El 15 de octubre, el empresario mexicano-japonés Carlos Kasuga Osaka ofreció en la Facultad de Económicas de la Universidad de Buenos Aires una de sus apasionadas (y apasionantes) conferencias sobre productividad y calidad empresarial. Con una experiencia y unas habilidades comunicativas fuera de toda discusión, el señor Kasuga juega a desorientar con los títulos de sus presentaciones; si alguien espera recetas mágicas que expliquen su éxito al frente de Yakult, probablemente se verá sorprendido por el mensaje en el que condensa su filosofía: la prosperidad de una sociedad no se consigue con innovadoras propuestas de Management empresarial, sino proporcionando a los niños una educación formativa, basada en valores.
El empresario expuso la aparente paradoja de que un pequeño país como Japón se haya situado como una indiscutible potencia mundial, mientras naciones mucho más ricas en recursos naturales, como Argentina o México, no acaban de encontrar su camino hacia una prosperidad sostenible. ¿El secreto? Ciertas diferencias culturales que tienen su reflejo en los respectivos sistemas educativos, y que condicionan nuestra relación con el entorno desde los primeros años.
Como bien señaló el orador, la educación no es algo limitado a la escuela: la familia es tanto o más importante a la hora de transmitir los valores de compromiso, honestidad y generosidad que garantizan el éxito y el progreso. El señor Kasuga planteó también un interesante paralelismo entre la orientación religiosa y la actitud social: los fieles acuden a los templos cristianos para pedir algo a Dios, mientras que en el sintoísmo se realizan ofrendas a las divinidades. En el mundo de la empresa, explica el orador, esto se traduce en las diferentes actitudes frente al trabajo: en los países iberoamericanos los sindicatos elaboran listas de peticiones, mientras que en la cultura japonesa cada persona se pregunta qué puede ofrecer para mejorar los resultados obtenidos, dentro de sus posibilidades: “Hay que dar antes de recibir, el que más entrega es el que más gana al final”.
Una sólida formación ética crea ciudadanos comprometidos y profesionales valiosos, pero para educar futuros empresarios es necesario ir aún más allá. En este blog insistimos con frecuencia en que la cultura financiera tiene más alcance del que acostumbramos a suponer; por ejemplo, la formación emprendedora no consiste sólo en calcular ratios de financiación o puntos de equilibrio. Tales conocimientos son inútiles si no van acompañados de autoconfianza, creatividad e inagotables dosis de curiosidad. Por desgracia, el sistema escolar suele operar en sentido contrario; en lugar de animar a los niños a explorar, a confiar en sus posibilidades y a valorar los resultados indeseados como un aprendizaje (¡no como un fracaso!), tratamos de dirigirlos hacia la seguridad y los estándares que en cada momento se consideran socialmente aceptables. En tal sentido, recomendamos este artículo de Dolors Reig, en el que se analiza cómo la instrucción precoz juega en contra del desarrollo creativo e incluso cognitivo de los niños.
Hace algún tiempo que se analizan los impresionantes resultados educativos de Finlandia (no deja de resultar sorprendente que otros países no se animen a emularlo). De entrada, se requieren las calificaciones más elevadas y la superación de las más exigentes pruebas de acceso para ser profesor de Primaria, carrera que goza del máximo reconocimiento social: el maestro es el molde, por lo que se requiere un molde excelente para crear “copias” de gran calidad. En el mismo sentido y de manera igualmente gráfica se expresaba Carlos Kasuga: “si los maestros de Primaria ganan el salario mínimo, darán a la sociedad personas de salario mínimo”.
Sin duda se pueden alcanzar grandes metas cuando una educación centrada en la ética coincide en el espacio y en el tiempo con una generosa dotación de recursos naturales. Sin embargo, sólo la primera resulta verdaderamente imprescindible; como nos recuerdan los ejemplos de Japón y Finlandia, es un error pensar que las principales riquezas de un país son el petróleo, el cobre o la soja: el mayor tesoro nacional siempre son los niños.
¿Existe tal cosa como un exceso de cultura financiera? ¿Es posible morir
por sobredosis de educación inversora? Por asombroso que parezca, hay voces
autorizadas capaces de justificar una respuesta afirmativa. Gracias a las
series de abogados que abundan en televisión, todos sabemos que la verdad es un
territorio difuso, y que casi siempre se puede argumentar con solvencia en
sentidos opuestos. ¿Será cierto que la necesidad universal de educación financiera
no está más allá de toda duda razonable?
Si hubiera que clasificar al mundo entero según su relación con este
tema, a grandes rasgos se podrían distinguir tres grandes grupos: el público en
general, los profesionales de las finanzas y los activistas de la educación
financiera. Con gran entusiasmo formamos parte de este último colectivo
(lamentablemente minoritario y fragmentado, pese al notable crecimiento de los
últimos años), integrado por diversos entes públicos, privados… y hasta
unipersonales.
Para complicar aún más el panorama y animar esta guerra de guerrillas,
los tenaces militantes pro-financial
literacy compartimos espacio con un nuevo grupo de interés, numéricamente
irrelevante pero con cierta capacidad de influencia: los detractores de la
educación financiera. Se trata de una comunidad tan heterogénea y dividida como
la nuestra, y las argumentaciones que proporcionan son de variada naturaleza. En
este artículo vamos a destacar dos, que bautizaremos como Teoría conspirativa y Teoría
del inversor suicida autosuficiente.
. Teoría
conspirativa. Sostiene que los programas de educación financiera son producto de la confabulación entre la industria bancaria y los organismos públicos que regulan los mercados financieros, con el objetivo de empujar al público al
redil de unos mercados en los que siempre van a ser la parte más débil, en
exclusivo beneficio de la susodicha industria. La primera noticia que tuve de
tal interpretación procedía de una asociación de consumidores, que la expuso
como respuesta al lanzamiento oficial de un programa público de educación
financiera de alcance nacional.
Es evidente que,
en los últimos años, hemos asistido a un proceso de transferencia de riesgos
desde las entidades financieras hacia individuos y familias, mediante el diseño
y la comercialización masiva, y a menudo indiscriminada, de complejos productos
de inversión. Carece de sentido negar las insanas prácticas bancarias previas a
la crisis, que han inundado los mercados de instrumentos sin atractivo alguno para
los inversores y con desastrosos efectos sobre la economía real. Sin embargo, no
veo cómo la ignorancia financiera de los consumidores puede reforzar su
posición frente a los casos de mala praxis de los agentes profesionales. Por el
contrario, una mayor y mejor cultura financiera hubiese permitido a los
inversores mantener un espíritu crítico ante las ofertas recibidas y comprender
la información disponible sobre los verdaderos riesgos de las presuntas gangas.
