa en una tercera premisa, implícita y completamente falsa: que la cultura financiera es el elemento determinante de nuestras decisiones financieras.

Pues no, no es el elemento determinante. ¡Ni siquiera el principal! De hecho, ocupa sólo un pequeño espacio entre otros compañeros que influyen mucho más en nuestras elecciones:

-        Las emociones.
-        Los condicionamientos culturales y las costumbres del grupo.
-        Las creencias derivadas de experiencias previas.
-        La configuración social y económica del entorno: la forma en que se nos presentan las opciones condiciona en gran medida la decisión final, como comentamos en el artículo Por qué somos incapaces de tomar buenas decisiones financieras

Aceptar esto nos aporta pistas relevantes para entender por qué la educación financiera tradicional no ofrece ningún resultado digno de mención, a despecho de las ingentes cantidades de recursos que se están destinando en ciertos casos. ¿Qué necesitamos para lograr un verdadero impacto?

2.      Cómo diseñar una educación financiera más realista

  1. Establecer objetivos razonables, en cuanto al contenido y al plazo.
  2. Completar las acciones tradicionales con intervenciones que faciliten la toma de decisiones financieramente saludables (nudging).
a)      Esos objetivos imposibles. En realidad, el problema habitual no es la irracionalidad de los objetivos, sino su ausencia. O bien son tan genéricos que no merecen tal nombre (“mejorar la cultura financiera de los grupos más vulnerables”) o bien se confunden los objetivos con las actividades (“Desarrollar un portal divulgativo”,  “establecer alianzas estratégicas”…). En gran medida, este fallo de base tiene que ver con la ansiedad por cumplir plazos.

Aunque todos los que nos dedicamos a la educación financiera repetimos con gran convencimiento que “es una apuesta de largo plazo”, en la práctica casi siempre tratamos de forzar la presentación de resultados. Llamamos resultados a casi cualquier cosa. He visto programas que establecen los objetivos en función del número de personas que abrirán una cuenta bancaria en dos años. ¿De verdad eso es un objetivo de educación financiera? ¿Desde cuándo tener una cuenta bancaria demuestra una especial competencia en la gestión de la economía personal? Obviamente, tal definición de objetivos tiene más que ver con las agendas de los promotores que con un verdadero propósito de facilitar el aprendizaje.

Este planteamiento es poco recomendable, pero perfectamente comprensible. Tanto si las iniciativas parten de instituciones públicas como si dependen de presupuestos privados, las personas responsables (por muy genuino que sea su compromiso) suelen tener algún jefe al que rendir cuentas… con un horizonte temporal de corto plazo que resulta incompatible con los cambios de conductas que se pretenden conseguir. En consecuencia, seguimos conformándonos con pseudoobjetivos y sus correspondientes pseudoresultados.

¿Hay alguna manera de acelerar el proceso? ¿Podemos avanzar hacia una mayor cultura financiera de forma que no sólo sirva a las generaciones venideras, sino que tenga resultados inmediatos y beneficiosos para los adultos de hoy? Parece que sí, pero la respuesta exige salir de nuestra zona de confort.

b)      Orientación de las decisionesLa zona de confort está configurada por los dos tipos tradicionales de enfoques de la educación financiera: el teórico/descriptivo y el práctico/experiencial.

El enfoque teórico/descriptivo se refleja en la creación de portales de Internet, folletos divulgativos, charlas y presentaciones, etc. Los contenidos apelan al intelecto y a la razón de las personas: conceptos básicos, características de los productos, recomendaciones sobre las conductas y valores a seguir… Es el más habitual porque resulta bastante fácil de implementar y permite llegar a un número significativo de personas, especialmente cuando se combina con las nuevas tecnologías. Por desgracia, tiene una gran desventaja: no sirve para casi nada. En el mejor de los casos, podremos sensibilizar a los más predispuestos o receptivos, pero muy rara vez se logrará algún cambio en los comportamientos. No se ofrece formación, sino información.

El enfoque práctico/experiencial va un paso más allá: talleres, juegos y dinámicas de simulación de situaciones reales. La práctica de habilidades y destrezas ayuda a poner en contexto la información recibida y facilita su asimilación y aprendizaje. Por motivos que se me escapan, se usa más con los jóvenes que con los adultos (que, en la mayoría de los casos, siguen condenados a sesudas sesiones teóricas). Aunque tiene mucho mayor potencial que el primer enfoque, la adquisición efectiva de estas competencias no se traduce necesariamente en mejores decisiones en la vida real. ¿El motivo? El que señalábamos en el punto 1 de este artículo: la cultura financiera no es el único elemento que determina nuestras decisiones.

Por eso planteamos la necesidad de complementar estos enfoques con lo que hemos llamado orientación de las decisiones. Es lo que en la psicología del comportamiento económico (behavioral economics) se denomina nudging: facilitar la adopción de decisiones más beneficiosas (más ahorro, menos endeudamiento) mediante la utilización de incentivos y el diseño de un entorno adecuado. 

En el próximo artículo veremos con más detalle algunos ejemplos de este enfoque, que ya ha captado la atención de organismos e instituciones con responsabilidades en el diseño de políticas públicas de educación financiera. 

martes, 15 de octubre de 2013

Los contratos bancarios de Groucho Marx

¿Quién puede discutir que la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte? En este artículo vamos a resolver dos grandes enigmas: por qué los bancos siguen utilizando contratos que parecen escritos por un Groucho Marx en estado de ebriedad y, lo que es aún más sorprendente: por qué los clientes los firmamos sin pestañear.

En la inolvidable escena de Una noche en la ópera que se incluye más adelante, Groucho y Chico Marx discuten un contrato que el primero se saca de la manga. Después de un desopilante intercambio de pareceres sobre las cláusulas del larguísimo documento, llegan a un acuerdo verbal para entera satisfacción del primero, mientras Chico no tiene ni la menor idea de a qué acaba de comprometerse. Cualquier parecido con la realidad… no es pura coincidencia. Si dispusiéramos de los datos estadísticos, sin duda serían impactantes: “En el tiempo que lleva leer este artículo, esta escena se está repitiendo en XX mil bancos del planeta”. Lo que es aún peor, la mayoría de nosotros hemos representado más de una vez el papel de Chico.

Por qué los bancos aman a Groucho Marx. Juguemos a imaginar un mundo en el que los contratos bancarios fueran comprensibles y legibles. Podrían suceder varias cosas, todas ellas espeluznantes desde el punto de vista de la presunta solvencia y la estabilidad del sistema financiero:

-        Un 70% de los clientes podrían plantearse leer el contrato antes de firmarlo (frente al 0% actual).
-        Un 55% de los clientes podrían efectivamente leer el contrato (frente al 0% actual).
-        Un 45% de los clientes podrían pedir aclaraciones sobre algunos puntos (frente al 0% actual).
-        Un 30% de los clientes podrían pedir más tiempo para reflexionar sobre la conveniencia de firmar el contrato (frente al 0% actual).
-        Un 15% de los clientes podrían decidir NO firmar el contrato (frente al 100% que actualmente firman sin preguntar ni vacilar).

¡Qué espanto! Un 15% de los clientes amotinándose… y eso sin contar el tiempo perdido en responder a las preguntas de ese molesto 45% que consideraría necesario pedir aclaraciones. Aunque… ¿quién sabe? A lo mejor esos contratos claros y legibles ayudarían a ganar la confianza de los consumidores y los bancos verían aumentar su volumen de negocio.

Volviendo a la realidad, algunos bancos centrales ya están estableciendo tamaños mínimos para las fuentes de letra de los contratos bancarios. Sin duda es un avance y, lo más importante, indica que los supervisores son conscientes del problema. Sin embargo, está lejos de ser suficiente. No sólo es necesario que el cliente pueda leer los contratos: es necesario que pueda entenderlos, sin necesidad de tener un primo licenciado en Económicas ni de pedir aclaraciones al mismo empleado bancario cuya prioridad es hacerle firmar.

Un gran obstáculo para superar el grouchomarxismo bancario es que los supervisores no siempre tienen la sensibilidad necesaria para valorar qué es o no comprensible para el consumidor medio. Lo que parece clarísimo y evidente para un profesional de las finanzas no tiene por qué serlo para un farmacéutico. Existen productos de inversión complejos cuyas advertencias de riesgo, explícitas y destacadas en la primera página del contrato, han sido bendecidas por el supervisor pero no significan nada para el pobre cliente, en especial si este tiene enfrente a una persona (el empleado bancario) que insiste en que el producto es tan recomendable que él mismo no vacilaría en recomendárselo a su propio padre.

