miércoles, 15 de mayo de 2013

Educación financiera racional para gente emocional


En el artículo anterior aportábamos ejemplos que rebaten una de las ideas troncales de la teoría económica tradicional: la racionalidad de todos los agentes que participan en los mercados… ¡consumidores incluidos! Diversos estudios confirman lo contrario: las personas elegimos en función de nuestras emociones, que por cierto son fácilmente manipulables. Los publicistas lo saben y las empresas lo utilizan con éxito para vendernos de todo... Sin embargo, la gran mayoría de los programas de educación financiera (públicos y privados) se siguen diseñando bajo la errónea premisa de que el público valora las utilidades de cada opción y toma siempre decisiones racionales.

¿Qué consecuencias tiene este enfoque? Incluso admitiendo la dificultad de evaluar algo tan complejo como la competencia financiera de las personas, no cabe duda de que los resultados obtenidos están a años luz de los deseados. Ante tal evidencia, cabe preguntarse por qué se insiste con modelos basados en intervenciones educativas que han demostrado dudosa o nula eficacia. Me atrevo a decir que la respuesta es clarísima: quienes diseñan los programas de educación financiera… ¡son tan irracionales como el público al que se dirigen! O puede que, simplemente, piensen que es mejor hacer algo, por ineficiente que sea, que nada en absoluto. Bien pensado, lo más probable es que sea una mezcla de ambas.

Con el fin de aportar mi granito de arena a la confusión reinante, a continuación sugiero algunas ideas para aumentar la eficacia de las propuestas de educación financiera, partiendo de la idea de que no tratamos con consumidores biónicos, sino con seres humanos esencialmente emocionales. Estas propuestas se agrupan en tres grandes categorías:

-        ¿A quién y con quién? Público objetivo y colaboradores
-        ¿El qué? Contenidos, destrezas y habilidades a transmitir
-        ¿Cómo? Canales, herramientas y difusión

Para facilitar la digestión, hoy vamos a centrarnos en la primera de estas cuestiones: ¿A quién y con quién? En próximos artículos desarrollaremos el qué y el cómo.

Grupos, subgrupos e individuos. Uno de los grandes desafíos de los programas impulsados por bancos centrales, comisiones de valores y supervisores financieros en general es que suelen tener vocación generalista. Por su naturaleza pública, estas entidades están moral e institucionalmente obligadas a intentar llegar hasta el último ciudadano y hasta el más remoto rincón del territorio nacional. Lo cual, obviamente, requiere una gran cantidad de recursos, mucha imaginación, una gran apertura mental… y una apuesta decidida por la cooperación con otros agentes.

En cualquier caso, no tiene sentido plantear una misma aproximación a colectivos con características y necesidades muy diferentes: es imperativa la segmentación del público en grupos más o menos homogéneos. Sin embargo, las clasificaciones habituales (emprendedores, niños y jóvenes, personas mayores, inmigrantes, etc.) siguen siendo claramente insuficientes, porque hay otros elementos que se superponen y que resultan como mínimo igual de determinantes: las características demográficas de cada área, las infraestructuras, los patrones culturales y religiosos, los códigos sociales… Incluso dentro de un mismo país, los emprendedores, niños, ancianos, etc. de zonas urbanas viven realidades muy diferentes de las que experimentan los mismos colectivos en entornos rurales.

Por su parte, las entidades privadas suelen realizar una segmentación natural, al seleccionar aquellos colectivos que les resultan más cercanos en función de la naturaleza o el ámbito geográfico de sus negocios (enfoque muy legítimo y potencialmente más eficiente).

Aún es posible ir más allá. Los países más innovadores y con mayor sensibilidad institucional, con Gran Bretaña a la cabeza, son conscientes de que la eficacia divulgativa aumenta en proporción directa al grado de individualización de las acciones (lo que, por supuesto, requiere el establecimiento de amplias redes de colaboradores e intermediarios).

Ortega y Gasset dejó claro que “yo soy yo y mis circunstancias”. Pocas cosas en el mundo nos resultan tan interesantes como nosotros mismos y lo que nos afecta de manera directa. De ahí que cada vez más empresas ofrezcan a los clientes la posibilidad de personalizar sus productos o servicios (de camino al mundo 3.0): es mucho más fácil sentirse emocionalmente vinculado a una marca que te permite expresar tus preferencias y necesidades.

Si consideramos la educación financiera como un servicio más que compite por la atención y el tiempo de los ciudadanos (y para el que no existe ninguna demanda espontánea, por mucho que nos duela reconocerlo), ¿qué suponemos que tendrá más efecto? ¿Consejos generales sobre buenos hábitos financieros o recomendaciones basadas en la comprensión de nuestros problemas y circunstancias particulares? Exacto. Lo cual nos lleva al siguiente punto.

¿Conocemos a nuestro público? He aquí uno de los puntos débiles de la mayor parte de los programas de educación financiera. Es cierto que algunos países dedican considerables esfuerzos y recursos a conocer el “punto de partida” en cuanto al nivel de cultura financiera pero, ¿qué utilidad tienen los resultados obtenidos?

Sí, nos permiten comprobar lo que ya sospechábamos por simple observación: que la cultura financiera brilla por su ausencia en casi todas las latitudes. Que hay un abismo entre lo que la gente cree que necesita saber, lo que cree que sabe y lo que realmente sabe. Que las preferencias expresadas suelen tener muy poco que ver con las decisiones que se adoptan en la realidad. Que la mayoría de las personas no comprenden algunos conceptos financieros básicos y que, aunque los comprendan, no los utilizan. ¿Realmente es tan importante conocer el porcentaje de población que no sabe calcular el interés compuesto?

Más allá de su utilidad como argumento en favor de la educación financiera, la mayor parte de estos análisis dejan fuera otros aspectos más difíciles de valorar, pero muy relevantes con vistas a elaborar programas verdaderamente útiles y prácticos. Un buen “diagnóstico de necesidades” debería incluir aspectos como las expectativas de desarrollo para la zona, la  evolución prevista en el entorno socio-económico (por ejemplo, cambios normativos tendentes a la industrialización o a la bancarización), los condicionamientos culturales, las normas sociales (formales e informales) que regulan las interacciones y los comportamientos económicos del grupo, etc. Como complemento a estas cuestiones sí puede ser relevante conocer el nivel actual de cultura financiera, con el fin de identificar qué carencias resultan más críticas en relación con las necesidades identificadas.

La adecuada realización de este diagnóstico requiere un apreciable grado de humildad por parte de los responsables. Con frecuencia, los programas formativos son elaborados por economistas o académicos, con la mejor de las intenciones pero con escasa comprensión del entorno en el que van a aplicarse.

En el ámbito de la cooperación al desarrollo abundan las anécdotas sobre los errores que se cometen cuando los valores de una sociedad se imponen en otra cuya idiosincrasia resulta completamente desconocida. Un amigo mío pasó un verano en África, con una ONG dedicada a la construcción de pozos en una zona cuajada de pequeñas aldeas. Para su sorpresa, no se les recibía con la alegría que esperaban. “Sin duda es por ignorancia”, pensaron con mucha condescendencia. “No son conscientes de las ventajas de tener tan fácil acceso al agua: las mujeres no tendrán que hacer tantos kilómetros hasta el río, mejorará la higiene… Lo comprenderán cuando la tengan”. Al año siguiente volvieron para hacer el seguimiento y comprobaron que los pozos habían causado un pequeño desastre en el ecosistema social de la zona. Una de las aldeas había atraído a tantas personas que no pudo absorber el repentino aumento de población; la micro-economía local colapsó y la aldea terminó por desaparecer. En las demás, las mujeres les pidieron desesperadas que cegaran los pozos: los viajes al río por los que tanto las habían compadecido los cooperantes eran el único espacio de socialización y esparcimiento con que contaban, lejos del control de sus maridos. Para ellas, ese pequeño atisbo de independencia era infinitamente más importante que la comodidad de tener el agua a la entrada de la aldea.