Tampoco es razonable
juzgar a todo un colectivo por la actuación de algunos. Aunque el grupo de
entidades que abrazaron tan cuestionable estilo de negocio es desoladoramente
extenso, el libroBanking with Integrity. The winners of the
financial crisis? repasa el caso de varios bancos que han visto mejorar su
desempeño en el crítico periodo 2007-2010, gracias a una cultura directiva basada
en el servicio a la comunidad y a sus grupos de interés.
Por otra parte, no
resultaría sensato desechar sin más la teoría de la conspiración: los abogados
del diablo cumplen la saludable función de señalar aquellos puntos conflictivos
de cualquier proyecto, por muy bienintencionado que sea. La educación
financiera abarca numerosos enfoques y niveles, y la formación de los inversores
es uno de los más exigentes y delicados. En ocasiones, el legítimo objetivo de
desarrollar los mercados domésticos de valores puede tropezar con la realidad
de una insuficiente preparación del público para asumir de manera consciente
los riesgos asociados a estos instrumentos, por lo que el refuerzo de la
cultura inversora se convierte en una necesidad prioritaria. Como ya hemos
comentado en entradas anteriores, el desafío está en lograr un adecuado
equilibrio entre legislación, supervisión y educación financiera.
· Teoría del inversor suicida autosuficiente.
Afirma que las personas que reciben educación financiera pueden sobrevalorar su
capacidad para tomar decisiones, invadiendo lo que debe ser un terreno exclusivo
de profesionales altamente cualificados. Lauren Willis, una experta en leyes
que trabajó para el Departamento de Justicia y para la Comisión Federal de
Comercio de los Estados Unidos, opina que la educación financiera es “como si
nos dedicáramos a enseñar a todo el mundo a ser su propio médico, su propio
mecánico, algo así, terriblemente ineficiente. No sólo ineficiente, sino que
además asienta una cultura de echar la culpa al consumidor, como si se le
dijera: tú eres el que no comprendió de qué iba esto”.
Por desgracia,
esta idea coincide con la percepción de gran parte del público, que considera
que la cultura financiera “es cosa de expertos” y que a ellos ni les va ni les
viene. Este argumento se basa en el error de confundir la parte con el todo: la educación para invertir es sólo una pequeñísima parte de la educación del inversor, que a su vez es
un ámbito limitado dentro de la educación
financiera que necesita cualquier ciudadano.
Sin duda, la
habilidad de intervenir y operar en los mercados requiere formación específica
en cuestiones complejas y no está (ni debe estar) al alcance de todos, pero la
educación del inversor es mucho más que eso. Un inversor formado no tiene por
qué ser capaz de analizar valores en los mercados internacionales ni de
introducir órdenes en los sistemas de trading automatizados, pero sí tiene que saber
determinar el propio perfil de inversión, hacer las preguntas adecuadas al
asesor financiero profesional, entender los riesgos que asume y defender sus
derechos como usuario de servicios financieros. Y, bajando varios escalones,
todo ciudadano necesita cultura financiera para manejar de manera eficiente sus
recursos, incluso si jamás se decide a invertir en los mercados de valores.
En realidad, los
que se preocupan por una epidemia de ciudadanos invadiendo los mercados de
valores en plan kamikaze no están en contra de la educación financiera, sino de
la autonomía inversora radical. No sólo puedo vivir con eso, sino que lo
comparto en gran medida. Siempre habrá personas que consulten sus síntomas en
Google y después opten por automedicarse, o que prefieran hacer una chapuza
pintando ellos mismos su casa en lugar de contratar a un profesional… pero su
equivalente en los mercados no se debe a un exceso de educación financiera,
sino a todo lo contrario: también hace falta una adecuada formación para
comprender hasta dónde se puede llegar.
Señores y señoras del jurado, consideramos que la necesidad de la
educación financiera sí está más allá de toda duda razonable, pero admitimos la
utilidad de los argumentos de quienes se oponen. Sus aportaciones nos ayudan a
identificar los fallos del actual “discurso militante pro-cultura financiera”, así
como a definir mejor los objetivos prioritarios en cada momento y lugar.
Pregunta-test: Considerando que la mayoría esperamos vivir muchos años y que a todos nos interesa asegurar nuestro futuro económico después de la jubilación, ¿por qué ignoramos olímpicamente todas las recomendaciones sobre planificación y ahorro a largo plazo? (Sólo una respuesta correcta).
Porque son incompatibles con la naturaleza humana.
Porque no tienen en cuenta los códigos culturales
y educativos que condicionan el comportamiento de las personas.
Porque se basan en una concepción idealizada y
teórica del entorno económico- financiero, sin tener en cuenta las complejas
realidades que afrontan los ciudadanos.
Todas las anteriores.
¿Alguien necesita pistas? Vamos a desarrollar un
poco más las alternativas planteadas. Como elemento de referencia, tomaremos el
mensaje institucional que suele difundirse en relación con este tema, al que de
forma un tanto humorística bautizaremos como SIR (Smart Individual
Retirement o Jubilación Personal Inteligente):
"Nunca es demasiado pronto para comenzar a preparar la
jubilación. Cuanto más joven se empiece, menor será el esfuerzo financiero a lo
largo de la vida: gracias a la magia del interés compuesto, el saludable hábito
del ahorro sistemático permite acumular a lo largo del tiempo un capital
significativo (basta con pequeñas cantidades, lo importante es la constancia).
Además, las inversiones realizadas a plazos largos permiten asumir más riesgos
(y, por lo tanto, obtener rentabilidades superiores) ya que los ocasionales
ciclos descendentes quedan sobradamente compensados por las fases de subidas de
los mercados. Calcule cuánto necesitará en la fecha estimada de su retiro para
mantener la calidad de vida que desea, y planifique el ritmo de
ahorro-inversión necesario para conseguirlo”
Estamos todos de acuerdo, ¿verdad? Veamos por qué
el SIR no termina de instalarse en la
mente occidental de nuestros días.
a)Es
incompatible con la naturaleza humana.
Lo que queremos hoy NO es lo mismo que queremos
para mañana: es lo que en psicología se denomina el “sesgo del presente”. Nuestra
mente valora de forma más racional las situaciones futuras (¡claro que queremos
ahorrar y vivir una jubilación placentera!) que las que requieren una acción
inmediata.
Todos hemos experimentado cómo el momento presente
nos lleva a sobrevalorar los aspectos positivos o negativos de cualquier
elección: sabemos que la gratificación inmediata gana por goleada a los buenos
propósitos. ¿Fruta o chocolate? Bueno,
este es el chocolate de despedida, mañana empiezo a comer sano. ¿Ahorrar o comprar el último SmartPhone del
mercado? El mes que viene empiezo a ahorrar, pero esto me va a venir bien
para el trabajo, ¡uno no puede quedarse atrás!