Por qué los clientes somos como Chico Marx. Ver el comportamiento de Chico en esta impagable escena sirve de espejo para comprender nuestras auto-destructivas tendencias a la hora de asumir compromisos financieros:

En un primer momento, Chico no parece fiarse mucho de su interlocutor y se muestra saludablemente suspicaz, mientras contempla el contrato como si fuera radiactivo. Rápidamente delega en Groucho el honor de leer las cláusulas en voz alta. Puesto que al final de la escena confiesa que no sabe escribir, cabe concluir que tampoco sabe leer.
La gran mayoría de los clientes bancarios tienen el mismo problema que Chico: no saben “leer contratos”, y aún menos interpretar sus repercusiones. La falta de cultura financiera no ayuda, pero tampoco es la única responsable de esta situación: hace falta mucho más que una educación financiera básica para entender la acumulación de jerga jurídica y económica que satura los documentos. La solución más sencilla, realista e inmediata no es que los clientes aprendan finanzas avanzadas, sino redactar los contratos financieros en “lenguaje humano estándar”. 
El pobre Chico no parece tener muy claro eso de “la parte contratante de la primera parte”, pero después de un par de lecturas “parece que ya le suena mejor”. “Claro, hombre, a todo se acostumbra uno”, le responde Groucho tranquilamente.
Ahí tenemos otro de los elementos del problema: con una especie de fatalidad cósmica, nos hemos acostumbrado a no entender los contratos bancarios, como si la opacidad fuera una característica intrínseca de los mismos. Al final, la jerga financiera hasta nos suena bien, aunque no comprendamos nada… o tal vez precisamente por eso. 
La escena continúa y Groucho, en el mejor estilo vendedor de humo,  se muestra dispuesto a eliminar todo aquello que pueda resultar discutible… hasta que el medio metro inicial de cada contrato queda reducido a sendos trocitos de papel. “¿Por qué su contrato es más grande que el mío?”, pregunta Chico mientras compara su pedacito con el que sostiene su compañero. “Porque usted es más chico que yo”, contesta el imperturbable Groucho.
Muy cierto. Incluso las personas con mayor nivel formativo se sienten “pequeñas” cuando se trata de finanzas. ¿Cómo vamos a discutirle al banco algo que no entendemos? Si queremos una sociedad sanamente bancarizada es urgente desmitificar las finanzas y superar décadas de temor reverencial a los bancos. Como primer paso, estaría bien disponer de unos contratos que los clientes se sientan capaces de entender y debatir.
El final de la escena nos muestra la clásica rendición incondicional del cliente bancario. Pese a su loable resistencia durante toda la conversación, Chico termina sucumbiendo a la desbordante verborrea de Groucho, que decide terminar con sus objeciones de una vez por todas:
G - Bueno, de todas formas estamos de acuerdo, ¿verdad?
C - Sí, eso sí.
G - Entonces ponga su firma ahí y el contrato será legal.
C - Me olvidé de decirle que no sé escribir.
G - Es igual, la estilográfica no tiene tinta. Pero el contrato está hecho, ¿no es eso?
C - ¡Ah, sí, claro!
A todos los lectores que están sonriendo en este momento... ¿Verdad que tiene menos gracia cuando pensamos que conversaciones parecidas nos llevan continuamente a asumir obligaciones y gastos de los que no somos conscientes? Sí, eso imaginaba.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Por qué la pobreza provoca malas decisiones

La pobreza no se transmite genéticamente ni es un destino cósmico impuesto a personas, regiones o países. Sin embargo, hace tiempo que sabemos que las estrategias tradicionales de lucha contra la exclusión social, bienintencionadas como son, no ofrecen resultados duraderos ni suelen tener un alcance significativo. Conviene, por tanto, dedicar atención a aquellas contribuciones capaces de sugerirnos otros enfoques.

Al margen de las obvias dificultades de superar un statu quo basado en arraigadas y ancestrales relaciones políticas y económicas entre los países, una reciente investigación publicada en Science aporta una nueva y reveladora perspectiva: la pobreza se alimenta a sí misma. La carga psicológica derivada de vivir en un contexto de escasez afecta al cerebro humano, produciendo un deterioro cognitivo que se traduce en peores decisiones vitales y, en consecuencia, en una perpetuación del estado de pobreza.

Dave Nussbaum, en su blog sobre psicología social Random Assignment, resume a la perfección lo esencial de este estudio:  “Uno de los obstáculos que impide a los pobres superar la pobreza es la tendencia a adoptar costosas decisiones financieras – como comprar boletos de lotería, tomar préstamos a elevados tipos de interés, no inscribirse en programas asistenciales – que sólo consiguen empeorar su situación. En el pasado, estas malas decisiones se han atribuido a la personalidad de los ciudadanos de bajos recursos o al ambiente en el que viven, con poco acceso a la educación y condiciones de vida por debajo de los estándares. La investigación publicada en Science por el profesor de Ciencias del Comportamiento Anuj Shah ofrece una nueva respuesta: vivir con escasez cambia la psicología de las personas. (…)  Cuando los recursos son escasos  - cuando las personas tienen poco tiempo, dinero o comida – cada decisión sobre la mejor manera de utilizar esos recursos se toma con mayor urgencia que cuando se dispone de tales recursos en abundancia. Este enfoque puede tener efectos positivos en el corto plazo, pero se realiza a costa de descuidar otras demandas menos urgentes. Por ejemplo, cuando están bajo la presión de gastos urgentes como el alquiler o la comida, las personas pueden descuidar el mantenimiento de rutina de sus vehículos y terminar pagando costosas (y evitables) reparaciones más adelante”.

Para los que hemos tenido la suerte de nacer por encima de las líneas de pobreza extrema y moderada que marca el Banco Mundial, es necesario un extraordinario esfuerzo de empatía para atisbar, siquiera superficialmente, lo que significa vivir al día sin tener cubiertas las necesidades más básicas. Desde la comodidad de un futuro relativamente predecible resulta fácil cuestionar esas malas decisiones de gasto y consumo de los más pobres. ¿Quién no se ha mostrado sorprendido por las imágenes de chabolas y asentamientos precarios con antenas parabólicas? El empresario y escritor Jim Rohn lo expresó de manera lapidaria: “Los pobres tienen grandes televisores. Los ricos tienen grandes bibliotecas”. Aún siendo cierto, el estudio de Shah nos recuerda que, en general, ese tipo de elecciones no son la causa de la pobreza, sino su consecuencia. Es decir, las personas no son pobres porque manejan mal sus recursos, sino que la pobreza disminuye su capacidad para manejarlos mejor. Este cambio de perspectiva puede modificar de manera relevante el enfoque de las iniciativas de inclusión financiera: además de “mostrar” a los destinatarios otras posibilidades alternativas que les proporcionarían mayor bienestar, es necesario entender el proceso mental que conduce a tomar tales decisiones.

Sin duda este planteamiento puede suscitar numerosas objeciones. ¡Nosotros jamás tendríamos esos comportamientos auto-destructivos! Incluso aunque se diera un cambio radical en nuestras circunstancias (perspectiva que a la mayoría nos aterroriza en mayor o menor grado), estamos convencidos de que el sentido común acudiría en nuestro auxilio y manejaríamos con buen criterio nuestros recursos escasos.

Puesto que nada ilumina tanto como la experimentación directa, y con el fin de ayudarnos a ponernos en la piel de las personas que viven de manera precaria, el departamento de atención social de Durham (North Carolina) ha diseñado un extraordinario “simulador de pobreza”, que recomendamos a todos aquellos que tengan un mínimo nivel de inglés.