¿Preguntamos o miramos? En el artículo Escuchando a los beneficiarios, y para evitar casos como el que acabamos de relatar, la Stanford Social Innovation Review plantea la importancia de contar con los beneficiarios a la hora de identificar necesidades, establecer objetivos y definir acciones. El mismo principio es aplicable al desarrollo de programas de educación financiera: es preciso contar con la participación del grupo en el diagnóstico de amplio alcance que proponíamos en el apartado anterior, ya que son ellos los que viven con esos códigos no escritos que determinan gran parte de sus decisiones y comportamientos. La gran pregunta es, ¿y cómo lo hacemos?

Sin duda las encuestas y cuestionarios tradicionales son el instrumento de mayor alcance, y el más cómodo y sistemático en cuanto al posterior procesamiento y análisis de la información. Sin embargo, no conviene tomar sus resultados al pie de la letra. Está ampliamente demostrado que los seres humanos fallamos estrepitosamente a la hora de predecir nuestros deseos, motivaciones y comportamientos; mientras nuestra valoración del futuro más lejano se realiza en el córtex prefrontal (la parte racional), nuestras elecciones inmediatas se basan en factores viscerales y circunstanciales que activan nuestro cerebro emocional. Por eso jamás cumplimos nuestros buenos propósitos de Año Nuevo: nuestro Yo Futuro siempre es más organizado, va más al gimnasio y aprende más inglés que nuestro Yo del Momento Presente.

¿Qué alternativa tenemos entonces a las encuestas masivas tradicionales? Recientemente, un artículo sobre marketing para emprendedores de la Harvard Business Review recomendaba: “No preguntes a tu cliente lo que desea: mejor obsérvalo”. El principio es el mismo: nuestros clientes pueden creer que quieren algo (lo que se supone que es lógico y razonable desear) pero llegado el momento probablemente elegirán de manera distinta: a los efectos que nos ocupan, la realidad de los comportamientos observados es mucho más relevante que cualquier declaración de intenciones o preferencias basada en un concepto idealizado del propio yo.

Por tanto, la mejor forma de conocer realmente a nuestro público sería establecer protocolos de observación y experimentos piloto para apreciar sus conductas económicas en situaciones reales. Como complemento, es imprescindible contar dentro de cada colectivo con interlocutores representativos que permitan mantener abiertas las vías de diálogo y conocimiento mutuo.

Compañeros de viaje: juntos pero no revueltos. Está claro que la magnitud del desafío requiere un trabajo conjunto de muy diversos sectores y agentes, cada uno de los cuales tiene su propio papel que cumplir. La excesiva delegación de la educación financiera en manos del sector privado puede llevar a una dispersión de las iniciativas, a la superposición de esfuerzos y a la concentración de recursos en determinados grupos que se perciben como más “atractivos” (niños, jóvenes y emprendedores) en detrimento de otros con menores expectativas de retorno futuro y no tan “vistosos” en términos de reputación (adultos, personas mayores, colectivos vulnerables).

Por eso resulta vital el liderazgo de los organismos públicos en el impulso, diseño y coordinación de las estrategias globales de educación financiera. En cuanto a las organizaciones del tercer sector y de la sociedad civil, por su conocimiento del terreno constituyen un elemento clave en el diseño e implementación de los programas.

En el próximo artículo conectaremos la identificación de los grupos objetivo con la determinación de los mensajes y contenidos a transmitir. Mientras tanto, nos gustaría conocer vuestras experiencias como impulsores o demandantes de programas de capacitación financiera.

miércoles, 10 de abril de 2013

Por qué somos incapaces de tomar buenas decisiones financieras


Reconozco que el título es un poco engañoso. O generoso, según se mire. Desde un punto de vista estrictamente racional, nos cuesta tomar buenas decisiones... financieras o de cualquier otro tipo. Parece que el problema reside en nuestra incapacidad congénita para percibir la realidad tal como es, mientras nos dejamos confundir con alegre inconsciencia por toda suerte de ilusiones visuales, auditivas y cognitivas.  

No se trata de una mera suposición intuitiva. Hace años que los investigadores de la “behavioral economics” acumulan datos que acreditan nuestra irracionalidad decisoria. En el excelente curso A Beginner’s Guide to Irrational Behavior, de Duke University para Coursera, el profesor Dan Ariely aporta fascinantes ejemplos de cómo nuestros engranajes cerebrales nos conducen a elecciones poco afortunadas… y a insistir en ellas una y otra vez. ¿Alguien duda de que entender nuestros mecanismos de toma de decisiones es vital para quienes nos ocupamos de promover la educación financiera y la adquisición de hábitos sostenibles?


Pese a que los teóricos de la economía más ortodoxa insisten en que basta con proveernos de montañas de información para que tomemos decisiones racionales, la terca realidad muestra que el neocórtex está de vacaciones la mayor parte del tiempo. Puesto que es el cerebro límbico o emocional el que se encarga de casi todo, nuestras decisiones no sólo están influenciadas, sino que incluso pueden ser CREADAS por algunos de los siguientes factores:

  • Percepciones ilusorias de la realidad
  • Elementos irrelevantes o aleatorios
  • Ley del mínimo esfuerzo: las opciones “por defecto”
  • Resistencia al cambio

Percepciones ilusorias de la realidad. En la red abundan los ejemplos de ilusiones visuales, y a todos nos resulta muy entretenido comprobar que basta un ligero cambio de enfoque para transformar lo que parece evidente en un asombroso error de percepción.  

Por desgracia, nuestra capacidad de auto-engaño no se limita a cuestiones tan inofensivas y anecdóticas. Si la visión, uno de los sentidos humanos más perfectos y desarrollados, es capaz de confundirnos hasta tal punto, ¿cómo podemos confiar en el pobre cerebro, saturado de condicionamientos culturales e influencias externas de las que no somos conscientes?

En efecto, también nuestras decisiones económicas y de consumo se ven afectadas por percepciones ilusorias y/o engañosas. Según un estudio de la Universidad de Clark publicado en 2012 en el Journal of Consumer Psychology, los precios con más sílabas se perciben como superiores incluso cuando se presentan de manera visual, lo que afecta negativamente a la intención de compra. En el experimento realizado, los precios de computadoras y televisores se percibían como de mayor magnitud cuando incluían centavos: los consumidores sienten que 1.493,29 dólares son mucho más que 1.493 dólares. Los investigadores sugieren que tal circunstancia puede convertirse en un poderoso argumento subliminal de ventas: basta con referirse de la manera más breve posible a los precios de los productos propios (“catorce noventa y tres”) y adjudicar todas las sílabas a los precios de la competencia (“mil cuatrocientos noventa y tres con veintinueve”).

Desde otro punto de vista, los comercios tienen claro el valor psicológico de evitar los redondeos: todos sabemos que 7,99 euros son muchísimo menos que 8 euros. En este caso, parece que el exceso de sílabas que aportan los decimales queda sobradamente compensado por la disminución del 8 al 7.