¿Reconocemos el mecanismo mental? Bien, pues el
mensaje SIR no nos proporciona ninguna herramienta ni argumento para
contrarrestarlo. Por eso, aunque nuestra mente racional acepta y hasta aplaude
la idea de planificar nuestro futuro financiero, jamás encontramos el momento de ponerla en práctica.
El problema es que la inmensa mayoría de los
programas de educación financiera se diseñan con una perspectiva académica,
asumiendo que los destinatarios “verán la luz” con la mera exposición de un
conjunto de sensatas recomendaciones (al estilo de nuestro querido SIR). Rara
vez se tienen en cuenta los procesos psicológicos de motivación y toma de
decisiones, así como el elevado componente emocional de estas últimas. Como
resultado, tales mensajes apenas arañan la superficie de nuestra mente
consciente, antes de desaparecer por completo y ser sustituidos por propuestas,
informaciones y datos más recientes e infinitamente más tentadores.
La buena noticia es que no es imposible. Para
demostrarlo, recomendamos el artículoAprender de los errores de los
consumidores para ayudarles a tomar mejores decisiones, escrito por
expertos de la Carnegie Mellon University y de la Wharton School of Business.
En él se indica cómo los mismos mecanismos psicológicos que nos llevan a tomar
malas decisiones o nos mantienen atascados en conductas perjudiciales, pueden
ser aprovechados para diseñar programas que nos atraigan hacia otras opciones
más beneficiosas.
b)No
tiene en cuenta los códigos culturales y educativos que determinan las
conductas y hábitos de las personas
Está estrechamente relacionado con lo anterior, en
la medida en que nuestra personalidad no sólo es producto de los instintos
humanos, sino también del condicionamiento recibido a través de la educación y
del entorno social.
Los patrones culturales y de consumo de cada
sociedad ejercen una fuerte presión sobre los comportamientos. Como ejemplo,
veamos dos creencias muy comunes que actúan con gran eficacia como resistencia
inconsciente contra el pobre SIR:
El dinero y los buenos principios son incompatibles (= ¡Los que se preocupan por conseguir y acumular dinero son unos materialistas... o algo peor!)
Cualquiera sabe dónde vamos a estar mañana, disfrutemos el presente (= ¡Todos a gastar!)
No deja de ser curioso: el dinero en sí mismo se
percibe como algo dañino, pero nos hemos dejado convencer por las presiones
comerciales de que el consumo compulsivo
contribuye a la generación y redistribución de la riqueza (perspectiva que
además encaja muy bien con nuestras inclinaciones a la gratificación). En
consecuencia, acumular bienes superfluos resulta mucho más aceptable que
acumular dinero… ¡Paradojas de nuestros tiempos!
Moraleja: Cualquier programa de educación
financiera que ignore la base del problema, esto es, las creencias
inconscientes sobre el dinero y los hábitos que generan, está condenado al
fracaso.
c) Se basa
en un entorno idealizado y teórico que tiene poco que ver con la realidad
Supongamos que el mensaje SIR se enriquece con
elementos que permiten superar los obstáculos indicados en los apartados
anteriores: ya tenemos a los ciudadanos concienciados sobre la necesidad de
asumir la responsabilidad de su futuro financiero, y hemos establecido
mecanismos que neutralizan sus oposiciones inconscientes y les motivan para
realizar una buena planificación financiera a largo plazo…
… y entonces nos damos de bruces con la realidad: ¿Por
dónde empezar? ¿Es posible orientarse entre la cada vez más compleja gama de
productos financieros? ¿Qué conocimientos básicos hacen falta para entender la
información que debe guiarnos en la toma de decisiones?
Llegamos así a la aproximación más académico-cognitiva
de la educación financiera: la que nos permite entender el contexto económico y
manejar los conceptos básicos para adoptar decisiones fundadas. De hecho, esos
son los temas que suelen saturar los contenidos de los programas formativos,
así que ¿por qué rebotan sin dejar huella en nuestras mentes, al margen de las
cuestiones psicológicas y conductuales que hemos comentado con anterioridad? Algunas
ideas:
-El futuro de las pensiones es un tema
extremadamente sensible en algunos países, por lo que incluso los programas
públicos de educación financiera suelen tratarlo con poco entusiasmo: estimular
a los ciudadanos para que realicen sus propios cálculos y planes para el retiro
implica aceptar que el dinero público no podrá proveer la cobertura suficiente
para que todo el mundo viva una jubilación desahogada… ¡admisión que no siempre
resulta conveniente desde el punto de vista político!
-Inseguridad jurídica y cambios en las
condiciones. Si se siguen las sugerencias del SIR, uno puede estar ahorrando para
la jubilación durante mucho, mucho tiempo. Tanto, que por el camino habrá
cambios políticos, económicos y financieros de todo tipo. Los planes de
pensiones privados pueden verse nacionalizados de la noche a la mañana (diluyendo
los ahorros individuales en una masa controlada por el Estado). Los incentivos
fiscales para los productos de ahorro-inversión destinados a cubrir la
jubilación pueden aparecer y desaparecer varias veces, según las necesidades de
financiación de las arcas públicas en cada momento. Etcétera, etcétera. Huelga
decir que este tipo de experiencias, cuando son muy radicales y/o frecuentes, no
contribuyen precisamente a fomentar en la sociedad una “mentalidad de ahorro a
largo plazo”.
-La inflación, esa molesta compañera de viaje. Es
un elemento clave en cualquier decisión de inversión, y más aún cuando se habla
del largo plazo: incluso el mágico interés compuesto se ve matizado por los efectos
del aumento de precios. En épocas de tensiones inflacionistas, los ciudadanos
aprenden que sus ahorros pierden valor con gran rapidez y, entre un capital
futuro, remoto e incierto y un consumo inmediato y gratificante… ¡Bien, no
parece que el dilema sea muy complicado de resolver!
En resumen, la realidad financiera tiene la molesta
costumbre de no parecerse a lo que la teoría económica asegura que debería ser,
por lo que ni siquiera los incentivos racionales para el ahorro a largo plazo
pueden tratarse como algo objetivo e incuestionable.
Cerramos este artículo con un vídeo de Shlomo
Benartzi, que junto al profesor de la Universidad de Chicago Richard Thaler
creó hace 15 años el programa “Ahorrar más, mañana”, basado en incentivar el
ahorro para la jubilación teniendo en cuenta el sesgo del presente y los
motivos por los que a la gente le cuesta ahorrar. ¡Muy recomendable!
Ah, por si alguien tiene alguna
duda a estas alturas, la respuesta correcta al mini-test inicial es la d)
¿Existe un carácter emprendedor
que se manifiesta de manera espontánea desde edades tempranas? ¿Se puede
despertar y cultivar la vocación emprendedora? Ambas cuestiones admiten respuestas
afirmativas: hay emprendedores que nacen y otros que se hacen. Sin embargo, hoy
día habría que añadir un tercer grupo: el de aquellos que no tienen ni los
genes ni la formación pero, en ausencia de otras alternativas, se ven lanzados
de un puntapié a la categoría de empresarios forzosos.