El programa Spent comienza informando de que Durham presta asistencia social a 6.000 personas cada año… “aunque tú nunca serás una de ellas, ¿verdad?”. A continuación desafía al usuario a probar que es capaz de manejar sus recursos escasos de manera óptima durante un mes, sin tener que recurrir a  la ayuda de los servicios sociales o de terceras personas. A lo largo de una serie de situaciones cotidianas vamos comprobando cómo muchas de las alternativas de ahorro y consumo que damos por garantizadas en condiciones “normales”, no parecen estar a nuestra disposición cuando funcionamos  “en modo escasez”. Después de cada elección, el programa nos comunica de manera inflexible cuál va a ser el resultado probable de la misma. Es estremecedor darse cuenta de que tomar malas decisiones resulta facilísimo cuando lo hacemos con la mente puesta en el marcador que, a la izquierda de la pantalla, va avisando del poco dinero que nos queda para acabar el mes. Terminé el experimento con dolor de estómago y con la conclusión es que, en nuestra sociedad, ser pobre consume tantos recursos que resulta muy complicado dejar de serlo... como se quería demostrar

Para terminar con una nota optimista, y como ejemplo de que “difícil” no es sinónimo de “imposible”, recordemos la película de Will Smith En busca de la felicidad, que narra la historia real del millonario y filántropo Chris Gardner. En una situación de precariedad extrema, viviendo de la caridad pública y con un hijo de corta edad a su cargo, tomó una serie de decisiones valientes y muy arriesgadas con las que no sólo salió de las calles, sino que llegó a convertirse en un hombre muy rico y en un referente del desarrollo personal. Siguiendo los razonamientos de este artículo, se puede concluir que las decisiones del verdadero protagonista de la historia resultaron acertadas porque no reflejaban una mentalidad de pobreza, sino una visión a medio plazo que excluía la miseria de vivir al día. ¿Cuántas personas estarían dispuestas a dormir en albergues para indigentes mientras asisten a un seminario formativo de varios meses, a cambio de la posibilidad (no seguridad) de conseguir después un trabajo especializado y bien pagado? Exacto. No muchas.

viernes, 16 de agosto de 2013

¿Qué piensan los padres sobre la educación financiera?

Los especialistas aseguran que nuestro desempeño como adultos depende en gran medida de lo que absorbemos y experimentamos en los primeros años de vida. A partir de ahí, cualquier nueva incorporación a nuestro repertorio de creencias y habilidades requiere cierto esfuerzo o, en ocasiones, muchísimo esfuerzo. Dispuestos a maximizar las posibilidades de éxito de sus retoños, los padres se enfrentan al desafío de prepararlos para manejar situaciones y conceptos que, con frecuencia, ni siquiera ellos entienden bien. Con este panorama, ¿qué espacio ocupa la cultura financiera en el equipaje de los niños de hoy?

En lugar de elucubrar sobre la cuestión, optamos por la vía directa y se lo preguntamos a los padres, aprovechando la página de Facebook de nuestro programa divulgativo Educación Financiera para Todos. Aún con todas las cautelas y matices que requieren este tipo de encuestas informales, los resultados nos han proporcionado algunas indicaciones dignas de consideración, resumidas en la infografía que se incluye al final de este artículo.

La importancia de recibir educación financiera en la infancia está fuera de discusión. Un 63% califica la educación financiera como “extremadamente importante”, mientras el 33% la considera algo que los niños “deben saber”.

Antes de lanzar las campanas al vuelo, conviene recordar algunas de las cautelas a las que hacíamos referencia. Las personas que han participado en esta encuesta son una muestra heterogénea, pero no neutral. Si bien proceden de diferentes países de Iberoamérica y sus circunstancias personales son muy variadas (lo que en principio apoyaría la representatividad de los resultados), no podemos olvidar que todos ellos son fans de una página llamada “Educación Financiera para Todos”. Es más, el tema les interesa lo suficiente como para dedicar algunos minutos a responder nuestra batería de preguntas, en lugar de limitarse a jugar al Candy Crush. Esto sugiere un notable grado de sensibilización previa sobre la importancia de la cultura financiera… lo cual los convierte en un grupo muy poco representativo de la población en general. Aún así, nuestro natural optimismo nos lleva a considerar alentador que el 96% de los participantes vean la educación financiera de los niños como algo valioso y necesario.

Cuanto antes, mejor. A la pregunta sobre el rango de edad en que debería comenzar a impartirse la educación financiera, el 47,25% se inclina por situar el momento ideal entre los 6 y los 8 años. Sólo un 16% esperaría hasta los 12 años.

Confieso que estos datos me han sorprendido bastante, aunque son coherentes con lo que se desprende de la pregunta anterior (es decir, pueden explicarse por la favorable predisposición previa del grupo): si algo se considera de extrema relevancia, no hay motivos para esperar. Mi sorpresa se debe a que, fuera de este grupo de fans de la educación financiera, es muy habitual oír argumentos en contra de calentar la cabecita de los tiernos pequeñuelos con temas tan sórdidos y escabrosos como el dinero; lo cual, en definitiva, no es sino una proyección de la propia postura de los adultos sobre todo lo que “huela a finanzas”.  

Una conclusión positiva sería que aquellos padres más conscientes de la importancia de proporcionar educación financiera a sus hijos están dispuestos a abordar el desafío desde el principio y de manera integral. Uno de los participantes incluye un comentario especialmente lúcido: “La educación financiera debe iniciarse cuanto antes, como el resto de la educación”.

A su vez, esto nos invita a reconsiderar otra cuestión. Puesto que: 1) La cultura financiera debe adquirirse lo antes posible y 2) Los padres son agentes esenciales de esa educación temprana, entonces la sensibilización y capacitación de los adultos debe pasar a un primer plano. Hemos comentado a menudo la tendencia generalizada a impulsar programas en escuelas, en detrimento o sustitución de otros específicamente destinados al público adulto, bajo el argumento de que “a través de los niños se llega también a los padres”. Sin embargo, no debemos olvidar que esto es un camino de doble sentido: sin el apoyo y la complicidad incondicional de los padres, jamás llegaremos a los hijos de manera efectiva. ¿Estamos seguros de que la escuela es el camino más corto para ganarnos a los adultos de la casa?

Este debate abierto nos lleva a la siguiente pregunta de nuestra encuesta. ¿Dónde deben recibir los niños la educación financiera? ¿En casa, en la escuela o en ambos sitios? Un abrumador 93% considera que es una responsabilidad compartida. Los padres son conscientes de que algo tan práctico como el adecuado manejo de los recursos puede estimularse y profundizarse en el aula, pero debe experimentarse a diario en el entorno familiar.

Con una mezcla de curiosidad y ánimo investigador, preguntábamos después quiénes deberían ser los responsables de impartir la educación financiera en la escuela. De manera harto reveladora, sólo el 22% atribuye tal honor a los maestros, mientras el 73% considera que es mejor que se encarguen personas especializadas.

Esta preferencia tan manifiesta merece cierta reflexión. ¿Por qué parece necesario o conveniente recurrir a expertos para proporcionar educación financiera a niños entre los 6 y los 12 años? ¿Es porque se considera que los maestros ya tienen demasiadas responsabilidades o porque se estima que no están capacitados para transmitir a los niños los rudimentos de la cultura financiera? En este último caso, ¿cuál es exactamente la carencia que se les supone? ¿Qué no son capaces de entender las cuestiones financieras básicas o que no están preparados para transmitirlas de manera pedagógica?

Considerando los actuales niveles de cultura financiera del público, es muy probable que la percepción de nuestros encuestados sea correcta. Está claro que la mayor parte de la población adulta se maneja con escasa soltura en el terreno de las finanzas personales. Como parte de esa población, los maestros se ven limitados por la misma falta de concienciación y habilidades financieras que sufren los propios padres… y estos lo saben.  

Precisamente por este motivo, uno de los requisitos clave para desarrollar con éxito un programa de educación financiera en las aulas consiste en “formar a los formadores”: es imprescindible conseguir la complicidad de los maestros (sensibilización) y proporcionarles las herramientas pedagógicas necesarias para despertar en los niños el interés por los temas financieros (capacitación). El efecto multiplicador de capacitar a los profesores es infinitamente superior al que se lograría mediante el uso sistemático de especialistas. Sin duda el papel de los expertos es vital en la educación financiera infantil, pero aportan mayor eficiencia y alcance cuando se encargan de formar a los docentes, no directamente a los niños.

Por otra parte, el 78% se inclina por llevar la educación financiera a la escuela como parte del curriculum, y sólo al 18% le parece suficiente el rango de actividad extraescolar. Está claro que la mayoría prefieren la estabilidad y el reconocimiento que aporta el curriculum a la precariedad de lo extraescolar. La posibilidad de que sea impartida por los maestros fuera del temario regular no consiguió ni un solo defensor (probablemente todos piensan que no es realista exigir aún más esfuerzos a los sufridos docentes).