Elementos irrelevantes o aleatorios. Aún más sorprendente es nuestra tendencia a estimar el valor de las cosas basándonos en elementos accidentales, que no guardan relación ni con su valor intrínseco ni con la satisfacción que nos proporcionan.  Un experimento muy revelador consistió en entregar a un grupo de individuos una lista con seis artículos de uso y consumo cotidianos, para que indicasen lo que estaban dispuestos a pagar por cada uno de ellos: un ratón para el ordenador, un teclado, una botella de vino caro, una botella de vino barato, un libro especializado y una caja de bombones. Antes de comenzar, se les pedía que escribieran en la parte superior de la hoja las dos últimas cifras de su número de la Seguridad Social. Sin motivo aparente, los que tenían números de la Seguridad Social más elevados se mostraron dispuestos a pagar más por todos los artículos que aquellos con números más bajos.

¿Qué tiene que ver el número de la Seguridad Social con el valor que atribuimos a determinados objetos o experiencias? Obviamente, nada. Parece que nuestro cerebro necesita referencias y utiliza como “ancla” lo que tiene más a mano, tanto si es pertinente como si no. ¿Y si no hay anclas? ¡Pues se inventan! Cuando Apple lanzó en 2007 el primer iPhone, los consumidores carecían de bases de comparación para atribuir valor a un producto tan novedoso. El iPhone de 8 GB salió a un precio de 600 dólares. Dos meses después, la empresa lo rebajó a 400 dólares. ¿De verdad había perdido un tercio de su valor en tan poco tiempo? ¿Se había equivocado el departamento comercial de Apple con el precio inicial? Ni lo uno ni lo otro: de manera completamente deliberada, Apple había establecido un “ancla” que posicionó los 400 dólares en la mente del público como un precio muy razonable.

Ley del mínimo esfuerzo: las opciones “por defecto”. Tanto si somos conscientes como si no, pasamos casi todo nuestro tiempo de vigilia tomando decisiones. Si tuviéramos que hacer un profundo análisis racional de los pros y contras para cada una de ellas, nuestra vida sería terriblemente complicada. Al parecer, el truco que emplean las personas con grandes responsabilidades es apegarse a la rutina en decisiones sencillas (comida, ropa…) con el fin de liberar tiempo y energía para esas otras decisiones de mayor calado que exigen reflexión y “racionalidad”. Aunque, por suerte, la mayoría de nosotros no tenemos que preocuparnos por el impacto externo de nuestras elecciones (el perjuicio o el beneficio se limita a un reducido grupo de allegados), somos igualmente aficionados a dejar la mente en barbecho y elegir “por defecto”.

Se obtuvieron conclusiones significativas sobre esta cuestión al analizar los porcentajes de donación de órganos en diferentes países europeos. Mientras unos se acercan al 100%, otros no pasan de un triste 15%. La justificación por motivos culturales o religiosos queda invalidada cuando se observa que países con más similitudes que diferencias muestran comportamientos absolutamente dispares: mientras Austria está en el grupo del 100%, Alemania presenta un modesto 12%; Bélgica tiene un 98% y Holanda sólo alcanzó el 28% después de intensas campañas institucionales.

La razón de tales diferencias reside en algo tan aparentemente accesorio como la forma en que se pide a los ciudadanos que manifiesten su adhesión. Los países con porcentajes más elevados siguen el sistema denominado opt-out: si los ciudadanos no indican lo contrario, se los considera donantes de órganos. Los porcentajes más bajos corresponden a países con sistema de opt-in: sólo se convierten en donantes quienes manifiestan de forma expresa su conformidad, marcando la casilla correspondiente. En el primer caso, la condición de donante se adquiere por defecto, sin que sea necesario realizar acción alguna al respecto. Para muchos individuos puede ser un quebradero de cabeza plantearse cuestiones tan personales y complejas como el destino de sus restos mortales; pero si el gobierno facilita la tarea dando por hecha la donación, esta se percibe como una conducta apropiada, cívica y “recomendada”, y su aceptación pasiva no sólo resulta muy cómoda, sino que queda desprovista de todo conflicto moral.

En entornos más cotidianos, algunas ONG están utilizando una eficaz variante de la donación por defecto a través de los supermercados. En los pagos en efectivo, cuando el cajero informa al cliente del monto de la compra, le pregunta si quiere recibir la moneda fraccionaria que le correspondería como cambio o si está dispuesto a donarla a la obra benéfica de turno. De este modo, la decisión de donar deriva de una conducta totalmente pasiva: no recibir las pequeñas monedas del cambio. Aun sin disponer de los datos, sospecho que por esta vía la recaudación es muy superior a la que se obtendría poniendo una hucha junto a la caja, lo que exigiría al cliente el esfuerzo psicológico de desprenderse activamente de las monedas.

Puesto que estamos programados para inclinarnos por la pasividad, sea cual sea el resultado de la misma, la opción “por defecto” será la que adoptemos la mayor parte de las personas. Resulta evidente el riesgo que esto implica. Hemos visto dos ejemplos de elecciones por defecto que no perjudican a quien las toma y que pueden generar beneficios relevantes para la comunidad. Pero, ¿qué ocurre cuando la opción por defecto se diseña para favorecer determinados intereses particulares?

Pensemos en algunas situaciones habituales relacionadas con productos financieros. “La inversión se renovará automáticamente con las nuevas condiciones si el titular no manifiesta lo contrario antes de los cinco días hábiles previos al vencimiento”. “Los dividendos serán reinvertidos en acciones de la compañía, salvo que el accionista exprese su deseo de recibir el importe en efectivo, para lo cual deberá cumplimentar el formulario adjunto”. La mayor parte de los inversores no profesionales, inmersos en sus preocupaciones cotidianas, se olvidarán por completo de la fecha de vencimiento y, por supuesto, jamás encontrarán el momento adecuado para “cumplimentar el formulario adjunto”. En este caso, la pasividad del cliente, previsible y prevista por la entidad financiera, le conducirá a mantener una inversión cuyas nuevas condiciones no conoce, o a incrementar su riesgo en acciones en lugar de percibir el dividendo en efectivo… para beneficio de la entidad que amablemente le ha facilitado la decisión por defecto.

Las elecciones por defecto no son buenas ni malas; simplemente, están por todas partes. Es importante que aprendamos a identificarlas, para valorar en cada caso si son o no de verdadero interés para nosotros.

Resistencia al cambio. El aforismo “Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer” refleja con fidelidad la tendencia humana a evitar los cambios. Cada elección que realizamos establece la pauta para comportamientos futuros, que se basarán más en la costumbre que en la racionalidad. Por supuesto, a veces cambiamos de marca o modificamos nuestro comportamiento… siempre que las demás opciones sean relativamente sencillas de valorar. Los estudios prueban que cuanto más complejas, variadas y numerosas sean las alternativas disponibles, mayor será nuestra resistencia al cambio y más probabilidades habrá de que nos mantengamos apegados a lo que ya conocemos.

Con estas pistas, resulta fácil entender por qué somos tan reacios a modificar nuestros insanos y poco rentables hábitos financieros: no se cumplen ninguno de los dos requisitos que podrían animarnos al cambio. Si en tiempos de nuestros padres los productos y servicios financieros eran pocos y sencillos, ahora son numerosos y nada intuitivos. ¿Cómo animar a las personas a planificar su jubilación cuando la mayoría no saben ni por dónde empezar? ¿Es posible ofrecer a los ciudadanos una orientación eficaz que disminuya su vulnerabilidad en el tormentoso mundo de las finanzas actuales?