Los emprendedores vocacionales,
que en general ya tienen una habilidad, un área de interés o un proyecto
definidos, florecen en cualquier contexto, por muy adversas que sean las
circunstancias. Se sobreponen de forma instintiva a los obstáculos y a los
fracasos intermedios, asumiéndolos como valiosos aprendizajes para el futuro, y
son la perfecta encarnación de todas esas frases inspiradoras que circulan por
Internet (como Edison y sus 1.000 formas de no hacer una bombilla). Por desgracia,
este fenotipo todoterreno constituye una distinguida minoría dentro del
colectivo emprendedor; si estuviéramos hablando de grupos sanguíneos, sería el
equivalente al AB, el menos frecuente entre la población mundial.
Con el grupo 0, el más antiguo y
el que presenta más de la mitad de la humanidad, tenemos a los asalariados, con
diferentes perspectivas profesionales y niveles de cualificación. Trabajar
para otros es una opción respetable, necesaria y, en muchos casos, acertada; por
mucho que nos empeñemos, no todo el mundo tiene el espíritu necesario para emprender
y llevar adelante un negocio. Pertenecer al grupo 0 solamente supone un problema cuando no es fruto
de una elección consciente y personal. En el multitudinario colectivo de
empleados por cuenta ajena hay, sin la menor duda, muchas personas con
inclinación y capacidad para emprender, que se han dejado arrastrar por la
inercia circundante y por los bienintencionados consejos de sus mayores a alguna
actividad “segura y con futuro”, preferiblemente bajo el protector paraguas del
Estado… Hemos creado una sociedad decidida a ignorar que lo único seguro es el
cambio y que, como decía Heráclito, nadie
puede bañarse dos veces en el mismo río.
Por eso, en lugar de educar a los
jóvenes para que desarrollen al máximo sus talentos y confíen en su capacidad
para hacer frente a cualquier circunstancia, se les ha inducido a creer que con los estudios y el empleo
adecuados tienen garantizado un futuro plácido y sin sobresaltos. Lo que tal
vez fuera cierto en el “río” de nuestros padres (“estudia para abogado y
tendrás la vida asegurada”) definitivamente no es aplicable en las turbulentas
aguas del siglo XXI. En el ámbito iberoamericano, disponemos de unos sistemas
educativos obsoletos en los que la educación financiera para futuros emprendedores
roza lo anecdótico, y se moviliza casi exclusivamente gracias al impulso de autoridades
y docentes visionarios.
Con el desarrollo de la
agricultura y de la ganadería, la dieta humana cambió y la omnipresencia del
grupo 0 se vio compensada por la aparición de nuevos tipos sanguíneos. De
manera análoga, la adaptación de la especie a las cambiantes circunstancias
socio-laborales nos permite asistir en primera fila al nacimiento de un
interesante subgénero de la raza humana: los asalariados-mutantes-reconvertidos-en-emprendedores.
Este grupo, que por su número
cada vez más elevado de integrantes tendría su
equivalente sanguíneo en el tipo A, está compuesto por aquellos que se
han visto expulsados de su zona de confort laboral, de manera más o menos
traumática: desacuerdos con los superiores jerárquicos o frustración ante sus
perspectivas de carrera, ajustes de plantilla, reconversiones sectoriales,
crisis económicas generalizadas... Si esto ocurre más allá de los 45 años, las perspectivas
de reincorporación al mercado de trabajo se convierten en poco menos que
utópicas. Nos encontramos, por lo tanto, con personas que se lanzan a la arena cual
gladiadores, bajo el lema “emprender o morir”.
El inconveniente principal es
que, salvo honrosas excepciones, estos microempresarios tipo A no tienen ni la
más remota idea de cómo levantar un emprendimiento. Tal atributo no guarda relación
alguna con el nivel de estudios o la capacidad técnica de la persona: es
perfectamente posible ser un experto en determinada área de actividad y un
pésimo emprendedor, todo al mismo tiempo.
La Asociación Argentina para el
Desarrollo de la Pequeña y Mediana Empresa calcula que el 93% de los
emprendimientos no llega al segundo año de vida; en México, este porcentaje se
sitúa en el 75% y, en España, el 80% de las empresas desaparecen en los
primeros cinco años. Sin negar ni menospreciar la influencia de los factores
externos (contexto legal y económico restrictivo y/o intervencionista, altas
tasas impositivas, falta de programas eficaces de apoyo a las pymes, etc.), lo cierto
es que hay empresas que no sólo sobreviven, sino que prosperan en el mismo
entorno. En tales casos, la diferencia la marca la preparación del emprendedor
para abordar los diferentes aspectos que soportan el éxito de un proyecto: planificación
y gestión, análisis del mercado y estrategia de ventas, atención a las
necesidades de los clientes, adecuada
estructura de costes, etc. A todo esto deben sumarse otras destrezas y
cualidades, menos académicas pero igualmente importantes: liderazgo, confianza,
capacidad de comunicación… ¿Hemos dicho alguna vez que la formación para
emprendedores es una parte vital de la educación financiera? Sí, seguro que sí.
Muchos de nosotros conocemos a
profesionales valiosos que se estrellaron con su primer proyecto (gracias a una
absoluta carencia de cultura emprendedora) y quedaron con la autoestima tan
malherida que no volvieron a plantearse un segundo intento. Tengo un amigo que empleó
la cuantiosa indemnización recibida de
la empresa + varios préstamos de amigos y familiares + más un crédito bancario
en montar unas oficinas espectaculares con las que esperaba impresionar a sus
potenciales clientes. Para cuando estuvo en disposición de iniciar la
actividad, los costes fijos habían arrasado con todo su capital y tuvo que
malvender todo lo que había levantado hasta el momento.
Dentro de este tipo A de
emprendedores forzosos hay un colectivo que lo tiene aún más complicado: son
las poblaciones vulnerables que, por diversas circunstancias, viven al margen
de las estructuras socio-económicas formales, habitan en áreas deprimidas y se
enfrentan a severas restricciones en el acceso a los servicios básicos. Las
carencias formativas en estos grupos hacen prácticamente imposible su
incorporación al mercado laboral, por lo que sus opciones no van mucho más allá
del autoempleo o los emprendimientos de infrasubsistencia. Huelga decir que la
principal característica de tales proyectos es su casi absoluta falta de
viabilidad. Las microfinanzas constituyen una herramienta necesaria pero no
suficiente para ayudar a estas personas a salir del círculo de la pobreza: sin
una política de capacitación decidida y realista, los microcréditos pueden
llegar a perder gran parte de su potencial como instrumento de inclusión
social.