A efectos prácticos, conviene recordar que no existe una única vía para incluir la educación financiera en el curriculum. La opción más ambiciosa (asignatura propia) suele ser también la menos realista, dada la generalizada sobrecarga de los temarios escolares. A corto plazo, tal vez la vía más sencilla sea introducir módulos específicos en algunas asignaturas. Sin embargo, a largo plazo lo más eficiente parece ser la inclusión horizontal de conceptos, valores y destrezas financieras en el mayor número de asignaturas posible. Uno de los encuestados sugiere este formato y expresa de manera muy gráfica cómo encajaría en Matemáticas: “A través de los ejercicios de cálculo, en lugar de contar tantas manzanas y de calcular la velocidad de tantos trenes”. Me sentí plenamente identificada: en su día, perdí la cuenta de las veces que afiné mis habilidades matemáticas averiguando en qué punto se encontrarían el tren que salía de Albacete a 170 kilómetros por hora con el que viajaba desde Barcelona a 200. ¡Utilísimo para la vida cotidiana!

Nuestra encuesta incluía también dos preguntas de respuesta múltiple, sobre los temas de educación financiera más relevantes para los niños y las mejores herramientas educativas.

Por lo que se refiere a los contenidos, ganan por goleada el ahorro (76%) y la administración responsable del dinero (84%). También despiertan considerable respeto las habilidades emprendedoras, las inversiones, los valores y creencias sobre el dinero y el “consumo inteligente” (en torno al 60%).

Nuestro farolillo rojo merece ser compensado con algún comentario: sólo el 37,5% de los participantes considera importante orientar a los niños sobre el “consumo sostenible”. ¿Por qué preferimos que nuestros hijos sean “consumidores inteligentes” antes que “consumidores sostenibles”? Cabe interpretar que, mientras consumir de forma inteligente suena claramente beneficioso (evitar engaños y abusos) la sostenibilidad no es un concepto demasiado utilizado ni comprendido, más allá de los entornos estrictamente institucionales.

Llegado el momento de elegir las mejores herramientas para llevar la educación financiera a las aulas, una abrumadora mayoría se inclina por utilizar juegos (79%) y ejemplos de la vida diaria (72%). De manera un tanto sorprendente, se minimiza la utilidad de los vídeos y videojuegos, que sólo apoyan el 23% y el 33%, respectivamente. Resulta llamativa la rotunda preferencia de los padres por los métodos “clásicos” frente a los basados en las nuevas tecnologías, pese a la comprobada eficacia pedagógica de estos últimos entre los pequeños “nativos digitales” del siglo XXI. Tal vez exista cierto temor a los adictivos efectos de estas herramientas, que suelen fascinar a los niños hasta los límites de la catatonia.

Pese a este comprensible recelo, las investigaciones revelan que los recordatorios sobre el dinero que se difunden a través de las redes sociales, email o mensajes de texto tienen un elevado potencial de efectividad para modificar hábitos y comportamientos, no sólo entre los niños (lo que ofrece interesantes oportunidades a los docentes) sino también entre los adultos. De hecho, tenemos cierta constancia informal de esta eficacia: los pequeños consejos y recetas económicas difundidos a través de nuestra página de Facebook, además de propiciar ocasionales debates, suelen generar un apreciable movimiento en términos de “Likes” y “Shares”. Si algún lector no sabe lo que esto significa… conviene que lo aprenda cuanto antes: con toda seguridad, sus hijos sí lo saben. 
Trasladamos nuestro agradecimiento a los amigos de Educación Financiera para Todos que nos han dedicado los minutos necesarios para responder esta encuesta, diseñada y gestionada por Verónica Deambrogio.


Valoración sobre la educación financiera de los niños

miércoles, 10 de julio de 2013

Cómo poner de moda la educación financiera

Es el momento de la verdad. Hoy llegamos al desenlace de esta serie  informal de artículos sobre “Cómo desarrollar un programa de educación financiera sin aburrir al personal”. En realidad, nuestro objetivo es mucho más optimista y ambicioso: no sólo esperamos que el público permanezca despierto, sino que disfrute y saque provecho de la experiencia.

En los últimos meses hemos recorrido un largo camino. Ahora que ya tenemos definido a quiénes nos dirigimos y sus necesidades formativas, las alianzas que necesitamos establecer, los objetivos del programa y cómo vamos a estimar el éxito o el fracaso del mismo… ¡llega el momento de trasladar todo eso al mundo real!

Efectivamente, tras el Quién y el Qué, hemos llegado al Cómo. Esta parte es la que más nos gusta a todos, hasta el punto de que muchos organismos y empresas se saltan a la torera todos los pasos previos y aterrizan directamente en la fase de ejecución: lo que se llama “empezar la casa por el tejado”. Así pasa lo que pasa, claro: después de gastar un montón tiempo y dinero en el “Cómo”, nos quedamos muy sorprendidos cuando nadie parece apreciar nuestros esfuerzos.

Para una óptima implementación de los programas necesitamos seguir tres pasos: 
  1. Selección de los canales de acceso más idóneos.  
  2. Elaboración de recursos pedagógicos adaptados al grupo objetivo.
  3. Comunicación emocional y difusión.
1. Selección de los canales de acceso más idóneos

Este aspecto es uno de los grandes olvidados en los programas de educación financiera y, sin embargo, es vital para el logro de los objetivos. ¿Cómo hacemos llegar el programa a los destinatarios? Hay que distinguir dos tipos de canales: los materiales y los humanos.

Por canales materiales nos referimos al contexto en el cual se transmiten los contenidos y elementos que integran el programa. Por ejemplo, en el caso de los niños y jóvenes el canal es la escuela, el sistema educativo.

Obviamente, en el caso de la población adulta es más complicado porque no hay un único canal posible. La segmentación que realicemos nos ofrecerá algunas pistas, pero generalmente no será suficiente. Cuando se trata de programas dirigidos a colectivos muy específicos y no demasiado amplios, el canal suele venir implícito en la propia definición del grupo. Sin embargo, los programas concebidos para llegar a grupos más amplios de población (por ejemplo, los que impulsan los organismos públicos con vocación generalista) encuentran serias dificultades para lograrlo. En consecuencia, a menudo se opta por una simple “puesta a disposición” de los contenidos (a través de portales, publicaciones, etc.): la educación financiera no se lleva hasta el público, sino que se exhibe y ofrece. En consecuencia, se suprime la necesidad de buscar canales de acceso. Si el público no nos encuentra, ¡mala suerte!

En esta fase, la efectividad exige ser prácticos y creativos, y salir de los caminos trillados para llegar a los lugares donde las personas hacen sus vidas. ¿Por qué no utilizar las farmacias, los supermercados o los centros de trabajo?

Los canales humanos son las personas que van a entrar en contacto directo con el público objetivo: los formadores que imparten las capacitaciones presenciales,  los tutores en el caso de iniciativas más individualizadas o los divulgadores que ofrecen charlas de sensibilización. El desafío está en encontrar personas que gocen de influencia y credibilidad en el grupo de destino y, preferiblemente, que conozcan de primera mano sus particularidades culturales. Los “socios” que nos ayudaron en la fase inicial a detectar las necesidades reales pueden jugar un papel relevante en esta fase. Sin embargo, conviene mantener la mente abierta para identificar vías originales y eficaces que nos faciliten el acceso a nuestro público.

Por ejemplo, hace años los británicos encontraron el “canal humano” ideal para ofrecer educación financiera en zonas aisladas de Gales: las comadronas. ¿Qué mejor momento para repasar la importancia del presupuesto familiar que la llegada de un nuevo hijo? Y si esa conversación la tienes con alguien de tu comunidad, a quien conoces y en quien confías, ¿acaso no te mostrarás más receptivo a sus sugerencias? Obviamente, no estamos hablando de una educación formal y estructurada, pero sí práctica y eficaz.

Los canales humanos o “mediadores” tienen una importancia crítica para el éxito de los programas. En ocasiones, los propios promotores asumen personalmente el cometido de trasladar los contenidos al público, tal vez considerando que se requiere un excelso dominio de las finanzas para divulgar la cultura económica (opinión que no comparto, por cierto). Esta opción puede funcionar si existe cierta sintonía entre ambas partes: coincidencias culturales, similares niveles profesionales, predisposición previa de la audiencia, etc. Sin embargo, cuando existe una brecha significativa la comunicación se resiente de manera inevitable. Más de una vez he oído comentarios del tipo: “¿Qué pintan estos señores con traje diciéndome cómo tengo que organizar mi dinero, como si tuvieran la menor idea de mis problemas o de lo que necesito?”.