Desde luego que sí... siempre que seamos conscientes de la realidad del público al que nos dirigimos. En el próximo artículo veremos cómo plantear acciones eficaces de responsabilidad social y educación financiera que tengan racionalmente en cuenta nuestra muy humana irracionalidad.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Emprendedoras al borde de un ataque de nervios

Todos sabemos que el desafío de emprender no está al alcance de cualquiera, ya sea hombre o mujer. Además de conocimientos suficientes en un área de actividad, son necesarias determinadas características y cualidades personales. Si bien es cierto que todos los emprendedores cargan con su correspondiente mochila de temores, malos hábitos y prejuicios, existen factores culturales y psicológicos que añaden un peso extra al equipaje de la mujer emprendedora. ¿Cuáles son esos obstáculos adicionales y cómo podemos enfrentarnos a ellos? 

1.       El peligroso don de la multitarea: las ventajas de ser cavernícola

Las mujeres nos hemos metido solitas y de cabeza en la trampa de nuestra supuesta habilidad para hacer “varias cosas al mismo tiempo”. Nos burlamos del cerebro mono-enfocado de los varones que nos rodean, pero a ellos se les ve bastante despreocupados y felices: no parece que su incapacidad para dispersar la atención entorpezca en modo alguno su desempeño social y profesional.

En el monólogo teatral de Rob Becker “Defendiendo al cavernícola” se bromea con esa sobrehumana capacidad de los hombres para aislarse del mundo mientras están absorbidos por cualquier cosa sumamente trascendental, como por ejemplo un espectáculo deportivo. En lugar de enfadarnos, ¡nos convendría aprender un poco de tan extremo y envidiable poder de concentración! Las mujeres, en general, solo nos ponemos frente a la tele sin hacer ninguna otra cosa cuando estamos tan exhaustas que rozamos la catatonia. De lo contrario, también aprovechamos ese rato de esparcimiento para arreglarnos las uñas, responder el correo electrónico o echar un vistazo a ese libro que no conseguimos terminar.

Por mucho que nos duela reconocerlo, no es posible hacer varias cosas al tiempo y hacerlas todas bien. Funcionar en modo multitarea no es una capacidad superior que poseemos las mujeres, sino un camino seguro hacia el infarto. Está comprobado que dividir la atención disminuye la productividad personal y perjudica nuestra salud. Harvard Health ha publicado recientemente el libro “Organiza tu mente, organiza tu vida”, cuyos autores señalan que la multitarea incrementa las posibilidades de cometer errores y dejar pasar información y datos importantes. ¿Cuántas veces hemos enviado un correo electrónico a la persona equivocada, o con un texto mal planteado y con errores? Los habituales de la multitarea también tienen menor capacidad para retener información en la memoria operativa, lo que puede disminuir la creatividad y la capacidad de resolución de problemas.

En lugar de tratar de hacer varias cosas a la vez (y ninguna de ellas bien) los autores sugieren lo que denominan la “atención flexible”: ir desplazando la atención desde una tarea hasta la siguiente, de forma consciente y completa, manteniéndonos plenamente enfocadas en la tarea actual... ¡como buenas cavernícolas! La atención flexible es un signo de agilidad y buena forma cerebral.

Recuerdo una entrevista en televisión a una profesional de mucho éxito, con tantos frentes de actividad abiertos que parecía imposible atenderlos todos. La presentadora le preguntaba cómo conseguía abarcar tanto y con tal nivel de calidad. Su respuesta fue contundente: “Hago una cosa después de otra”.

2. El tele-trabajo no es la panacea: el reto de organizar el tiempo y el espacio

Para un emprendedor no existen los horarios. Con mayor o menor intensidad, la mente está siempre atenta a nuevas ideas, nuevos recursos, nuevas formas de mejorar la actividad y obtener rendimientos. Cuando el trabajo se realiza desde el hogar, el nivel de auto-disciplina necesario para funcionar de manera óptima se incrementa notablemente: nuestro cerebro asocia la casa con el descanso y la familia, no con el esfuerzo mental sostenido. Ahora bien, cuando quien tele-trabaja es una mujer… ¡el desafío ya roza lo épico!

A estas alturas del siglo XXI, aún existe cierta percepción generalizada de que “el trabajo que se hace desde casa es menos trabajo”. O más fácil. O menos cansado. O menos estresante. Confundimos flexibilidad con ausencia de dificultades. De hecho, es más bien lo contrario: trabajar desde casa es igual de agotador pero, con frecuencia, mucho más frustrante que acudir a un centro de trabajo, e incomparablemente más solitario.

El tele-trabajo ofrece menos oportunidades de contacto social y exige una férrea disciplina para separar los espacios personales y profesionales. ¿Qué ocurre cuando la mujer trabaja en casa y, por descontado, sigue haciéndose cargo casi en exclusiva del cuidado de los hijos y del hogar? “Después de todo, ¡tú estás en casa todo el día!”, argumentan incluso los compañeros más concienciados. No es que las fronteras entre familia y trabajo se difuminen: para muchas emprendedoras, es que no existen.

3. Incomprensión familiar y sentimiento de culpabilidad

En la red abundan los libros y artículos sobre las dificultades de “tener como pareja a un emprendedor”: compartir la vida con alguien que vive en una permanente inseguridad económica, que no tiene horarios fijos, que está emocional y mentalmente absorbido por su proyecto casi las 24 horas del día… Sin embargo, todos están escritos por las parejas femeninas de los hombres emprendedores; si existe alguno desde la perspectiva del “compañero de la emprendedora”, hasta el momento no he sido capaz de encontrarlo.

La economía es una de las principales fuentes de conflicto familiar. Cualquier emprendedor/a realista sabe que se necesitan entre uno y tres años para obtener los primeros rendimientos. Mientras llega el feliz momento de recoger los frutos, tener un emprendimiento en casa suele suponer un serio lastre para el presupuesto familiar. Aunque la emprendedora de turno cuente con los imprescindibles dones divinos de la paciencia y la perseverancia, es mucho esperar que todos los parientes cercanos (a los que a menudo se recurre en busca de préstamos o soporte financiero) gocen en la misma medida de tales cualidades.

 El otro gran caballo de batalla es el tiempo. Descartada la multitarea, levantar un negocio de la nada exige una gran inversión en esfuerzo y horas dedicadas. Sin duda es humano y comprensible que la pareja y los hijos puedan resentirse por la aparente postergación. La situación se complica aún más cuando le sumamos un atributo congénito y sumamente característico de las mujeres: el sentimiento de culpabilidad en relación con los hijos.

Cuando se trabaja por cuenta ajena, el sentimiento de culpabilidad sigue presente pero, por lo menos, se “comparte” con el empleador y con la rigidez del sistema laboral: nos quejamos, con razón, de los horarios poco flexibles o de la muy masculina práctica de convocar reuniones a horas intempestivas. Sin embargo, las mujeres emprendedoras y profesionales carecen del alivio de esa justificación externa: el tiempo que dedican al trabajo en lugar de estar con sus hijos es enteramente “culpa” suya.

La formación continua o el networking son dos de las actividades clave para un emprendedor que suelen verse afectadas por el arraigado sentimiento femenino de culpabilidad familiar. ¿Ir a tomar un café con los colegas, asistir a ese evento o seminario o… pasar más tiempo con mi familia?