Conscientes de este hecho, los organismos multilaterales de cooperación
al desarrollo (BID, CAF, Banco Mundial, etc.) están apostando por la
realización de programas piloto que ayuden a definir la mejor forma de
proporcionar a los microemprendedores más vulnerables la formación que precisan...
asumiendo de partida que los cauces habituales de capacitación suelen resultar
insuficientes e ineficaces.
Dejamos para el final el emprendedor
del futuro, el B+. Tal vez no sean emprendedores de nacimiento y probablemente
en su día engrosaron las filas del grupo 0, pero se saben capaces de formarse y
desarrollar las habilidades necesarias y, sobre todo, se mantienen atentos a
las siempre cambiantes exigencias del entorno. Dan prioridad a las necesidades
de sus grupos de interés y valoran la ética y la sostenibilidad como aspectos
innegociables de su actividad.
El único inconveniente de los emprendedores B+ es su escasez: en la actualidad, este grupo no llega al 10% de la población occidental. Sin embargo, dado el instinto de supervivencia de nuestra especie, cabe esperar que las próximas mutaciones contribuyan a aumentar la incidencia de este grupo... y a conseguir un progreso más equitativo.
“¡Si no te portas bien, llamo al Coco para que te lleve!”. Quien dice el Coco dice el hombre del
saco, el sacamantecas, o cualquiera de las variantes locales de esos seres
horripilantes con los que, en tiempos no tan lejanos, se intentaba mantener a
raya a los niños. Por supuesto, hoy día se considera pedagógicamente
inaceptable aterrorizar a los más pequeños, por muy revoltosos que sean, pero
seguro que muchos padres agotados lamentan que tan folclórico personaje se haya
vuelto políticamente incorrecto.
En el mundo adulto, el
equivalente al Coco se llama Crisis. Toda crisis es una evolución, desde unas circunstancias
que se valoran subjetivamente como “positivas” a otras que se consideran
“negativas”. La vida es una sucesión inacabable de cambios-crisis: frustración
en el trabajo o pérdida del empleo (crisis
profesional), cumplir los 30/40/50 (crisis
existencial), romper una relación (crisis
sentimental), que tu hijo abandone la universidad (crisis familiar) y una amplia variedad de acontecimientos de
similar calibre. Con frecuencia, al cabo del tiempo nos damos cuenta de que fue
una suerte librarnos de esa persona o haber dejado atrás aquel trabajo que no
nos aportaba gran cosa; pero, hasta que llega ese momento de iluminación, la
fase de ajuste suele llevar asociada una gran dosis de ansiedad.
Cuando llamamos a la crisis por
su nombre de pila, sin añadirle apellido alguno, normalmente nos estamos
refiriendo a una crisis económica.
Se diferencia de las anteriores en que, con la capacidad destructiva de una
tormenta tropical, afecta de modo simultáneo a un gran número de personas… o de
países.
Otra diferencia es que, mientras
las crisis personales/individuales sólo le parecen inmanejables al que las
atraviesa (todos los de alrededor siempre tienen clara la mejor forma de resolverlas),
el carácter colectivo de las crisis económicas contribuye a propagar y asentar
la sensación de impotencia. Los afectados miran a su alrededor y sólo ven más
afectados, sin que nadie parezca tener propuestas viables ni capacidad para
mejorar las cosas.
Tal vez sea el momento de dar un
paso atrás (o varios) y analizar, con toda la frialdad posible, cuál es el
verdadero alcance de la actual crisis económica. ¿Hasta qué punto y de qué
forma va a alterar nuestra existencia cotidiana? ¿Estamos realmente frente al
Apocalipsis, o nos encontramos nada más – y nada menos – ante el despertador
que necesitábamos para realizar una revisión a fondo del modelo de sociedad y
de consumo al que nos habíamos acostumbrado?
Aunque afecte a millones de
personas, la crisis no significa lo mismo para todo el mundo: depende de la
situación profesional y financiera de partida, del carácter de cada uno, del estado
de vulnerabilidad en que nos encontremos (ya sea por motivos de edad, salud
o cualquier otra circunstancia), de los apoyos familiares con los que se cuente y de muchas otras consideraciones.
Precisamente por la diversidad de
escenarios individuales, los temores ante la crisis no siempre son realistas.
No vamos a engañarnos: la perspectiva de tener menos ingresos y más gastos
resulta muy poco grata para todos y, en algunos casos, complica incluso la
satisfacción de las necesidades más básicas. Sin embargo, para muchas personas el
sufrimiento no proviene de los inevitables ajustes en el presupuesto personal,
sino del pesimismo, el miedo y la desconfianza en el futuro que caracterizan al
Coco-Crisis. Esta criatura cumple con gran eficacia su función de mantenernos
paralizados y encogidos de miedo, ya que tiene la camaleónica habilidad de
significar exactamente aquello que más teme cada uno: no poder llegar a fin de mes y/o tener que
renunciar a ciertas gratificaciones cotidianas, peor calidad de la atención sanitaria o dificultad de acceso a la misma, que los ahorros guardados pierdan su valor y no alcancen a cubrir las necesidades futuras...
Para animar aún más las cosas, los medios de comunicación, obligados a rellenar horas y horas y páginas y páginas de información, se muestran incansables en su altruista tarea de difundir la crisis y todas sus truculentas derivadas. De esta forma, se llega a un punto en el que losagobios económicos, presentes y futuros, se convierten en el único foco de atención para sociedades enteras. ¿Cómo se afrontan los quehaceres diarios cuando el tema universal de conversación es lo mal que están las cosas y lo mucho que todavía van a empeorar? Pues con muy poco ánimo, obviamente. Por desgracia, nadie parece encontrar políticamente incorrecta la utilización masiva del Coco-Crisis para aterrorizar a adultos hechos y derechos. Una amiga comentaba hace poco que en España ya nadie se acuerda de quiénes marcaron los goles en la final de la Eurocopa de fútbol, pero todos siguen en tiempo real la evolución de la prima de riesgo... aunque ni siquiera entiendan qué significa exactamente la dichosa prima.
El concepto de "apagón informativo" suele tener connotaciones negativas, dado que se refiere a la ocultación interesada de datos relevantes. Sin embargo, la sobredosis informativa también implica un sesgo, y sus efectos pueden ser igualmente perniciosos. Por eso, nuestra propuesta anti-crisis consiste en un auto-apagón informativo: nada de noticieros,
tertulias ni periódicos durante una semana... incluso mejor un mes. La mayoría hemos llegado a aceptar que no se puede vivir en una burbuja, y que es necesario estar
informado de lo que ocurre a nuestro alrededor. Es verdad, pero sólo hasta cierto punto. ¿Qué ocurriría si dejáramos de seguir minuto
a minuto el bombardeo de atroces noticias económicas que nos rodea? Los lectores que se
animen a hacer el experimento descubrirán que ¡no pasa nada! Se sentirán bastante más relajados y sus temas de conversación ganarán en variedad e interés.