Llegamos así a uno de los conceptos clave en educación financiera: la formación de formadores. La efectividad de los programas aumenta a medida que personalizamos las acciones y nos aproximamos a la realidad del grupo objetivo, pero tal enfoque requiere una red de mediadores que actúen como "elemento multiplicador". No tienen por qué ser profesionales de la economía o de las finanzas: basta con que hayan asimilado y sean capaces de transmitir los mensajes que deseamos hacer llegar a cada colectivo.
Como decía McLuhan, el medio es el mensaje. Aplicando libremente esta idea a la eficaz transmisión de la cultura financiera, podemos suponer que algo que se ofrezca en entornos académicos y/o formales se percibirá siempre como académico y/o formal. Lo que se ofrezca en entornos cotidianos se percibirá como cotidiano. Por eso es importante que el canal se adapte siempre al enfoque que hayamos elegido en la segunda fase. ¿Qué tipo de contenidos queremos transmitir y con qué propósito? Si deseamos enseñar conceptos económicos, podemos usar con éxito entornos formales y recurrir a especialistas en la materia. Si queremos modificar hábitos de ahorro y consumo, tenemos que buscar contextos que resulten familiares para nuestro público e intermediarios con los que puedan identificarse. 
2. Recursos y materiales pedagógicos adaptados al público objetivo

En este apartado, existe una tendencia creciente hacia la búsqueda de nuevos formatos y herramientas, más adaptados a las preferencias y necesidades de los consumidores de hoy. Sin embargo, cada tipo de recurso tiene su momento y su lugar y, si bien las nuevas tecnologías nos ofrecen impresionantes posibilidades para extender el alcance, el potencial pedagógico y el atractivo de los contenidos, no son una panacea por sí solas.

No siempre contaremos con las infraestructuras o las circunstancias idóneas para abordar ciertas materias o aplicar determinadas herramientas, por muy deslumbrantes que resulten. En ocasiones, más que fijarnos en la buena imagen que nos aportarán, necesitamos valorar si realmente son pertinentes para el entorno en el que se van a utilizar. O, por lo menos, tendremos que considerar la conveniencia de abordar, de manera previa o simultánea, otro tipo de formación complementaria.

Ejemplo negativo: He visto impartir temarios complejos de control de costes a microemprendedores con analfabetismo funcional; en realidad, más que microemprendedores eran personas obligadas a desarrollar emprendimientos de infrasubsistencia, porque sus carencias formativas les cerraban cualquier otra opción. Ejemplo positivo: La colaboración público-privada ha permitido poner en marcha en Costa Rica un ambicioso proyecto para salvar la brecha digital, ofreciendo capacitaciones en ofimática combinadas con contenidos transversales de educación financiera. Hoy día, la exclusión financiera y la digital suelen ir de la mano, por lo que resulta práctico y sensato abordar ambas formaciones de manera conjunta.

En el caso de los niños, la importancia de aprender mediante el juego y la experiencia está universalmente aceptada. La mayor parte de los esfuerzos en innovación y creatividad pedagógica se orientan con entusiasmo hacia este segmento tan vistoso y agradecido. Sin embargo, por razones que se me escapan, en el caso de los adultos seguimos mayoritariamente apegados a los talleres tradicionales, basados en la solemne exposición de conceptos y recomendaciones. Los adultos también preferimos aprender de manera dinámica, interactiva y con humor. Sobre el tono en el que comunicamos los contenidos… hablamos en el siguiente punto. 

3. Comunicación emocional y difusión

¿Qué queremos decir con comunicación emocional? Los que habéis leído los artículos anteriores ya sospecháis por dónde van los tiros.

Con algo de caricatura y cierta exageración (no demasiada), veamos cómo discurren quienes adoptan una perspectiva racional de la educación financiera: “La gente toma malas decisiones porque no sabe la fórmula del interés compuesto y no comprende la importancia del ahorro a largo plazo. Además, sus dificultades con las matemáticas les impiden darse cuenta de que si gastan más de lo que ingresan… ¡pueden tener problemas! ¿Serán conscientes del coste de oportunidad de gastar en caprichos? Pobrecillos, seguramente no saben lo que es el coste de oportunidad. ¿Y no estarán preocupados por el futuro? ¿Será que aún no se han dado cuenta de que nadie les va a pagar la jubilación? Mmmm. Creo que vamos a tener que explicarles estas cosas, para que espabilen y empiecen a buscarse la vida. Si luego las cosas vienen mal, ¡no dirán que no se lo hemos avisado!”.

Con esta base, ¿cómo suelen “comunicarse” los contenidos? Mediante sermones de “predicador apocalíptico”. Este estilo tiene numerosos adeptos, con variantes que oscilan desde las recomendaciones paternalistas y bondadosas que tratan de guiarnos por el buen camino, hasta las reprimendas indisimuladas de quienes no conciben que sus congéneres podamos ser tan tontos y tan económicamente auto-destructivos. Si nos pillan en un momento receptivo y de buen humor, es posible que nos digamos “Caramba, pues tiene razón”. Sin embargo, en general este enfoque produce un rechazo visceral.

¿Cuál es la alternativa? Recordemos nuestra hipótesis de trabajo, ampliamente demostrada por numerosas investigaciones sobre psicología general y comportamiento del consumidor: decidimos con las emociones, y después nos justificamos mediante la razón. Por eso, aunque comprendamos que el predicador de turno tiene más razón que un santo, difícilmente vamos a incorporar tanta sabiduría en nuestra vida diaria, si no ha sido capaz de empatizar y establecer una conexión emocional con nosotros.

TENGO QUE CONFESARLO: En mi vida anterior fui una predicadora apocalíptica de manual. Carecía de suficiente perspectiva y era el canal difusor de mensajes institucionales muy controlados. Abordábamos la impartición de talleres cual misioneros en labor de evangelización, y solíamos terminar muy sorprendidos ante el poco entusiasmo que mostraba el público por la única y verdadera “fe financiera”.  

Evidentemente, la comunicación emocional resuelve en gran medida estos problemas. Si no se comprende por qué nuestro público actúa como lo hace, qué le motiva o a qué tiene miedo, difícilmente se va a poder presentar la educación financiera como una respuesta a sus necesidades.  

Por último pero no menos importante, la difusión es otro de los aspectos críticos de los que se suele prescindir. Su importancia suele minimizarse cuando se adopta el “enfoque racional”: la educación financiera es un tema tan relevante y sensato que debería caer por su propio peso, ¿por qué hay que publicitarlo?

En algunos países, la falta de difusión deriva de las estrictas políticas de comunicación de los organismos responsables de la educación financiera: los bancos centrales o las comisiones de valores, obligados a mantener un perfil discreto en relación con sus actividades supervisoras y reguladoras, suelen sentirse sumamente incómodos con la amplia proyección pública que requieren este tipo de iniciativas. Las entidades privadas tienen un mayor margen para la difusión, lo que constituye otro punto a favor de la colaboración entre el sector público y el privado.  

¿Cuáles son los formatos idóneos para la difusión? Es importante recordar que estamos hablando de una carrera de fondo. Las acciones publicitarias puntuales pueden conseguir picos de visita en una página web, pero no son sostenibles a lo largo del tiempo. Dado que la continuidad es esencial para que el esfuerzo rinda frutos en el medio plazo, de nuevo es preciso contar con una red de comunicadores-mediadores, tanto en el mundo digital como en el físico: blogueros, periodistas y personas de referencia en distintos campos de actividad, que aprecien el proyecto y contribuyan a mantener viva la atención del público.

Por último, no podemos ignorar lo que significa la verdadera comunicación: aunque hemos empleado el término “difusión”, en realidad deberíamos hablar de “establecer un diálogo” con el público.  Las personas a las que nos dirigimos no son meros receptores a los que proveemos de contenidos y recursos, sino ciudadanos integrados en una sociedad en permanente evolución, con necesidades financieras complejas y cambiantes a las que hay que dar respuestas dinámicas.  

Y, por supuesto, nos toca estar atentos para detectar en nuestro público las señales de aburrimiento... ¡y realizar de inmediato los ajustes precisos!

viernes, 21 de junio de 2013

El menú de la educación financiera: ¿dieta de manzanas o ensalada de frutas?