He perdido la cuenta de las veces que he oído decir a alguna colega: “Mis hijos son lo primero”. Obvio. Lo chocante no es la idea, sino la aparente necesidad que tenemos las mujeres de insistir en que el trabajo es algo accesorio en nuestras vidas, como si tuviéramos que excusarnos por dedicar tiempo y pasión a un proyecto profesional. ¿No son los hijos y la familia lo primero para cualquier persona con una saludable estructura de prioridades, ya sea hombre o mujer, emprendedor o trabajador por cuenta ajena? Meg Cadoux, autora del libro “En lo bueno y en el trabajo: guía de supervivencia para emprendedores y sus familias”, sugiere que para un emprendedor es humanamente imposible lograr el equilibrio entre familia y trabajo. Poner en marcha un emprendimiento es absorbente por definición. En lugar de perseguir un objetivo tan poco realista, aconseja concentrarse plenamente en lo que se esté haciendo en cada momento.

¿El desafío? Establecer unas rutinas domésticas que tengan en cuenta las necesidades de todos y cada uno de los miembros de la familia… incluida la propia mujer emprendedora.

Para compartir experiencias con otras mamás en la misma situación, sugerimos la red internacional foundingmoms.com, con un capítulo latinoamericano en castellano a través de su página de facebook

4. ¿Delegar y subcontratar? No, gracias… ¡Nadie hace las cosas como nosotras!

¿Alguien más ha tenido una madre para la que sólo hay una manera correcta de poner a secar la ropa? El exceso de perfeccionismo y la adhesión inquebrantable a determinadas formas de hacer las cosas también contribuyen a complicar nuestra vida como emprendedoras. ¡Como si no hubiera ya bastante quehacer asociado al desarrollo de un proyecto, nos cargamos además con exigencias auto-impuestas y perfectamente prescindibles!

En ocasiones, las restricciones presupuestarias nos ofrecen una especie de justificación racional para el afán cuasi-compulsivo de ocuparnos de todo: como no queremos/podemos pagar a un profesional,  nosotras nos encargamos de la contabilidad, las ventas, la presencia en redes, la página web… Si calculáramos el coste de dedicar nuestro tiempo a algo que no dominamos, en lugar de enfocarnos en lo que mejor sabemos hacer, nos daríamos cuenta de hasta qué punto resulta improductivo ese “intrusismo profesional” que practicamos. Con tal enfoque, es posible que seamos unas emprendedoras pertinaces, pero difícilmente nos convertiremos en verdaderas empresarias.

5. Infravaloración del propio trabajo

Conozco a una notaria de 59 años que rebaja sistemáticamente las tarifas a sus clientes, sin que se lo pidan siquiera, porque “pobrecitos, tener que pagar por una gestión que no les queda más remedio que hacer… después de todo, lo que yo hago no es tan complicado”. También conozco a una emprendedora que hace unas piezas exquisitas de lencería a medida, y que las vende a unos precios ridículos: “Bueno, es que como están hechas a mano por mí, tampoco valen tanto”.

Dan ganas de gritar, ¿verdad? ¿Por qué todavía es necesario explicar a estas mujeres que su tiempo, su cualificación y su experiencia profesional merecen una remuneración adecuada? ¿Y que lo artesanal es más valioso que un artículo de serie que probablemente se haya fabricado explotando a seres humanos? A las mujeres se nos educa para ser abnegadas y altruistas, hasta el extremo de creer que tales cualidades son incompatibles con el hecho de cobrar precios y tarifas equitativos por nuestro trabajo. De esta forma participamos en la construcción del famoso "techo de cristal" sobre nuestras cabezas.

En las ediciones que ya hemos realizado de nuestro webinar ¿Cuánto vale mi trabajo? Aprende a hablar del dinero con naturalidad, hemos constatado con las participantes hasta qué punto nos cuesta defender de manera asertiva y confiada el valor de lo que ofrecemos. Es normal que los clientes traten de ajustar al máximo los precios: están en su derecho y en su papel. También es normal que nosotras, en ocasiones y como estrategia comercial para acceder a un determinado trabajo, aceptemos tales ajustes. Lo importante es no dejar que nuestra política de precios venga dictada por las dudas sobre el valor de nuestro esfuerzo.

Resumiendo todos los puntos anteriores, una emprendedora de éxito se caracteriza porque:
  • Hace una sola cosa cada vez... ¡con plena concentración!
  • Respeta y hace respetar los espacios y tiempos destinados al trabajo, incluso (y especialmente) cuando desarrolla su profesión desde casa.
  • Evita el desgaste de una culpabilidad injustificada y aprende a protegerse emocionalmente frente a la (transitoria) incomprensión y las demandas del entorno familiar más cercano.
  • Subcontrata cuando es necesario y delega en los especialistas... manteniendo la mente abierta a otras formas igualmente válidas de hacer las cosas.
  • Es consciente del valor de su trabajo y lo transmite sin complejos al mundo en general... y a los futuros clientes en particular. 

Como indicábamos en nuestro artículo “Testosterona, estrógenos y sostenibilidad”, las mujeres venimos equipadas de serie con un gran número de ventajas competitivas, que podemos y debemos aprovechar en nuestra faceta de emprendedoras y profesionales. Si, además, conseguimos liberarnos de todas o algunas de las “piedras en la mochila” que acabamos de repasar, las posibilidades de llevar adelante nuestros proyectos (sin sufrir un ataque de nervios) pueden aumentar de manera exponencial.

No queremos terminar este artículo sin recomendar a nuestras lectoras el portal Womenalia.com, un espacio de referencia para las mujeres profesionales y emprendedoras. En él es posible encontrar ideas, recursos y apoyo... para prácticamente todas nuestras necesidades.


martes, 19 de febrero de 2013

Mitos y leyendas de la economía que nos complican la vida


Gracias al instinto gregario de la especie humana, en cada época existen una serie de verdades universales que muy pocos se atreven a cuestionar. Ya hablemos de ciencia, religión o economía, quienes osan apartarse de la ortodoxia vigente deben afrontar resistencias que pueden ir desde el simple descrédito hasta la mismísima hoguera, según el grado de salvajismo de los fundamentalistas de turno.

Puesto que todos sabemos que la Tierra resultó no ser plana y que el hombre sí puede correr los 100 metros en menos de diez segundos, resulta asombrosa la tendencia humana a la incansable repetición de lugares comunes en relación con la economía. El gran problema es que no se trata de meras elucubraciones teóricas, sino de creencias arraigadas que determinan nuestras decisiones y comportamientos económicos, y que sobreviven incluso a las evidencias empíricas en contra: ni siquiera la crisis que tenemos delante de los ojos parece ser capaz de llevarnos a cuestionar la sensatez y veracidad de algunos de estos "mitos y leyendas".

Las cinco afirmaciones que vamos a ver, y que forman parte del acervo cultural e incluso religioso de muchas sociedades, no sólo comprometen nuestro bienestar al propiciar decisiones financieras poco inteligentes, sino que constituyen barreras invisibles, pero muy sólidas, frente a cualquier intento de sensibilización o educación financiera. De ahí nuestra insistencia en que la cultura financiera es mucho más que una cuestión cognitiva: para que las capacitaciones tengan éxito deben tener en cuenta el punto de partida de las personas a las que se dirigen. Por desgracia, ese punto de partida suele incluir uno o varios de los siguientes mitos:

Mito nº 1: El ladrillo es una inversión segura: ¡su valor siempre sube! Por favor, que levante la mano quien no haya oído jamás esta frase. ¿Y bien? Ninguna mano alzada, claro. Desde que empezamos a generar un mínimo excedente de ahorro y se nos plantea el dilema de dónde ponerlo a buen recaudo para que nos genere rendimientos, esta frase la oímos repetida como un mantra a familiares, amigos, colegas... e incluso a los gobernantes. Ante tan férrea unanimidad, ¿quién es el valiente que se atreve a sostener lo contrario?