Dejar que la crisis y sus heraldos monopolicen nuestro día a día puede llevarnos a transformar la crisis económica (un hecho exterior) en una crisis personal (interior). En realidad, pese a las molestias e incertidumbres que acarrea, la crisis sólo debería desempeñar en nuestra vida un papel de "artista invitada", nunca de protagonista. Con crisis o sin ella, seguimos viviendo y respirando, y aún hay muchas cosas valiosas que siguen enteramente bajo nuestro control y que nadie puede recortar. Mientras recordemos esto, las crisis vendrán y se irán sin arrasar nuestra vida por el camino. El Coco sólo da miedo mientras se cree en él: no dejemos que las expectativas de caos se conviertan en una profecía autocumplida... ¡o acabaremos como Homer Simpson!
Este artículo es una adaptación de El Coco, la crisis y la vida, publicado en la sección "Economía para gente madura" del número 15 de Mi Dinero: Tu revista de finanzas personales.
… buen bancarizador será? Yo pensaba que
bancarizar era uno de esos “palabros”
económicos de uso común en entornos profesionales, pero que aún no contaba con
la bendición de la Real Academia Española de la Lengua. ¡Craso error por mi
parte! El verbo bancarizar no sólo
está incluido en el diccionario, con conjugaciones y todo, sino que ya está
preparada la enmienda para la próxima edición. De momento, significa
“desarrollar las actividades sociales y económicas de manera creciente a través
de la banca”. En el futuro, bancarizar será “hacer que alguien o algo, como un
grupo social o un país, desarrolle las actividades económicas a través de la
banca”. ¡Ahora está mucho más claro! Ya sólo queda una duda: ¿Quiénes son los bancarizadores
y cómo nos van a conducir al redil?
Mi periplo profesional me ha llevado
desde uno de los países más bancarizados del mundo (España) a uno de los menos
bancarizados de Latinoamérica (Argentina). Probablemente ha sido el único
choque cultural que he apreciado en el proceso. Los españoles nacemos genéticamente
programados para unir nuestros destinos a los de algún banco lo antes posible,
y todo a nuestro alrededor está dispuesto para que no quepa ninguna otra
alternativa.
Un médico amigo mío, llegado a ese punto
de su existencia en el que uno hace balance y toma decisiones trascendentales,
decidió que iba a vivir de forma más simple y auténtica y que el primer paso
era cancelar todas sus cuentas bancarias: sólo consumiría lo necesario y lo
pagaría en efectivo. Su experimento duró dos meses. Dos meses de pesadilla,
según contaba después: el simple hecho
de pagar la luz, el gas o el teléfono se convertía en una incomodidad y en una
manifiesta pérdida de tiempo. Eso, sin contar las miradas desconfiadas que
recibía cuando le tocaba admitir que no disponía de cuenta bancaria. Derrotado,
terminó abriendo de nuevo una cuenta y, cual hijo pródigo que vuelve al hogar,
recibió como regalo una batería de cocina (ancestral práctica para captar
nuevos clientes y confundir al público, haciéndoles creer que la elección de un
producto financiero es equiparable a la compra de boletos para una tómbola).
No cabe duda de que un acceso
generalizado a los servicios financieros ofrece ventajas para todas las partes, pero
también exige responsabilidades proporcionales a la magnitud de esas ventajas:
Gobiernos. La bancarización permite ordenar y vigilar el
flujo de los recursos en el sistema productivo. Para las autoridades fiscales,
el historial bancario de empresas e individuos es como un código de barras que los
mantiene identificados y controlados, desde el instante en que declaran el primer ingreso formal hasta
que pasan a mejor vida (bueno, a veces incluso después: gracias a los errores
informáticos, se han llegado a reclamar multas por impago tributario a personas
fallecidas). Como contrapartida, los poderes públicos son responsables de
proporcionar un marco legislativo que proteja el juego limpio y los derechos de
los consumidores, así como una supervisión eficaz que garantice el cumplimiento
de las normas.
En los países menos bancarizados, el grado de informalidad
económica suele ser elevado, con el consiguiente perjuicio para las cuentas
públicas y, de manera indirecta, también para los ciudadanos. Sin embargo, no
conviene caer en el error de considerar que la bancarización universal supone
una formalización automática de las actividades productivas, porque no es así: la
bancarización puede convivir perfectamente con elevados niveles de economía
sumergida.
Entidades financieras. No hacen falta muchos argumentos para entender
por qué a los bancos les interesa la bancarización; la propia frase es
redundante. La teoría académica asegura que su papel es intermediar entre demandantes
y oferentes de capital, facilitando el funcionamiento de la economía real. Sin
embargo, en los últimos años hemos aprendido que las finanzas existen en su
propia dimensión paralela, y que es posible ganar grandes cantidades de dinero realizando
operaciones sin ningún fundamento tangible.
La asociación sin ánimo de lucro Positive Money tiene una
teoría (probablemente digna de análisis) según la cual la creación de dinero
inexistente, por parte de los bancos, explica en gran medida la actual crisis
financiera: los préstamos, descubiertos y otras formas de crédito son meros
apuntes digitales, que el banco realiza sin necesidad de haber captado con
anterioridad ese capital de los ahorradores. De esta forma, las
entidades financieras privadas estarían invadiendo las competencias exclusivas
de los bancos centrales en la creación de dinero, con la consiguiente
alteración del equilibrio económico-financiero.
A cambio de tan privilegiada posición, como mínimo
corresponde exigir a los bancos un escrupuloso cumplimiento de las leyes y de
las normas éticas sobre transparencia y asesoramiento a la clientela. Cuando
esto falla, ¿cómo se enfrenta una sociedad altamente bancarizada a una
situación de colapso como la que se está viviendo en España? Me temo que con
una seria añoranza de las épocas en que el dinero se guardaba en el colchón, y
con muy poca disposición a apreciar las ventajas de la bancarización. Como
suele suceder, el problema no es el sistema, sino el uso y abuso que algunos
hacen del mismo.
Ciudadanos. La
bancarización y las mayores facilidades de acceso al crédito son herramientas
potencialmente útiles para el desarrollo de proyectos y emprendimientos
productivos, pero no son ninguna panacea ni deben verse como un objetivo en sí
mismas. Si no van acompañadas de un adecuado marco regulatorio, de una eficaz
supervisión prudencial y de unos niveles de educación financiera que permitan a
la población hacer un uso inteligente de los servicios bancarios y de la
financiación recibida, cabe la posibilidad de que los riesgos superen a los
beneficios.