Dicen que el primer paso para resolver un problema es aceptar que lo tienes. Es un hecho que las iniciativas de educación financiera que pululan a nuestro alrededor, sin duda bienintencionadas y meritorias… son recibidas por los ciudadanos con singular falta de interés. Peor aún, lo normal es que atraviesen limpiamente las mentes del público, sin germinar casi nunca: cantidades ingentes de polen desperdiciado. Sustitúyase polen por dinero. Ergo, tenemos un problema. Tras analizar en el artículo anterior la importancia de tener claro a quiénes nos dirigimos y cuál es el contexto en el que viven,  ahora toca plantearnos el  “Qué”. ¿Cuáles son los ingredientes de los menús-programas de educación financiera que ofrecemos al público? ¿Son tentadores o resultan tan apetitosos como una ensalada de lechuga sin aderezo?   

Los ingredientes: ¿cuáles son los componentes de lo que llamamos "cultura financiera"? Para elaborar un menú de educación financiera equilibrado y atractivo, en primer lugar necesitamos aclarar a qué nos referimos con este término tan amplio. Según la OCDE, capacidad financiera es “el conocimiento y comprensión de los conceptos financieros, así como las habilidades, motivación y confianza para aplicarlos, con el fin de tomar decisiones efectivas en diferentes contextos…”. La definición no acaba ahí, pero como somos gente ocupada casi todos dejamos de leer después de "conocimiento y comprensión de los conceptos financieros". De acuerdo, sí, parece que estos señores de la OCDE dicen después algo más sobre habilidades, motivación y confianza, pero empecemos por los conocimientos y todo lo demás caerá del cielo por sí solo... ¿verdad?

Ay, ay, ay. ¿Y si nuestras irracionales mentes humanas funcionaran justo al revés? ¿Y si la motivación y la confianza fueran los requisitos sine qua non que nos impulsarían a obtener esos conocimientos tan útiles e importantes? ¿No será esa motivación inexistente la razón de que montones de portales, talleres y folletos de educación financiera acaben criando telarañas sin pena ni gloria?

Adaptando a nuestra conveniencia la definición anterior, podemos distinguir tres tipos de ingredientes (componentes) de una buena cultura financiera:

1) Conocimientos financieros (componente cognitivo y académico).
2) Habilidades y comportamientos (componente conductual y experiencial).
3) Actitudes, valores y creencias (componente psicológico y cultural).

Puesto que estamos hablando de recetas y menús, lo apropiado es buscar algún equivalente comestible para estos componentes. ¿Qué fruta correspondería a cada uno de ellos?

Conocimientos financieros: el COCO. Así percibe casi todo el  mundo el aspecto cognitivo de la educación financiera: se encuentra en alturas inaccesibles, es feísimo por fuera y para colmo resulta duro de pelar. Realmente, hay que tener mucho interés para hacer el esfuerzo de trepar a la palmera, abrirlo y extraer el jugo. El "coco" son los cálculos financieros y los conceptos económicos elementales, el funcionamiento de los intermediarios, la operativa básica de los mercados, etc. Es el ingrediente que separa con mayor claridad a los profesionales de las finanzas (para quienes estos conocimientos son una herramienta de trabajo) de los usuarios de a pie que, con tal de no utilizar el machete para abrir el coco, se convencen a sí mismos de que pueden vivir muy bien sin semejante fruta.

En mayor o menor proporción, siempre hay algo de coco en todos los programas de educación financiera. Algunos trozos pueden ser relevantes y nutritivos (conceptos básicos, cómo relacionarse con los intermediarios...) pero otros son más indigestos. Por ejemplo, confieso que me deja perpleja el empeño de algunos reguladores financieros por incluirse a sí mismos y sus funciones como contenido central de los temarios. Si bien la política monetaria nacional y la supervisión de los mercados son interesantísimos para los aficionados a la economía, resultan básicamente irrelevantes para el usuario medio; siguiendo con el símil culinario, equivaldrían a esas guindas con almíbar, empalagosas y prescindibles excepto para los muy golosos.

Además, el excesivo peso de estos contenidos financieros "académicos" en los programas de educación financiera suele resultar contraproducente, al transmitir la errónea impresión de que la cultura financiera es algo complejo, remoto y sin conexión alguna con la vida cotidiana. ¿Quiere esto decir que tales cuestiones deben quedar excluidas de los programas de educación financiera? Unas veces sí y otras no: el coco no combina bien con todos los platos. Dejamos para el final la adecuada mezcla de los ingredientes.

Habilidades y comportamientos: las MANZANAS. He aquí el principal ingrediente de casi todos los programas de educación financiera: kilos y kilos de manzanas, en forma de consejos prácticos sobre hábitos y comportamientos financieros “saludables”. Casi siempre se trata de recomendaciones que requieren sacrificio y esfuerzo. “Lleva al día tu presupuesto personal”. “Apunta tus gastos diarios en una libreta”. “Lee de principio a fin los contratos antes de firmarlos”. Uuuffff. Qué pereza.

No me entendáis mal, por supuesto que son recomendaciones lógicas y razonables. El problema es que los consumidores no somos ni lo uno ni lo otro (tema central de los dos artículos anteriores de este blog). Tampoco quiero ser negativa: lo de ir por la vida haciendo anotaciones en la libretita cada vez que sacamos la billetera sin duda es excelente como ejercicio de auto-sensibilización, e incluso estoy convencida de que hay personas que lo han puesto en práctica. Lamentablemente yo no conozco a ninguna, por lo que no puedo aportar “casos de éxito”, pero tal vez nuestros lectores sí cuenten en sus entornos más próximos con alguien lo bastante motivado que pueda compartir su experiencia. Igual ocurre con los contratos: somos tan raros y tan auto-destructivos que nos negamos a leer esos larguísimos contratos financieros, llenos de jerga incomprensible y escritos con letra microscópica. Y mira que los materiales de educación financiera nos repiten una y otra vez que es por nuestro bien, pero nada: ¡nunca encontramos el momento! Por supuesto, luego nos encontramos pagando comisiones bancarias que no esperábamos (y que estaban clarísimamente especificadas en alguna de las siete páginas del contrato que no leímos) y entonces aparecen el llanto y el crujir de dientes. ¡Culpa nuestra! ¡No será porque no nos lo habían avisado!

Para ser justos, muchas de las habilidades y conductas “manzana” son imprescindibles para nuestra propia protección en el complejo mundo financiero de hoy. Pueden y deben formar parte de los programas de educación financiera, pero de una manera realista y que tenga en cuenta el contexto social, económico y cultural en el que esperamos que las personas lleven a cabo tan saludables comportamientos. Por ejemplo, culpar a los consumidores por adquirir masivamente productos financieros que no entienden, alegando que deben asumir la responsabilidad de lo que firman, no sólo implica obviar el desequilibrio de poder en las relaciones entre bancos y clientes, sino también las prácticas comerciales agresivas y éticamente cuestionables de la industria financiera. No está de más recordar que, poco después de que Emilio Botín, presidente del Banco Santander, explicara en un discurso que su éxito se basaba en no invertir en productos que no comprendía, se supo que también había sido víctima de la estafa de Madoff. Tal vez no se había leído bien los contratos, después de todo.

Manzanas, sí… pero cortadas en trozos pequeños.

Actitudes, valores y creencias: el MARACUYÁ. Numerosos puristas y partidarios de la ortodoxia económica consideran estos aspectos tan exóticos como el maracuyá. Se sienten infinitamente más cómodos con la hipótesis de que todos tomamos decisiones racionales basadas en la información disponible, y dejan el interés por los aspectos psicológicos y las motivaciones subconscientes a los autores superventas de la New Age, a los que por supuesto desprecian olímpicamente.   

No hace falta estar de acuerdo al 100% con Kiyosaki (Padre rico, padre pobre), T. Harv Ekker (El secreto de la mente millonaria) y demás autores “populares”, para reconocer que han logrado despertar el interés de millones de personas por las finanzas personales… lo cual es bastante más de lo que puede decirse de todos los programas “serios” de educación financiera diseñados desde entornos institucionales. 

Durante los muchos años que llevo dedicada al tema, las únicas personas que se han acercado de manera voluntaria, con un interés genuino por ampliar sus conocimientos, son las que han aterrizado en las finanzas “vía Kiyosaki”. Por el contrario, nadie me ha dicho jamás: “¡Eh! ¡He visto vuestro fantástico portal con consejos de economía personal y de inmediato me he puesto manos a la obra para ordenar mis asuntos financieros!”.