Al margen de los intereses particulares que algunos políticos y empresarios mantienen en favor de esta idea, muchas personas consideran que las inversiones "palpables" son más seguras e incluso más éticas que las que se basan en meros apuntes contables. Si bien los desmanes financieros de los últimos años han reforzado en gran medida tal impresión, al permitir que se generaran grandes fortunas basadas en la venta intensiva de humo, conviene recordar que la aparente revalorización eterna de los inmuebles (normalmente en forma de “burbuja”) también suele ser consecuencia de trapicheos y abusos especulativos.

Las consecuencias de creer en este mito están a la vista: se confunde la ocasional inversión en inmuebles de los recursos excedentes con destinar a la compra de la vivienda todo lo que se tiene… ¡y también lo que no se tiene!

Mito nº 2: No hace falta aprender economía: para el manejo de las cuentas diarias no se precisan grandes conocimientos. Sí y no. Esta creencia es especialmente tramposa porque encierra una parte de verdad (no hace falta una licenciatura universitaria para tomar decisiones financieras inteligentes), pero no tiene en cuenta que funcionamos según un condicionamiento económico del que no somos conscientes, y del que únicamente podemos librarnos "aprendiendo" formas alternativas de administrar nuestros recursos.

Una mamá me explicaba hace poco que le parece muy importante dar educación financiera a su hija, pero que primero tiene que conseguir que deje de morderse las uñas y que adquiera buenos hábitos alimenticios… Cuando consiga eso, ¡ya se planteará abordar esos temas tan espinosos! No podemos sino solidarizarnos con estos padres abrumados por la enormidad de los desafíos que plantea la tarea educativa y que, en el fondo, tampoco se sienten seguros de sus habilidades en la gestión de la economía personal, y menos aún de cómo hablar con sus hijos sobre el dinero. De este modo la educación financiera se va dejando para algún momento futuro que, por supuesto, jamás llega. Funcionamos con el “piloto automático económico” y replicamos una y otra vez comportamientos financieros cuya utilidad ni siquiera nos planteamos.

Mito nº 3: Aprender economía es demasiado complejo, está fuera de mi alcance. De modo harto paradójico, esta consideración suele coexistir con la anterior, sin que sus víctimas aprecien contradicción alguna: “La economía y las finanzas son tan complejas que no puedo entenderlas y, por lo tanto, no merece la pena que me moleste por aprender ni lo más básico: después de todo, mi dinero se administra solo sin que yo le dedique excesiva atención”.

¿En qué quedamos? ¿Se administra solo porque es facilísimo y no requiere ni nuestro tiempo ni nuestra atención, o entender el funcionamiento del dinero es complicadísimo y excede nuestras capacidades intelectuales?

En realidad, aunque se formulen de manera opuesta, los mitos 2 y 3 son el mismo: “Se me ocurren infinitas cosas más interesantes, urgentes y atractivas que hacer antes que sentarme a hacer un presupuesto o ponerme a pensar en mis objetivos personales y financieros”. Nada más lejos de mi intención que criticar este enfoque: nos ocurre a la mayoría. Eso sí, tenemos que ser conscientes de hasta qué punto nos perjudica dejar nuestras finanzas a la deriva mientras nosotros contemplamos el paisaje.

Mito nº 4: No es posible hacer dinero sin ensuciarse las manos. Hoy día, la lotería parece ser el único medio socialmente aceptado para acumular razonables cantidades de dinero en poco tiempo. Por otra parte, todos los que jamás hemos sido agraciados con tan imprevisible recompensa nos regodeamos con la idea (verdadera, por otra parte) de que "un elevado porcentaje de los que ganan grandes cantidades en la lotería están arruinados en menos de tres años". ¡Justo castigo divino! Todos sabemos que, en realidad, el dinero hay que ganarlo con muchísimo esfuerzo y sufrimiento y, cuando no es así, lo más lógico es que desaparezca como el oro de los leprechaun (duendecillos irlandeses de escasa moral financiera: prometen dinero con gran soltura, pero se trata de un oro encantado que desaparece de manera súbita).

Lo cierto es que los escándalos económicos y políticos hacen un flaco favor a la causa de la educación financiera. En España, resulta un tanto asombrosa la propuesta de una diputada para que "se enseñe educación financiera y tributaria desde la escuela, con el fin de concienciar a los ciudadanos sobre la importancia del cumplimiento de las obligaciones fiscales". En primer lugar, esto demuestra un oportunismo lamentable (hace mucho tiempo que diversos colectivos, instituciones y docentes vienen clamando por una mayor presencia de estas cuestiones en el entorno educativo). Sin embargo, lo peor es que también indica una notable falta de comprensión de lo que es en realidad la educación financiera. No es posible “enseñar” responsabilidad fiscal en las aulas: la inclinación a cumplir con las obligaciones tributarias en la edad adulta no es una cuestión de conocimientos académicos ni de enseñanzas motivadoras, sino de valores generales que no se inculcan en un libro de texto ni en un taller formativo, sino que deben vivirse y respirarse en la escuela, en casa y en la vida pública.

El gran problema de este mito es que asocia la deshonestidad con las actividades empresariales. En los países latinos, donde somos muy proclives a cuestionar los logros ajenos, nos apresuramos a atribuir el éxito en los negocios a la simple suerte o, si se prolonga en el tiempo, a la segura realización de prácticas “sospechosas”. ¡Inconveniente enfoque para la educación de futuros emprendedores que contribuyan a generar riqueza y prosperidad!

Mito nº 5: La educación financiera es una herramienta para difundir el capitalismo. Recientemente, una docente me confesó que la idea de hablar sobre el dinero a los niños le provoca un gran rechazo, ya que le parece una manera de inculcarles el materialismo con el fin de sostener el sistema capitalista. Aunque no todos son capaces de formularla de manera tan explícita, esta creencia está más difundida de lo que parece.

Son varias las confusiones que alimentan este mito, y no tienen demasiado que ver con los excesos y fallos evidentes del sistema capitalista. Mientras encontramos el sistema perfecto, una buena cultura financiera sigue siendo el mejor recurso para alcanzar libertad e independencia, sean cuales sean las realidades económicas, sociales o políticas del entorno. 

Como conclusión, proponemos una definición “anti-mitos” de lo que significa tener una buena cultura financiera: Es la capacidad de una persona para obtener, de manera ética y sostenible, el mayor provecho posible de los recursos que se encuentran a su alcance, adaptándose a las circunstancias sociales, económicas, financieras y políticas que existan en cada momento”.  ¿Alguna idea para completarla y mejorarla?

martes, 15 de enero de 2013

El homo economicus en la cabalgata de los Reyes Magos


En España, las Navidades terminan oficialmente el 6 de enero, cuando los niños empiezan a romper los juguetes que esa misma mañana les han traído los Reyes Magos. Sin embargo, el último gran evento navideño tiene lugar la tarde anterior: dotados del don de la ubicuidad, los susodichos monarcas desfilan por las ciudades y pueblos de toda España, escoltados por un batiburrillo de personajes y referencias infantiles (los piratas del Caribe, Disney al completo, Narnia, Harry Potter… ).