En la actualidad, los organismos multilaterales de cooperación al desarrollo están
tratando de incentivar la utilización de tecnologías móviles por parte de
colectivos vulnerables, como vía para facilitar su acceso a algunos servicios
financieros básicos. Está claro que la inclusión tecnológica abre muchas
puertas, pero cabe discutir que la financiera deba ser la primera en abrirse. Las
personas no se encuentran en situación de vulnerabilidad por hallarse al margen
del sistema financiero formal, sino por vivir en entornos con carencias
estructurales mucho más apremiantes, que deben ser objeto de atención
prioritaria. Una política de inclusión financiera que no aborde tales carencias
puede acabar resultando contraproducente. Como señala este excelente artículo
publicado en Universia Knowledge@Wharton, lo que es bueno para los bancos no
siempre es bueno para la gente.
¿Bancarización? De acuerdo… siempre que
vaya bien escoltada por toda la Trinidad Financiera: Legislación, Supervisión y
Educación.
Una de las muchas frases ingeniosas que circulan por Internet para
explicar los desencuentros entre hombres y mujeres señala que “los hombres
buscan mujeres que ya no existen, y las mujeres buscan hombres que todavía no
existen”. Algo parecido ocurre con el consumo responsable: aunque sin duda se ha
avanzado bastante en la sensibilización, el consumo sostenible necesita de consumidores
que… todavía no existen. Siendo optimistas, hay que reconocer que ya se van
viendo por ahí algunos prototipos, pero ¿es posible acelerar la producción en
serie de consumidores del siglo XXI?
En realidad, para poder fabricar estos consumidores 3.0 capaces de
garantizar la supervivencia de la especie, es conveniente que asumamos la
realidad y superemos, de una vez por todas, la creencia en ciertas figuras
mitológicas: el consumidor ético, el consumidor racional y el consumidor
burbuja.
El consumidor ético. Es un
ente puro que no abre la billetera sin asegurarse antes de la honestidad,
responsabilidad social y talante ecológico del productor, y que niega sus
favores a todos aquellos que vulneran los derechos humanos o emplean procesos
contaminantes en sus fábricas. De acuerdo con las últimas encuestas sobre
consumo y responsabilidad social, estos unicornios
del shopping son cada vez más
abundantes: “Un xx% de los consumidores estarían dispuestos a favorecer en sus decisiones
de compra a las empresas socialmente responsables”. Sorry?
Es comprensible cierto grado de autocomplacencia mediática; gracias a
los esfuerzos de organizaciones y medios, ya quedaron muy atrás los tiempos en que
tales prácticas inaceptables no se conocían o no se difundían. Sin embargo, sería un error sobrevalorar el
grado de concienciación social sobre estas cuestiones. Las grandes marcas de
ropa y artículos deportivos (por citar algún ejemplo) no parecen haber visto
afectados sus beneficios por la pública divulgación de las prácticas esclavistas
que utilizan en los países más desfavorecidos. Puesto que ya no es posible
alegar desconocimiento, sólo nos queda concluir que para modificar los hábitos cotidianos
de compra (basados en la satisfacción inmediata de un deseo a un precio
asequible), hace falta algo más que la noticia de los daños causados en lugares
remotos. No se trata de indiferencia, insolidaridad o crueldad; simplemente, somos
una sociedad de individuos “ensimismados” en nuestros propios desafíos diarios.
¿Acaso mienten las encuestas? En modo alguno. Como posible
explicación, recomiendo el artículo “Manipulando, que es gerundio”, en el que el
autor comenta lo sencillo que es inducir determinadas respuestas… si se
pregunta del modo adecuado. Adaptando el ejemplo al tema que nos ocupa, comparemos
estos planteamientos:
a) ¿Qué
tiene usted en cuenta para elegir entre dos productos diferentes?
b)¿Tendría usted en cuenta la responsabilidad
social de una empresa al plantearse la compra de sus productos?
Me inclino a pensar que el segundo ejemplo arrojaría un porcentaje muy
superior en favor de la influencia de la reputación empresarial en las
decisiones de compra. Dando otra vuelta de tuerca, si la formulación fuera “¿Tendría
usted en cuenta el respeto a los derechos humanos en el proceso de fabricación,
antes de elegir un producto?”, seguramente las respuestas afirmativas aumentarían
todavía más. Hay que ser muy valiente para responder a la cara del encuestador:
“Mire, francamente no me lo pienso tanto cuando se trata de comprarme unos
pantalones”.
En el marco de las investigaciones para su libro El mito del consumidor ético, Timothy Devinney realizó un revelador
experimento. Durante varias semanas, en una céntrica cafetería de Sydney podía
verse, junto a los precios de los productos, un cartel que anunciaba: “Tenemos
café procedente de comercio justo. ¡Sin coste adicional! Pregúntenos”. Menos de
un 1% de los clientes se molestaron en pedirlo por propia iniciativa. Cuando
era el empleado quien, en el momento de recibir el pedido, recordaba la posibilidad
de una alternativa ética, el número de personas que optó por el café solidario
aumentó al 30%. La prueba fue aún más allá: los empleados ofrecían la opción
ética cuando había cerca alguna persona escuchando la conversación. De esta
forma, el número de “consumidores éticos” se disparó hasta el 70%. ¿Moraleja? La
inercia y la costumbre también prevalecen sobre la ética… salvo cuando está en
juego nuestra imagen.
El consumidor racional. La
creación de este mito es responsabilidad y culpa de la teoría económica más
tradicional. Empeñados en hacer de la Economía una ciencia más exacta que
humana, respetables profesionales se han convencido a sí mismos de esta
hipótesis, pese a las contumaces evidencias de lo contrario. Nos encontramos,
por tanto, ante un Yeti de las Finanzas en el que muchos creen, pero al que
nadie ha visto jamás.
Existe cierto debate sobre qué docentes son los más adecuados para desarrollar
la educación financiera en los colegios. Una admirada colega intentó
convencerme una vez (sin ningún éxito) de que sólo los licenciados en Economía
estaban cualificados para tal función porque, aseguraba, “tienen bien configurado
el pensamiento económico y, por ejemplo, son capaces de aplicar la eficiencia
de Pareto en la determinación de prioridades”. Además de considerar que este
enfoque, en la práctica, niega la posibilidad de que un adulto mejore su
cultura financiera y la transmita a sus hijos (a menos que haya estudiado
Economía avanzada), me quedé profundamente preocupada. Tengo que confesarlo: olvidé
a Pareto diez minutos después de hacer el correspondiente examen en la
universidad, y nunca en mi vida he tomado una sola decisión económica pensando
en él. La única conclusión posible es que soy una consumidora irracional y que,
probablemente, no debería dedicarme a la educación financiera.
En realidad, sí hay otra alternativa. Podemos recuperar a Pareto en
relación con algo que ningún estudioso del comportamiento humano se atreve a discutir
a estas alturas: sólo el 20% de las decisiones que tomamos se basan en
criterios racionales, mientras que el 80% tienen un fundamento emocional.
Obviamente, esto también se aplica a la gestión del dinero. No somos seres
irracionales, pero sí emocionales.