¿Dónde reside la diferencia? En que estos autores apuntan directamente a la tecla emocional, mostrando empatía con los contradictorios sentimientos del público en relación con el dinero. El lector se siente identificado con las aspiraciones, las dudas y los miedos de los que Kiyosaki y compañía hablan en sus libros. Por otra parte, cada vez hay más economistas y profesionales, en absoluto sospechosos de falta de rigor científico, que están dirigiendo la atención de reguladores y educadores hacia el enfoque de la behavioral economics. Remito a los escépticos al trabajo de Ideas42, entidad fundada por preclaras mentes de Harvard, Princeton, el MIT y la International Finance Corporation del Banco Mundial.

Llegamos así a la "motivación y confianza" que forman parte de la capacidad financiera, según la OCDE, y retomamos la idea inicial de que tales atributos no son la consecuencia natural de los conocimientos, sino el combustible necesario para adquirirlos. Con la suficiente motivación, es posible aumentar el consumo de manzanas… e incluso enfrentarse al desafío de abrir un coco.

Recetas de cultura financiera: cómo mezclar los ingredientes y en qué cantidades. La “ensalada de frutas” no puede ser igual para todos. Para encontrar la proporción de coco, manzanas y maracuyá más adecuada en cada caso, es necesario responder a una serie de cuestiones que se agrupan en dos grandes categorías: 1) Necesidades y punto de partida; 2) Objetivos y evaluación.

Necesidades y punto de partida. ¿Cuáles son las auténticas necesidades del público objetivo? La mejor forma de identificarlas es realizar un análisis conjunto en el que se incluya a los beneficiarios, como señalábamos en el artículo anterior. Mientras algunas son difíciles de apreciar desde fuera, también puede darse el caso contrario: que haya necesidades de las que el grupo objetivo no sea plenamente consciente (por ejemplo, adaptarse a una progresiva implantación de las nuevas tecnologías en la operativa bancaria).

De nuevo tenemos que recordar la importancia de tener en cuenta el contexto social, económico y cultural del grupo objetivo. ¿Cuál es su entorno físico y de qué infraestructuras disponen? ¿Cuentan con los medios para poner en práctica los contenidos y recomendaciones que se les quiere transmitir? Esas sugerencias de comportamiento, ¿son realistas considerando su modo de vida y las circunstancias en las que se desenvuelven? ¿Cuáles son los patrones y códigos culturales que pueden estar influyendo en sus comportamientos y decisiones económicas? Teniendo en cuenta todo lo anterior, ¿qué adaptaciones habría que hacer a los mensajes y consejos habituales?

Las necesidades deben formularse de manera concreta y práctica, evitando planteamientos abstractos del tipo: “Precisan mejorar su cultura financiera para hacer un mejor uso del sistema financiero”.

Una vez que se han definido las necesidades formativas del público objetivo, puede ser útil conocer cuál es el punto de partida. No nos referimos sólo a las clásicas encuestas sobre nivel de cultura financiera (que arrojan los mismos resultados lamentables en todas partes y cuyos resultados deben tratarse con cierta cautela). En realidad, puede ser más revelador (y mucho menos costoso) aprovechar en primera instancia otras fuentes estadísticas indirectas que no reflejen intenciones o situaciones idealizadas, sino comportamientos reales del público: porcentajes de contratación de determinados productos financieros, hábitos de consumo, utilización de los diferentes medios de pago, etc.

Objetivos y evaluación. Obviamente, los objetivos se plantearán en función de las necesidades concretas detectadas y deberán ser realistas, medibles y con plazo, como cualquier objetivo que se precie. Sin embargo, cuando hablamos de educación financiera conviene hacerse algunas preguntas adicionales: ¿Qué esperamos conseguir realmente: sensibilización o capacitación? ¿Nos preocupa más el alcance o la profundidad?

En general, no queda más remedio que elegir: si queremos llegar a colectivos muy numerosos, la profundidad se resiente. Si nuestro propósito es estimular la demanda de cultura financiera (sensibilización), tendremos que dejar el aprendizaje y la transformación de conductas (la auténtica “capacitación”) para otro momento. Es habitual que oigamos hablar de capacitación para definir cualquier acción, por muy escaso que sea su potencial pedagógico. “Este programa ha permitido la capacitación financiera de 3.000 personas”. No, ni mucho menos: se han visto expuestas al programa unas 3.000 personas, lo cual es muy distinto. Si lo hemos hecho muy bien, a lo mejor se ha conseguido concienciar a un porcentaje significativo sobre la importancia del tema. Pero la verdadera capacitación es otra cosa y, en general, requiere una mayor personalización de las acciones.  

Tras establecer los objetivos, cuantitativos y cualitativos, hay que definir cómo se va a valorar el grado de cumplimiento. La evaluación es uno de los grandes desafíos de la educación financiera, ya que muchos de los objetivos más relevantes no son fáciles de medir ni se consiguen en el corto plazo. Como señalan las imprescindibles guías y principios para la evaluación de programas de educación financiera de la OCDE,  los mecanismos de seguimiento y valoración deben diseñarse al mismo tiempo que el programa.

En resumen, para determinar los contenidos y temas que se van a desarrollar en cualquier iniciativa de educación financiera, hay que partir de lo que la gente cree, necesita y desea, no de lo que “racionalmente” pensamos que deberían creer, necesitar y desear. Con la “dieta de la manzana” nos arriesgamos a generar un aborrecimiento insalvable por estas cuestiones, así que definitivamente recomendamos la mezcla de colores y texturas de una buena ensalada de frutas.

Después de ver el “Quién” y el “Qué”, el próximo mes hablaremos de “Cómo” desarrollar un buen programa de educación financiera…para conseguir resultados. 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Educación financiera racional para gente emocional


En el artículo anterior aportábamos ejemplos que rebaten una de las ideas troncales de la teoría económica tradicional: la racionalidad de todos los agentes que participan en los mercados… ¡consumidores incluidos! Diversos estudios confirman lo contrario: las personas elegimos en función de nuestras emociones, que por cierto son fácilmente manipulables. Los publicistas lo saben y las empresas lo utilizan con éxito para vendernos de todo... Sin embargo, la gran mayoría de los programas de educación financiera (públicos y privados) se siguen diseñando bajo la errónea premisa de que el público valora las utilidades de cada opción y toma siempre decisiones racionales.

¿Qué consecuencias tiene este enfoque? Incluso admitiendo la dificultad de evaluar algo tan complejo como la competencia financiera de las personas, no cabe duda de que los resultados obtenidos están a años luz de los deseados. Ante tal evidencia, cabe preguntarse por qué se insiste con modelos basados en intervenciones educativas que han demostrado dudosa o nula eficacia. Me atrevo a decir que la respuesta es clarísima: quienes diseñan los programas de educación financiera… ¡son tan irracionales como el público al que se dirigen! O puede que, simplemente, piensen que es mejor hacer algo, por ineficiente que sea, que nada en absoluto. Bien pensado, lo más probable es que sea una mezcla de ambas.

Con el fin de aportar mi granito de arena a la confusión reinante, a continuación sugiero algunas ideas para aumentar la eficacia de las propuestas de educación financiera, partiendo de la idea de que no tratamos con consumidores biónicos, sino con seres humanos esencialmente emocionales. Estas propuestas se agrupan en tres grandes categorías:

-        ¿A quién y con quién? Público objetivo y colaboradores
-        ¿El qué? Contenidos, destrezas y habilidades a transmitir
-        ¿Cómo? Canales, herramientas y difusión

Para facilitar la digestión, hoy vamos a centrarnos en la primera de estas cuestiones: ¿A quién y con quién? En próximos artículos desarrollaremos el qué y el cómo.

Grupos, subgrupos e individuos. Uno de los grandes desafíos de los programas impulsados por bancos centrales, comisiones de valores y supervisores financieros en general es que suelen tener vocación generalista. Por su naturaleza pública, estas entidades están moral e institucionalmente obligadas a intentar llegar hasta el último ciudadano y hasta el más remoto rincón del territorio nacional. Lo cual, obviamente, requiere una gran cantidad de recursos, mucha imaginación, una gran apertura mental… y una apuesta decidida por la cooperación con otros agentes.

En cualquier caso, no tiene sentido plantear una misma aproximación a colectivos con características y necesidades muy diferentes: es imperativa la segmentación del público en grupos más o menos homogéneos. Sin embargo, las clasificaciones habituales (emprendedores, niños y jóvenes, personas mayores, inmigrantes, etc.) siguen siendo claramente insuficientes, porque hay otros elementos que se superponen y que resultan como mínimo igual de determinantes: las características demográficas de cada área, las infraestructuras, los patrones culturales y religiosos, los códigos sociales… Incluso dentro de un mismo país, los emprendedores, niños, ancianos, etc. de zonas urbanas viven realidades muy diferentes de las que experimentan los mismos colectivos en entornos rurales.