Para confirmar los malos augurios sobre el 2013, me tocó estrenarlo acompañando a mi sobrina de nueve años a la cabalgata de Reyes en Sevilla. ¡Espeluznante experiencia! Durante unos minutos debatí conmigo misma dos posibles líneas de acción: 1) Acabar de una vez con las ilusiones de mi sobrinita (que ya están muy tambaleantes) sobre camellos voladores y reyes dadivosos y arrastrarla de vuelta a casa; 2) Ceder a la deformación profesional y observar la surrealista situación en clave de conceptos y comportamientos económicos. Estáis leyendo esto porque no tuve corazón para decidirme por la opción 1…

Para los que nunca han sufrido el shock de presenciar una cabalgata, debo aclarar que el objetivo de los asistentes no es la contemplación pasiva de las artísticas carrozas. El verdadero propósito es conseguir la mayor cantidad posible de los caramelos y golosinas arrojados por sus ocupantes. La única ley que se respeta es la de la selva: los niños más grandes apartan a empujones a los más pequeños, y los adultos apartan a empujones a los niños (ajenos) de cualquier tamaño. En torno a este esquema tan simple podemos encontrar representados algunos conceptos relacionados con la economía y la educación financiera:

Patrocinio y marketing.  En esta ocasión, la cabalgata estaba encabezada por dos pequeños coches eléctricos de una conocida marca automovilística, con aspecto de juguetes sofisticados para niños caprichosos. La misma marca sufragaba también el reparto masivo de bolsitas de plástico con el lema “Cabalgata limpia, guarda aquí tus caramelos”.

Apunte para empresarios y emprendedores: toda aglomeración de personas con ánimo festivo es una buena ocasión para dejar ver tu logo. Si además vinculas tu marca con alguna idea bien posicionada en la mente del público (limpieza del entorno, respeto al medioambiente) y les facilitas al mismo tiempo la satisfacción de una necesidad (en este caso, las bolsitas para guardar el botín de la jornada) es probable que obtengas un buen retorno de la inversión realizada.

Acumulación. Ingenua de mí, en un primer momento pensé que se estaban repartiendo demasiadas bolsas (recordemos que el plástico no es precisamente un material  biodegradable) y que no había manera humana de que los niños pudiesen llenarlas todas. Por supuesto, me equivocaba. Mi sobrina, que a estas alturas es toda una profesional de las cabalgatas con una depurada estrategia, tomó impertérrita el manojo de bolsas y las repartió entre sus bolsillos para ir sacándolas con rapidez a medida que se fueran llenando las demás. ¿El resultado? Baste decir que hubiese sido capaz de llenar el doble de bolsitas sin gran esfuerzo.

Pese a que mi sobrina tiene racionado el consumo de dulces, y a que las bolsas de caramelos de cabalgatas anteriores suelen rodar por su casa hasta la fecha de caducidad, la compulsión de acumular parece ser consustancial al homo economicus y se manifiesta, por lo tanto, desde la más tierna infancia. La propiedad de algo genera una sensación de riqueza y seguridad que libera gran cantidad de endorfinas (aunque, como todos sabemos, tan adictivo efecto es poco duradero y requiere la inmediata adquisición de nuevas posesiones).

En el caso de las cabalgatas, el atractivo inherente a cualquier proceso de acumulación se ve potenciado por el concepto de “gratuidad”. Si conseguir bienes materiales proporciona una gran satisfacción, obtenerlos a coste cero ya nos aproxima al éxtasis.

En la edad adulta, esta tendencia a la acumulación tiende a afianzarse y brota con especial virulencia en época de rebajas, o cuando los comercios ofrecen aparentes “facilidades de pago” en forma de descuentos, promociones o cuotas. Cuando algo es (o parece) barato y asequible, el impulso de consumir se impone a cualquier consideración de necesidad o utilidad. ¿Qué importa que esos pantalones de oferta nos estén un poco grandes o un poco pequeños? ¿O que el color no acabe de gustarnos? ¿O que ya tengamos pantalones más que suficientes? ¡Hay que aprovechar las oportunidades!

En este caso, no hubo forma de convencer a mi sobrina para que dejara de jugarse la integridad física por unas golosinas que jamás va a catar: la mera posesión de cuatro bolsitas llenas de dulces resultó ser incentivo suficiente. Incluso después de que el último Rey Mago se hubo perdido en el horizonte, niños y grandes continuaron agachándose e inspeccionando el pavimento para localizar golosinas en estado comestible. Es fácil comprender por qué los dentistas tienen tanto trabajo.

Gamificación. Una tendencia educativa en alza es el uso de la “gamificación”, que consiste en incluir elementos propios de los juegos en situaciones reales, con el fin de incentivar determinados comportamientos, consumos o aprendizajes. En las cabalgatas pueden identificarse algunos elementos propios de la gamificación. Mientras los asistentes compiten con entusiasmo por cazar más golosinas que el vecino, los que mejor se lo pasan son los niños y jóvenes que encarnan a los personajes de las carrozas, y que tienen a su cargo la envidiable tarea de lanzar los caramelos a la multitud.

Llegamos así a uno de los motivos por los que aborrezco las cabalgatas de Reyes: son una actividad de alto riesgo que no debe afrontarse sin la protección de un buen casco y unas gafas irrompibles. Los jovencitos de las carrozas, que probablemente pasan demasiadas horas jugando a los Angry Birds, parecen creer que su misión es atinar con los caramelos en la coronilla o los ojos de la gente: en lugar de lanzarlos en arco para que vayan cayendo de manera inofensiva e indolora, apuntan y tiran a dar con todas sus fuerzas. Estoy segura de que van sumando mentalmente los puntos obtenidos y se felicitan cuando comprueban que han acertado a alguien en la crisma… ¡incluso es posible que exista alguna especie de torneo secreto entre carrozas! En consecuencia, el público se divide en dos grupos: los que nos agachamos cuando las vemos acercarse, para evitar los impactos, y los niños y papás kamikazes que están convencidos de poder interceptar los proyectiles al vuelo. Después de todo, ¡hay un montón de bolsitas que llenar!

Despilfarro. Dícese del uso desmesurado, superfluo o irracional de algún recurso. En las cabalgatas de Reyes, el despilfarro ocupa un papel protagonista:
  • Caramelos. Pese a las habilidades receptoras de niños, papás y abuelos, las calles de Sevilla terminaron tapizadas con miles de caramelos aplastados y pisoteados, que se adherían con ferocidad a zapatos y ruedas de coches. Imagino que una parte importante del presupuesto de la cabalgata fue a parar a una rápida e inmediata limpieza de residuos, porque lo cierto es que a la mañana siguiente tanto las personas como las flamantes bicicletas nuevas ya podían circular por la ciudad sin quedar pegadas al suelo. Interesante destino para el dinero: caramelos-alfombra y horas extra de limpieza urbana.


  • Carrozas. La espectacularidad del desfile varía mucho de unas localidades a otras: depende del estado de las arcas municipales y del presupuesto de las marcas que patrocinan el monárquico despliegue. Por algunos vistazos de reojo, me dio la impresión de que las carrozas sevillanas estaban bastante bien logradas, al igual que los disfraces de los sádicos lanzadores de caramelos. Lamentablemente, soy del grupo de los cobardes y pasé la mayor parte del tiempo medio escondida, por lo que apenas tuve ocasión de verificar las positivas impresiones. A mi lado, un matrimonio de cierta edad comentaba: "¡Qué lástima de carrozas, con lo bonitas que son y nadie se molesta en apreciarlas!".
En defensa del consumo responsable, sugiero a los responsables de las cabalgatas que concentren el uso de los recursos en una cosa o en la otra. Si apuestan por los caramelos, pueden ahorrarse la decoración de las carrozas: conseguirían el mismo efecto tirándolos directamente desde un tractor. Si, por el contrario, desean transmitir una imagen de magia y esplendor, los que sobran en la ecuación son los caramelos.