El consumidor burbuja. Una
cosa tenía que llevar a la otra. Los que creen en el unicornio y en el Yeti,
¿por qué no van a creer también en el consumidor burbuja? Se caracteriza por
ser tan ético, tan racional y con tan elevado nivel de educación financiera,que
resulta completamente inmune a la presión permanente de los mensajes
comerciales, a los que se resiste de forma heroica.
Veamos el ejemplo práctico de un anuncio que puede verse estos días en
televisión. Un matrimonio discute frente a un armario lleno de botes de cristal,
etiquetados y con monedas (método de ahorro algo arcaico pero muy eficaz): “Para
el viaje a Venecia”, “Para la cena con las chicas”, etc. La pareja no se pone de acuerdo sobre el bote
que deben abrir para un capricho que no puede esperar. “¿Del bote de los
ahorros?”, sugiere ella. “¡Los ahorros no se tocan!”, exclama él. Yo no podía
creerlo: ¿un banco promoviendo el ahorro? ¡Eso sí que es responsabilidad social
financiera! Claro está, me había adelantado. La pareja continúa sin ponerse de
acuerdo hasta que una cantarina voz en off exclama: “¡De esta forma, lo único
que acumulas son ganas! Con la nueva tarjeta del Banco XX, puedes tenerlo todo…
etc.”. Aaah. Ya me extrañaba a mí. Lo que se anuncia es una tarjeta de crédito,
por supuesto. No voy a insistir en el tema, porque ya lo tratamos largo y
tendido en el post La lucha perdida contra el endeudamiento familiar.
Para ilustrar hasta qué punto estamos todos sujetos a la influencia de
los mensajes comerciales, cerramos este artículo
con un entretenido vídeo sobre el componente emocional en el consumo de
artículos de lujo. No hay que perderse la mención final al estudio de la
Universidad de Stanford: en una cata a ciegas, cuando los participantes
pensaban que estaban degustando los vinos más costosos experimentaban más placer
(y así lo demostraban sus movimientos cerebrales) que cuando probaban los que
creían más baratos. Todas las botellas contenían el mismo vino…
El desafío consiste en aprender a consumir de manera sostenible aceptando que no somos superhéroes, sino seres ensimismados, emocionales y... humanos. ¡Demos una oportunidad a la educación financiera!
Después de muchos años de discreta laboriosidad, mi padre consiguió
(¡por fin!) la promoción que esperaba, acompañada de un razonable aumento
salarial. Poco a poco, las cuentas de casa empezaron a cuadrar, lo que significaba
que ya no teníamos que empeñar el reloj del abuelo para llegar a fin de mes. Un año después, mi padre nos estropeó la cena
anunciando tranquilamente: “Esta vez nos toca pagar bastante a Hacienda”. Tras desahogarse con una retahíla de
palabrotas no aptas para menores, mi madre se volvió hacia mí: “Hija, revisa tú
la declaración, tu padre tiene tantas ganas de pagar que no me fío de lo que
haya hecho”. Y ahí estaba yo, con mi flamante título en Empresariales, presta a
demostrar que el despistado de mi padre se había confundido con los cálculos. Siento
desilusionar a los que esperan una moraleja contra las hijas listillas que
enmiendan la plana a sus progenitores, pero efectivamente mi santo padre se
había equivocado. Pese al aumento de sueldo, aún tenían que devolvernos.
En lugar de alegrarse y tomar a broma la situación, mi padre se mostró
claramente decepcionado. Yo no daba crédito: tenía delante a la única persona
sobre la faz de la tierra que estaba deseando compartir con el Estado el producto
de su trabajo. Ese afán contribuyente no podía ser humano: ¡Mi padre era un
alienígena fiscal!
Sin abandonar por completo la teoría de los genes extraterrestres, con
el tiempo elaboré una explicación alternativa: para mi padre, pagar impuestos
era un símbolo de estatus, mientras que una declaración negativa confirmaba,
por el contrario, que seguíamos oficialmente adscritos a la categoría de
pobretones.
Me temo que esta perspectiva demostraba que, además de despistado, era
un hombre muy cándido: hoy todos sabemos que el verdadero estatus reside en
disponer de dinero suficiente para aprovechar las numerosas posibilidades de
exención, compensación y perdón fiscal. Ya es un clásico el ejemplo que dio Warren
Buffett en 2007, ante 400 millonarios que se habían reunido para apoyar la
candidatura de Hillary Clinton a la presidencia: “Los 400 pagamos de impuestos
un menor porcentaje de ingresos que nuestras recepcionistas o nuestras
lavanderas”. Mientras sus impuestos representaban sólo el 17,7% de los 46
millones de dólares que obtenía al año, sus empleados, con ingresos mucho más
terrenales, pagaban de media el 33%. Y esto sin evasión ni fraude fiscal,
simplemente aplicando una legislación tributaria que mima a quienes considera
potenciales creadores de riqueza.
En mi pasada reencarnación, uno de los mensajes que solía transmitir en
las actividades de educación financiera para inversores era: “Antes de elegir
un producto de inversión, no te fijes sólo en los rendimientos; considera
también los gastos y el impacto financiero-fiscal que tendrá en tu patrimonio”.
Y me quedaba tan contenta. Pero qué cándida era yo también, Dios mío. ¡Como si
fuera tan sencillo! Las leyes fiscales no sólo responden a una lógica compleja
y misteriosa, sino que tienen la antipática costumbre de estar cambiando
continuamente. En semejante maremágnum, estimar el impacto financiero-fiscal de
cualquier cosa no requiere cultura financiera, sino un ejército de asesores
como el de Warren Buffett.
Al margen de la dificultad de entender las leyes fiscales, el pago de
impuestos es una de las obligaciones con peor imagen del mundo. La mayor parte
de los ciudadanos no alienígenas, de todos los niveles económicos y sociales, perciben
las cargas tributarias como un expolio, una desposesión cuya justificación en
términos de redistribución y bienestar colectivo resulta excesivamente
abstracta.
De ahí que las campañas institucionales de los gobiernos para evitar
el fraude fiscal traten de “concretar” ese bienestar mostrando escuelas,
hospitales y carreteras y apelando a la solidaridad del público. Este tipo de
argumentos son un arma de doble filo: si la percepción social sobre la calidad
de la educación, la sanidad y las infraestructuras no es positiva, pueden
resultar incluso contraproducentes. Pensemos en los eufemísticos recortes en
sanidad y educación que se están experimentando ahora mismo en España. ¿Cómo se
concilian, en la mente del sufrido contribuyente, con las ayudas públicas a un
sistema financiero que fagocita recursos a la velocidad de la luz?
Al final, resulta que los únicos que no disponen de amnistías fiscales
ni de medios para evadir son los extraterrestres y los asalariados. Me pregunto
qué pensaría de este panorama mi padre, el marciano pagador.