Por su parte, las entidades privadas suelen realizar una segmentación natural, al seleccionar aquellos colectivos que les resultan más cercanos en función de la naturaleza o el ámbito geográfico de sus negocios (enfoque muy legítimo y potencialmente más eficiente).

Aún es posible ir más allá. Los países más innovadores y con mayor sensibilidad institucional, con Gran Bretaña a la cabeza, son conscientes de que la eficacia divulgativa aumenta en proporción directa al grado de individualización de las acciones (lo que, por supuesto, requiere el establecimiento de amplias redes de colaboradores e intermediarios).

Ortega y Gasset dejó claro que “yo soy yo y mis circunstancias”. Pocas cosas en el mundo nos resultan tan interesantes como nosotros mismos y lo que nos afecta de manera directa. De ahí que cada vez más empresas ofrezcan a los clientes la posibilidad de personalizar sus productos o servicios (de camino al mundo 3.0): es mucho más fácil sentirse emocionalmente vinculado a una marca que te permite expresar tus preferencias y necesidades.

Si consideramos la educación financiera como un servicio más que compite por la atención y el tiempo de los ciudadanos (y para el que no existe ninguna demanda espontánea, por mucho que nos duela reconocerlo), ¿qué suponemos que tendrá más efecto? ¿Consejos generales sobre buenos hábitos financieros o recomendaciones basadas en la comprensión de nuestros problemas y circunstancias particulares? Exacto. Lo cual nos lleva al siguiente punto.

¿Conocemos a nuestro público? He aquí uno de los puntos débiles de la mayor parte de los programas de educación financiera. Es cierto que algunos países dedican considerables esfuerzos y recursos a conocer el “punto de partida” en cuanto al nivel de cultura financiera pero, ¿qué utilidad tienen los resultados obtenidos?

Sí, nos permiten comprobar lo que ya sospechábamos por simple observación: que la cultura financiera brilla por su ausencia en casi todas las latitudes. Que hay un abismo entre lo que la gente cree que necesita saber, lo que cree que sabe y lo que realmente sabe. Que las preferencias expresadas suelen tener muy poco que ver con las decisiones que se adoptan en la realidad. Que la mayoría de las personas no comprenden algunos conceptos financieros básicos y que, aunque los comprendan, no los utilizan. ¿Realmente es tan importante conocer el porcentaje de población que no sabe calcular el interés compuesto?

Más allá de su utilidad como argumento en favor de la educación financiera, la mayor parte de estos análisis dejan fuera otros aspectos más difíciles de valorar, pero muy relevantes con vistas a elaborar programas verdaderamente útiles y prácticos. Un buen “diagnóstico de necesidades” debería incluir aspectos como las expectativas de desarrollo para la zona, la  evolución prevista en el entorno socio-económico (por ejemplo, cambios normativos tendentes a la industrialización o a la bancarización), los condicionamientos culturales, las normas sociales (formales e informales) que regulan las interacciones y los comportamientos económicos del grupo, etc. Como complemento a estas cuestiones sí puede ser relevante conocer el nivel actual de cultura financiera, con el fin de identificar qué carencias resultan más críticas en relación con las necesidades identificadas.

La adecuada realización de este diagnóstico requiere un apreciable grado de humildad por parte de los responsables. Con frecuencia, los programas formativos son elaborados por economistas o académicos, con la mejor de las intenciones pero con escasa comprensión del entorno en el que van a aplicarse.

En el ámbito de la cooperación al desarrollo abundan las anécdotas sobre los errores que se cometen cuando los valores de una sociedad se imponen en otra cuya idiosincrasia resulta completamente desconocida. Un amigo mío pasó un verano en África, con una ONG dedicada a la construcción de pozos en una zona cuajada de pequeñas aldeas. Para su sorpresa, no se les recibía con la alegría que esperaban. “Sin duda es por ignorancia”, pensaron con mucha condescendencia. “No son conscientes de las ventajas de tener tan fácil acceso al agua: las mujeres no tendrán que hacer tantos kilómetros hasta el río, mejorará la higiene… Lo comprenderán cuando la tengan”. Al año siguiente volvieron para hacer el seguimiento y comprobaron que los pozos habían causado un pequeño desastre en el ecosistema social de la zona. Una de las aldeas había atraído a tantas personas que no pudo absorber el repentino aumento de población; la micro-economía local colapsó y la aldea terminó por desaparecer. En las demás, las mujeres les pidieron desesperadas que cegaran los pozos: los viajes al río por los que tanto las habían compadecido los cooperantes eran el único espacio de socialización y esparcimiento con que contaban, lejos del control de sus maridos. Para ellas, ese pequeño atisbo de independencia era infinitamente más importante que la comodidad de tener el agua a la entrada de la aldea.

¿Preguntamos o miramos? En el artículo Escuchando a los beneficiarios, y para evitar casos como el que acabamos de relatar, la Stanford Social Innovation Review plantea la importancia de contar con los beneficiarios a la hora de identificar necesidades, establecer objetivos y definir acciones. El mismo principio es aplicable al desarrollo de programas de educación financiera: es preciso contar con la participación del grupo en el diagnóstico de amplio alcance que proponíamos en el apartado anterior, ya que son ellos los que viven con esos códigos no escritos que determinan gran parte de sus decisiones y comportamientos. La gran pregunta es, ¿y cómo lo hacemos?

Sin duda las encuestas y cuestionarios tradicionales son el instrumento de mayor alcance, y el más cómodo y sistemático en cuanto al posterior procesamiento y análisis de la información. Sin embargo, no conviene tomar sus resultados al pie de la letra. Está ampliamente demostrado que los seres humanos fallamos estrepitosamente a la hora de predecir nuestros deseos, motivaciones y comportamientos; mientras nuestra valoración del futuro más lejano se realiza en el córtex prefrontal (la parte racional), nuestras elecciones inmediatas se basan en factores viscerales y circunstanciales que activan nuestro cerebro emocional. Por eso jamás cumplimos nuestros buenos propósitos de Año Nuevo: nuestro Yo Futuro siempre es más organizado, va más al gimnasio y aprende más inglés que nuestro Yo del Momento Presente.

¿Qué alternativa tenemos entonces a las encuestas masivas tradicionales? Recientemente, un artículo sobre marketing para emprendedores de la Harvard Business Review recomendaba: “No preguntes a tu cliente lo que desea: mejor obsérvalo”. El principio es el mismo: nuestros clientes pueden creer que quieren algo (lo que se supone que es lógico y razonable desear) pero llegado el momento probablemente elegirán de manera distinta: a los efectos que nos ocupan, la realidad de los comportamientos observados es mucho más relevante que cualquier declaración de intenciones o preferencias basada en un concepto idealizado del propio yo.

Por tanto, la mejor forma de conocer realmente a nuestro público sería establecer protocolos de observación y experimentos piloto para apreciar sus conductas económicas en situaciones reales. Como complemento, es imprescindible contar dentro de cada colectivo con interlocutores representativos que permitan mantener abiertas las vías de diálogo y conocimiento mutuo.

Compañeros de viaje: juntos pero no revueltos. Está claro que la magnitud del desafío requiere un trabajo conjunto de muy diversos sectores y agentes, cada uno de los cuales tiene su propio papel que cumplir. La excesiva delegación de la educación financiera en manos del sector privado puede llevar a una dispersión de las iniciativas, a la superposición de esfuerzos y a la concentración de recursos en determinados grupos que se perciben como más “atractivos” (niños, jóvenes y emprendedores) en detrimento de otros con menores expectativas de retorno futuro y no tan “vistosos” en términos de reputación (adultos, personas mayores, colectivos vulnerables).

Por eso resulta vital el liderazgo de los organismos públicos en el impulso, diseño y coordinación de las estrategias globales de educación financiera. En cuanto a las organizaciones del tercer sector y de la sociedad civil, por su conocimiento del terreno constituyen un elemento clave en el diseño e implementación de los programas.

En el próximo artículo conectaremos la identificación de los grupos objetivo con la determinación de los mensajes y contenidos a transmitir. Mientras tanto, nos gustaría conocer vuestras experiencias como impulsores o demandantes de programas de capacitación financiera.