Como conclusión, ofrezco una breve lista de las características que definen al homo economicus, en el competitivo contexto de la cabalgata de Reyes:

  • Su principal propósito es conseguir muchas, muchas golosinas. Da igual el sabor o la modalidad,  porque lo importante no es su eventual consumo, sino la simple satisfacción de acapararlas.
  • Alto grado de tolerancia al riesgo o negación del mismo: llenar las bolsas de caramelos bien vale un ojo morado o unos cuantos puntos de sutura.
  • Selección natural: los más grandes y agresivos consiguen más caramelos, confirmando que el tamaño importa y que Darwin tenía razón sobre la supervivencia del más fuerte.

Por suerte, la cabalgata de Reyes sólo tiene lugar una vez al año… El problema surge cuando el homo economicus de turno ostenta cierto poder y muestra esas mismas características en el mundo real: así se hunden los sistemas financieros y las economías de los países.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Las tres tendencias de la educación financiera para 2013


Hoy día, la única forma de que te lean en Internet es elaborar una lista y encabezarla con un título de cierto interés. Puesto que no soy dada al auto-engaño, tengo asumido que la educación financiera no despierta precisamente un entusiasmo abrumador (aunque estoy convencida de que algún día conseguiremos ponerla de moda, cosas más raras se han visto). Tampoco me consta que exista ninguna práctica de educación financiera que aglutine la suficiente masa crítica como para merecer el grandioso nombre de “tendencia”. Sin embargo, en homenaje al obligatorio optimismo de estas fechas, me animo a compartir mi lista personal de deseos sobre el futuro inmediato de la educación financiera en Iberoamérica. Querido Santa Claus: para este 2013 me gustaría que me trajeras…

1. Una creciente demanda social de talleres y programas de educación financiera, adaptados a las necesidades de colectivos concretos

A menudo hemos constatado, con notable frustración, que muchas personas están dispuestas a pagar por carísimos cursos sobre la misteriosa y elusiva “Ley de la Atracción”, pero no hay manera de que asistan a talleres gratuitos para aprender a manejar su dinero de forma eficaz… ¡Y eso que es bastante más sencillo! Parece que confiamos más en nuestra capacidad para transformar la energía del Universo que en nuestra paciencia para leer y entender un contrato financiero.

Hace poco, una recién llegada a un grupo de LinkedIn sobre educación financiera preguntó con cierta ingenuidad: “¿Cómo conseguís que la gente se apunte y asista a los talleres que no son obligatorios?”. De inmediato surgieron los comentarios jocosos: “¡Buena suerte! Por favor, en cuanto sepas la respuesta compártela en el grupo”.

En el mundo ideal que prevemos para 2013, en todos los grupos de población habrá cada vez más personas financieramente iluminadas que, con el entusiasmo propio de los conversos, se dedicarán a asimilar y difundir nuevas prácticas económicas, más inteligentes y provechosas para todos. Serán conscientes de sus verdaderas necesidades y buscarán cursos, materiales y herramientas que les permitan alcanzar sus objetivos. Los talleres para familias, emprendedores y futuros jubilados estarán llenos hasta la bandera, y los asistentes sustituirán la angustia vital que les produce pensar en el dinero por una estimulante sensación de confianza en sí mismos.

 2. Unos contenidos y formatos más lúdicos, prácticos y… humanos

En la actualidad, las experiencias de aprendizaje lúdico e implícito parecen estar reservadas para los más pequeños. Sólo los niños tienen derecho a asimilar nuevas ideas mediante juegos, música y colores. Los adultos estamos obligados a demostrar nuestra seriedad aguantando charlas solemnes y aleccionadoras sobre el funcionamiento del sistema financiero y las bondades del ahorro. ¡Un planteamiento ideal para combatir el insomnio!

Además de ser tremendamente aburrido, el “estilo sermón” que impera en la educación financiera para adultos tiene el gran inconveniente de generar un rechazo adicional al que de por sí produce todo lo relacionado con el dinero. Aún no he conocido a nadie a quien le agrade que cualquier extraño, por muy bienintencionado que sea, le diga cómo tiene que vivir su vida.

En el 2013, la gamificación llega a la educación financiera. No como una moda, sino como la mejor forma de conectar con las inclinaciones naturales del ser humano a la diversión y al disfrute de experiencias en primera persona.

Además de esta revolución en los formatos, los contenidos evolucionan hacia nuevos enfoques: ya no se trata de instruir o educar a las personas (planteamientos que denotan cierta “superioridad” de quien imparte el conocimiento), sino de mostrar otras alternativas para ganar, ahorrar, gastar, compartir o invertir el dinero, que no tienen por qué estar alineadas con las creencias predominantes en nuestras sociedades.

Y, por encima de todo, los contenidos se adaptan de manera realista a las circunstancias de cada colectivo o grupo de población: las verdades universales tampoco existen en el ámbito de la educación financiera, y las propuestas que tienen sentido en algunos casos pueden ser completamente inadecuadas en otros contextos. Un buen programa con contenidos “globales” puede fracasar por no reconocer las características particulares del grupo al que se dirige.

3. Las empresas compiten por difundir la cultura financiera y se potencia la
cooperación entre el sector público y el privado

En los últimos años, las instituciones públicas del ámbito financiero (reunidas en la International Network on Financial Education de la OCDE) han proporcionado un apreciable impulso a la IDEA de que la educación financiera es imprescindible para el desarrollo social y económico de las sociedades.

Por desgracia, el tránsito de la IDEA a la REALIDAD no es automático ni inmediato. Los organismos públicos han dado pasos imprescindibles y positivos en cuanto a la divulgación de la IDEA, pero sus iniciativas suelen mostrar dos tipos de problemas: 1) La educación financiera ocupa una posición secundaria frente a otras competencias que estos organismos consideran prioritarias (como la regulación, la supervisión o la política monetaria) y que por su delicada naturaleza suelen aconsejar el mantenimiento de un “perfil bajo”; la consiguiente timidez comunicativa perjudica extraordinariamente las posibilidades de llegar con éxito a los potenciales beneficiarios. 2) La escasez de recursos económicos y humanos limita el impacto y la eficacia de las acciones.

De ahí que, en muchos casos, las iniciativas públicas de educación financiera dejen una sensación de expectativas frustradas. Las optimistas declaraciones del tipo “con esta actividad hemos capacitado a 200 personas” ya no engañan a nadie: dar una charla a 200 personas (reunidas de manera más o menos voluntaria) no significa que se haya “capacitado” a todas esas almas. Con suerte, si la charla es realmente buena y está bien enfocada hacia las necesidades reales de la audiencia, puede tener un notable efecto “sensibilizador” (logro nada desdeñable, por cierto). Pero tener a 200 personas sentadas escuchando una clase magistral está muy, muy lejos de constituir una capacitación.

En 2013, las empresas de cualquier sector de actividad, que carecen de las limitaciones que afectan a las instituciones públicas, descubren por fin las ventajas prácticas de aprovechar su RSE para vincularse con la comunidad mediante la difusión de programas de educación financiera que, por supuesto, cumplen con todas las características señaladas en el punto anterior. Lo público y lo privado dejan de caminar en paralelo y aprovechan sus respectivas ventajas para mejorar la calidad, el realismo, el alcance y la eficacia de los programas.

Profecía Addkeen para el 2013: En lugar de ahogarnos en los oleajes económicos que nos rodean, aprendemos a hacer surf sobre la tabla de nuestra mejorada cultura financiera y nos mantenemos a flote contra viento y marea. ¡Que la Fuerza nos acompañe!